De golpe, en Santiago del Estero, en un estadio que se llama Madre de Ciudades, porque no hay ciudad fundada por los españoles en el territorio argentino anterior a esa ciudad ahora surcada por fútbol, una palabra vence a todas las palabras. Una palabra y esa palabra no es calor aunque merecería serlo porque la sensación térmica besó a la tarde los 40 grados. Una y no es fútbol, a pesar de que correspondería, ya que Racing y Estudiantes transpiraron una final de 120 minutos para terminar en empate. Una y no es penales, más allá de que haya en ese instante penales, porque de los dos equipos, mejores que los que no están jugando esa final, sólo uno puede ser, esta vez, campeón. Pero la palabra que suena en cada balbuceo de cada rincón de las tribunas es otra. Es esta palabra: Uruguayo.

“Dale, uruguayo”, le imploran los y las de Estudiantes a su arquero, Fernando Muslera, casi cuatro décadas a pura residencia en los arcos, cuatro participaciones en mundiales en la biografía, manos estrenadas en Estudiantes en esta temporada que se acaba, argentino en el momento del primer llanto, pero uruguayo por mil motivos y porque eso le dijeron no sólo en sus días de Wanderers y de Nacional, sino cuando migró a la Lazio italiana o al Galatasaray turco. “Dale, uruguayo”, susurra Julieta, una joven rubia que rodó, elegante en el viaje, desgreñada ahora, por las rutas argentinas desde el viernes para estar allí, como de costumbre, sosteniendo a sus jugadores. “Dale, uruguayo”, le ruega Carlos, otro fanático, desde la madrugada en Barcelona, con la cara hirviente como si en lugar de encaminarse hacia el invierno europeo, pisara el suelo santiagueño, donde cada cemento es un hervor.

“Dale, uruguayo”, le pide Claudio, un treintañero empilchado con el celeste y blanco de su Racing, aferrado a las pulsaciones de su padre y de su tío, en la platea baja del Madre de Ciudades, a Gastón Martirena, montevideano de cepa, lateral heroico de las más épicas disputas de la Academia en los últimos dos años, con 25 almanaques en los documentos y muchos partidos en el pie diestro. Y eso pide, también, sudado y nervioso, Nico, un porteño residente en Asunción que interrumpió sus vacaciones en Brasil en cuanto Racing se clasificó finalista del segundo campeonato argentino de 2025, venciendo a Boca en la Bombonera, combinó un ómnibus con otro ómnibus y desembarcó, dejando atrás fronteras y lógicas, en la popular que da la espalda a las calles en las que santiagueñitos y santiagueñitas aguardan que el partido se acabe para vender unas cervezas que desafíen al calor de las gargantas ajenas y a las malarias de la economía propia.

“Dale, uruguayo” de un lado y de otro porque, en la definición por tiros desde el punto del penal, Racing puede consolidar la ventaja obtenida por un paradón de Facundo Cambeses, su portero de puerta segura, ya incorporado a las filas de la selección argentina. Y, entonces, va Martirena y va Muslera. Van rodeados de miles y miles que se esparcen con lo que queda de sus cuerpos en las graderías y, además, van enterados de que, durante la fugacidad en la que se instalen los dos con los ojos frente a los ojos y la esperanza frente a la esperanza, no habrá nadie más. Y va nomás Martirena, que pateó tan bien en otras ocasiones de la existencia. Y va Muslera, empecinado oficiante de la ilusión a contramano de los tres penales que ya quiso frenar y no pudo. Y va Martirena, la pierna derecha, la elección del costado derecho de esa derecha como destino, la potencia insuficiente, la dirección insuficiente. Y va nomás Muslera, nunca rendido, que ataja y curva la historia de la noche en Santiago, de los termómetros en Santiago y del fútbol en Santiago a favor de su Estudiantes.

De la gloria sólo puede predicarse que es indefinible. Lo que sí se conoce es que hay ocasiones en que se comporta como un palo enjabonado. Así le ocurre al Racing de Gustavo Costas, de temporada alta –semifinalista de la Libertadores, cuartofinalista de la Copa argentina, vencedor de Botafogo en la Recopa Sudamericana, finalista en Santiago cuando insinuaba que ya se iba de vacaciones– que, sin ser superior al Estudiantes de Eduardo Domínguez –que se ubicó octavo entre los ocho en las zonas de la fase inicial del campeonato, pero que llevó al campeón Flamengo a los penales en los cuartos de la Copa–, se pone en ventaja por una travesura genial de su goleador Maravilla Martínez y que casi agarra las llaves del título. Pero ve cómo esas llaves se desparraman, en el descuento, cuando Guido Carrillo, otro gran goleador, mete un cabezazo de exactitudes. En los penales, ese Racing tan competitivo vuelve a sacar una luz de ventaja y se le escurre. Qué cosa difícil la gloria.

Y Estudiantes se baña en la gloria un poco por lo que sentenciaba Vujadin Boskov, entrenador serbio de Real Madrid: “Fútbol es fútbol”. Y porque, antes de que sus fieles se entreguen al “dale, uruguayo”, no se rinde. Y porque convierte su gol con una jugada de pelota parada que homenajea al Estudiantes de los 60, referencia fundadora de los éxitos que enhebra después. Y porque, con su presidente Juan Sebastián Verón enfrentado a la cúpula de la Asociación del Fútbol Argentino –en una confrontación en la que ya juegan lo suyo el gobierno de Javier Milei, las corporaciones más poderosas y los dirigentes de muchos clubes–, detecta alguna fuerza adicional que le amplía la sed de triunfo en las circunstancias en que su horizonte podía dibujar el desaliento.

Luego del “dale, uruguayo”, Estudiantes acierta otro penal que casi muere en el arquero rival. Racing aprovecha el suyo porque tampoco es de entregarse. Estudiantes anota uno más. Viene Franco Pardo, buen defensor, gatilla con su derecha y le pega al poste diestro de Muslera, quien, con los oídos reiteradamente habitados por el “dale, uruguayo”, está cerquita. Y ya no hay ni más penales, ni más pelotazos, ni más expectativas, ni siquiera más calor. Apenas lo de siempre: fiestas y vacíos, la gloria y la no gloria. Apenas lo inconmensurable de siempre: “Fútbol es fútbol”.

Cuando todo eso transcurre, Muslera mira hacia algún rumbo. En una de esas, localiza en qué punto de las geografías humanas reside la dicha de que Estudiantes y él sean campeones. En una de esas, lo que sucede es que alguien le sigue diciendo: “Dale, uruguayo”.