Esta película está basada en la primera novela, escrita en francés, del suizo Giuliano da Empoli, hasta entonces un renombrado politólogo que escribía principalmente en italiano. Ese bestseller se centra en Vadim Baranov, personaje ficticio basado en el histórico Vladislav Surkov (nacido en 1964). Surkov suele ser descrito como la eminencia gris durante el ascenso y afirmación de Vladimir Putin como líder de facto de Rusia desde 1999. Surkov parece haber inventado la orwelliana expresión de democracia soberana para caracterizar el tipo de gobierno —por cierto, muy poco democrático— ejercido por Putin, así como el de verticalidad del poder.

No leí la novela, pero según lo que pude averiguar, el recurso de ficcionalizar el personaje le abrió a Da Empoli la posibilidad de simplificar y también poetizar el relato con afirmaciones fuertes y aforísticas que no serían serias en una obra politológica. Esta adaptación cinematográfica luce esencialmente como un ensayo politológico adornado con apuntes personales, toques analíticos y generalizaciones, al mismo tiempo que se desentiende de responsabilidades académicas. La ficción siempre está anclada, por otro lado, en hechos reales muy conocidos de la trayectoria de Putin, enriquecidos con comentarios interpretativos y trasfondos que se nos suelen escapar a quienes acompañamos las noticias día a día.

Historia comentada

Tal como en la novela, partimos de un marco: un escritor, aquí llamado Rowland (ficticio, probable alter ego de Da Empoli), muy conocedor del contexto ruso, logra dar con el paradero de un Baranov ya retirado (Surkov cesó su colaboración con Putin y su participación activa en el gobierno en 2020). Baranov le concede una extensa entrevista en la que repasa toda su vida y carrera. Vamos viendo en flashback los hechos que relata, pero la voz de Baranov interviene intermitentemente durante todo el metraje, introduciendo las situaciones, comentándolas y retrayéndose esencialmente en las escenas dialogadas.

La película se divide en capítulos, cada uno de los cuales se presenta con un título diseñado con alguna tipografía distinta y fantasiosa. Arrancamos con el clima de destape que primaba en la Rusia inmediata al colapso de la Unión Soviética, cuando Baranov/Surkov se desempeñaba como director de teatro de vanguardia. No sé si habrá sido el caso de Surkov, pero el Baranov de la ficción pone en escena (con una visual muy en la onda Robert Wilson) una adaptación teatral de Nosotros (1921), de Ievguieny Zamiatin, y al parecer aprende, en esa crítica distópica al autoritarismo, algunos de los métodos para construir él mismo, luego, un régimen autoritario.

Después pasa a coordinar realities televisivos. Su vínculo con el magnate mediático Borís Berezovsky (1946-2013) lo lleva a la política, inicialmente con el cometido de aportar su experiencia televisiva en la generación de imagen y propaganda para Borís Yeltsin (1931-2007), el primer presidente de la Rusia pos soviética. Acompañamos el plan, encarnado en la película por Berezovsky, de construir a Putin como sucesor de Yeltsin, en el papel de un líder marioneta al servicio de la nueva oligarquía capitalista rusa. Vemos también la manera en que Putin da vuelta ese plan y comienza a concentrar un poder real, apoyando su figura en el mito fundacional ruso del zar que subyuga a sus boyardos-oligarcas.

Así, la película discurre en varios momentos sobre el cliché de Rusia como una nación culturalmente necesitada de líderes autoritarios, desde Iván el Terrible a Stalin. A su vez, muestra la forma en que Putin, de la mano de su mago, se alió con una diversidad de sectores conservadores, que van desde unos rockers motoqueros fachos hasta la Iglesia Ortodoxa. La narrativa también incluye episodios como la guerra contra Chechenia, la anexión de Crimea, la Revolución Naranja de Ucrania, la caída en desgracia de oligarcas como Berezovsky y un empresario ficticio llamado Sidorov, basado en el real Mijaíl Jodorkovsky. Todo eso tiene a Baranov como personaje-testigo de la historia; finalmente, su progresivo relegamiento desemboca en su retiro.

