Para los lectores habituales de esta publicación, se podría evocar la columna de la maestra Fabiana Piñón del 11 de mayo, en la que se los invita a recorrer las páginas del libro Experiencias. La potencia de una metodología. Este libro ha intentado recopilar los diferentes planos de acción y reflexión que se dan lugar a partir de los encuentros quincenales de Un Colectivo Docente en Movimiento, los cuales se sostienen desde 2011 y promueven la sistematización de la experiencia.

Esta trayectoria de más de seis años nos ha habilitado a la elaboración de rutas metodológicas que enmarcan nuestra tarea como maestras de aula. También surgen de nuestros encuentros debates sobre diversos temas que hacen a la cuestión educativa. Ninguna de estas están acabadas ni cerradas, ya que el carácter abierto de la propuesta del colectivo nos pone a reinventar nuestra tarea en el día a día a partir del intercambio con nuestros pares, que intervienen desde su formación y recorridos particulares en las escuelas públicas de Uruguay. Somos los maestros y los niños de distintos tiempos y lugares sus protagonistas, independientemente del contexto en el que trabajemos. Esto se sustenta en que la centralidad de la experiencia está vinculada a las formas que proponemos desde la enseñanza para lograr un determinado vínculo de los niños con el saber.

Es parte de las inquietudes que convocan a este colectivo conocer otras maneras de intervenir que no formen parte del circuito hegemónico de la formación docente inicial. Al valorar los resultados obtenidos en cuanto a los aprendizajes reconocemos insuficiencias. Así iniciamos la búsqueda de otros caminos posibles. Optamos por poner en cuestión nuestros saberes, los aprendizajes de nuestros alumnos y nuestras prácticas, en clave de posibilidad, reconociendo la dimensión política de la tarea que ejercemos.

Desde este lugar, entonces, encontramos respuestas en la pedagogía nacional en la obra de la maestra uruguaya Cledia de Mello, quien crea el Método Natural e Integral. Sus fundamentos, la lógica de sus prácticas, en diálogo con enfoques e investigaciones actuales del campo educativo, habilitan propuestas de enseñanza que dan lugar a aprendizajes potentes.1

Corremos el riesgo de simplificar esta propuesta si la catalogamos únicamente como “la de la letra cursiva”. Esta forma de enseñar implica un conjunto de lógicas que interactúan coherentemente y dan lugar a prácticas sistemáticas. Entre ellas, y por nombrar una, haremos referencia a la importancia de considerar, entre los contenidos que lo ameriten, su evolución histórica como insumo para entender el presente. En parte, la complejidad del conocimiento está dada por cómo se organiza el acercamiento a este: la manera en que se estructura la secuencia, la definición del orden a seguir, la integración de las distintas áreas de manera natural. Proponemos entonces una lógica apoyada en la dimensión antropológica del saber. Asimismo, abordamos el Programa de Educación Inicial y Primaria atendiendo las múltiples relaciones que se establecen entre los conceptos, las cuales se piensan y analizan por maestros y niños. Hacemos explícitas y visibles las relaciones jerárquicas y de inclusión ya existentes entre las dimensiones conceptuales de los contenidos a enseñar.

Todas estas relaciones implican estructuración de pensamientos. El lenguaje, entonces, asume su carácter de transversalidad al entrar en nuestras aulas. Su enseñanza se propone en cada instancia de trabajo. Se enseña el código escrito como construcción relevante de la humanidad, cuyo grado de conocimiento define las posibilidades futuras de cada sujeto. La escritura entonces desplaza su foco de lo pragmático y comunicacional. Se escribe también para tener un registro, una memoria de la experiencia, de lo vivido. Se escribe para aprender a escribir.

Esta forma de enseñar no intenta ser una receta, ni creemos que sea la fórmula mágica que resuelve todas las dificultades. Implica mucho trabajo cuerpo a cuerpo y un gran esfuerzo de nuestra parte. Sostenemos la importancia de abordar la clase y compartir con nuestras compañeras las pautas metodológicas en las que nos basamos para sustentar las actividades de enseñanza que proponemos a nuestros niños. Tomar decisiones consistentes para recorrer la experiencia de enseñar es un imperativo, aun a riesgo de que no sean compartidas por la totalidad de los colegas.

Nos ubicamos como docentes en el rol de enseñantes y por esto asumimos la responsabilidad que nos compete frente a los procesos de aprendizaje. Esto es, dejarnos interrogar por lo que nos sucede en las aulas y aceptar los desafíos que una realidad diversa y cambiante nos plantea cada día. Así, las intervenciones docentes se realizan desde un posicionamiento didáctico, abierto y definido. El trabajo con el colectivo nos permite definir dichas intervenciones, realizar acuerdos y compartir resultados. Esto nos habilita a elaborar rutas metodológicas que definen prácticas de enseñanza en tiempo y espacio reales.

Es parte de nuestras inquietudes recuperar la voz de los maestros, aportar a la autoría, compartir lo que hacemos y cómo lo hacemos. Por esto participamos de manera militante en salas de maestros, en clases de formación docente con estudiantes magisteriales, en encuentros de maestros que otros colegas organizan, en entrevistas en los medios, o nos tomamos el tiempo para escribir esta columna. Así nos embarcamos en el proyecto de un libro y nos enfrentamos al desafío de la difusión de la propuesta. Desde el origen de esta construcción, intentamos centrarnos en lo propositivo, en dar a conocer caminos posibles que contrarresten la habitual queja o el señalamiento de lo que está mal o no se hace en educación.

Seis años recorridos, otros tantos por recorrer y la invitación a todos a formar parte de Un Colectivo Docente en Movimiento, para cuestionarlo y enriquecerlo, para reinventarlo, para que nuestros niños y niñas se acerquen a los resultados que deseamos en materia educativa.