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Estadio de Guadalajara, Zapopan, México, el 1 de junio de 2026. · Foto:  Ulises Ruiz Basurto, Efe

Estadio de Guadalajara, Zapopan, México, el 1 de junio de 2026.

Foto: Ulises Ruiz Basurto, Efe

Así es el estadio Guadalajara, donde Uruguay definirá su futuro

La cancha de las Chivas data de este siglo y es moderno y con una cancha amplia y rapidísima.

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Si antes de empezar el campeonato los tres millones estábamos mirando el partido de este viernes ante España, ahora, por la comprometida situación en la que ha quedado el equipo de Bielsa tras dos empates, la preocupación y el interés se multiplican y el foco se traslada a lo que pueda suceder en el Akron, ese joven estadio de la ciudad de Guadalajara construido hace pocos años y remodelado para la disputa de este Mundial.

El Akron surgió como la nueva casa de las Chivas. Hasta ese momento, el rebaño sagrado jugaba en el viejo estadio Jalisco, aquel del que se apropió el Brasil de Pelé en 1970, el mismo escenario donde el peso dirigencial norteño y de la FIFA de entonces nos arrancó de la capital mexicana para obligarnos a jugar la semifinal en la fortaleza del scratch, que era donde los brasileños habían hecho toda su andadura en aquel Mundial que finalmente terminaron ganando.

El estadio, con el nombre que le queramos dar o el que le definan las intervenciones de sus visitantes, es una construcción nueva, magnífica y bastante simple en su estructura exterior e interior. Cuenta con una disposición clásica de sus tribunas que permite una visualización excelente desde cualquier rincón. A mí, por ejemplo, que me estrené el martes en ese escenario con la victoria de Colombia 1-0 sobre Congo , me tocó ubicarme literalmente en la última fila, casi al lado de una de las cámaras aéreas que desde la mitad de la cancha proveía las imágenes al mundo, y desde allí se veía perfecto.

Flor de estadio

Es un estadio magnífico que, para el visitante, está acorde con la significación de los partidos mundialistas. Claro está, es un escenario nuevo y, por lo tanto, construido en las afueras de la ciudad, en un lugar que hasta hace no tanto tiempo era un descampado de la periferia. Por eso mismo, la accesibilidad no es soplada; me hace acordar mucho al periplo que todavía hoy significa ir al Campeón del Siglo.

A las Chivas, el rebaño sagrado —el club que tiene la particularidad de jugar únicamente con futbolistas nacidos en México—, el cambio le costó un poco. Salir del estadio Jalisco, que queda en la otra punta y en el corazón de la ciudad, para pasar a esta nueva y hermosa instalación siempre genera una pérdida de aficionados que durante diez, veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años habían tenido una rutina fija para ir a la cancha y seguir al equipo.

En mi bautismo en el por estas horas estadio Guadalajara —que luego volverá a ser el Akron, el de su patrocinador—, me quedó una sensación ambivalente respecto a las formas en que la FIFA nos está vendiendo y quitando las parcelas más hermosas del fútbol. Llegué en transporte público a sabiendas de que, a excepción del ómnibus oficial, para ganar las tribunas hay que someterse a una caminata de treinta o cuarenta cuadras.

En el Guadalajara sucede eso. Tal vez no sean tantas, y tiene una ventaja respecto a otras caminatas mundialistas: una vez que uno atraviesa, a través de pasos peatonales aéreos, la autopista creada casi junto con el escenario, el resto del trayecto se hace por lo que antes fue un descampado y ahora es un amplio parque. Por ahí, para el caminante individual, el asunto marcha bien.

El hecho es que la fiesta que damos los hinchas no la logran enajenar ni vender; esa alegría previa que transmite tanto y que, en los mundiales, se convierte en encuentro y solidaridad con los rivales, se sigue dando. El problema es que queda acotada, cercada al atravesar vallas a tres o cuatro kilómetros del lugar. Entonces, aquellos que no tienen el dinero para pagar una entrada de precio grotesco ahora tampoco pueden arrimarse a ver esa festividad previa y espontánea entre los hinchas de una nación y de otra.

Volcán de cemento e intereses económicos

Para entender la dimensión del cemento que pisamos, hay que rescatar la génesis del proyecto. La mudanza fue una quijotada —o un negocio de escala descomunal— de Jorge Vergara, el entonces dueño de las Chivas, un hombre que entendía el fútbol como una mercancía de diseño que muchas veces chocaba con la tradición del Rebaño Sagrado.

