Apenas entregó la Dirección Nacional de Cultura en marzo de 2025, Mariana Wainstein aceptó la invitación del Teatro de la Abadía, a cargo de Juan Mayorga, para montar “una adaptación del Cervantes que quisiera”. Le pidió entonces a Álvaro Malmierca una versión de La gitanilla y voló a Madrid, donde estuvo tres meses hasta el estreno. La obra se repuso en octubre y pronto se la volverá a ver en la cartelera del corral de comedias más antiguo de España, el de Alcalá de Henares.
“Fue muy buena mi primera experiencia, volver después de cinco años de trabajo en gestión. Es una linda puesta, musical, tiene una complejidad linda y hay mucho humor”, apunta la directora, sin saber si podrá verse en Uruguay, ya que no está en sus manos. Igualmente, que un espectáculo de teatro clásico se mueva en España le resulta suficiente recompensa.
Pero el lazo entre el medio teatral local y el español, en particular con la Abadía y, por extensión, con Mayorga, viene de antes. “Este año allí estuvo una obra de Lucía Trentini, Perra Cimarrona. Hay muy buen diálogo. Eduardo Cervieri dirigió cuatro obras de Mayorga. Fabio Zidán dirigió La paz perpetua y Cervieri dirigió Himmelweg: el camino al cielo, Cartas de amor a Stalin y El niño de la última fila”, anota la uruguaya.
El Teatro de la Abadía es un complejo “súper interesante” en pleno Madrid, que tiene una sala principal que fue iglesia y que además coordina el corral de Alcalá de Henares. A propósito de ese espacio, “también nos conocemos con la mano derecha de Mayorga, que gerencia el Corral de Comedias, Abel González Melo, un cubano que vive en España. Yo dirigí una obra de él en 2016 en el Circular que se llamaba Mecánica. Es un un tipo muy joven y muy prolífico. Abel también ha venido dos veces a Uruguay porque trajo una obra muy interesante sobre los 50 años del caso Padilla. Y es muy amigo de Sergio Blanco, conoce mucho de teatro uruguayo”.
Condenados a repetir
El primer estreno de Wainstein en Uruguay tendrá lugar este sábado, en la Zavala Muniz, con un texto de Mayorga, de quien hace nueve años hizo La tortuga de Darwin. “Reikiavik tiene mucho que ver con personas que representan a otras personas, que no son ellas, y tienen el ritual de hacer esa partida, esa final de ajedrez de 1972 en Reikiavik”, resume Wainstein.
“Aparecen Boris Spassky y Bobby Fischer, los dos jugadores, el soviético y el norteamericano, y también los personajes aledaños que los presionan. Tiene un ritmo muy interesante y Mayorga es un gran autor, sabe mucho de teatro y de escritura, y maneja muy bien las diferentes capas de significado. Es una obra muy entretenida, pero que te puede hacer pensar mucho. Evocan algo que sucedió en el pasado porque tomaron contacto con un material, comparten esa experiencia teatral. El muchacho que pasaba por ahí de alguna manera los descubre, y el que va a la obra se va enganchando con esa realidad de hacer teatro. Hay una linda frase que uno dice: ‘Si llegaste hasta acá, es porque te desviaste. No cualquiera llega acá, a esta parte del parque’. Y a veces en la vida también uno dice: ‘¿Cómo fue que llegué a decidir que iba a hacer teatro?’. Los caminos son muy diversos, pero en algún momento saliste del camino que estabas. La obra está escrita por alguien que sabe de teatro y que tiene mucha experiencia como escritor y como director”.
