En el Penal de Libertad se jugaba al fútbol. Puede parecer un detalle menor frente a la dureza de la cárcel, pero no lo es. Para muchos presos políticos era un momento de aire en medio del encierro, una manera de recordar que afuera seguía el mundo. No había estadios ni tribunas, pero sí equipos, rivalidades, goleadores y finales memorables.

Las historias son sencillas, a la uruguaya, pero son historias de lucha por pedacitos de libertad. La primera me la contó Carlos Cacho Cola, hombre de Belvedere y militante del 26 de Marzo. Una tarde me contó que un año –cree que 1975 o 1976– se jugó una final y él estaba en uno de los equipos. Levantan un córner, un grandote cabecea, pega en el palo y el Cacho, que entraba atrás de él, cabecea, hace el gol –era bajito– y sigue en la carrera con la boca llena de grito de gol. Había policías atrás del arco. Cuando festeja el gol se lo grita en la cara, acordándose de algún familiar de los uniformados. Se da cuenta del lío en el que se metió. En el primer borbollón da una trompada al azar y arranca una trifulca que termina con Cacho en el piso, “desmayado”. Días sin conocimiento, teniendo todo el conocimiento, todo para zafar de la que se le venía por haberles gritado el gol en la cara a sus captores. Otra que simulación.

Con José López Mercao, el Negro, charlamos mucho y un texto suyo ayuda a recrear el fútbol del penal. Para López Mercao el fútbol era una emoción que se podía comparar con la visita quincenal. Así de importante. En Libertad no había una liga bien organizada como sí hubo en Punta Carretas. Demasiados sectores y barracas hacían muy complejo armar un torneo. Cuando solo estaban los pisos sí hubo liga y campeonatos, pero llegó un momento en que el penal tenía cinco pisos y cinco barracas. Ambos mundos eran mundos aparte. Y los pisos también tenían sus diferencias. Los presos más “pesados” estaban en uno, los más “livianos” en otro. El segundo piso era el más complejo, el de “máxima seguridad”. Con ese puzle de pisos, alas, sectores y barracas no había liga posible.

El deporte era preferentemente realizado en canchas que se encontraban frente al celdario y en el horario del recreo. Se hacía vóleibol y básquetbol. El deporte de la naranja era importante: varios jugadores destacados se encontraban en la cancha del penal, como Bernardo Larre Borges, Carlos Haller y Ricardo Gata García. Pero, sin duda, el fútbol era el deporte más practicado.

El penal tenía dos canchas, la “chica” y la “grande”. Había buenos jugadores y de los otros. Partidos de hacha y tiza: solteros contra casados, bolsos contra manyas, capitalinos contra canarios. Cuando les pregunto por el mejor jugador que vieron en las polvorientas y duras canchas del EMR-1, casi todos repiten un mismo apodo: el Caipira.

José María Pereira era uno de esos fenómenos a los que les cantó el Canario Luna: los cracks que no llegaron. Pero este sí llegó. Al menos a lo que él quiso llegar. Es uno de los grandes goleadores del fútbol riverense. De gurí jugaba en el Artigas. En ese club jugó añares y el mejor equipo que integró fue el de 1969: campeones invictos y por varios puntos. En aquel año era furor en el fútbol capitalino Huracán Buceo, el equipo del Topo Gigio. Lo quisieron llevar al Caipira, pero José no quería saber nada con jugar en la capital. Quería jugar en su pueblo y con su gente. El fútbol capitalino se lo perdió. Fue convocado a la selección de Rivera siendo de los mejores que vistieron la camiseta celeste y logrando el título de campeón del interior en 1968. En el Artigas jugó hasta 1972, año en que pasó a jugar en las canchas de la represión.

Fenómenos como el Caipira hubo varios, pero la cosa era divertirse, tener un espacio para compartir; no había que ser un crack. Eso sí, se buscaba el buen trato de pelota por la sencilla razón de que la cancha estaba rodeada de alambrado. Cuando la pelota se iba afuera había que salir a buscarla. No podían correr; tenían que caminar con las manos en la espalda. Por eso, a los que la reventaban les pedían: “¡La pelota contra el piso, bo!… que si no perdemos diez minutos de recreo en traerla de nuevo”.

