El empate sin goles entre Bélgica e Irán en Los Ángeles dejó el Grupo G al rojo vivo, transformando la última jornada en una auténtica dote de baraja donde nadie tiene el triunfo asegurado. Con dos empates a cuestas para cada uno, la aristocracia europea y la resistencia persa guardaron el cero en los casilleros, estirando la agonía de la clasificación hasta el último aliento de la fase de grupos. Ahora, el destino se mudará a la fecha de cierre, donde el margen de error se redujo al tamaño de un boleto de ómnibus.
El primer cuarto de hora se fue como lo quería Alireza Beiranvand, o tal vez no tanto, porque si bien es cierto que no debió sufrir de ataques profundos que hubieran puesto en cuestión su valla, pasó que en su voleo arriesgado sufrió una dura entrada de Romelu Romero y quedó en duda su continuidad, aunque finalmente siguió. Y solo para aprovechar que hablamos de los goleros desde el minuto uno cuando empezó el juego, Thibaut Courtois se transformó en el máximo participante belga en mundiales junto con el crack del siglo pasado, Enzo Scifo, que también había sumado 17 partidos.
Después del cuarto de hora inicial, Irán tuvo dos ataques consecutivos que pusieron en cuestión a la defensa belga. Pero pocos minutos después, Youri Tielemans casi pone el primero de los diablos rojos, sacando un buen remate de derecha al primer palo del arquero iraní, que otra vez contuvo. A los 25 minutos, vino el gol de Irán, pero fue anulado. Fue una jugada espectacular generada en un tiro libre ensayado en el que consiguieron engañar a la última línea belga y la pelota terminó en las redes, pero con una mínima posición adelantada que el VAR detectó y anuló.
Llamativamente, Irán siguió dando pelea, a pesar de la decepción por aquella alegría que duró apenas unos segundos. El equipo se mantuvo muy firme en defensa, sin renunciar a las posibilidades de ataque, aunque estas fueron menguando hacia el cierre de la primera mitad. Sí, claramente los belgas estuvieron de nuevo cerca del brillante golero iraní, que llevó a su equipo a los vestuarios con el cero guardado en los casilleros.
El mérito de Alireza Beiranvand en esta primera mitad es enorme. Soportó el golpe del inicio, el desgaste anímico de ver cómo la tecnología le borraba un golazo ensayado a su selección y, sobre el cierre, contuvo las arremetidas de una Bélgica que, herida en su orgullo, intentó llevarse por delante el mostrador. Irán se va al descanso con su libreta de almacenero intacta: defendiendo el cero con uñas y dientes ante la aristocracia del fútbol europeo.
Nuestra idea –y seguramente de cualquiera menos de los persas– era esperar un segundo tiempo donde Bélgica fuera una tromba. Sin embargo, sobre todo después de la pausa de rehidratación publicitaria, fue Irán quien sin dudas estuvo en repetidas ocasiones más cerca de llegar al gol. La historia cambió por completo a los 67 minutos, cuando llegó la expulsión con roja directa de Nathan Ngoy en Bélgica, una incidencia que terminó siendo determinante para que Irán se soltara de la forma en que lo hizo.
El zaguero belga Nathan Ngoy (que juega en el Standard de Lieja y debuta en estas lides mundialistas) pagó el precio de la inexperiencia y dejó a los diablos rojos en inferioridad numérica. Esa roja directa fue el quiebre del partido: ahí fue cuando los iraníes, que venían aguantando el mostrador, se dieron cuenta de que el rival estaba herido y pasaron al frente con el desparpajo del que no tiene nada que perder.
Claro que, sin dudas, Bélgica también atacó y entonces por eso esta crónica debe señalar a Alireza Beiranvand como una figura singularísima en el desarrollo del partido, por las grandes atajadas que hizo cuando su equipo tenía que defender. Los iraníes defendieron como sudamericanos. Impresionante la forma en que estuvieron en el uno contra uno, en ponerle el cuerpo a la marca y no respetar la enorme jerarquía y calidad técnica de los delanteros que marcaban.
En ataque también gestionaron jugadas de una riqueza técnica inesperada, sumada a una inocencia que en este caso restaba efectividad final, porque su iniciativa apuntaba a jugadas de extremo lujo en algunas ocasiones. Esa forma de meter el cuerpo y raspar contra las figuras europeas evoca el rigor defensivo de las canchas del ascenso, donde la chapa del rival no te gana el mano a mano. Jugadores como Hossein Kanaanizadegan y Shojae Khalilzadeh se transformaron en un frontón, jugando cada pelota dividida con el alma, como si se estuvieran jugando la categoría en la última fecha.
