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India, el 12 de julio.
Foto: Debajyoti Chakraborty, Middle East Images, vía AFP

India, el 12 de julio. Foto: Debajyoti Chakraborty, Middle East Images, vía AFP

Mundial 2026: parece que está todo arreglado

También en los mundiales, lo que pasa en la cancha se queda en la cancha | Chanfle.

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Ya no estoy en el Mundial. Físicamente ya no piso aquellos estadios maravillosos de México ni me rodea la escala de ese evento global. Estoy de vuelta, pisando las canchas de la AUF, en la vereda diaria y con el ritmo del pago. Sin embargo, mi estadio sigue siendo el Mundial, porque el fútbol, en su esencia, no cambia por la geografía. Por haber estado allí hace apenas unos días, el tratamiento de lo que pasa en el torneo sigue siendo para mí idéntico: seguro, razonado y estudiado, como si todavía pisara el propio territorio norteamericano.

Primero fui un observador apasionado de los partidos de fútbol. Lo miraba porque me gustaba, porque quería jugar a eso y porque el entorno me empujaba a ver tres o cuatro partidos por fin de semana, cuando todavía ya había televisión en cada casa, pero no partidos para ver en ellas.

Después me convertí, con responsabilidad, en un estudioso del juego. Claro que lo que natura no da, Salamanca no presta: que haya estudiado el fútbol no me convierte en un experto, pero sí me da el piso de quien lo analiza con método y seriedad.

La tercera dimensión que me moviliza, y que me fascina, es ver cómo la gente que no consume fútbol habitualmente se acerca a través de estos torneos. Siento que comparto algo que me ha dado la vida, como si les abriera las puertas de mi casa.

Sin embargo, y acá viene la inmolación, creo que la saturación de comunicación y la sobreexposición en las redes sociales están empujando a la gente por un camino errado. Esos nuevos espectadores que se arriman, a los que les doy la bienvenida a una casa que no es mía pero siento propia, están construyendo una idea equivocada de las cosas. Ven faltas donde no existen, denuncian conspiraciones burdas y están convencidos de que a ciertos equipos los llevan de la mano porque los jueces son delincuentes corruptos.

Yo también fui de esos nuevos vecinos en 1966, cuando, con 5 años, escuchaba la trampa de ingleses y alemanes para cruzarnos árbitros y dejarnos a los rioplatenses –Uruguay y Argentina– afuera a manos de ellos mismos. Era un escolar de cuarto año cuando los brasileños de Pelé y compañía nos sacaron del Azteca, donde se debía jugar la final, para llevarnos a su reducto de Guadalajara, donde a las cansadas nos ganaron, y ya era periodista cuando en 1986 el Charly Batista operó sin anestesia el tobillo de un escocés a los 18 segundos de empezado el partido y el francés Joël Quiniou le mostró la roja antes de que el segundero diera una vuelta y nos hizo jugar con diez todo el partido. Sí, escuchaba y tal vez creía que Stanley Rous, y João Havelange, y seguramente Blatter también —¿o no viste cómo nos sacaron de la final y nos querían sacar del Mundial a toda costa en 2010?—, pero lo que se juega en la cancha es una competencia y son contadas las veces que te pueden acostar con cosas que no pasen sobre el césped.

Lo dice en Tiktok

El cambio de paradigma en el acceso a la información veraz –aquella que se alcanza únicamente cuando se cumplen los protocolos periodísticos– se enfrenta hoy a la exacerbación de opiniones y falsas versiones propagadas por agentes externos, a veces por ingenuidad y otras con abierta maledicencia. Se abunda así en señalamientos nacidos de la mentira o de groseros errores de observación.

Este fenómeno, sumado a la transformación en la forma de consumir el fútbol, donde la pantalla del celular se ha convertido en el principal acompañante tanto en la televisión como en la propia tribuna, genera que se disparen versiones irresponsables y carentes de sustento. En los casos más complejos, estas dinámicas se transforman en operaciones que solo procuran, por intereses específicos, enturbiar lo que de por sí está claro.

Ahora, si esos nuevos vecinos y vecinas virtuales de verdad quieren ver inmoralidad, falta de ética deportiva y hasta estafa en la dilucidación de ciertas competencias o en la disminución absoluta de algunas representaciones, podemos nombrar casos que son absolutamente visibles y de los que no cabe duda.

Miremos, por ejemplo, lo que hicieron con Irán: quitaron a su selección a la fuerza del territorio donde debía concentrar para jugar, obligándolos a viajar como un plantel en tránsito hacia los partidos en Estados Unidos, teniendo que ir y venir en el mismo día sin la menor recuperación posible tras el esfuerzo físico.

Si quieren ver una estafa y una flagrante injusticia deportiva, vayan al llamado de Donald Trump y la Casa Blanca –con todo el poder de Estados Unidos operando sobre la FIFA y Gianni Infantino– para que liberaran, amnistiaran y taparan la pena de su mejor jugador, Folarin Balogun. Se consumó así una injusticia directa sobre la competencia y sobre el seleccionado belga, que aun así pudo resolver el partido sin problema.

De estos casos debe haber más, pero en ninguno de ellos estamos hablando de los desarrollos naturales en los campos de juego con los errores y aciertos de los protagonistas: los futbolistas, los cuerpos técnicos y, fundamentalmente, los jueces.

Creo que puede ser falso, Rick

A esa postura conspirativa de tribuna digital tenemos que ponerle el pecho los que estamos en el fútbol todos los días, los que vivimos esto semana a semana. Nos toca pararnos y explicar que esa barrida no es para expulsión, que ese planchazo no amerita tarjeta y que no están robando a este ni beneficiando al otro. El error es parte del juego. Es simplemente el desarrollo de una competencia de élite que se juega con esa intensidad física y mental.

El contraste lo sentimos este mismo fin de semana con el Torneo Intermedio, un choque de realidades que marca mi propio retorno a la vereda diaria; ya de vuelta en el pago, pero sin haber salido del todo de la sintonía mundialista. El fútbol profesional, acá y allá, se disputa al límite. No es que lleven de la mano a Messi, por citar un caso, ni que busquen echar a los de camiseta verde por decreto.

Hoy se mira el partido para contarlo, no para sentirlo; un mal moderno que afecta tanto al hincha de palco como a los pibes y pibas de la pantalla, que prefieren subir un video borroso a su red social antes que clavarse el partido en la retina. Esa desconexión genera que se disparen versiones irresponsables y carentes de sustento. En los casos más complejos, estas dinámicas se transforman en operaciones que solo procuran, por intereses específicos de los escritorios, enturbiar lo que en la cancha está claro.

Es crucial comprender esto y saber capitalizar el torneo que estamos disfrutando.

Lo que se ve y lo que no

Al plantear todo esto, que a veces asoma como una suerte de ensoñación personal, tampoco me quedo mirando la tribuna como un ingenuo. No olvido que detrás del brillo del evento, de la pantalla y de su organización, también se esconde la porquería del negocio grande.

El desafío es no dejar que esa mugre nos quite la pureza de lo que verdaderamente importa: la ilusión que se cuela en los recreos de cualquier escuela pública con una pelota de papel, el picado en los campitos o el grito que une las veredas de todo el Río de la Plata, donde la pasión de la gente siempre sobrevive a los escritorios.