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Economía Desigualdad y pobreza
Mirador de La Tahona, en Canelones (archivo, febrero de 2022). Foto: Mara Quintero

Mirador de La Tahona, en Canelones (archivo, febrero de 2022). Foto: Mara Quintero

Abolir la herencia (o, mejor, socializarla)

La herencia no explica todas las injusticias de la distribución de la riqueza, ni un impuesto a la herencia soluciona todos los problemas de la desigualdad, pero si Uruguay en algún momento se propondrá ser un país igualitario, va a tener que tomarse muy en serio la posibilidad de dejar atrás este vestigio dinástico.

En 2018, el entonces decano de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración y hoy director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Rodrigo Arim, publicó una “defensa del impuesto a las herencias”. En ella, además de discutir aspectos técnicos del diseño de un impuesto de esa naturaleza, ensayaba un argumento conceptual en el que ubicaba la herencia como un problema social.

Es una discusión importante, que complementa a la de estos días sobre la mal llamada pobreza infantil, poniendo el foco en su contracara, que podríamos también mal llamar la riqueza infantil1 o, al menos, el problema de la “demasiada desigualdad en el punto de partida” de la que nos advertía hace poco más de 100 años Carlos Vaz Ferreira (Carriquiry, 2018). Poco menos de una década después de la columna de Arim, hoy tal vez podamos intentar algo más que una defensa conceptual. Hemos aprendido mucho sobre la herencia en este tiempo.

Hay, ciertamente, muchos mecanismos que juegan en lo que a veces llamamos reproducción intergeneracional de la desigualdad. Padres y madres pueden transmitir valores y hábitos distintos, ofrecer entornos culturales diferentes, dar oportunidades de formación heterogéneas y brindar acceso a redes de contactos e influencia que alteran profundamente la trayectoria vital de hijos e hijas. De todos estos mecanismos, el más obvio y directo es el de la herencia: una transferencia directa de activos de una generación a la siguiente.

Así pensada, no es algo malo. A nivel de la sociedad en su conjunto, la herencia no es otra cosa que el resultado del trabajo de una generación, pero no consumido por esta, que es transferido a la siguiente para que empiece desde un escalón más arriba. El problema es que esto, que tiene sentido y hasta cierta belleza a nivel colectivo, se distorsiona cuando consideramos que esta transmisión opera esencialmente por vía de sangre, como los viejos títulos nobiliarios.

El problema, como en casi todo, no es la herencia, sino la forma en que se distribuye; es que nacer en una familia y no en otra no solo te ubica en cierto barrio, contexto social o exposición a la violencia, sino que implica, para algunos, nacer sabiendo que tienen o tendrán 500.000 dólares a favor. O uno, o varios millones. No es extraño, por lo tanto, que la abolición (o casi) de la herencia haya formado parte de plataformas revolucionarias o de reformismo radical en todo el mundo, desde el Manifiesto comunista hasta las propuestas de reformismo radical como las de Anthony Atkinson o Thomas Piketty en la actualidad.

Pero más allá de intuiciones preliminares, valen varias preguntas importantes, en particular: ¿es la herencia un mecanismo de transmisión intergeneracional de la riqueza relevante en la actualidad?

Los herederos de Forbes

Cuando se discute sobre herencia, un argumento que se usa frecuentemente es el dato de los herederos entre los milmillonarios. En la clasificación que hace Forbes de estos, un 10%-12% son herederos puros, mientras que 20%-21% son personas que han incrementado sustantivamente una riqueza inicial que era esencialmente heredada. Así, aproximadamente un tercio de los milmillonarios deberían su fortuna, en esencia, a la herencia. El porcentaje vino bajando hasta 2014, desde un pico de 51% en 2001, y luego se estabilizó. Dentro del nuevo grupo de los centimilmillonarios, que existe desde hace apenas unos años y está integrado por unas 20 personas, aparecen Alice, Jim y Rob, hija e hijos del fundador de Walmart, y Françoise Bettencourt, la nieta del fundador de L’Oréal. Y entre los emprendedores self-made está, por ejemplo, Bernard Arnault, que compró Dior con 15 millones de dólares del negocio de construcción de su padre.

