Más de medio millar de personas aplaudían a rabiar, de pie, para acompañar y transmitir la conmoción de la emoción. Hacía una hora larga que, sentado contra la pared en la fila 19 de la sala Zitarrosa, en lo que fue el cine Rex, había renunciado a mi vano intento de frenar las largas gotas que brotaban de mis ojos, sin angustia pero con clara emoción, que me distraían del disfrute de lo vivido y de la justicia y el agradecimiento pleno a quienes habían desbrozado y construido ese camino.
Dice en el número 1 de la diaria, del 20 de marzo de 2006, que Tabárez, hace ya casi 20 años, pensaba: “Mi principal anhelo es que cuando me tenga que ir, sea por resultados, por dudas, por razones de edad o por lo que sea, esta manera de hacer las cosas sea continuada por otras personas. Si logramos dejar eso, será muy importante para el fútbol, pero fundamentalmente para los cambios culturales que pretendemos”. No estoy seguro de que ese anhelo que tenía cuando aún estaba sin terminar la copia original del Proyecto de institucionalización de los procesos de selecciones nacionales y formación de sus futbolistas se haya cumplido a puridad, pero sí de que los cimientos de la refundación de la celeste y su romance eterno con los y las uruguayas quedó firme e indeleble.
Tras un par de horas de un sentido, justo y merecidísimo reconocimiento y homenaje en la sala Zitarrosa a Óscar Washington Tabárez y su cuerpo técnico en su último, largo y fecundo pasaje por las selecciones nacionales, Tabárez, emocionado y de forma entrecortada, expresó: “Para mí, el 10 de diciembre de 2025 entra dentro de las fechas más importantes que pude haber tenido en mi trayectoria en el fútbol. Ando medio dubitativo porque ha sido muy fuerte lo que he vivido hoy. Para mí el fútbol no es lo más importante de la vida, pero es un vehículo imprescindible e inigualable para llegar a las cosas más importantes”.
Recién tomó la palabra al final de su homenaje, cuando los conductores del evento, Ricardo Piñeyrúa y Claudia Umpiérrez, pidieron lo que todos estábamos esperando, confortados por el recuerdo, la ética y la certeza de que habíamos sido testigos de una época de proyección del fútbol uruguayo, de refundación de las selecciones nacionales con método, entrega, trabajo y sabiduría, y, fundamentalmente, de una enorme comunión con el pueblo: que hablara el Maestro.
Gracias
“Lo que quiero es agradecer, un verbo que se usó con mucha frecuencia en esos 15 años en el complejo. Llegaban los chiquilines de la sub 15 y les decíamos: ‘Acá se saluda, aunque no conozcamos a alguna persona, y se agradece al que retira el plato de la comida o al que hace algún otro favor’. Ahora se nos ha nombrado mucho a nosotros, pero son muchas más las personas que hicieron muchas cosas que pasaron ahí, y de todos los ámbitos: futbolistas, entrenadores, profesionales, médicos, evaluadores, funcionarios, autoridades del fútbol”.
Tabárez agradeció muy sentidamente a los organizadores del evento, Marcelo Tulbovitz, Matías Faral, Maxi Pérez, Claudio Pagani, Santiago Rodríguez y Federico Bavosi: “El agradecimiento también a los que han organizado este evento. Confieso que todos nosotros llegamos acá sin saber ningún detalle de todo este esfuerzo tan sentido, tan profesional, tan cálido que nos han entregado. A todos ellos, muchísimas gracias”, dijo el maestro de escuela que jugó al fútbol como defensa y se consagró como director técnico con 40 años de carrera.
El director técnico que por más tiempo y más partidos ha dirigido a una misma selección nacional en el mundo contó aquello de las hormigas y los japoneses. “Una vez había oído que unos japoneses buscaban organizaciones para sus empresas, para que sean lo más eficientes posible, y sacaban mucho de las colonias de insectos que hay en la naturaleza: las hormigas, las abejas... Eran un gran ejemplo de que cada uno cumple su función para el bien colectivo; el gran problema que tenían era que los seres humanos, aparte de ese sentido colectivo que pueden tener, tienen ambiciones. Entonces pensamos en eso y dijimos ¿cómo podemos hacer? Esas ambiciones, o la idea de progresar, a veces son muy sanas, pero también sabemos que por ahí hay alguno que usa un elemento que es la escalera para trepar. ¿Cómo se hacía? A través de la transmisión de valores, de la educación. Para la convivencia y para la competición tenía que haber una vinculación con nuestra cultura. La cultura futbolística de Uruguay es de las mejores del mundo”.