Baranov comenta los hechos con cierta irónica frialdad cínica; Rowland se planta desde una perspectiva moral-democrático-occidental y lo interpela en algunos aspectos, a lo que Baranov contesta enfatizando principios de la Realpolitik anclados en cierta supuesta naturaleza del ser ruso. Es interesante la dualidad de diferentes ritmos: la agilidad de las escenas que se muestran en los flashbacks se logra gracias a frecuentes cortes abruptos que saltan de una etapa de acción a la otra, mientras la voz en off mantiene la fluidez narrativa; al mismo tiempo, esa relativa actualidad está fraseada por unos vetustos fade outs entre un capítulo y otro.

El aire termina siendo, siempre, el de un comentario verbal ilustrado en forma entretenida y, más allá de las infinitas discusiones que puedan suscitar cada uno de los episodios abordados, funciona como una concisa introducción ligera al devenir general del putinismo. El recorrido gana en verosimilitud gracias al recurso de alternar las imágenes de ficción con fragmentos documentales de archivo.

Jude Law, sensacional

Olivier Assayas es uno de los más importantes autores cinematográficos franceses de las últimas tres décadas. Más allá de su habilidad e inteligencia, esta película carga con algunos de los problemas de una realización a la manera eurohollywoodense, es decir, una película francesa hecha para lucir como si fuera estadounidense, con actores estadounidenses y hablada en inglés.

La costumbre establecida por los medios hace que, en forma ahora inevitable, quede extraño ver a Putin en pantalla hablando francés, pero todos lo asimilamos hablando inglés porque es el idioma genérico, internacional: hasta los gladiadores romanos y los extraterrestres hablan inglés en las pantallas. Da una cierta pena que Assayas, osado en otros aspectos, no se haya atrevido a romper esa lógica; también es cierto que hubiera sido difícil hacer la película con actores rusos en el contexto actual de conflicto internacional.

Jude Law está sensacional como Putin. Adoptó no solo sus manierismos, sino que logra reproducir esa mezcla muy peculiar de mirada asesina con un rostro casi siempre ausente de expresión —como buen agente de la KGB, Putin aprendió a no mostrar sus sentimientos e intenciones—. Cada aparición suya es magnetizadora, y da una pena enorme que los productores no hayan decidido hacer, directamente, una biopic del líder ruso, prefiriendo recurrir a la intermediación narrativa de su asesor.

Baranov se supone que es el poder detrás del poder, pero en la pantalla lo vemos encarnado en el supersoso y anodino Paul Dano. Este actor es tan poco creíble como joven noventero desbundado, como objeto de atracción de Ksenia (quien, encarnada por Alicia Vikander, es un personaje metido esencialmente para agregar lo que se solía llamar “interés femenino”), como artista de vanguardia, como perspicaz experto en comunicaciones e imagen y como poderoso negociador a cargo de lograr delicadas alianzas. En todo caso, lo que termina pasando es la idea de un pasivo e ingenioso seguidor de instrucciones arendtiano, cómplice de maldades autoritarias diversas meramente por desempeñar la función que una autoridad superior le asignó.

Y ese es un aspecto en que la película renguea: se supone que estamos acompañando la trayectoria del “mago del Kremlin”, alguien de por sí interesante, pero en ningún momento compramos la idea de que el mago sea otro que el propio Putin, rodeado, por supuesto, de gente que se desempeña con eficacia. Y entonces, ¿qué nos importa si Ksenia se fue con el millonario pero luego se arrepintió y volvió a Baranov, o si este tiene una hijita o qué más? Tampoco se justifica el final, que parece más bien un cliché fácil mal trasladado de la tradición de cine político francoitaliano de los años 70, a la manera de Le Secret (1974) o Cadaveri eccellenti (1976).

El mago del Kremlin (The Wizard of the Kremlin). 156 minutos. En Cinemateca y Alfabeta.