Hay que hacer tres apuntes sobre esto. El primero es que las clasificaciones que hace Forbes son al menos discutibles, y muy sensibles a los criterios sobre qué es self-made y qué no, porque salvo las hermanas Hilton o algunos miembros de la familia Rockefeller, nadie hace alarde de ser heredero y todos intentan crear una narrativa de autosuperación.

El segundo es que no es raro que haya oscilaciones en la proporción de herederos entre los ricos. En su colosal obra sobre los ricos en Occidente, Guido Alfani (2023) recorre las formas de acceder a la riqueza al menos desde el siglo XII, y encuentra ciclos en los que en períodos de innovaciones tecnológicas surgen nuevos individuos ricos, que se transforman rápidamente en dinastías de herederos (podemos pensar en los comerciantes genoveses o en los robber barons de Estados Unidos del siglo XX). No sería extraño que los self-made de hoy, en plena revolución tecnológica, sean los primeros de una dinastía heredera en pocos años.

Como tercer apunte, que aun un tercio de los milmillonarios sean herederos es muchísimo y deja mal parada a la narrativa de capitalismo de emprendedores que muchos aún sostienen.

Más allá de la discusión a partir de las “listas de ricos” como la de Forbes, y de las dudosas clasificaciones entre herederos y self-made que de ellas resultan, caben dos preguntas más precisas: ¿cuánta herencia hay? y ¿cómo incide en la distribución de la riqueza?

La herencia total

Responder cuánta herencia hay (entendiendo por herencia los legados a la siguiente generación al momento de la muerte, pero también los “regalos” o transferencias patrimoniales intervivos entre generaciones) es bastante difícil, y la respuesta fue muy controvertida por mucho tiempo. Desde el punto de vista teórico, la economía no ofrecía una conclusión clara sobre qué esperar de la herencia, porque individuos racionales y con perfecta información deberían acumular a lo largo de la vida activa para luego desacumular tras la edad de retiro, de modo de sostener su consumo en ausencia de ingresos, llegando a la muerte sin riqueza (el llamado modelo de ciclo de vida); aunque modelos posteriores, con supuestos menos rígidos, pusieron en duda esta predicción.2

Dado este panorama, la pregunta de cuánta herencia hay solo tendría una respuesta empírica, que fue justamente el corazón de la pomposamente llamada controversia Modigliani-Kotlikoff-Summers, de la década de 1980. En ella se disputaban dos narrativas: Modigliani sostenía, fiel al modelo del ciclo de vida, que la herencia debía ser cero o muy cercana a cero. En el extremo polar opuesto, Kotlikoff y Summers sostenían que la herencia representaba la mayor parte de la riqueza existente. Ambos bandos presentaron mediciones de lo que se conoce como el stock de herencia, es decir, qué proporción de la riqueza total de una sociedad fue heredada de una generación anterior, siendo el resto la parte acumulada por la generación de personas vivas. Las estimaciones presentadas por Modigliani indicaban que la herencia era 0%-10% de la riqueza total, en tanto que Kotlikoff y Summers sostenían que era 90%-100%.

Lo increíble de la controversia era que ¡a ambas estimaciones se llegaba empleando los mismos datos! La razón de esta dramática diferencia es algo engorrosa, pero en esencia dependía de qué supuesto se hacía con relación a qué hacían las personas con la herencia recibida: si la consumían inmediatamente o si la invertían completamente (generando un retorno que la incrementaba con el tiempo).

Traigo a cuento esta controversia porque, como en tantas otras, su larga sombra nos sigue envolviendo, ignorando que la literatura ha avanzado mucho. ¿Qué sabemos hoy? La literatura de agregados de herencia tuvo un empuje notable en la década de 2010, con un conjunto de artículos que vinieron a saldar el debate empírico. La conclusión, para sorpresa de nadie, es que el stock “verdadero” de herencia se encuentra en algún lugar en el medio, aunque más cercano a la estimación de Kotlikoff y Summers.

