Ya se sabe cómo es en estos casos: el análisis, el foco, las repercusiones, las conclusiones y las especulaciones se centran en el equipo que perdió. En la tercera o cuarta explicación, que deja de lado al perdedor, aparece que alguien le ganó a Peñarol, en este caso, pero podría ser Nacional, Boca, Flamengo o Cerro Porteño. En la quinta línea aparece que fue Liverpool el ganador, que aprovechó la mala noche, la falta de titulares, la desconcentración y otras cosas más del equipo rival. Pero no, no es así.
Liverpool le ganó muy bien a Peñarol como visitante en el Campeón del Siglo porque supo ejecutar su plan y optimizar sus condiciones de ataque mientras todo estaba como se pensaba. Después, cuando supo que jugaría más de una hora larga con uno menos, ejecutó con prodigación y capacidad su acción de defensa de su arco, sacando y sacando, metiendo y metiendo, que no es una acción tomada a los ponchazos, sino aprendida y bien ejecutada. Fue un triunfazo de Liverpool, que jugó acorde a las expectativas de su plantel y que con esta victoria escala un poco en la tabla pero, sobre todo, le permite a Racing sacar cuatro puntos de ventaja sobre Peñarol y Deportivo Maldonado. De este modo, es seguro que los de Sayago cerrarán la próxima fecha como punteros, pase lo que pase.
El resplandor de la cuchilla
Cinco minutos es un espacio de tiempo que en estas tierras revela algo rapidito, un tiempo del que ni te darás cuenta si debés esperar, que ni aprovecharás si lo querés disfrutar. Cinco minutos, solo cinco minutos habían pasado, con los futbolistas y la gente acomodándose en el partido, cuando Liverpool contragolpeó como un rayo. Fue una pelota que los dirigidos de forma interina por Gustavo Ferrín robaron sobre el flanco izquierdo de su defensa y arrancaron por ese lado, a la carrera y con el dominio de la situación.
La pelota fue de la izquierda hacia el centro, donde entraba como una exhalación Kevin Amaro; hubo un cierre del tipo “sacarla del buche” de Diego Laxalt sobre Amaro, que iba a definir. La pelota ahora fue a la franja derecha de los de la cuchilla de Juan Fernández y allí Facundo Perdomo estiró un poquito para adelante y metió un centro para el cabezazo limpio y claro de Ruben Bentancourt, que, solo entre los centrales, puso el 1-0 de Liverpool. Cinco minutos para acomodarse Peñarol, cinco minutos para afianzarse Liverpool.
El quiebre de la media hora
El equipo alternativo de los aurinegros, solo con dos o tres potenciales titulares, siguió las instrucciones de la historia y, desordenadamente pero con la rutilante figura de Matías Arezo, se arrimó al área mientras Liverpool seguía ensayando sus rápidas transiciones, pero con desajustes al segundo o tercer pase, cuando la pelota debía llegar a las inmediaciones del área rival. Así las cosas, la pelota empezó a no tener dueño.
Pasada la media hora, todo empeoró. El partido dejaba de ser el prospecto imaginable antes y después de que Liverpool se quedara con un futbolista menos por la prematura expulsión, por doble amarilla, de Federico Martínez. Ni bien vio la roja Martínez, fue evidente que el interés del partido para el público en general iba a ir en bajada: para los de Peñarol pasaba a ser de expectativa positiva porque iba a meter contra su arco al rival; para los de Liverpool se transformaba en una angustiante defensa. El plan original del partido se deshilachó tras la expulsión y cambió la naturaleza del espectáculo.
Aun así, en los apuntes tengo dos jugadas de Liverpool –ambas de Amaro, que pasó a jugar de punta– y ninguna de Peñarol. Pero habría más, porque, aun con uno menos, en una lluvia de córners de los de Belvedere llegó el segundo de Liverpool, con un preciso cabezazo de su capitán, Martín Rabuñal. Impresionante, abrió una brecha a juego, despliegue, prodigación y esfuerzo.
El ajedrez de los cambios y el muro negriazul
La urgencia del banco. Para el segundo tiempo, Diego Aguirre dispuso, con urgencia y certeza, cuatro cambios; tres de ellos de los que juegan siempre, partido a partido: Eric Remedi, el Indio Nicolás Fernández y Franco Escobar. El cuarto fue una apuesta a la jerarquía: Abel Joya Hernández, quien vino para ser titular y aún no había podido debutar oficialmente. Otra vez, los meteorólogos del clima del partido esperábamos el vendaval sobre el arco de Martín Campaña, a quien Ferrín había fortificado pasando a Enzo Castillo como tercer central para armar una zaga junto con los argentinos Santiago Laquidain y Santiago Strasorier.
Como Peñarol no soplaba aún como quería el director técnico, Aguirre quemó rapidísimo su último cambio. Antes del cuarto de hora puso en la cancha al colombiano Luis Angulo y sacó un defensa que sobraba en el dibujo; en este caso, eligió darle descanso a Mauricio Lemos para volcar todo el peso ofensivo sobre la resistencia de la visita.
El repliegue como esquema ganador
Administrando el planteo, la diferencia a favor en goles y la diferencia en contra en el esfuerzo físico por jugar con uno menos, Ferrín quiso ajustar desde la línea la salida de su equipo, que echaba mucha cola. Para eso mandó a la cancha al floridense Diego Romero para reforzar la banda izquierda, al rochense Renzo Machado para fajarse solo arriba y, después, al varelense Lucas Acosta.
El frontón de Belvedere. No estaban mal los que presagiaban mal tiempo en el área de Campaña, pero tampoco fue el vendaval que esperábamos. Liverpool defendía bien, y hasta muy bien, en modo frontón, por lo que la pelota era siempre de Peñarol. Sin embargo, tener el cuero no es tener el destino asegurado. Entre la eficacia de la línea defensiva y los medios defendiendo como un fuerte el área grande, el equipo de la cuchilla se hizo inexpugnable.
Con la muy buena gestión –impecable– de Campaña, que tapó todo en el arco, y la línea de mil echando cola en el área, Liverpool sostuvo su heroica victoria. Jugando más de una hora con un futbolista menos, el negriazul mostró todo lo que tenía para dar mientras espera a su nuevo director técnico.
Triunfazo. Ganó Liverpool más que perdió Peñarol.