Matías Cano es argentino y es arquero, el nuevo golero de Bella Italia, el equipo de Fernando Muslera, que también es arquero. Mientras escribo esta nota, los arqueros se encontraron en la pretemporada que el equipo azzurro, que jugará el campeonato de la vieja C, dispuso en City Bell, hogar de Estudiantes de La Plata, donde juega el laureado arquero uruguayo.

Cano tiene unos cuantos ascensos en el lomo de sus casi 40 años. Quizás haya en esa experiencia un llamador como estampita para alcanzar el profesionalismo por primera vez en la historia del novel club. “La gente piensa todo el tiempo, cuando se habla de un jugador de fútbol, en dinero, en excentricidades, grandes lujos, pero son los menos”, dice Matías en el inicio de la conversación. Y contraataca: “Son pocos los jugadores que pueden decir que a través del dinero recaudado se consideran exitosos. Muchos quieren imitar a ese porcentaje menor y se aferran a cosas que no son los mejores valores. Pero tampoco podemos juzgar, porque no tienen por qué ser espejos de nada; son personas, pero no por tener tatuajes o mayor cantidad de seguidores en Instagram vas a tener una mejor carrera”, explica el argentino, que surgió deportivamente en Temperley y vistió más de una camiseta en el ascenso argentino y en el fútbol chileno, donde regó su estirpe, sobre todo con la camiseta de Coquimbo Unido, transformándose en ídolo: “Estamos los otros, los que tratamos de modificar ciertas costumbres machistas que se ven en el fútbol, que a través del ejemplo de deconstruir el prototipo del jugador de fútbol podemos dar una mirada más amplia sobre algunas situaciones. Compartimos mucho tiempo juntos, que se puede aprovechar para hablar cosas con sentido y no de cosas vacías”, dice Matías, que apenas conocía cómo pegaba el viento del otro lado del Río de la Plata.

Matías corre porque la jugada lo agarró adelantado, y corre tan rápido como un niño que quiere atrapar un pájaro. Cuando el pájaro baja, Matías ensaya un baile para devolverlo al vuelo: saca una pelota imposible en la línea. Es un partido entre la UAI Urquiza y Deportivo Morón. Años después, instalado en el fútbol chileno, vivirá una jugada parecida, una “Corrida al arco”, como una canción de Nina Suárez, ante la mirada del mundo quieto cuando solo existen él, el arco y el balón que tanto conoce.

“Hay otro porcentaje de jugadores de fútbol que entendemos la vida de otra manera. Competir y vivir de otra manera. Si querés algo, ir a buscarlo, desearlo, pero desde el camino de la bondad, con los valores éticos que te formaron como persona cuando eras guacho. Cuando todos los del barrio tenían una bici nueva, mi viejo me decía ‘no tenés la bici nueva, pero sabés que no tenés que traicionar a un compañero, que tenés que andar por el camino correcto, que si alguien sufre lo tenés que ayudar’. Yo le decía ‘tomatelá’, pero después me di cuenta de que no, que el chabón tenía razón”, dice Matías, que de su padre también supo aprender a moldear enseñanzas de las otras: “Falencias que encontré de su crianza que no quiero repetir con mis hijos, que las he adoptado como propias porque nací viendo eso. Fue difícil romper ese paradigma, dilucidar que no era el camino correcto el que me habían mostrado día a día. Crear mi perfil me trajo un montón de quilombos, de piedras en el camino. Pero hay que laburar para eso, todos tenemos quilombos, todos tenemos problemas de guita, pero date una vuelta manzana y que se te pase, que en tu casa no se consuma la violencia. Todo el tiempo vas tropezando y tenés cosas de las que no te enorgullecés, te avergonzás. Pero identificar el problema es un paso, después hay que ejecutar. En mi casa tengo que predicar con el ejemplo. Y en el vestuario es lo mismo”.

A lo que vino

El proyecto de Bella Italia lo tentó para darle un brillo más a su carrera. En Coquimbo Unido, un club que le quedó tatuado, logró el ascenso en 2018, algo que intentará repetir en Uruguay. Luego disputó las semifinales de la Copa Sudamericana. Volvieron a descender con el cuadro pirata, pero la revancha fue inolvidable porque tuvo ese sabor de volver. Volvió a Argentina y, para no perder la costumbre, con la camiseta de Real Pilar también logró el ascenso. “En estos ambientes más amateur, como la C, se ven muchas realidades. Pero menos egos. Nadie te puede venir a decir yo jugué acá, yo jugué allá, nadie puede decir nada, entonces está bueno para predicar cosas. Que cuando su carrera, que recién está iniciando, los lleve a ser referentes, que se hayan criado con referentes que cortaron con la cadena de cosas que nos tocó sufrir. Cosas que te hacían los más grandes cuando eras pendejo, como pelarte la cabeza ¿Para eso somos referentes? Preguntale si tiene botines para la lluvia, si está preparado emocionalmente, que cualquier error te hacés cargo vos, basta. Aprovechemos el poder de escucha para que la palabra tenga un sentido, y después vivir a través de lo que dijiste. Ser consecuente, en cada imprevisto, año tras año”.

