I. El azar y la simetría de marzo
Hace exactamente 20 años, en aquel marzo de 2006, nadie ni nada podía proyectar de manera conjunta, en paralelo o hasta por separado, el futuro de la construcción colectiva de la diaria dentro del universo de la comunicación uruguaya ni el destino de las selecciones nacionales conducidas por Óscar Washington Tabárez. Es un hecho incuestionable e irrefutable que ninguna herramienta de big data de aquellos últimos días del verano austral hubiese podido anticipar ni proyectar lo que estaba por nacer.
No era esperable en esos días iniciáticos prever que ambos procesos, ramas alejadas de un mismo árbol que acababan de brotar, crecerían, se enraizarían y florecerían con tal persistencia. La única conexión posible —una que no serviría ni de pista para la 20 vertical de un crucigrama difícil— era que ambos procesos nacieron en marzo de aquel año. Punto. Nada más que eso. El futuro era para el futuro, pero el futuro, finalmente, se hizo realidad.
Hoy es 20 de marzo de 2026. Es viernes. Afuera, el Uruguay sigue su curso con la parsimonia de los otoños que empiezan, pero aquí adentro, en el pecho de quienes, de una manera u otra, empujamos este sueño llamado la diaria, el corazón bombea con una frecuencia distinta. Cumplimos 20 años. Para algunos será apenas una cifra estadística; para nosotros y nosotras, es un milagro de persistencia que hoy nos permite mirar hacia atrás sin vértigo, pero con la memoria encendida en cada rincón de lo que supimos construir.
II. El salto sin red en la calle Paullier
El 20 de marzo de 2006 no fue un día más. No lo sabíamos del todo —nadie sabe del todo cuándo algo empieza de verdad—, pero ese lunes traía una carga distinta, una vibración rara. Ese día salió la diaria.
Decir “salió” es apenas un modo de nombrar lo que, en realidad, fue un salto sin red, sin garantías, sin manual. Un grupo de mujeres y hombres decidió que había otra forma posible de hacer un medio, de contar, de mirar, de decir. Éramos pocos. Éramos intensos. Éramos, sobre todo, conscientes de lo improbable. No había respaldo de los de siempre, ni blindaje económico, ni empresa, ni dueños. Estábamos nosotros y nosotras. Había, sí, una convicción que a veces rozaba la inconsciencia: la de que valía la pena intentarlo.
Había discusiones largas por una palabra, cierres al límite, con el tiempo estrangulado por algún cachilo que salía hacia la imprenta y volvía con el perfume inigualable de la diaria pronta para pasar debajo de mil puertas, pronta para correr detrás de los ómnibus para que aquellas letras pudieran llegar mucho más allá de Montevideo y fuera verdaderamente nacional. Hubo mates tardíos, café, cansancio y una alegría difícil de explicar. Tenía que existir la diaria. No era un juego semántico; era una toma de posición.
Poco después, la realidad nos puso a prueba. Apenas 90 días después de aquel debut, los fondos se evaporaron. Convocamos a una asamblea en la casona de la calle Paullier mientras afuera arreciaba el frío. La claraboya se nos llovía sobre las cabezas mientras sentíamos que se nos llovía la vida y el proyecto. Estábamos rodeados de profecías de fracaso: “No llegan a fin de año”, decían los que saben de negocios. Pero decidimos armarnos un sol de ilusiones. Éramos nosotros bajo la lluvia, pero, de alguna manera, también estaba el espíritu y los sueños de esos mil primeros suscriptores y suscriptoras que habían comprado algo que no conocían, creyendo en nosotros sin haber visto una sola de nuestras crónicas. Por ellos decidimos que seguiríamos hasta el fin. Aquella asamblea fue nuestra final del mundo silenciosa; ganada o perdida, pero nuestra.
III. El Maestro, el carpetín y la pregunta por el mañana
En medio de ese mismo torbellino iniciático, cuando apenas nos acomodábamos a aquellas viejas sillas y las torres de las computadoras dominaban nuestras mesadas, me tocó ir al Complejo Uruguay Celeste a entrevistar al nuevo técnico celeste. Yo no era un muchacho en aquel entonces; era un periodista, padre de cuatro hijos, que asistía a un doble alumbramiento de manera casi inconsciente.
