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Economía Academia
Archivo, marzo de 2025. Foto: Gianni Schiaffarino

Archivo, marzo de 2025. Foto: Gianni Schiaffarino

Hay “riesgo” de que la IA amplíe brecha de género y ponga en peligro empleos que requieren educación media y alta, según expertas

El título universitario ya no funciona como un seguro frente a los cambios del mercado laboral. La inteligencia artificial podría impactar con mayor fuerza sobre las mujeres, mientras que los algoritmos utilizados en los procesos de contratación corren el riesgo de reproducir viejos sesgos de género.

La inteligencia artificial (IA) puede profundizar las desigualdades que ya existen entre hombres y mujeres en el mercado laboral. El problema no está únicamente en las capacidades de esta tecnología, sino también en la estructura laboral sobre la que se incorpora: un mercado ya atravesado por una fuerte segregación de género, advirtieron a la diaria las especialistas Daniela de los Santos y Kênia Barreiro de Souza.

“La próxima revolución tecnológica, impulsada en gran medida por la IA, puede ampliar la brecha de género en el mercado laboral”, sostuvo Barreiro de Souza, doctora en Economía y profesora de la Universidad Federal de Paraná (Brasil). La economista llegó a esta conclusión a partir de un estudio sobre el mercado laboral formal brasileño. En los municipios más expuestos a tecnologías vinculadas a la IA, el empleo formal masculino tendía a crecer, mientras que entre las mujeres una mayor exposición estaba asociada a una reducción de los puestos de trabajo. “Esto sugiere que, en muchas ocupaciones en las que predominan los hombres, la tecnología funciona como un complemento del trabajo”. Entre las mujeres ocurre lo contrario: “Una mayor exposición está asociada a una reducción del empleo formal”.

Para Barreiro de Souza, esto no significa que la IA necesariamente vaya a aumentar la desigualdad de género, pero sí constituye un “riesgo real”. “Si la transición tecnológica no viene acompañada de políticas de capacitación, reconversión profesional y reducción de la segregación ocupacional, puede terminar reproduciendo y reforzando desigualdades que ya existían antes de la llegada de estas nuevas tecnologías”, afirmó durante su visita a Montevideo para participar en la 7ª Reunión de la Sociedad de Economía de la Familia y el Género, realizada en la Universidad de la República a principios de setiembre.

Desde otra perspectiva, De los Santos advirtió que uno de los perfiles que actualmente aparecen como más expuestos a los cambios tecnológicos es el de las mujeres con educación media y alta en zonas urbanas de América Latina. Esto se explica, en parte, por el tipo de tareas que realizan, en ocupaciones en las que existe una importante presencia femenina, como las vinculadas a la administración, la contabilidad, las finanzas o los recursos humanos. “Lo que se ve es que uno de los perfiles más riesgosos es el de las mujeres con educación media alta en zonas urbanas en América Latina. En los últimos dos o tres años, todo lo que se venía escribiendo sobre impactos de la IA o de la automatización sobre el empleo ha cambiado de manera bastante radical”, sostuvo la socióloga uruguaya y analista de proyectos sobre crecimiento inclusivo y protección social del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en América Latina y el Caribe.

Cifras

Según el informe Cuantificación del potencial de la IA en la creación de empleo en América Latina y el Caribe, publicado por el Banco Mundial, entre 30% y 40% de los empleos de la región están expuestos de alguna manera a la IA. “Los empleos expuestos suelen ser urbanos, formales, mejor remunerados y requieren mayor nivel educativo. La IA generativa pone en riesgo de automatización entre 2% y 5% de los empleos en la región, afectando de manera desproporcionada a los trabajadores jóvenes, con estudios superiores y residentes en zonas urbanas, especialmente a las mujeres”, señaló. En promedio, las mujeres trabajadoras tienen el doble de probabilidades que los hombres de estar expuestas a la automatización derivada de la IA, señaló la investigación.

La dimensión de género también aparece en la evidencia global. En marzo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó un análisis de 84 países que concluyó que los efectos de la IA “no son neutrales en cuanto al género”. “Las ocupaciones predominantemente femeninas tienen casi el doble de probabilidades de estar expuestas a la IA de nueva generación que las predominantemente masculinas (29% frente a 16%), lo que refleja la concentración de mujeres en puestos administrativos, de oficina y de apoyo empresarial con tareas rutinarias que corren un mayor riesgo de automatización”, afirmó.

A esto se suma otra desigualdad: las mujeres continúan “infrarrepresentadas” en los empleos vinculados con la IA, lo que limita su acceso a las nuevas oportunidades laborales y también su participación en el diseño y el desarrollo de estas tecnologías, indicó la OIT.

