En el cierre de la octava fecha, Danubio y Defensor jugaron su especie de clásico que ya tiene sus años y empataron 0-0. Un puñado de hinchas de Defensor que faltaron al laburo se hicieron presentes en la tribuna que en su momento tuvo una palmera. Donde crece la sombra en Jardines, la platea danubiana con todo su esplendor. Aunque supieran que no verían esa tarde a Papelito Sebastián Fernández, relegado por lesión, la banda atrás del arco llevó los vientos.
El violeta llegaba tras la victoria contundente sobre Nacional, que pareció enderezar todas las cosas; Danubio, con la noción de que primero juega por los puntos de abajo. Defensor empezó mejor el partido, con otra sincronía. Tuvo la primera clara a segundos del inicio: el paraguayo Brian Montenegro picó en soledad y estrelló la pelota contra el travesaño; por el medio entraba Alan Torterolo en posición inmejorable: no lo vio. El resto de las sincronías terminaron de la misma forma, en los pies de Alexander Machado, lanzado en velocidad tras la defensa adelantada de Danubio.
Enzo Cabrera ensayó una especie de respuesta para los locales, que, con “La más fiel”, tuvieron batucada de continuo. Por momentos sonó como aliento; por momentos, como presión. Cuando el redoblante se confundió con la voz del estadio enronquecida hablando de una rifa, se extendió el mito del fútbol uruguayo. Cabrera le hizo honores con una pelota que divagó por la línea del arco, pero nunca se atrevió a entrar.
A Mauro Goicoechea no le quedó otra que ser figura: apagó como cigarros tres jugadas mano a mano con Machado. El arquero sacudió a su equipo de la modorra y, de esta manera, la franja creció en el juego. Incluso Tomás Cavanagh convirtió un gol que luego fue anulado.
Así como se fueron al descanso, volvieron al segundo tiempo: en esa onda de ir y venir, de cambiar ataque por ataque y jugarlo por los puntos y por el orgullo del clásico. En el violeta probaron, como casi siempre, con Bryan Lozano para frotar la lámpara. En Danubio entró Ivo Constantino, el argentino que es de los grandotes que la mueven. El cero fue creciendo con la sombra de la tribuna principal.
La cancha se estiró como un chicle. Había una estancia entre arco y arco. Pero la pelota no dejó de ir y venir. Sebastián Rodríguez protagonizó el segundo tiempo con clase y con entrega, yendo al suelo para recuperar. El entrenador Diego Monarriz y los suplentes, como hinchas, repitiendo el nombre del club al unísono. Hubo algunos cambios más, como quien echa aceite para disponer el sprint final. Pero, tan solo sobre el cierre del partido y de la octava etapa, un tiro libre de Iván Rossi confundió a varios, incluso a Dawson, que de todas maneras resolvió.