“Si pudieras despedirte en un texto, ¿qué dirías?” fue una de las preguntas disparadoras para que los estudiantes de Literatura de sexto año del liceo 1 de Atlántida escribieran sus últimas palabras antes de cerrar el ciclo liceal.

Ya toca es el libro digital que condensa más de 100 textos, en prosa o en verso, de más de 100 estudiantes de las distintas orientaciones educativas que durante 2022 cursaron la asignatura dictada por el docente Fabián Severo.

“¿Qué esconden los salones? ¿Qué dirán de ti los pasillos? ¿Dónde quedarán los nombres de tus compañeros? ¿Y si estos fueran tus últimos versos?”, plantea Severo como parte de la introducción.

Algunos eligieron firmar con su nombre y apellido, otros eligieron el anonimato. Algunos hablan con desidia y poco apego, otros con nostalgia y otros tantos con la alegría emotiva del porvenir. “El lector encontrará, en estas páginas, la voz de estudiantes que culminan una etapa de su vida”, escribe Severo e introduce el factor común de la centena de estudiantes: alzaron su voz interna y finalizaron una fase.

Las clases de Severo se centran en dos pilares: la lectura en el aula y la escritura literaria. Así lo cuenta a la diaria el docente, quien considera que la escritura es “una posible estrategia para habilitar el encuentro con las obras” y también una forma de “expresarnos”. Es cierto, dice, que nuestro pensamiento se estructura con palabras, “entonces estamos agrandando nuestro mundo a través de la literatura”.

Durante 2022 los estudiantes escribieron desde el primer día hasta el último. Según Severo, en un principio se había planteado la posibilidad de hacer un libro de cuentos, porque el primer parcial del año fue, justamente, escribir un cuento. Pero entre la vorágine del año, la fiesta de graduación y las recorridas por las universidades montevideanas, la idea que se terminó concretando surgió en octubre, cuando Severo planificó algunos talleres para que los estudiantes escribieran un texto de despedida y de cierre de año.

“Fue una invitación, ninguna de las actividades mías son obligatorias, tampoco llevan nota. Entonces escribís si sentís que tenés ganas de despedirte, y si después escribís y no querés que nadie lo lea me lo mandás por privado, o como otros que subieron el texto a Crea pero en anónimo, porque no querían que saliera su nombre”, explicó el docente.

Ya con los textos subidos a la plataforma, se leyeron durante las clases en pantalla grande, se corrigieron, se editaron, se charlaron, y se decidió difundir los trabajos “para que otros estudiantes y docentes también puedan leerlos”.

“Yo creo que los chiquilines necesitan espacios para poder construir y expresar su propia voz, no repetir o calcar voces. Yo les pregunto a ellos y a mis colegas cuánto tiempo dedican para contar qué es lo que les pasa en clase, qué es lo que les gusta y lo que no les gusta. Es decir: humanizar un poquito el sistema educativo”, resume Severo.

Es que para el docente la búsqueda de la construcción de sus propias voces y de un espacio que habilite y promueva el decir y el sentir puede ser encontrada en la literatura: “Es una excelente estrategia, un puente entre las personas, porque vos empezás leyendo un texto y hablando de ese personaje y después terminás hablando de vos. Empezás a conversar y terminamos hablando de nosotros”, dice.

La mirada estudiantil

Guadalupe Marrero era estudiante de sexto Artístico y ahora estudia teatro. Eligió los versos y la poesía para el texto final, que consideró parte de “una experiencia innovadora”. Cuenta a la diaria que le “remueve un montón” y la “emociona la idea” de pensar que en un futuro puede volver al libro y que estudiantes de otras generaciones puedan llegar a leerlo.

En palabras, recorrió sus años liceales, que deambularon entre sentimientos y experiencias dicotómicas, o quizás simplemente complementarias. “En mi memoria” es el título del poema que escribió y dice así:

Tantas horas, tantos días
tantos meses y tantos años.
Cómplice de mis ocurrencias,
testigo de mis llantos y risas.
No volveré a pasar mis horas,
pero te llevaré en mi memoria.
El lugar que me dio las más lindas compañías,
el que me hizo vivir el amor y el desamor.
Hoy entiendo que la vida es un instante,
que pasa día tras día, que el tiempo vuela,
que las quejas hoy se vuelven nostalgia
y los reproches de estar allí sentada
anhelo.
Hoy despido al lugar que fue testigo de mi vida
y mis secretos.
Hoy te despido con la frente en alto
y el corazón contento.
Porque me llevo compañía
y recuerdos para toda la vida.