La educación ya no es una protección

Uno de los aspectos que De los Santos consideró más relevantes es que la IA está poniendo en cuestión una idea que durante años estuvo presente en los debates sobre automatización: que los trabajadores con educación superior y que realizan tareas cognitivas no rutinarias estaban relativamente protegidos frente a la sustitución tecnológica. Sin embargo, la IA modificó ese escenario. “La IA generativa ha venido a romper ese marco, porque, de hecho, sí parece ejecutar tareas que son de corte cognitivo no rutinario”, explicó De los Santos.

La situación también afecta a las mujeres porque la segregación ocupacional no desaparece cuando aumenta el nivel educativo. Por el contrario, continúa en las carreras terciarias y universitarias. “Algunas de las carreras en las que hay más mujeres a nivel terciario tienen un alto riesgo de automatización [...] Ya no es una salvaguarda cuando uno tiene una carrera universitaria y realiza tareas cognitivas no rutinarias”, señaló.

Al mismo tiempo, la socióloga remarcó que existen trabajos “muy feminizados” en la región y en el mundo que serán menos vulnerables al avance tecnológico, como los vinculados a los cuidados. “El problema es que son trabajos que todavía están precarizados, con bajos salarios y tienen condiciones que no están alineadas con el trabajo decente. Por tanto, un sector que muestra más promesa hacia el futuro para las mujeres es justamente uno de los que hoy están más precarizados”, añadió.

La evidencia brasileña presentada por Barreiro de Souza ayuda a explicar por qué esa diferencia puede producirse. Su estudio muestra que parte de la asimetría observada entre hombres y mujeres está vinculada a la segregación ocupacional que ya existía antes de la llegada de estas tecnologías. Un ejemplo son las tareas administrativas y de secretaría, en las que las mujeres tienen una presencia elevada y muchas actividades pueden ser estandarizadas, organizadas o automatizadas mediante nuevas tecnologías. En el otro extremo están los sectores vinculados con la tecnología y las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde los hombres continúan teniendo una presencia proporcionalmente mayor, añadió.

En esas ocupaciones, la IA puede funcionar como una herramienta de apoyo para procesar información, programar, analizar datos o resolver problemas con mayor rapidez, aumentando la productividad del trabajador en lugar de simplemente reemplazarlo, explicó Barreiro de Souza.

A diferencia de Barreiro de Souza, De los Santos consideró que las áreas STEM no pueden ser presentadas hoy como una garantía de empleo para el futuro. “Las áreas STEM se han tomado en la última década como el camino para no correr riesgos de que su trabajo se automatice”, señaló. Sin embargo, observó una contracción del empleo en algunas áreas vinculadas con la ingeniería y la ingeniería de sistemas, mientras que en Silicon Valley y otras grandes empresas tecnológicas se han producido despidos de trabajadores vinculados a la incorporación de estas herramientas.

Penalizan más a las mujeres

De los Santos señaló que la incorporación de la IA al trabajo no tiene los mismos efectos para hombres y mujeres. La socióloga mencionó estudios que analizan cómo hombres y mujeres que ocupan el mismo puesto; por ejemplo, ingenieros e ingenieras en empresas de software, adoptan herramientas de IA para ayudarse en sus tareas. Según esos trabajos, las mujeres las adoptan menos que los hombres.

Pero las diferencias no terminan allí. También puede existir una penalización diferenciada por el uso de estas herramientas. “Cuando los revisores miraban lo que hacían sus ingenieras o sus ingenieros, penalizaban más a las mujeres que usaban IA que a los hombres que utilizan esa tecnología”, relató. Para De los Santos, detrás de esa diferencia aparecen estereotipos de género que hacen que las mujeres que utilizan IA sean consideradas menos competentes que sus pares varones que recurren a la misma herramienta. “Los estereotipos de género siempre están atravesando”, afirmó. “En el ejemplo que di, el mercado está penalizando a las mujeres no porque escriban peor código o porque usen o no IA, sino por ser mujeres. La razón es más clásica y se llama discriminación de género”, remarcó.

El riesgo también está en los algoritmos

La posibilidad de que la tecnología reproduzca desigualdades preexistentes aparece también en los sistemas utilizados para tomar decisiones laborales. De los Santos recordó que desde hace años se vienen utilizando modelos de IA en procesos de recursos humanos y contratación. El problema es que esos sistemas pueden aprender de datos históricos que ya contienen discriminaciones.

“Los modelos de IA en recursos humanos automáticamente penalizan y no contratan mujeres. Son los mismos problemas que enfrentan las mujeres de toda la vida, por ejemplo, la penalización por maternidad o la discriminación a la hora de la contratación”, señaló. Si los datos históricos muestran que una empresa contrató menos mujeres, un modelo puede interpretar ese patrón como una característica deseable y reproducirlo, explicó.

Por eso, la experta sostuvo que la incorporación de estas herramientas requiere políticas, regulaciones y salvaguardas. El riesgo no se limita a la discriminación de género, sino que puede reproducir también otras formas tradicionales de discriminación vinculadas con la raza o la etnia.

