Marcelo Rosasco es y no es el muchacho que en 1982 combatía en el sur del sur. Tenía menos de 20 almanaques, la vida adelante, ir a la cancha como pasión principal y ninguna aspiración de que, igual que a miles de jóvenes, lo metieran abajo de las bombas inglesas. Allá estuvo como estará el miércoles 15, mundializado y frente a una pantalla que enfoca hacia la ciudad estadounidense de Atlanta, bastante más grande pero idénticamente apasionado, latiendo por la semifinal entre Argentina e Inglaterra que estimula vibraciones superlativas en su patria.
No puede no pensar y no pensarse de cara a semejante cita: “En un sentido, es un partido más entre dos selecciones candidatas. Pero también es un partido más, uno más, que mueve indefectiblemente a la memoria y en el que hay una carga emotiva muy intensa. Tiene que ver con los recuerdos, tiene que ver con una guerra innecesaria, injusta y cruel que muchos de nosotros padecimos hace 44 años. No creo que los jugadores argentinos salgan a la cancha pensando en Malvinas, ya que, entre otras cosas, ni siquiera habían nacido. Pero sí va a estar en sus corazones, desde algún lugar, esa llama que no se acabará hasta que volvamos a flamear nuestras banderas. Debe ser un acto de justicia ineludible para los chicos que quedaron allá custodiando nuestras islas, para Diego por lo que hizo en 1986 y para Messi, que merece irse con toda la gloria no solo futbolística sino también histórica”.
Argentina e Inglaterra se cruzarán en el quinto de los desafíos que los pusieron a la misma hora y en el mismo pasto desde que hay mundiales. Inglaterra ganó en las fases iniciales de 1962 (que es el año en el que nació la mayoría de los muchachos que fueron a Malvinas) y de 2002, hubo empate en los octavos de final de 1998, pero Argentina celebró en los penales, y nada de eso, aunque resonante, se compara con el 22 de junio de 1986, aquella cumbre en la que la mano indómita de Maradona y el genio indetenible del mismo Maradona llenaron de fútbol a los cuartos de final en el estadio Azteca. Tanto Diego como sus compañeros anunciaron ese encuentro como “nada más que un partido de fútbol”, pero para ellos y tal vez, mucho más que para ellos, para la sociedad argentina se tornó en otra cosa. Solo cuatro vueltas al sol habían transcurrido desde aquella guerra emprendida por la más salvaje de las salvajes dictaduras nacionales, que envió al frío a soldados de 18 años y menguada formación militar. Jorge Valdano, compañero del 10 en esa aventura mexicana, lo abrevió fenómeno: “Ese día, Diego entró en la cancha siendo el mejor del mundo y salió convertido en San Martín”.
Aquel choque futbolero y no futbolero ya generó un extraordinario libro titulado El partido, que acaba de dar origen a una película del mismo nombre, producida por Juan Pablo Sorín, que circula en los cines con suceso fuerte. El periodista Andrés Burgo, autor de la obra, reflexiona sobre ese y este tiempo y le dice a la diaria: “Creo que aplica a una frase tailandesa, que es ‘same same but different’. La rivalidad deportiva persiste. No está Maradona pero está Messi. La instancia del Mundial es casi similar: decisiva. Y, lógicamente, continúa nuestro reclamo por la soberanía de Malvinas y el recuerdo por los héroes de Malvinas. Dicho eso, el otro partido se jugó sobre las llagas de la guerra, solo cuatro años después. No veo tanta necesidad de revancha o de venganza extrafutbolística como entonces, pero no deja de ser un partido grandioso, y también lo es porque no será solo futbol”.
Herminia, propietaria de 75 inviernos, no conoce el suelo de las Malvinas y, bajo el leve sol del segundo domingo de julio, su único suelo es el de la plaza del barrio sobre el que ejerce la media hora de caminata que le indicaron los médicos. “Los médicos –ironiza mientras avanza a paso firme con un buzo celeste y blanco– me auscultan 30 veces porque tuve un infarto hace unos años, pero no me dicen cómo resistir estos partidos del Mundial. Ni hablar el que viene. ¿Para qué negarlo? Con Inglaterra es algo especial. Y eso que varios jugadores de ellos me caen bien. Qué sé yo. La historia, ¿vio? Los ingleses ocuparon las Malvinas en 1833. Los imperios son una cosa fea y las islas son nuestras. Eso sí, que nadie le pida a Messi que sea el Diego. Cada momento es cada momento”.
Capitán, estrella, goleador y emblema de su selección, Messi ya multiplicó por millones lo que alguien puede ejercer en el universo de los estadios. Sin embargo, paradójicamente, nunca jugó contra Inglaterra. Le toca en la que se volverá su penúltima presentación en los mundiales, sabedor de que su equipo viene avanzando con una fe conmovedora de no sentirse derrotado ni aun derrotado y con un rendimiento inestable. Cuando fue campeón en Qatar 2022, el pueblo argentino incluyó su nombre en una canción que también enuncia “por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. Ahora, del imaginario social floreció un nuevo tema que enfatiza así: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. Será Argentina-Inglaterra un montonazo. Será solamente fútbol. Pero el fútbol se especializa en no ser solamente fútbol.