Fue al terminar los seis años que se percató de lo efímero del tiempo, de que el liceo “era como una segunda casa”, de que si bien en el camino “uno se queja mucho del tiempo que tenemos que invertirle” y “no nos damos cuenta del valor de las cosas cuando lo estamos viviendo”, la realidad es que “es algo re lindo”. Y fue entonces, al momento de graduarse, que la invadió la desolación de sentirse “perdida”.

Aun así, espera que el teatro “dé sus frutos” y se queda con la literatura, que dice que va a extrañar porque las clases de Severo le dieron “herramientas para la vida” y hasta “sirvieron de terapia”.

Para el docente, “todos somos animales narrativos y poéticos”. Dice que nos pasamos contando historias de lo que hacemos y recreamos los sucesos. También dice que las “imágenes poéticas” y los “juegos de palabras” nos producen “placer”.

Melany Santana era estudiante de sexto de Ingeniería y se ganó una beca para estudiar ingeniería en sistemas en Estados Unidos. Al pie del estereotipo, dice que en su clase había “mucho rechazo” a la poesía, decían que no les gustaba, que por algo eligieron la orientación que eligieron. “Entonces el profesor se fijó mucho en ayudarnos a empezar a escribir, con tareas bastante sencillas y luego más profundas, en más cantidad, hasta que llegamos a la final, donde teníamos que escribir un texto que le dejaríamos al liceo”, cuenta a la diaria.

Santana se retrotrajo a la instancia en que Severo les preguntó en clase qué le dirían al liceo luego de haber pasado seis años allí y manifestó que fue un momento “re lindo, porque cada uno iba diciendo cosas en voz alta, lo que se le ocurría”. “Fueron muchos sentimientos; empezamos con rechazo y nos terminó gustando escribir”, afirmó.

Dice que no le gustaban los poemas porque creía que “no los entendía”. Sin embargo, al igual que Marrero, eligió la poesía como texto final, que tuvo como eje central a su mochila: “Porque en realidad era algo que había manchado de esperanzas y expectativas, pero que se llenó de una realidad muy bonita, porque el último año fue el más lindo, entonces fue muy lindo terminar entendiendo que un poema sí puede transmitir”, explica.

Un día caluroso de medio verano
encontraré mi mochila,
guardada entre los uniformes viejos que solía vestir
y los trazos de pintura
que alguna vez hice sin ganas.

Recordaré aquella salida,
cuando los pasillos me vieron alejarme,
y me dieron la bienvenida a la complejidad.

En sus bolsillos seguro encuentre voces,
algunas las tiraré al olvido,
para no encontrarlas nunca más en mis pesadillas

Otras voces más calmadas y dulces
se quedarán guardadas allí
hasta que quiera sentir olor a nostalgia.

En el fondo, empolvadas y putrefactas,
estarán las oportunidades que dejé ir,
aquellas que no supe apreciar.

Ya será tarde para lavar esta mochila,
nada le devolverá el color de las expectativas,
aquel que tuvo cinco años atrás.

Sin embargo, creo haberme enamorado,
un amor que no será de ese verano,
ni primaveral.

Me enamoré de ese color con el que la pinté,
porque aunque no sea ni tan ingenuo ni agradable,
es mucho más que una realidad vivida.

Con las clases, Santana recordó que en algún momento había disfrutado la escritura y terminó escribiendo más con “otra idea de lo que es la literatura”, que se aleja de “sólo analizar un texto” y se trata de “entenderlo profundamente”. Dice que para todo el grupo fue “muy lindo ver el resultado final” del libro, no sólo por leer el texto propio, sino también los de los otros, “porque te podía chocar mucho; es re sentimental haber terminado una etapa tan larga”, finalizó.

“Ya toca” era una expresión clásica de la generación estudiantil: según Severo, “siempre dicen que ya toca el timbre, aunque falte una hora”. El profesor cuenta que el título del libro se eligió en grupo y, más allá de que la frase era cotidiana, fue un estudiante quien lo propuso: “Ya toca el último timbre y nos vamos”, dijo el alumno.