El fútbol del interior, para cualquier canarito o canarote del siglo XX, es y fue todo. Fue allí donde todo empezó para nosotros, los adoradores de la globa, los que vemos el pabellón patrio en los colores de la camiseta del pueblo, los que sentimos que llegábamos al Centenario, a Maracaná o a Wembley la primera vez que nuestros mayores nos llevaron de la mano al estadio de nuestro pago. Y era –y es– estadio, aunque tenga cinco hileras de bancos de concreto apretado, aunque el alambrado olímpico sea de cinco hilos con piques que sobraron o que donó el tambero camino al arroyo.
Cuando Uruguay aún no había jugado y ganado los Juegos Olímpicos, cuando la Copa del Mundo Jules Rimet no era ni siquiera un sueño, ya había unos gauchos, vascos, criollos y tanos en nuestros pueblos jugando campeonatos del mundo, pero en nuestro suelo, entre nuestros ríos y arroyos. En 1922, hace más de 100 años, se jugó el primer campeonato del Litoral, y aquellos mercedarios campeones que defendían a la selección de Soriano no sabían quiénes eran Nasazzi, Andrade, Juan Evaristo, Ochoíta ni Friendenreich, pero sabían el placer, el orgullo y la responsabilidad de vestir los colores del pueblo. Apenas pasaron unos años y ya estaban el Sur, el Este y el Norte: todo un país detrás de aquellas duras y pesadas pelotas de cuero marrón.
Me siento futbolista desde que mi conciencia me recuerda corriendo detrás de una pelota al costado de la cancha, cuando no había más gloria que mis padres, mi casa y la seguridad del regazo, piel con piel, que me iba soltando al mundo. Y eso es ni más ni menos por el fútbol del interior, el de nuestras selecciones, el de nuestro Mundial, que es tan Mundial como el que estoy tratando de ir o como el de Qatar, aunque no tenga aire acondicionado ni VAR.
A veces hago un viaje a mi pasado, a los años más felices, y me vuelvo con una valija llena de cosas simples, cálidas y agradables. La mayoría de las veces esos viajes, pequeñas ensoñaciones atadas con alambre, son a mi infancia lo que algunos dicen que es la patria, y ahí aparece una pelotita de plástico, el sol, la imponencia del estadio, alguien tocando bocina desde el auto, una camiseta de algodón y franjas anchas, la caravana de los campeones y decenas de imágenes más que me pasan a 60 cuadros por segundo.
Cuentos de los años felices
Mi primera señal de identidad y pertenencia colectiva me fue dada por unos vecinos inmensos, literal y simbólicamente, que defendían a la selección de mi pueblo.
Aunque ahora yo sea el abuelo que llevará a sus nietos a potrear en la pequeñísima explanada que da a la cancha, entre panchos superlargos, tortas marmoladas espolvoreadas con azúcar impalpable y pizzas de cumpleaños, siempre sentiré ese momento único de la música de los tapones chirriando entre el cemento, el perfume del linimento, unas notas del alcohol embebido en algodones, y esos cracks de la vida, los que atravesarán el portoncito de la gloria o la desdicha para ser nuestros héroes o vaya a saber qué, pero con nuestra camiseta.
A esta competencia, hace ya más de dos décadas, empezamos a llamarla Nuestro Mundial. No como un gesto grandilocuente ni como una exageración romántica, sino como una forma precisa de nombrar lo que sucede. Porque aquí también hay selecciones, hay himnos populares reforzados de los parlantes con los bajos saturados por las voces de la tribuna, que conocen esa canción como el cemento de la tribuna, hay pueblos enteros pendientes de un resultado y hay una representación simbólica que excede largamente lo deportivo. La expresión dejó hace tiempo de pertenecer a quien la pronunció por primera vez: hoy es del país, del interior y también de Montevideo, el único aparentemente fuera de la fiesta, aunque de muchísimas maneras está, o que nunca estuvo tan lejos como a veces cree.
Sostener esa denominación no fue gratis. Costó explicarla, defenderla y repetirla cuando parecía exagerada. Pero el tiempo hizo su trabajo: hoy pocos dudan de que, para decenas de miles de futbolistas elegibles, para cientos de dirigentes honorarios y para pueblos enteros que reorganizan su semana en función del fixture, este campeonato es un mundial. El de ellos. El nuestro.
La Copa Nacional de Selecciones 2026 vuelve a ofrecer eso: noches largas, estadios llenos de historias mínimas, juveniles que acompañan a los mayores, gente que negocia licencias laborales para ponerse una camiseta y vecinos que se reconocen en un escudo. Reivindicarla, presentarla y difundirla no es una tarea nostálgica: es una responsabilidad cultural. Porque mientras haya una pelota rodando en una cancha del interior, Nuestro Mundial seguirá siendo una de las expresiones más auténticas del fútbol uruguayo.