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The Mandalorian and Grogu: acción espacial con protagonistas congelados en carbonita

El samurái y su joven protegido deben sobrevivir en una galaxia muy, muy precavida.

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Hay muchas Star Wars. No me refiero a las películas sino a la forma en que la saga existe en relación a los espectadores. Cuando era chico nadie le decía Star Wars: era La Guerra de las Galaxias. Y los ewoks eran una presencia constante, ya que además de protagonizar El regreso del Jedi tenían dos telefilmes y un dibujo animado.

Pasaron los años y al “profesionalizarme” como geek (a falta de una mejor expresión; todavía no la hay) descubrí que por debajo de las grandes audiencias seguían saliendo novelas y cómics con historias que continuaban la saga, además de juguetes que retrataban incluso al que limpiaba los baños en la cantina de la primera película y que si pestañeabas te lo perdías.

Poco después llegaron las precuelas, con todo lo bueno y todo lo malo que tiene George Lucas cuando lo dejan jugar solo (él es el padre de las criaturas, después de todo). Star Wars volvía a ser masivo, y el Imperio Galáctico del merchandising se hacía sentir. Pero no sería nada en comparación con lo que llegaría después de 2012, cuando Disney le compró la juguetería entera a George.

La saga creció en escala; siempre había buscado ser un entretenimiento global, pero desde entonces se multiplicó en la cantidad de productos masivos, como películas y series de televisión. Cada estreno dejó de ser especial. Podemos encontrar informes televisivos de la era de las precuelas con personas que acampaban en la puerta de los cines varios días antes. A eso, en realidad, lo mató la era de las entradas numeradas y vendidas en Internet.

Al abrir el chorro aparecieron historias buenas y de las otras. Con todo lo que se le pueda criticar a Disney, bajo su reinado se estrenaron las dos temporadas de Andor, donde Tony Gilroy se despacha con uno de los mejores dramas de los últimos años, que de paso está ambientado en aquella galaxia muy, muy lejana. Con todos los problemas que tuvo la trilogía de secuelas, permitió la existencia de Los últimos Jedi, donde Rian Johnson hizo una crítica a aquellos que siguen sin soltar sus juguetes de la infancia y quieren que se sigan viendo siempre las mismas caras, aunque sean recreaciones digitales.

La crítica y el público en general abrazaron el Episodio VIII, pero hubo una masa hiperactiva que se sintió tocada por eso de los juguetes, y nueve años después se le hincha una vena de la frente cuando recuerda la película.

Disney dio el brazo a torcer y ese es el mayor error cometido en su era. Cerró la nueva trilogía con tanto miedo a ofender a un grupúsculo de hombres de edad mediana que terminó estrenando el largometraje más flojo de los nueve. Más allá de Andor, quedó la sensación que la Estrella de la Nostalgia no dejaría de orbitarnos hasta que alguien la destruya, lo cual no ha ocurrido.

De todas maneras, existió una serie de televisión que logró conquistar incluso a aquellos que en el mundo real coquetean con los numerosos emperadores Palpatine de la realidad sociopolítica. Una historia que parecía entender lo que Lucas tenía en mente cuando creó este universo, sin repetir patrones ni zambullirse demasiado en la continuidad construida por todas las otras historias... al menos al comienzo.

The Mandalorian presentó a un personaje misterioso, influenciado por los westerns y películas de samuráis que se encuentran en el ADN de la saga. Al final del primer episodio, el Mandalorian (Pedro Pascal, casi siempre con el casco puesto) descubría que el cincuentón que debía capturar con vida era un personaje adorable, un pequeñín bautizado automáticamente como Bebé Yoda por todos los que estaban mirando la tele. La relación entre el Mandaloriano y Bebé Yoda recordaba la de El lobo solitario y su cachorro, manga de 1970 que tuvo toda clase de adaptaciones.

Las dos primeras temporadas marcaron un arco muy claro de crecimiento de Mando y de la relación entre los dos. Los personajes terminaban tomando caminos separados... para después reunirse en una miniserie independiente y así comenzar la tercera temporada como si nada hubiese ocurrido. Nada volvió a ser lo mismo.