Las estimaciones más recientes para varios países ricos suelen ubicar al stock de herencia en torno a 50%-60% de la riqueza total (Piketty et al., 2014; Alvaredo et al., 2017; Ohlsson et al., 2020). Es decir, más de la mitad del patrimonio privado que observamos fue acumulado por generaciones anteriores. Hay otra forma de pensar la herencia total, que no era el centro del debate Modigliani-Kotlikoff-Summers pero que es útil, que es el llamado flujo de herencia. Este flujo, en lugar de ser la cantidad total de herencia en relación con la cantidad total de riqueza, es la cantidad de herencia que se deja cada año (la suma de todas las herencias de las personas fallecidas) con relación al PIB, y suele encontrarse en la actualidad en 10%-12% en los países ricos (Piketty, 2011; Schinke, 2012; Karagiannaki, 2015; Atkinson, 2018).

Este flujo es importante en la medida en que el stock total de herencia no es otra cosa que la acumulación en el tiempo de este flujo. Ambas se vinculan de formas relativamente sofisticadas, pero una forma muy simplificada de pensar en ambas variables al mismo tiempo es que el stock equivale al flujo, multiplicado por el largo de una generación, dividido el stock de riqueza de la economía (expresado con relación al PIB). Así, y solo a los efectos de entender los órdenes de magnitud involucrados en este tipo de cuenta de almacenero, si el flujo de herencia es 10%, una generación tiene 30 años de duración, y el stock de riqueza de la economía equivale a cinco veces el PIB, entonces el stock de herencia será 60%.3

¿Sabemos algo sobre Uruguay? Aún muy poco, y todas las estimaciones que tenemos son todavía preliminares, pero la evidencia apunta a órdenes de magnitud similares a los que veníamos discutiendo. En un proyecto financiado por el Fondo Clemente Estable de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII),4 estamos haciendo un conjunto de estimaciones de flujo de herencias, a partir, fundamentalmente, de datos del impuesto a las transmisiones patrimoniales, que grava (entre otras cosas) a las sucesiones. Alternativamente, usamos también datos pegados de la Dirección General de Registros y Dirección Nacional de Catastros, donde podemos contar con propiedades individuales al momento de fallecer (además de registros de recaudación de impuesto a las herencias para buena parte del siglo XX).

Ambos tipos de datos para el período reciente arrojan un flujo de herencias de aproximadamente 6%-8%. Volviendo a nuestra cuenta de almacenero, si el stock de riqueza de Uruguay es tres veces y media su PIB, y el flujo de herencias es 6%-8%, entonces el stock de herencias es aproximadamente 60% de la riqueza total.5 Es decir: estas estimaciones sugieren que más de la mitad de la riqueza privada uruguaya no fue acumulada por la generación actual, sino por las pasadas.

La herencia y la distribución de la riqueza

La discusión precedente, sin embargo, no nos dice nada, en principio, sobre cómo incide la herencia en la distribución de la riqueza. Uno puede intuir que, a mayor cantidad de herencias en una economía, más estas van a incidir en la distribución de la riqueza, pero si esto es efectivamente así o no, es una pregunta empírica. Algunos trabajos encuentran evidencia mixta del efecto que tiene la herencia sobre la distribución de la riqueza. En general, estos se basan en encuestas de riqueza, que son notoriamente malas para capturar lo que pasa en los hogares más ricos, que es donde se da el grueso de la acción (Nolan et al., 2021).

La evidencia basada en datos administrativos, en cambio, tiende a mostrar que la herencia constituye un mecanismo central de persistencia y concentración patrimonial. Para Suecia, Adermon et al. (2018) estiman que entre el 30% y el 40% de la ubicación en el ranking de riqueza de los hijos viene dada por la ubicación de los padres,6 y concluyen que las herencias y donaciones explican al menos la mitad de esa asociación, frente a alrededor de una cuarta parte explicada por ingresos y educación.

Trabajos como los de Nekoei y Seim (2023), también para Suecia, muestran que si bien las herencias pueden reducir inicialmente la desigualdad patrimonial, el efecto se revierte en aproximadamente una década: mientras que los herederos promedio consumen progresivamente lo recibido, los herederos más ricos, que tienen mecanismos para invertir la herencia a tasas de retorno muy elevadas, la conservan e incrementan, aumentando la desigualdad (algo similar a lo observado por Boserup et al. (2016) para Dinamarca).