Por su parte, Barreiro de Souza planteó una advertencia similar desde el análisis de la estructura del mercado laboral. El riesgo no está únicamente en lo que una tecnología puede hacer, sino en el punto de partida desde el que se incorpora. “Más que predecir que la brecha necesariamente aumentará, creo que nuestros resultados funcionan como una señal de alerta”, afirmó. Si la incorporación de la IA ocurre sobre una estructura laboral ya muy segregada y no se amplían las oportunidades de adaptación y capacitación, existe el riesgo de que las nuevas tecnologías reproduzcan o profundicen desigualdades que ya existen, indicó.

La economista subrayó que la segregación ocupacional tiene raíces anteriores a la IA: está relacionada con la división sexual del trabajo, las normas de género y la forma en que se organizan y remuneran determinadas ocupaciones. En ese sentido, citó los trabajos de la economista Claudia Goldin sobre los llamados greedy jobs, empleos que remuneran de manera desproporcionada la disponibilidad permanente, las jornadas largas y la escasa flexibilidad horaria. “Este tipo de organización del trabajo tiende a penalizar especialmente a las mujeres, quienes todavía asumen una proporción mayor de las responsabilidades familiares y de cuidado”, señaló.

Brasil como señal, no como pronóstico para Uruguay

El estudio de Barreiro de Souza aporta evidencia concreta, pero la economista es cautelosa a la hora de trasladar sus resultados a otros países. “Creo que los resultados pueden ser relevantes para pensar lo que ocurre en otros países de América Latina, pero la extrapolación debe hacerse con cautela”, explicó. El estudio no analiza específicamente el caso uruguayo, por lo que no permite afirmar que los efectos sean iguales en el país.

Sin embargo, consideró que el patrón que está detrás de sus resultados no es exclusivamente brasileño. “La concentración de mujeres en ocupaciones administrativas y de menor calificación, y la mayor presencia de hombres en áreas vinculadas con STEM y tecnología, se observa en muchos países”, afirmó.

¿Y Uruguay?

En el caso uruguayo, De los Santos identificó algunas condiciones que pueden resultar favorables para enfrentar la transformación tecnológica. En comparación con otros países de América Latina, sostuvo que Uruguay tiene menores brechas digitales en términos de uso de internet y acceso a dispositivos. “En América Latina hay algunos países donde el uso de internet es muy distinto entre hombres y mujeres, por ejemplo, y hay brechas grandes. En Uruguay ese no es el caso”, señaló. Tampoco observó una brecha tan grande en la cantidad de hogares que no acceden a internet o a dispositivos. “Al menos para montarse en esta ola, Uruguay está en una situación quizás un poco más ventajosa que otros países”, consideró.

A esto sumó las capacidades de capital humano que tiene el país, su posición en algunas áreas de desarrollo de software e infraestructura y el papel de las empresas públicas vinculadas con la tecnología. En su opinión, Uruguay tiene condiciones para ser un actor relevante en la conversación regional sobre estos cambios. “Creo que tiene las mejores condiciones para liderar la conversación”, remarcó.

No obstante, también destacó que la discusión no debería concentrarse exclusivamente en los sectores tecnológicos. Los cuidados, por ejemplo, son un área en la que Uruguay ya cuenta con una política consolidada y en la que existe margen para avanzar hacia un trabajo mejor remunerado y con condiciones de trabajo decente, afirmó. “Habrá que seguir trabajando un poco para acompañar todos estos cambios tecnológicos muy acelerados, con políticas y regulaciones, de manera inteligente”, afirmó.

La especialista planteó que América Latina no puede limitarse a adoptar debates diseñados en los países del norte, porque la estructura de sus mercados laborales es diferente, con mayores niveles de informalidad y características que no necesariamente están presentes en las economías que lideran el desarrollo tecnológico.

Capacitación y regulación

Para Barreiro de Souza, el punto central es evitar que la tecnología se incorpore sobre desigualdades que ya existen sin ofrecer mecanismos para que las trabajadoras puedan adaptarse. Para eso, consideró necesarias políticas de capacitación, reconversión profesional y reducción de la segregación ocupacional que eviten reproducir y reforzar desigualdades previas.

Para ambas expertas, la pregunta no parece ser simplemente si la IA aumentará o reducirá la desigualdad de género. El punto central es cómo se distribuirán sus beneficios y sus costos sobre un mercado laboral que ya parte de una situación desigual.

Como resumió De los Santos, “las mismas estructuras de discriminación y de segregación siguen operando en estos nuevos esquemas tecnológicos”. Esas brechas pueden “ampliarse” no solo en quiénes consiguen trabajo, sino también en los salarios, las promociones y la posibilidad de continuar desarrollando una carrera profesional, concluyó.