Otro que en el penal jugaba y mucho era Homero Viera. Hombre de Rosario, Colonia. Fanático del Rosario Atlético de sus pagos, cayó preso en abril de 1972 por pertenecer al MLN. Su hijo Nicolás, hoy legislador, escribió un libro en el que rescata la correspondencia que Homero mandaba a su familia, sobre todo a María Lydia, Maruja, su mamá. Alcanza con leer un poco para entender la pasión futbolera de Homero: “Yo ando bien de bien, excepto por algunos golpes de los buenos, de los de fútbol, pero con un poco de infrarrojos ya estoy poniendo al día todas las lesiones [...] Recibí de regalo un banderín del Club Estudiantil Sanducero en el que juega Ferreira, que jugó en Rosario Atlético, ¿lo recuerdas? [...] Decile al Tique que estoy saboreando con toda emoción la tabla de posiciones del fútbol de ahí. ¡¡Rosario viejo que no ni no!! [...] Quedé conformísimo con los championes, casualmente pensaba ponerme a trabajar para adquirirlos; antes de usarlos, los forro por fuera de cuero porque es donde el fútbol los rompe”.

También despuntó el vicio futbolero el Pochilo Carlos Martel. Integrante del MLN, fugado de Punta Carretas, terminó en el Penal de Libertad. Tiene una historia que escribió con el título “Capitán del odio”. La historia es más o menos así: un capitán hizo correr la noticia de que se iba a jugar un torneo interpisos. Era una gran noticia, por eso los presos desconfiaban. Pero el piso del Pochilo se preparó. Se armó la dirección técnica, se preseleccionó a jugadores y comenzaron a practicar. Estaban preocupados porque uno de sus mejores hombres, el Negro Ricardo, gran puntero, no se sabía si estaría. Tenía la costumbre de ser mandado constantemente a La Isla, la celda de castigo. Pero armaron un cuadrazo. Se sentían campeones.

Llegó la noticia de que el piso del Pochilo arrancaba en la inauguración del torneo. Algunos jugadores ni comieron para estar livianos. Aparecieron vestidos para ganarle al que se viniera. Y el jefe del S2, capitán Molly, abrió la oratoria. Dio la bienvenida a todos, pero les avisó a los muchachos que el piso del Pochilo no jugaba el torneo. Porque, claro, era el segundo piso, los “bravos”. Y todo servía para hostigarlos, hasta matarles la ilusión de un torneo de fútbol.

Prendí la radio

La cosa es que al fútbol no solo se lo jugaba, sino que también, algunas veces, se lo escuchaba por la radio. Algún sábado, algún domingo, los altavoces llevaban a las celdas los relatos, la voz carrasposa de Alberto Kesman imitando a Carlos Solé, la más fina y poética de Víctor Hugo Morales, algunas veces la más sarcástica y políticamente comprometida de Ruben Casco.

Como era sabido que algún partido se transmitía, un juvenil del Defensor que iba a dar vuelta la historia le hizo un gol a Nacional. Como era costumbre, Víctor Hugo habló con la figura del partido y le pidió que dedicara el gol. El muchacho se lo dedicó a su hermano y a todos los compañeros presos en el Penal de Libertad. Julio Filippini, el violeta, se lo dedicó a su hermano Eduardo, quien al mismo tiempo, pero en lugares tan disímiles, era figura y goleador en el campeonato interno del penal. Eduardo no escuchó la dedicatoria; Julio, después de eso, no pudo jugar más, pero esa es otra historia.

El que tenía mucho que ver con eso de la radio era Jorge Burgell, un apasionado y gran conocedor del fútbol. Había sido ayudante técnico de Mar de Fondo cuando cayó preso. Su familia hacía lo que muchas: le llevaba la revista argentina El Gráfico. Varios presos supieron más de fútbol argentino que del nuestro en aquellos años. Jorge se hacía traer además la revista Sport, bien uruguaya, y mantenía en su celda un pizarrón donde armaba formaciones. Por eso se dio cuenta de que en la radio del Penal daban alguna información mal, sin respetar los puestos en la cancha. Como cuando jugó Argentina en su polémico mundial en dictadura contra Hungría, y al que era arquero lo dijeron como delantero, y a un volante como lateral. Entonces Jorge pidió para sumarse a las transmisiones deportivas radiales.

La emoción de Jorge fue enorme cuando fue al primer piso, donde se hacía la radio, y vio los tres suplementos de los diarios del momento: La Mañana, El Día y El País. Jorge no podía creer que tuvieran ese material todos los días. Algo había que hacer. Y así surgió el informativo deportivo del penal, Panorama deportivo. Jorge tenía claro que ese momento de armado y puesta al aire del programa era un disfrute. Aunque la realidad de la cárcel era otra –ver a tus hijos una vez al mes con suerte, ver a tu familia una vez cada 15 días con suerte, vivir sabiendo que en cualquier momento puede pasar algo–, para Jorge era importante dar una noticia de cómo le había ido al aguerrido Huracán del Paso de la Arena en la B, porque sabía de un preso hincha de Huracán que iba a estar esperando noticias de su cuadro.