Para Uruguay, aun usando encuestas de riqueza, Sanroman y Santos (2021) encuentran que las variables de herencia explican alrededor de 15% de la varianza de la riqueza –más que cualquier otra característica considerada por separado– y que cerca de 19% de los hogares heredó su vivienda principal. Empleando los mismos datos, en su tesis de maestría Cuervo (2026) encuentra que la herencia se asocia positivamente con la riqueza y que esa asociación se vuelve mucho más intensa en hogares más ricos, tanto por la probabilidad de haber heredado como por el monto recibido, un patrón consistente con un papel desigualador de la transmisión patrimonial.

Más allá del mecanismo de la herencia propiamente dicha, un cuerpo sustancial de evidencia muestra que hay alta persistencia intergeneracional de la riqueza o, dicho más llanamente, que padres y madres ricos tienden a tener hijas e hijos también ricos. Y lo mismo el resto de nosotros. La evidencia disponible para países ricos muestra persistencias muy altas (con “elasticidades padre-hijo” generalmente en el entorno de 0,2-0,4 y asociaciones Rank-rank cercanas a 0,3),7 aunque sustancialmente mayores en los extremos de la distribución (Gregg y Kanabar, 2023; Boserup et al., 2013, 2014; Adermon et al., 2018; Kubota, 2017; Garbinti y Savignac, 2020; Levell y Sturrock, 2023; Pfeffer y Killewald, 2018).

La evidencia multigeneracional muestra además que la asociación se atenúa, pero no desaparece entre abuelos y nietos, sugiriendo que las estimaciones a dos generaciones pueden subestimar la persistencia de largo plazo (Adermon et al., 2018; Boserup et al., 2013, 2014; Pfeffer y Killewald, 2018; Toney, 2022). En un proyecto aún en curso para Uruguay, donde tenemos estimaciones preliminares de riqueza en una base de datos administrativos donde podemos identificar padres/madres-hijos/hijas, encontramos este mismo patrón de alta persistencia de la riqueza que, en particular, crece dramáticamente conforme nos movemos a individuos cada vez más ricos.8

La persistencia de la riqueza en el (muy) largo plazo

Pero al estudiar la persistencia de la riqueza, lo que pasa entre una o dos generaciones es limitado, porque hay razones para pensar que puede operar en plazos mucho más prolongados. El problema con los períodos extensos es que no suele haber registros que vinculen directamente a personas del presente, y toda su riqueza con la riqueza de sus, por ejemplo, tataratatarabuelos.

Sin embargo, hace algo más de una década, apareció una idea novedosa, cuya esencia es simple: si bien no hay registros de familiares a lo largo del tiempo, sí puede haber registros de individuos o familias, con su riqueza, en el que se conserven los apellidos. Naturalmente, dos personas con igual apellido pueden estar directamente emparentadas o no, pero la esencia del método es que la probabilidad de que dos personas con el mismo apellido estén efectivamente emparentadas crece conforme crece la rareza del apellido (Clark y Cummins, 2015; Clark et al., 2015, 2017).

Así, que dos “Rodríguez”, con 295.508 registros desde 1902, estén efectivamente emparentados, es mucho menos probable que dos “Wuick”, que solo tiene 16 registros en más de un siglo, lo estén. Entonces, si comparamos la riqueza de personas con igual apellido en momentos muy distantes del tiempo, y esos apellidos son raros,9 podemos decir algo sobre la persistencia intergeneracional. Una posible hipótesis es que los apellidos que estaban ubicados entre los más ricos de cierto momento del tiempo continúen siendo los más ricos en el presente (y viceversa).

Un trabajo particularmente importante de esta línea es el de Barone y Mocetti (2021), que vinculó el censo de Florencia de 1427 con registros tributarios de 2011. Aunque habían transcurrido casi seis siglos, encontraron que los apellidos ricos del Renacimiento seguían asociados con mayores ingresos y, sobre todo, con mayor riqueza en la actualidad. Este dato no es para nada menor, porque aun si asumiéramos que hay persistencias relativamente altas entre dos generaciones consecutivas, el efecto acumulado a lo largo de seis siglos debería ser prácticamente cero.10 Encontrar un efecto positivo y significativo después de tanto tiempo viene a significar que la persistencia entre cada par de generaciones es mucho más alta de la que creíamos.