Reconocer, reconocerse y agradecer
El acto, a sala llena y con la gente viviendo la emoción del momento, lo había abierto a distancia el exitosísimo preparador físico y múltiple campeón Marcelo Tulbovitz, uno de los ideólogos del reconocimiento y factótum de su ejecución, que no pudo estar por el desarrollo de su reciente actividad laboral en Costa Rica, donde, después de muchos años, ha vuelto a dirigir a Saprissa. “¿Por qué entendemos que es justo, que se hace justicia con este reconocimiento?”, se preguntó desde la pantalla gigante. “Por varios factores”, se respondió, y los empezó a enumerar: “Reconocimiento por 15 años de trabajo sostenido, continuo, en un proceso de fútbol a nivel internacional que no es común. Reconocimiento a una forma metódica, planificada, organizada y sólida en la elaboración del trabajo. Reconocimiento al inmenso trabajo que se hizo desde los juveniles, lo más importante: pensar en el futuro, trabajar en el presente y pensar en el futuro. Reconocimiento a una metodología, a una estrategia de trabajo que le generó respeto mundial y trabajo denodado. Reconocimiento a la siembra del trabajo que se hizo con los juveniles, que hoy son cosecha y la mayoría de ellos forman parte de nuestra selección mayor”.
Tulbovitz, a distancia pero muy presente, desarrolló más ideas acerca de por qué Tabárez, Celso Otero, José Herrera y Mario Rebollo merecían ser reconocidos y homenajeados por sus inmensas contribuciones al fútbol uruguayo y, agregó, por “el impacto cultural en Uruguay a través de canciones, libros, poesía y audiovisuales”. Habló del respeto mundial ganado dentro y fuera de la cancha en virtud de la seriedad, la organización y la visión de futuro, y de cómo se devolvió la alegría a miles de niños y abuelos uruguayos a través de su adhesión a la camiseta celeste.
“El legado se sintetiza en el camino recorrido y en el respeto internacional que Uruguay ha ganado en el fútbol y en el deporte”, sentenció el profe. Extendió el agradecimiento a jugadores, cuerpos técnicos y trabajadores del Complejo Celeste por su contribución y a los profesionales del fútbol que trabajaron durante 15 años: directores técnicos, preparadores físicos, médicos y demás.
Vamos que vamos
Resultó difícil –casi imposible– sustraerse a tanta emoción, tantos recuerdos, tanta sensación de que fuimos contemporáneos a algo grande y significativo. A veces, por más cerca e implicado que uno esté, por más distante de planes y acciones que otros llevan a cabo pero que conectan directamente con nuestros días, con nuestros humores, es difícil advertir que como individuos y como sociedad estamos siendo partícipes de eventos construidos día a día, idea a idea, con trabajo, responsabilidad y seriedad, que significarán una marca creciente en nuestra historia.
Entre el 8 de marzo de 2006 –día del inicio de la segunda época de Óscar Washington Tabárez– y el 19 de noviembre de 2021 –la jornada de su despido, a menos de una decena de partidos del cierre de su ciclo para siempre– pasaron 5.375 días. En ese lapso la selección uruguaya de fútbol disputó 193 partidos en tres fases eliminatorias de mundiales, tres mundiales, una Copa de Confederaciones, cinco sudamericanos (Copa América), una Copa América Centenario y decenas de partidos amistosos internacionales de selección en fechas FIFA. En su totalidad corresponden casi a 22% de los partidos que en más de 125 años jugó el representativo absoluto de la selección uruguaya de fútbol, contando todos los que no dirigió desde hace cuatro años, cuando lo cesaron malamente.