Pero más allá de la pelea de Bella Italia por alcanzar el profesionalismo y la apuesta por un arquero con el recorrido de Matías Cano, Matías Cano se ha hecho conocido, además, por su postura política frente a determinados acontecimientos. Ese perfil marca su personalidad bajo los tres palos, en la intimidad del vestuario o de la casa, que a veces se parecen. “Quizás si yo me hubiera dedicado cien por ciento a mi carrera, hubiera sido otra, pero las cosas que viví a la par por no dedicarme cien por ciento al fútbol no me las reprocho para nada. Si tuviera que volver a vivir, me quedaría otra vez con la duda de dónde podría haber llegado por vivir la vida, por no privarme de nada, por viajar ocho horas para ir a ver a La Renga, volver cagando con las horas para llegar a entrenar. No es la vida de un jugador profesional, pero yo quise vivir así”, confiesa.

La “masacre de Avellaneda” –el 26 de junio de 2002– marcó un punto de quiebre en la historia social argentina al visibilizar la crudeza de la represión estatal durante la crisis pos 2001. El asesinato de los jóvenes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, ejecutados por la Policía bonaerense –que en un principio quiso ser reflejado como un enfrentamiento entre manifestantes, pero que, sin embargo, el registro fotográfico de la prensa reveló que fueron ejecutados por la espalda mientras uno intentaba auxiliar al otro–, generó un gran impacto político que obligó al entonces presidente Eduardo Duhalde a adelantar las elecciones generales. Matías tenía 15 años y jugaba en las inferiores de Temperley. No tuvo que aprender a salir a la calle, solo siguió el impulso de hacerlo. Un par de años después de la muerte de Kosteki y Santillán en el puente Pueyrredón, Matías debutó en primera. Su valor en el arco lo llevó más allá de los Andes, donde también lo marcó la muerte de dos estudiantes en manos de la Policía chilena. Fue con Diego Guzmán y Exequiel Borvarán, asesinados en una movilización en defensa de la educación libre y gratuita en Chile, que Matías también vivió los tiempos de la Revuelta: “En el tiempo de la Revuelta se paró todo; yo era el capitán de Coquimbo, tuvimos que alejarnos 50 kilómetros para tomar el micro para jugar con Colo-Colo porque los hinchas no querían que se jugara. Después se suspendió el campeonato, no daba para más. Estábamos concentrados el día que se suspendió. Tuvimos que volver caminando de La Serena a Coquimbo, estaba todo prendido fuego. Era el cumpleaños de mi esposa. Fue una odisea, la gente nos dejaba pasar porque éramos jugadores. Atravesamos la ruta 5. Era un quilombo. Como se suspendió el campeonato, clasificamos a la Sudamericana”.

“Yo no soy influencer, soy jugador de fútbol, tengo una postura clara ante determinadas situaciones, los conflictos que hay en el mundo no me son ajenos. Tengo una postura clara frente al conflicto entre Palestina e Israel, es un genocidio claro lo que Israel le hace al pueblo palestino. Capaz que en un vestuario es difícil romper con el relato que genera la maquinaria comunicacional de los grandes medios corporativos que operan en Latinoamérica, que están al servicio de la derecha neoliberal más grande. Los jugadores de fútbol tienen que tener la capacidad de ver que hay una porción de la sociedad que está quedando olvidada”, agrega el arquero, y reconoce que “hay que ponerse a hablar de esas cosas en los vestuarios. No es fácil, como decir que ‘puto’ no es un insulto, o cuando alguno dice ‘mirá esa gorda’ o ‘esos negros de mierda’”. Dignificar la profesión, a decir de Matías, también es romper con algunos paradigmas, como forma de “devolverle al fútbol todo lo que te dio”.

El arquero de Bella Italia sostiene que su vida “no tiene paréntesis”, que no es una cosa en un lado y otra cosa en otro, que es como es, con sus “defectos, sus excentricidades”. Pero, al mismo tiempo, aclara: “Así como no tengo nada que hablar contigo si me decís que Messi juega más en Barcelona que en Argentina, tampoco quiero saber nada contigo si apoyás el gobierno de Milei. No me voy a comer un asado con vos si festejás que todos los miércoles caguen a palos a los jubilados. La reforma laboral, los derechos de los trabajadores, que son conquistas que el pueblo adquirió con los años... De un día para el otro se va todo a la mierda; ¿qué voy a hacer? ¿De qué lado me voy a poner? ¿El precio es caro por decirlo?”.