En el marco del mismo proyecto de la ANII mencionado más arriba, nos propusimos hacer para Uruguay algo similar a lo hecho en Florencia. Nuestro trabajo combina los llamados inventarios post mortem, que son registros de las propiedades de las personas al momento de morir, de Montevideo y sus alrededores entre 1760 y 1860 con registros contemporáneos de propiedades de personas fallecidas entre 2007 y 2015, construidos con base en datos de la Dirección General de Registros y la Dirección Nacional de Catastro. A partir de los apellidos presentes en ambos períodos, estimamos si las familias (de apellidos raros) que ocupaban posiciones relativamente altas hace casi dos siglos continúan haciéndolo hoy. Los resultados indican una persistencia estadísticamente significativa incluso después de unas ocho generaciones. Los coeficientes para todo el período son positivos y significativos, con una altísima persistencia implícita entre dos generaciones, de 0,66-0,74. Nuevamente, esto nos da una idea de cuánto de la posición actual de un individuo viene de su familia: que la familia esté diez percentiles más arriba, se traduce en un incremento de 6-7 percentiles en la generación siguiente. La persistencia de la riqueza es altísima.

El candidato obvio: un impuesto a la herencia

La evidencia, parcial y todavía en construcción, parece señalar que la magnitud de la herencia es considerable y que incide en la distribución de la riqueza. Ambos elementos apuntan en dirección de los impuestos a las herencias, porque su potencial recaudatorio no es despreciable y, en particular, porque constituyen un buen instrumento para obstaculizar la reproducción intergeneracional de la desigualdad. Si bien suelen ser, a diferencia del tremendamente popular impuesto a los ricos, bastante resistidos, están muy difundidos y vale la pena considerarlos brevemente.

En la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (2021), 24 de 36 países relevados cobraban impuestos sobre herencias, patrimonios sucesorios o donaciones, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, España, Japón y Corea del Sur. Los diseños, sin embargo, son muy distintos. En Reino Unido la tasa general es de 40% sobre la parte del patrimonio que supera aproximadamente los 443.000 dólares, aunque existe una franquicia adicional de hasta 238.000 dólares para la vivienda familiar; en Francia, cada hijo puede recibir alrededor de 117.000 dólares de cada progenitor sin pagar y, por encima de ese monto, las tasas progresivas van de 5% a 45%. Japón tiene uno de los esquemas más exigentes: excluye aproximadamente los primeros 189.000 dólares, más 38.000 dólares por cada heredero legal, y aplica tasas de entre 10% y 55%.

Este tipo de diseños tiene sentido: dado que la persistencia de la riqueza es particularmente fuerte sobre todo en los hogares más ricos, los impuestos a las herencias solo reducen la desigualdad de la distribución de la riqueza si gravan fuertemente a estos (Nekoei y Seim, 2023). Por eso también, las tasas máximas en las décadas de 1950 y 1960 eran aproximadamente de 80%. Uruguay, en cambio, no tiene un impuesto general a la herencia, aunque grava la transmisión sucesoria de inmuebles mediante el ITP, con una tasa plana de 3% para herederos en línea directa. Esto no siempre fue así: Uruguay tuvo impuesto a las herencias entre la década de 1890, hasta que la dictadura los removió, en 1974.

Las tasas máximas aplicadas en el mundo son bastante considerables, pero dados los mínimos no imponibles altos, las tasas efectivas (cuánto se paga de impuesto con relación a la herencia total), suelen ser mucho más bajas, por lo que pensar en una tasa efectiva de 5% es un objetivo razonable. Aquí es útil la estimación del flujo de herencias: si la cantidad de herencia de cada año equivale al 6%-8% del PIB, entonces una tasa del 5% permitiría recaudar potencialmente entre 0,3% y 0,4% del PIB. Naturalmente, la potencial recaudación va a estar mediada por cómo las personas reaccionen al impuesto, y allí los aspectos de diseño son particularmente relevantes.11 Una opción razonable sería simplemente adaptar el impuesto a las transmisiones patrimoniales ya existente, ponerle un mínimo no imponible alto (por ejemplo, 200.000 dólares; recordar que hoy es cero) y pasar de una tasa plana a tasas progresivas. Sería el equivalente de herencia de pasar del IRP al IRPF.