Entre la presentación del Proyecto de institucionalización de los procesos de selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas y su despido pasaron 15 años, ocho meses y 11 días en los que la selección mayor ganó una Copa América (2011), fue semifinalista de un mundial (2010), terminó quinto en otro (2018), dio muestras de enorme capacidad y temple en otro al vencer y eliminar en cuatro días a Inglaterra e Italia (2014). Tuvo también, a excepción de la Copa América Centenario, buenos niveles de competitividad en la Copa América de Chile –eliminados por los locales, luego campeones, en cuartos de final– y también en 2019 –invicto, eliminado por penales en cuartos de final–, igual que en 2021 en la Copa América de la pandemia, a estadios vacíos, en el que también se quedó a un penal de las semifinales, aunque es cierto que esa vez lo hizo de una forma muy distinta a la de 2019, porque el equipo no logró gestionar buenos desarrollos futbolísticos.
No se cuentan en esas decenas de partidos que llevaron a que Tabárez sea el entrenador que más encuentros ha dirigido a una selección nacional en el mundo (221 en total entre las dos épocas, sin tener en cuenta los tres en los que no salió a la cancha por estar suspendido en 2015), ni las participaciones, ni los partidos, ni la gran cantidad de futbolistas formados y promocionados desde las selecciones juveniles que él mismo pensó y puso en acción en los considerandos y objetivos de su plan: establecer políticas de selección y dar permanencia y continuidad a su organización; elevar los rendimientos deportivos y acercar la expresión futbolística de las selecciones nacionales a nivel del fútbol de élite internacional; influir positivamente en el proceso de formación integral de los futbolistas seleccionados. Lo hizo, además, estableciendo una conexión entre las selecciones nacionales, dando coordinación y continuidad entre la selección mayor y las juveniles, que aportan talentos, y promoviendo el tránsito natural de unas a otra, en un proceso cuidado que históricamente había sido discontinuo.
La siembra
Entre 2006 y 2021 se disputaron siete sudamericanos y siete mundiales sub 20 y Uruguay participó en todos, volviendo a ganar un sudamericano en 2017 –36 años después de la última conquista de la categoría– y perdiendo por penales el título de campeón del mundo ante Francia en el Mundial de Turquía 2013. También en 2011 la selección sub 17 llegó a la final del Mundial en México. Hasta que finalmente, en 2023, ya sin la organización de Tabárez, disuelta en los hechos en 2022, llegó el primer título mundial en juveniles cuando el conjunto dirigido por Marcelo Broli y Diego Ruso Pérez conquistó el título con futbolistas que, casi en su totalidad, habían pasado por el Complejo Uruguay Celeste bajo la conducción de Tabárez. Facundo González, el niño uruguayo que se fue a los 4 años y se hizo futbolista en España, fue el único de los campeones mundiales que no había sido elegido por los técnicos de Tabárez.
En todos los mundiales de mayores del referido período jugaron por Uruguay futbolistas que en las ventanas anteriores habían participado en las competiciones de juveniles: Luis Suárez, Edinson Cavani, Martín Cáceres y Nicolás Lodeiro en Sudáfrica 2010; Abel Hernández, Sebastián Coates, José María Giménez y Gastón Ramírez en Brasil 2014; Martín Campaña, Guillermo Varela, Gastón Silva, Matías Vecino, Rodrigo Bentancur, Nahitan Nández, Cristian Rodríguez, Diego Laxalt, Giorgian de Arrascaeta y Jonathan Urretaviscaya en 2018. Muchos de ellos llegaron a jugar en los tres mundiales posibles (sub 17, sub 20 y absoluto) y algunos hicieron toda la escalera desde la sub 15 durante el seguimiento del proceso de institucionalización de las selecciones. Por primera vez sin el Maestro, con Diego Alonso en Qatar 2022 se volvió a repetir la historia –y seguramente sucederá en Estados Unidos-México-Canadá 2026–.
Esta parte del camino también tenía una recompensa, tal vez, en los abrazos emocionados de decenas de los 132 futbolistas que pasaron por la conducción de Tabárez, Otero, Rebollo y Herrera, por las palabras, por los homenajes, por los gurises de túnica blanca y moña azul, por las canciones, por las imágenes que nos revelaron emociones imperecederas; por todo. Esa es la otra estrella, la que no refiere a ningún triunfo en la cancha, a ningún campeonato. La de la construcción y reconstrucción de un vínculo eterno entre la celeste y nuestra sociedad.
Gracias, Maestro.