Un cuaderno con historias y secretos

Así como en las transmisiones del afuera hubo personas dedicadas a las estadísticas, también en el penal alguien se encargó de llevar un prolijo cuaderno, que hoy en día está en custodia del Museo de la Memoria. Recorrer sus amarillentas hojas con mucho cuidado fue como volver a lo que yo hacía de niño y en total libertad en mi casa: recortar pedacitos de diarios, pegarlos, hacer títulos, armar tablas de posiciones, poner equipos, armar los fixtures, confeccionar las tablas de goleadores. Ese paciente trabajo, en los calabozos del Penal de Libertad en plena dictadura, lo hizo Roberto Caballero.

Roberto cayó preso en mayo de 1972 como integrante del MLN. Enseguida se dio cuenta de que necesitaría una válvula de escape. Mantenerse ocupado, pensando en algo que lo sacara un poco de la realidad carcelaria. Y surgió el cuaderno, el pequeño cuaderno que sería donde guardaría datos de campeonatos internos de fútbol y de básquetbol. Pero donde guardaría en secreto muchas cosas más.

La tapa, forrada, tiene una foto de un jugador de River Plate de Argentina haciendo un gol. Y recortada la palabra Fútbol como título. Todo de El Gráfico. Llama la atención un comienzo en el cuaderno con la historia del fútbol, de los campeonatos mundiales bajo el título “Reseña Histórica de la Jules Rimet” con lapicera roja, tablas de las ediciones de la Copa América. Luego, estadísticas de campeonatos sudamericanos de básquetbol.

Pero también se encuentran cosas menos deportivas. Como una denuncia destinada a la Cruz Roja, en letra muy pequeña, que contaba el hostigamiento permanente que sufrían los compañeros. También aparecían copiados textos prohibidos, marxistas, económicos, mezclados con manuales de cómo hacer bordado o el punto cruz, o del teorema de Pitágoras. Roberto tenía un cuaderno muy peculiar.

En la segunda mitad aparece el deporte en el penal. La tapa interna lleva por título “Venga, métase en el fútbol”, de nuevo con palabras recortadas y pegadas y fotos que acompañan. Lo primero que reseña es el campeonato interno interpisos de 1976, jugado de mayo a junio. Fue el segundo que se jugó en el penal. Era un hexagonal por sectores. Viendo la tabla de posiciones final, el ganador fue el sector A del quinto piso. Cinco partidos jugados, tres ganados y dos empatados. Campeones invictos. Vicecampeones fueron los del sector A del cuarto piso. Y a juzgar por la tabla, ni el primer piso ni el segundo jugaron. Solo jugaron los pisos del tres al cinco, con los dos sectores de ambos, el A y el B. El partido que definió todo fue el que los campeones golearon a los vices 5-2. Ahí les sacaron los dos puntos de ventaja que fueron los definitivos. Tan minucioso era Roberto, que figura el total de goles del torneo, 72, el promedio, 4,4 por partido, la tabla de directores técnicos y la tabla de goleadores. Al final, un ranking de los jugadores con más partidos por equipo.

La cosa sigue con el segundo torneo interpisos de básquetbol, jugado en la primavera de 1976. Ahí sí jugaron todos los pisos y sectores. Hubo triple empate en el primer lugar entre el 2A, el 4A y el 1B. En el 2A la figura era Ricardo Gata García, jugador de la selección uruguaya y campeón federal; en el 1B, Carlos Haller, al momento de ser detenido, figura de Peñarol. Hubo desempate por el primer lugar y el campeón fue el piso 1, sector B. Y acá vale recordar una anécdota que rescató el periodista Jorge Señorans sobre la definición del torneo, que se refleja en el cuaderno.

Cuando se iba a jugar el decisivo match entre ambos equipos a la Gata no lo dejaron jugar, lo mandaron al Hospital Militar. El 2A perdió a su gran figura y el equipo de Haller se quedó con el título y Carlos con el premio a goleador del campeonato. En aquellos torneos la oficialidad apostaba, y seguramente no quería además que saliera campeón el piso de los “pesados”. Los carceleros nunca le dieron el trofeo de goleador a Haller, por eso sus compañeros le hicieron una artesanía en hueso. El premio podría haber sido para la Gata, fue para Haller, pero hoy el que lo tiene es Horacio Tato López, regalo de un goleador a otro.