Un impuesto a las herencias podría pensarse como un mecanismo para asignar socialmente una parte del flujo de herencias. Para fijar ideas, una recaudación de 0,3% del PIB podría transformarse en una herencia básica universal de unos 8.000 dólares para todas las personas que lleguen, por ejemplo, a la mayoría de edad. Las posibilidades de dinamización de la economía de una propuesta de esta naturaleza son poco menos que espectaculares. Esta propuesta de binomio impuesto a la herencia-herencia básica universal, que ha sido promovida por economistas como Anthony Atkinson o Thomas Piketty (aunque con esquemas mucho más ambiciosos que los aquí presentados),12 permitiría mantener la idea de herencia entendida como la transmisión de riqueza de una generación a la que sigue, pero no exclusivamente a través del parentesco directo, sino, al menos en parte, según una regla socialmente acordada. Concédanme que no carece de atractivo.

El fin de las dinastías

En El capital en el siglo XXI, Piketty decía que hay dos formas de acumular riqueza: por medio del trabajo o por medio de la herencia. Está equivocado. Hay muchas más, siendo la explotación la más obvia de todas, y esta oposición entre trabajo y herencia puede llevarnos a pensar que todo lo que no es herencia es legítimo, cuando no lo es. Sin embargo, no es menos cierto que de las posibles formas de acceder a la riqueza, la herencia es la menos razonable de todas: es realmente muy difícil de justificar, muy en particular desde las posiciones que les suelen quedar más cómodas a los acólitos de la desigualdad, como la meritocracia o la igualdad de oportunidades.

La herencia no explica todas las injusticias de la distribución de la riqueza, ni un impuesto a la herencia soluciona todos los problemas de la desigualdad, pero si Uruguay va a proponerse en algún momento ser un país igualitario, va a tener que tomarse muy en serio la posibilidad de dejar atrás este vestigio dinástico.

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.


  1. Naturalmente, la herencia suele ser recibida en la edad adulta, lo que no cambia el hecho fundamental de que, ya en la niñez, las personas enfrentan perspectivas radicalmente distintas de los activos que recibirán en el futuro. Además, los niños y niñas también reciben activos, incluso empresariales. Por ejemplo, en Finlandia, la probabilidad de ser propietarios de una firma es 20 veces más grande si los padres pertenecen al 1%, y la edad media de los propietarios menores de edad es 12 años (Paukkeri y Ravaska, 2025). 

  2. En el modelo neoclásico canónico de ciclo de vida, un individuo racional y perfectamente informado elige trabajo y consumo para maximizar su utilidad a lo largo de toda su vida. El resultado es un consumo relativamente estable: se endeuda al comienzo, ahorra durante la vida laboral y consume esos ahorros tras el retiro, bajo el supuesto algo aterrador de que conoce con precisión la fecha de su muerte. Para la herencia, la conclusión es simple: es cero (Davies y Shorrocks, 2000); el último peso se gasta con el último suspiro. Modelos posteriores admitieron herencias positivas por ahorro precautorio (Yaari, 1965; Davies, 1981), altruismo hacia los descendientes (Becker y Tomes, 1976; Atkinson, 1980) o como incentivo para recibir cuidados en la vejez (Bernheim et al., 1986; Cox, 1987). 

  3. Alvaredo, Garbinti y Piketty (2017) aproximan la proporción heredada de la riqueza mediante φ = bᵧ / [bᵧ + (1 − α)s], donde bᵧ es el flujo anual de herencias como proporción del ingreso, s la tasa de ahorro y α la participación del capital en el ingreso. La versión sencilla, φ ≈ H × bᵧ / (W/Y), supone que ese flujo se mantiene durante una generación de H años e ignora el crecimiento y la capitalización de las herencias. 