La película The Mandalorian and Grogu (el título llegó en inglés) parece una cuarta temporada de la serie de televisión. Sus creadores afirman que los guiones de una cuarta temporada quedaron en un cajón, pero la realidad es que hay pausas y repeticiones en la acción de la película que recuerdan a una sucesión de episodios que cuentan una historia más grande, como ocurrió con la quinta temporada de Futurama.

De todos modos, el foco está puesto en el universo más grande y eso perjudica la historia de sus dos protagonistas, más allá de que venía cascoteada desde la mencionada miniserie independiente. Y en ningún momento se siente que haya valido la pena contar esta historia en el cine, lo cual es el mayor de sus pecados.

Vaqueros gastados

Todo comienza con Mando y Grogu en medio de una nueva misión. Si bien Han Solo creció como personaje cuando decidió que su corazón estaba con la Alianza Rebelde, Mando queda como un recadero que encima trabaja a regañadientes. El intento de captura de uno de esos señores de la guerra que quedó en banda desde la destrucción del Imperio es interesante y hace buen uso de la “tecnología” de la época, como los caminantes que conocimos en 1983. El regreso de Zeb, personaje heredado de la serie Rebels, como chofer glorificado de la dupla les resta importancia, máxime cuando su presencia no parece aportar a nada más que a señalar la pantalla como Leonardo DiCaprio.

La película tiene varias decisiones interesantes. Relacionar la misión principal con los Hutt nos permite conocer más de esa especie de babosas gigantes a la que pertenecía Jabba. Tendremos la oportunidad de verlos en acción, entre otras cosas porque el hijo de Jabba, Rotta (voz de Jeremy Allen White) se gana la vida como luchador y tiene unos marcados abdominales de babosa.

Cuando lo fantasioso está al servicio del entretenimiento, como las numerosas apariciones en pantalla de la marioneta-Grogu, la cosa funciona. Cuando la marioneta golpea el casco de Mando o ves a los monos tití espaciales caminando como los Muppets y hablando con voz finita, la nave salta al hiperespacio. Cuando los contrincantes de una pelea tienen feos diseños y descubrís que es porque homenajean al ajedrez holográfico al que jugaban en la película de 1977, la nave se da contra un lomo de burro.

La producción incluso se despachó con un planeta al estilo Blade Runner en el que hay un carrito de comidas atendido por una criatura de cuatro brazos cuya voz es la de Martin Scorsese. De eso se trata Star Wars. La música de Ludwig Göransson, que acaba de ganar su tercer Oscar por su trabajo en Pecadores, también nos recuerda lo bien que pueden funcionar estas historias cuando existe una inquietud y unas ganas de mirar hacia adelante (como lo hacía el niño al final de Los últimos Jedi).

Sin embargo, los aspectos fundamentales de la película son los que habrían merecido un trabajo mayor. Los diálogos nunca fueron el fuerte de George Lucas, pero al menos había parlamentos que quedaban en el recuerdo. Acá apoyan una historia demasiado genérica, preocupada por sus cameos y una sucesión de escenas de acción que no se diferencian de lo que hemos visto en televisión. La mayor compañía de entretenimientos de la historia puede darse el lujo de arriesgar un poco más.

Los dos protagonistas, mientras tanto, permanecen congelados en carbonita narrativa, sin posibilidad de evolucionar demasiado, porque eso significaría quedarse sin cosas que contar. Hay un momento emotivo en que se dice algo así como que en algún momento a todos los llega la hora en que debemos decir adiós. El guion no solamente nos arrebata ese adiós (con bastante lógica), sino que parece condenarnos a tener que ser nosotros los que nos despidamos, porque del otro lado no hay intención de salir adelante. Leo cómics con personajes que se publican ininterrumpidamente hace casi noventa años, así que estoy acostumbrado.

The Mandalorian and Grogu_. 132 minutos. En cines.