Fui en el auto de mi padre, bajo el azote de una lluvia que parecía bautizar todos nuestros comienzos. Perdido entre las rutas 101 y 102 —sin saber por entonces qué era un GPS—, llegué finalmente a entrevistarme con Tabárez. Fernando Morán, nuestro compañero fotoperiodista, ya estaba ahí, diciendo con sus fotos a color —que serían masivas en blanco y negro— lo que no llegamos a decir los que escribimos.
Aquella mañana de 2006, cuando no había siquiera una lista de seleccionados y el Complejo era un páramo de ladrillo visto, le pregunté al Maestro algo que buscaba internalizar un concepto difícil para la ansiedad uruguaya: ¿cuánto cree que podría ayudar el tratar de internalizar el concepto de que no queremos ganar mañana, sino trabajar para dar lo mejor a mediano plazo?
Tabárez, con esa pausa docente que luego se volvería marca registrada, me respondió: “He dejado mensajes en cuanto a que mi principal anhelo es que cuando me tenga que ir, sea por resultados, por dudas, por razones de edad o por lo que sea, esta manera de hacer las cosas sea continuada por otras personas. Si logramos dejar eso será muy importante para el fútbol, pero fundamentalmente para los cambios culturales que pretendemos”.
Esa respuesta fue la piedra fundacional. Mientras el Uruguay futbolero —que es un poco el pueblo oriental— trataba de salir de la dolorosa frustración por la eliminación del mundial que se iba a jugar unos meses después en Alemania, él me hablaba de la túnica blanca y de la formación integral del ciudadano. Esa entrevista vio la luz en nuestro número 1 de la diaria, aquel 20 de marzo de 2006, y la titulé atrevidamente: El Maestro Tabárez en futuro perfecto: hoy es 20 de marzo de 2016.
El remate de aquella nota era una apuesta al tiempo, un juego de crononauta que hoy me eriza la piel: “El 20 de marzo de 2016, ese domingo que acabo de agendar, ya estaré con 55 pirulines encima. Casi con seguridad seré abuelo y entonces podré contarle a alguno de mis nietitos que ‘hace diez años salió la diaria’. También le diré que hace diez años empezó el que pretendió ser un plan básico de organización de las selecciones uruguayas. El plan maestro, el plan de Óscar Washington Tabárez. Seguro que les diré algo más, pero eso, si puedo, se los escribo dentro de diez años”.
Aquí estoy. Escribiéndolo. Ya no con el 10, sino con el 20 por delante.
IV. Tirar la pared: el espejo de la década
Diez años después de aquel encuentro, en marzo de 2016, volví expresamente al Complejo para entrevistarlo por aquella fecha, por aquella botella tirada al mar del futuro, del suyo y un poco también de la diaria, que seguía creciendo y floreciendo con aquellos y otros mundiales. En esa década lo había consultado decenas de veces, pero esa cita era especial: era la rendición de cuentas del tiempo. Tabárez, antes de sentarse a conversar, se detuvo frente a los asistentes y narró nuestro origen compartido con un énfasis que me conmovió:
—“Él me hizo una nota hablando de estas cosas que en aquel tiempo no existían, porque en ese momento no había nada desde el punto de vista físico de lo que hay ahora acá. Fue acá mismo”, dijo señalando el salón.
Explicó que la sala era ahora más grande porque habían tirado una pared que antes la separaba de unas oficinas. Ese gesto físico —tirar una pared para ampliar el espacio— era la metáfora perfecta de lo que ambos procesos habían hecho en el Uruguay. Habíamos ampliado el horizonte. En ese 2016, el Maestro ya era el seleccionador con más partidos en la historia del fútbol mundial. Había pasado de los manuscritos garabateados al éxito de Sudáfrica y la Copa América de 2011, pero seguía hablando de lo mismo: el cambio cultural.
V. La simetría de los días: 5.375 contra 7.305
Hay una simetría asombrosa entre los 5.375 días que duró el proceso de Tabárez y los 7.305 que cumple hoy nuestro periódico. La revelación de lo construido no está en los trofeos de las vitrinas, sino en la conexión profunda que se generó con la gente.
Incluso cuando el 19 de noviembre de 2021 el proceso fue interrumpido de forma oscura, la herencia resultó invulnerable. Se quiso borrar con el codo una refundación ética, pero el edificio estaba tan bien construido que no se cayó cuando quitaron al arquitecto. El tránsito de talentos ya no dependía de un nombre; se había vuelto cultura nacional. Los Valverde, los Bentancur y los Darwin que hoy nos emocionan son, en esencia, los hijos de aquel carpetín con espirales que vi bajo la lluvia hace 20 años.