  4. El equipo del proyecto está integrado por Paola Azar, Mauricio De Rosa, María Inés Moraes, Rebeca Riella, Guillermo Sánchez-Laguardia, Matías Sena y Carolina Vicario. 

  5. Estimaciones anteriores hechas por Bruno Agustoni y Evelyn Lasarga sobre la base de encuestas de riqueza habían mostrado que cerca de un tercio de la riqueza inmobiliaria habría sido heredada directamente (es decir, no se contabilizaba si una vivienda había sido comprada con el dinero recibido por una herencia) y que la herencia es una de las variables que mejor explican las diferencias de riqueza entre hogares (Agustoni y Lasarga, 2019). 

  6. La formulación más precisa es que un incremento de un decil en el ranking de riqueza de los padres se traduce en un incremento de 3-4 percentiles en el ranking de los hijos. 

  7. Similar a la nota anterior, una elasticidad intergeneracional de la riqueza de 0,3 significa que, en promedio, un 10% más de riqueza de los padres se asocia con aproximadamente un 3% más de riqueza de los hijos. Por su parte, una asociación rank-rank de 0,3 compara posiciones relativas: si una familia se encuentra 10 percentiles más arriba en la distribución de riqueza de los padres, sus hijos se ubican, en promedio, unos 3 percentiles más arriba en la distribución de su propia generación. Así, los valores cercanos a 0,3 encontrados habitualmente indican una persistencia importante, pero lejos de una reproducción perfecta de las posiciones patrimoniales. 

  8. Proyecto I+D de CSIC, “Mecanismos detrás de la (in)movilidad intergeneracional en Uruguay: evidencia sobre la contribución de la herencia y el nepotismo en base a registros administrativos”, coordinado por Martín Leites y Joan Vilá. 

  9. Las definiciones de rareza de los apellidos son múltiples. En general, se asume que son raros los apellidos que tienen una frecuencia menor a cierto porcentaje del apellido más común. En el caso uruguayo, empleamos el umbral 10%, pero se realizan múltiples pruebas de sensibilidad del resultado a este supuesto. 

  10. Si la transmisión de la riqueza siguiera un proceso simple en el que cada generación depende únicamente de la anterior, una correlación de 0,3-0,4 debería desaparecer rápidamente. Seis siglos equivalen aproximadamente a entre 20 y 24 generaciones, por lo que la correlación esperada entre los extremos sería (0,3^20) o (0,4^20): en ambos casos, prácticamente cero. 

  11. La evidencia, todavía fragmentaria, sugiere que los impuestos a las herencias provocan respuestas reales relativamente pequeñas sobre el ahorro y la acumulación de riqueza (Goupille-Lebret y Infante, 2018; Glogowsky, 2021), pero respuestas mayores de planificación y elusión, mediante donaciones en vida, testamentos y cambios en la composición de los activos (Escobar et al., 2023; Micó-Millán, 2024). También pueden aumentar la oferta laboral al reducir el llamado efecto Carnegie, asociado a recibir una herencia (Kindermann et al., 2018), mientras que la migración parece poco relevante (Jestl, 2021). En suma, las respuestas comportamentales no inviabilizan al impuesto, pero como siempre, vuelven decisivo su diseño (Schratzenstaller, 2025). 

  12. Atkinson (2015) propone sustituir la tributación tradicional de las sucesiones por un impuesto progresivo sobre las herencias y donaciones recibidas a lo largo de la vida por cada individuo, y utilizar parte de esos recursos para financiar una dotación universal de capital al alcanzar la adultez, una suerte de “herencia mínima” para todos. Piketty (2020) lleva esta idea más lejos: combina un impuesto progresivo sobre las herencias con un impuesto anual sobre el patrimonio y propone, a modo ilustrativo, tasas marginales de 60%-70% para herencias muy elevadas –superiores a diez veces el promedio– y de 80%-90% para las superiores a 100 veces el promedio; ambos impuestos financiarían una dotación universal de capital equivalente, en su ejemplo, al 60% del patrimonio medio por adulto (Atkinson, 2015; Piketty, 2020).