¿Qué es lo que nos hace conectar con un partido, con un recuerdo, identificarlo? Siento que los días me han hecho conectar con otros tiempos, fijarlos con un resultado, un gol, una lluvia. ¿Qué dirán los franceses dentro de unos meses o unos años en el encuadre del gol de Kylian Mbappé? Fue el que abrió el marcador frente a los iraquíes, después de un cuarto de hora en el que no pasaba nada de lo que los franceses querían que pasara, y los asiáticos estaban atentos y bien parados atrás. Pero claro, después del gol, todo cambia.
Es el partido que mil veces hemos visto. Ese tipo de encuentro en el que el equipo que se presume inferior a su rival sale al campo con un planteo de neutralizar por completo, en zona defensiva, los intentos del supuesto superior y, en algún momento, si cuadra la cosa, tratar de encontrar una opción para dar el golpe. Muchos, a través de la vida, en el cemento o en el perfume de la gramilla, sabemos cómo terminan.
Pero claro, todo terminó en goleada, aunque con un paréntesis de más de una hora por el gran aguacero que cayó sobre Filadelfia y, sobre todo, por la tormenta eléctrica que hizo que las autoridades lo suspendieran en principio por media hora, para quedar después en casi dos horas, hasta que se retomó el juego. Y volvieron los goles, esos que habíamos especulado que llegarían antes en el tiempo, pero no antes en el partido. Para peor, con una falla garrafal llegó el segundo gol de Francia, segundo gol de Mbappé: enorme error del arquero Ahmed Basil Fadhil, que intentó salir jugando y la fue a buscar al fondo de las redes.
Y, ataque tras ataque, se sabía que vendrían más goles, como el de los 66 minutos, el del Mosquito Dembélé, que le prendió una gran definición cruzada desde afuera del área. No hubo pausa de rehidratación comercial –¿te parece? Agua nadie necesitaba, con todo lo que había caído, y la cancha estaba como si no hubiese pasado nada–, y ni te digo los comerciales que metieron en esas dos horas.
