Con tres trilogías de películas estrenadas y media docena de series, en su mayoría animadas, podemos concluir que si de algo adolece el universo de Star Wars es de endogamia. A lo largo de su saga madre –y de la mayoría de los productos derivados ya mencionados– persiste la idea de que en esta galaxia muy, muy lejana tirás una piedra y le pegás a un Skywalker o alguno de sus cercanos, lo que ha limitado bastante la libertad del relato, quitado variedad y, sobre todo, interés.

Es increíble que un concepto tan vasto como el de “galaxia” haya sido tan pobremente utilizado. Pero –siempre hay un lindo “pero” luego de frases tan categóricas como la que arranca esta nota– algunas historias han escapado a esta norma y se han ocupado justamente de personajes y relatos que habitan los márgenes.

Es el caso de la (innecesaria pero) divertida Rogue One, de algunos momentos de The Clone Wars (cuando estuvo Genndy Tartakovsky al mando), la excelente serie animada Rebels y la que hoy nos ocupa: El mandaloriano.

Baby Yoda, Baby Yoda, Baby Yoda, Baby Baby Yoda

El mandaloriano se ubica unos pocos, muy pocos años tras la caída del Imperio (después de El regreso del jedi, para los que siguen el apunte en sus casas) y, geográficamente, lejos de los planetas centrales.

A decir verdad, no es necesario tener muy claro nada de Star Wars para mirarla. Ni siquiera sus propios personajes lo tienen. Esto es ya, de por sí, una gratísima noticia: evitar tener que consultar cual enciclopedia para entender qué es tal cosa o quién es tal personaje.

La historia sigue los pasos de su personaje principal, un cazador de recompensas a la mejor usanza de Boba Fett (con quien comparte planeta de origen: Mandalor), que en su trabajo más importante hasta la fecha tiene la oportunidad de ganar más que nunca pero le va a provocar un cambio existencial, sobre todo cuando conozca a ese ser al que las redes se han empeñado en bautizar (bastante coherentemente, por otro lado) “Baby Yoda”.

No corresponde dar más detalles de la trama: la historia es muy simple y se disfruta episodio a episodio, con sus vueltas de tuerca y sorpresas clásicas del cine (o la televisión) de aventuras. Mando –así lo llaman a nuestro personaje principal– irá protagonizando capturas o trabajos varios, en principio sin conexión aparente, para que en los dos episodios finales de su primera temporada todo encaje y aquellos personajes que fue conociendo durante la serie cobren importancia en el clímax final o cierre.

Emulando el más clásico western o el cine de samuráis –recuerda particularmente a Lone Wolf and Cub, el manga de Kazuo Koike y Goseki Kojima con sus muchas adaptaciones audiovisuales–, El mandaloriano es un relato sencillo pero contundente. Una narración que, episodio a episodio, aventura a aventura, alcanza el grado épico.

Mucho de esto se debe a dos personas que entienden este universo de Star Wars a su manera y lo potencian: obviamente Jon Favreau, creador y principal guionista, y su compinche Dave Filoni, creador de Rebels y probablemente el mayor talento al servicio de la antigua creación de George Lucas en este momento. Su mirada al universo Star Wars es rica, variada (y en continua expansión) y, sobre todo, muy entretenida.

Colabora en la aplicación de este plan un gran elenco. Gina Carano nació para ser heroína de acción, hay aportes del inmortal Carl Weathers, Nick Nolte, Giancarlo Esposito y Werner Herzog, nada menos, y Pedro Pascal es muy capo sin sacarse (casi) nunca el casco. También está el aporte de directores puntuales: el propio Filoni, Rick Famuyiwa, Deborah Chow, Bryce Dallas Howard y el gran Taika Waititi, que dan su propia impronta a cada capítulo.

La primera temporada de la serie se cierra en ocho episodios casi sin relleno (acaso el del rescate con la pandilla de atractivos desagradables –maravillosos Bill Burr, Natalia Tena, el gran Clancy Brown y Richard Ayoade– no aporta nada, al final pero es muy bueno en sí mismo), sumado al gran estilo, una música inolvidable y mucha diversión. Nota aparte merece el arte conceptual que cierra cada episodio junto a los créditos: para hacer murales.

¿Y ahora en qué anda?

Dado que el servicio de streaming de Disney llegó a nuestro continente cuando ya funcionaba hacía más de un año en otras partes, El mandaloriano estrena con su primera temporada completa y –al momento de escribir esta nota– tres episodios de su segunda temporada disponibles.

En este segundo run, Mando y Baby Yoda buscan a los últimos vestigios de los jedi, dado que el pequeño tiene la Fuerza y conviene que no caiga en otras manos. Pero en ese camino no faltan los peligros –misiones particulares, los resabios del Imperio y varios personajes con su propia agenda–, por lo que la diversión vuelve a estar asegurada.

Hay, además, varios regresos de personajes clásicos prometidos (al menos a una ya la mencionaron) que me hacen temer que se pierda la hermosa independencia que ha gozado hasta el momento la serie. De todos modos, en Favreau y Filoni we trust.