En ese tránsito, Tabárez se fue convirtiendo ante nuestros ojos en algo que nuestra modernidad occidental suele despreciar, pero que las viejas civilizaciones nativas veneraban: el anciano como brújula. Lejos de ser un técnico de paso, se transformó en ese modelo de anciano venerable, el depositario de la memoria y la experiencia que, con el paso cansino pero la mirada larga, ordenaba el caos de los más jóvenes. Como en aquellas tribus donde el consejo de los mayores era la ley que aseguraba la supervivencia del grupo, el Maestro fue nuestra raíz. Su autoridad no emanaba del grito, sino del conocimiento acumulado, recordándonos que la verdadera evolución no es correr más rápido, sino saber hacia dónde se camina.
VI. El eslabón perdido: el Tanque y la epifanía del Viera
Hay una conexión con lo mágico que tardé décadas en descifrar. Al Maestro lo conocí cuando yo estaba en cuarto de escuela, aunque no fue en un aula ni frente a un pizarrón. Fue un sábado de 1972, el día que descubrí el Parque Viera. En realidad, lo vi; seguramente lo festejé y hasta le grité sin saber quién era. No supe de aquel contacto inicial hasta muchos años después, cuando, conversando con él sobre el mapa del camino de su vida, me recordó su paso por El Tanque.
Muy tempranamente yo ya andaba con encandilamientos y enamoramientos con cuadros que no se llamaban ni Nacional ni Peñarol. Sacrificaba los sábados de mi padre recorriendo canchas donde jugaba el Sportivo Italiano El Tanque. Ese año, Wanderers —que estaba en la B y había decidido jugar en Las Piedras— jugó contra mi equipo gitano haciendo de visitante en su propia cancha, en el Parque Viera. El verdinegro de Tabárez le ganó al copetudo bohemio del Loco Ortíz, con su oxigenado pelo largo y sus bermudas de vaquero Far-West recortadas a tijera.
Juro —lo sé desde lo más profundo de mi ser— que, en ese atardecer, estuve iluminado por las musas de la pelota y jugué como nunca más pude hacerlo en aquella cancha urbana y en curva, en las veredas de mi barrio. Esa tarde la recuerdo por esa omnipotencia futbolera, la única de toda mi vida, que se apoderó de mí. Te juro que de eso no te olvidás nunca más; fue mi epifanía futbolera mucho antes de entrar a un vestuario.
La magia cierra el círculo 34 años después: aquel jugador del equipo gitano, convertido ya en el Maestro que trataba y admiraba, me daba una entrevista que, a través de su pensamiento, iluminaba el porvenir. Otra vez la epifanía, otra vez entenderlo todo antes de que pasara.
VII. El camino es la recompensa
El 20 de marzo de 2026, ese viernes que acabo de agendar, ya estaré con 65 pirulines encima. Casi con seguridad seré abuelo y entonces podré contarle a alguno de mis nietitos que “hace 20 años salió la diaria”. También le diré que hace 20 años empezó el que pretendió ser un plan básico de organización de las selecciones uruguayas. El plan maestro, el plan de Tabárez. Seguro que les diré algo más, pero eso, si puedo, se los escribiré dentro de unos años.
Hoy es 20 de marzo de 2026. la diaria cumple 20 años y yo ya no tengo que imaginarme como abuelo. Lo soy. Mis nietos ya no necesitan que les cuenten esta historia como un mito: pueden leerla en estas páginas que sobrevivieron a las tormentas y a las claraboyas rotas.
Mis nietos y nietas —Alfonsina, Ámbar, Bautista y Bianca— son los dueños de este futuro perfecto. A ellos les cuento que la diaria nació de una necesidad de justicia y de un grupo de personas que construyeron juntos. Les cuento que no hay que creer en iluminados, sino en la gente que se junta para armarse un sol propio y para todos.
No ganamos todos los partidos. No acertamos en todo. No fuimos perfectos. Pero caminamos. Sostuvimos el pulso, aprendimos de los errores y volvimos a intentar cada mañana. El camino fue la recompensa. Y esta historia —la de uno que un día hizo una pregunta hacia el futuro y la de un medio que se animó a existir sin garantías— no se escribió para el pasado. Se sigue escribiendo hoy, aquí mismo. Todavía. En futuro perfecto.