La montajista subraya que así como “el teatro tiene normas, el ajedrez también, en el contexto de la Guerra Fría, donde se cruzan los temas y queda la coherencia estética y artística”. Y las partidas también se estudian y ensayan: “Para el que se dedica de manera profesional es infinito. No solo es memoria, también es imaginación y creatividad para encontrar una variante que sorprenda al otro, para imaginarte qué quiere, o sea, es un juego de estrategia. Por eso tiene que ver con la vida y con la guerra. Es un juego perfecto, realmente es mágico pensar quién lo inventó. Está el poema de Borges sobre el ajedrez, pero hay varios que encontré; es una metáfora riquísima, que puede calar muy hondo y también es muy entretenido, hoy en día tenemos niños jugando al ajedrez en las escuelas. Mayorga habla también del silencio en el ajedrez. Cuando entró a la Academia Española, el discurso que presentó hablaba del silencio del teatro. Creo que está en contacto con la evolución de nuestro lenguaje en un lugar de responsabilidad máxima. Los suyos son textos ricos, bien escritos y a la vez es un hombre que tiene la sabiduría de la simpleza. Te permite acción y es contundente, en general siempre dentro de la sabiduría de lo directo y el juego”.
En cuanto a ese que pasa por el parque, ese voyeur: “Podés pensar que es el público”, dice, y corrige, “a veces pienso que es el director. A veces, que es el actor, porque también observa y después se pone a ayudar para que saquen lo mejor de sí. Ahí es donde realmente es mágica la relación entre ellos. Porque no solo entendiste el juego, sino que ya proponés variantes, el juego se sofistica”.
Buscando la autenticidad del montaje, llevaron a un experto en ajedrez para sumergirse en ese mundo, “por más que después se decante en algo mucho más abstracto y poético. Y me acuerdo perfecto de que habló de la belleza de la jugada. El texto de Mayorga también habla de la belleza. También es interesante la conexión con el tema de la máquina, porque hoy en día con la inteligencia artificial a tope, hay una pregunta: ‘¿Dónde quedarán estos juegos?’. Sin lugar a dudas no es lo mismo por el tema humano y, justamente, el enfrentamiento entre dos seres con estrategia, con memoria, con creatividad, tratando de plantear un campo de batalla donde salir victoriosos, respetando cada personaje con su idiosincrasia, el rey, la dama, los alfiles, los caballos, las torres, los peones. Creo que es como el teatro, no va a desaparecer, por más inteligencia artificial o por más perfección que pueda estar disponible. Encontrarse en el teatro también es una necesidad”.
Un recuerdo de puzles, trivias o juegos de estrategia pueden haber fijado el nombre Reikiavik, en general, como observa Wainstein, “un lugar bastante desconocido por la gente. Islandia es un país que no sé si tiene 300.000 habitantes, con una geografía muy especial. Reikiavik significa ‘bahía humeante’”, y tanto el clima y la división tajante “del invierno de 24 horas de noche y el verano de 24 horas de día tiene que ver con la obra, porque ese magma, esa cosa que sale de abajo, como el metatexto, todo el tema del teatro abajo del ajedrez, abajo de la Guerra Fría”.
La estructura se asienta en esas capas que emergen. Para la directora, “desde el punto de vista intelectual, es interesante y compleja, y desde el formal también es una comedia -comedia es hacer algo fuera de lo normal- que te hace reír y que si te metés en el juego, te divertís”.
Hay una tensión que es necesaria en la puesta porque la Guerra Fría es un peligro inminente de destrucción, señala. “Incluso el personaje de Bobby Fischer, que era bastante complejo psiquiátricamente, sentía una paranoia grande con el tema nuclear. Eso está presente en la obra; todo muy cómico, pero se escuchan sirenas, se escuchan bombas, hay una violencia, está la guerra de Vietnam”.
Reikiavik. Sábados 6, 13 y 20 de junio a las 20.30 y domingos 7, 14 y 21 de junio a las 19.00 en la sala Zavala Muniz (Teatro Solís). 90 minutos. Entradas desde $ 650 en Tickantel. El martes a las 19.00 en el Centro Cultural de España (Rincón 629), con entrada libre, Mayorga ofrecerá una clase magistral.
