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Hincha uruguayo, el 21 de junio, en el estadio de Miami, en Estados Unidos. · Foto: Chandan Khanna, AFP

Hincha uruguayo, el 21 de junio, en el estadio de Miami, en Estados Unidos.

Foto: Chandan Khanna, AFP

Acá no se rinde nadie: Uruguay a todo o nada

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Uruguay necesita ganarle a España. Así de simple. Así de difícil.

El Mundial adelantó las Eliminatorias. Cuando creíamos que llegaríamos a la última fecha para definir el grupo con España, estamos ante un tercer partido que implica obligación, cuentas y hasta especulaciones. Es cierto que, por cómo va la tabla, Uruguay hasta puede ser primero. Pero hablo de lo otro: el margen se terminó antes de tiempo. El viernes será un partido que se parece demasiado a un mata-mata, uno de esos encuentros en que el futuro deja de ser una promesa y se transforma en una exigencia.

Lo extraño es cómo se llegó hasta acá. No fue por una derrota injusta ni por una batalla perdida con honor. Fueron dos empates que no terminan de explicarse porque no fueron desastres, pero tampoco alcanzaron. El equipo jugó bien, regular y mal, por momentos mostró más fútbol que sus rivales, en otros cometió errores que cuestan caro en este tipo de torneos.

Si bien los empates fueron distintos desde lo futbolístico, lo preocupante es que no apareció eso que suele brotar cuando el contexto obliga a algo más que buen juego. Por eso el empate ante Cabo Verde hace tambalear las cosas. No por el empate en sí –los mundiales están llenos de empates inesperados–, sino por la reacción. Hubo un tramo del segundo tiempo en que Uruguay necesitaba discutir el partido. Necesitaba rebelarse, golpear la mesa, invocar a los ancestros. Sin embargo, en lugar de eso, la celeste no solo convivió con la incomodidad, sino que la aceptó. Y esa diferencia, sutil pero decisiva, es justamente la que define a ciertos equipos. No se ganan partidos solo con garra, pero se nota cuando falta.

La rebeldía uruguaya suele contarse mal. Se la reduce a gestos visibles como el grito, la pierna fuerte, eso que llaman ensuciar el partido. Se puede aceptar ese lugar común. Pero las mejores versiones de nuestro fútbol hablan de otra cosa. El Maracaná fue rebeldía no porque gritamos más, sino por negarse a aceptar la lógica que daba el partido por terminado. Y así tantos otros partidos. De los que yo vi el más simbólico fue Ghana en 2010, con un equipo discutiendo con su destino, negándose a aceptar que la historia ya estaba escrita antes del último minuto; con Argentina en la Copa América 2011, jugando con uno menos prácticamente durante una hora; los partidos con Inglaterra e Italia en Brasil 2014, demostración clara de lo que estamos hechos; con Portugal en Rusia 2018, cuando Cavani borró el nombre de Cristiano Ronaldo; incluso varios partidos de las pasadas Eliminatorias, como Argentina en Buenos Aires o Brasil y Colombia en Montevideo.

Hay que sacar la rebeldía. Hablo de la rebeldía como la capacidad de creer que todavía existe una salida cuando todos los indicios dicen lo contrario. Entonces surge la pregunta que importa más que cualquier análisis táctico: si no apareció antes, ¿aparecerá ahora? Hay una necesidad de confiar en que sí, que elegimos creer, como si ciertas virtudes estuvieran guardadas en una caja fuerte que se abre en las circunstancias límite.

Pero el fútbol no funciona así. Los equipos muestran lo que son, no lo que fueron ni lo que la memoria colectiva quiere creer. Las identidades no son un patrimonio automático. Cada generación recibe una historia y decide qué hacer con ella, prolongarla, transformarla o dejarla terminar. La selección de 1950 no ganó porque existiera Obdulio Varela en los libros. Fue al revés: existen los libros como consecuencia de lo que se hizo en la cancha. Lo mismo vale para Sudáfrica 2010: no se llegó a semifinales por nostalgia, sino porque aquel equipo encontró las respuestas en los momentos límite. Nada se hereda sin merecerse.

El viernes saldrán 11 futbolistas de carne y hueso con 90 minutos por delante para decidir qué relación quieren tener con la historia que será su historia. Este equipo, con sus virtudes y sus dudas, lleva dentro la capacidad de rebelarse. Lo demostró varias veces y tiene jugadores capaces de recuperar esa manera de pararse cuando la situación aprieta y el reloj pesa. No es garantía absoluta, pero tampoco es una ilusión: estos jugadores pueden.

Lo único cierto es que Uruguay llegó al lugar donde no hay mañana, ese territorio incómodo donde se juega contra un rival y también contra uno mismo. Si aparece la rebeldía, será en la decisión de negarse a que el Mundial termine. Como celestes, estamos obligados a creer que sí. Vacíense, dejen el alma en la cancha. Si ese momento llega, nos devolverá la fe y volverá a poner la historia de nuestro lado.