La construcción de esta mole, allá por finales de la década de 2000, demandó una inversión que superó los 100 millones de dólares. Vergara no escatimó en gastos para erigir esta mole de diseño con forma de volcán que emerge en la periferia de Guadalajara, coronada por una lona que simula una nube. El costo no fue solo financiero: la obra sufrió retrasos, polémicas por el impacto ambiental en la zona del Bajío y el recelo de una hinchada que no quería abandonar la mística de su viejo hogar.

Al final, el cemento se impuso, configurando esa dualidad que hoy nos toca registrar: un monumento a la modernidad corporativa que, al mismo tiempo, selló el desarraigo de su propia gente. Aquella obsesión de los dos mil por el “estadio-volcán” terminó siendo el antecedente histórico ideal, el molde perfecto para este fútbol de la FIFA donde el negocio actual de Infantino se consagra como el hijo directo de esas visiones comerciales. El dinero pudo levantar paredes perfectas, pero fue incapaz de comprar la pertenencia del barrio.

Por eso mismo, no es muy valioso, y hasta podría considerarse parte del elitismo que indirectamente promueve el fútbol de la FIFA, que yo les cuente lo que hay que caminar o el periplo que van a pasar los miles de hinchas uruguayos que lleguen el viernes al estadio. Al decir “pasar”, refiero a cuestiones normales, como tener que ir despacio, marchando a pie y apretados durante tanto tiempo.

Pero sí creo que es bueno transmitir que la idea de la fiesta original se mantiene viva, aun en ese espacio privilegiado para quienes debieron desembolsar un dineral, contenido entre las vallas iniciales y los muros externos del estadio.

La cancha y lo que se juega

Pero hagamos foco en el estadio y en el partido que nos ocupa, tal como escribiese en Chanfle mi crónica de viaje de este Mundial mexicano. Pongámonos en el lugar de lo que haría un cronista de antaño que llegaba anticipadamente al escenario y le contaba a sus lectores, oyentes o televidentes cómo era el lugar y qué le parecía ante sus ojos.

Y empecemos por el lugar más determinante y en el que, sin embargo, solo tienen incidencia los 22 que están adentro de la cancha. El césped es espectacular; se trata de una superficie rápida por la que la pelota va volando por el piso. Además, como sucede en todas las instancias del fútbol de élite, cuenta con un regado intenso antes de que ruede la pelota y durante el descanso.

La velocidad de la pelota es un factor dramático para el partido ante los españoles porque beneficia su libreto y guion de posesión y precisión a alta velocidad, mientras que a la celeste la obliga a un despliegue físico de lomo doblado para cortar todas las líneas de pase posibles sin quedar a contramano.

Aunque luego será motivo de otro análisis, en relación con el tipo de juego que habrá de plantear la selección de Marcelo Bielsa —condicionada por la búsqueda de uno o dos resultados que le den la posibilidad de seguir en el torneo—, esto quiere decir que aún no sabemos si tendremos un planteo teórico puro, de esos de salir a atacar y presionar casi sobre el arco de España, o si se adaptará de acuerdo con las necesidades.

Lo real es que la cancha tiene espacio suficiente para que la técnica en velocidad y el juego colectivo preciso y justo de los españoles puedan generar muchos problemas. La cancha del estadio Guadalajara, al igual que cada uno de los dieciséis escenarios elegidos por la FIFA para este Mundial, tiene una medida estándar de 105 metros por 68. Son estancias. Un mapa demasiado ancho si la pelota la maneja el oponente. Y además, en este caso, como en casi todo lo que hemos visto, el campo de juego está en una forma óptima.

Quienes vayan por primera vez a este escenario —que estuvo repleto en el partido de Colombia ante Congo, y también el anterior de México-Corea, y cuenta con capacidad para 45.000 espectadores— se encontrarán con un lugar hermoso, bien dispuesto, con butacas en cada uno de los sectores de las tribunas y una visibilidad perfecta.

El estadio tiene muy buena circulación interior, aunque, como manifestábamos, su condición de obra nueva levantada en una zona que hasta hace pocos años era un descampado hace que los accesos circundantes todavía muestren el rastro rústico de la intemperie, un recordatorio de que el fútbol, por más que lo vistan de gala, siempre nace de la tierra de nadie.

Ahí jugaremos, como en todos lados, como en toda nuestra vida.