ProFuturo es un programa que pertenece a las fundaciones Telefónica y “la Caixa”, que en esta oportunidad, y en alianza con Gurises Unidos, El Abrojo, la Sociedad Uruguaya de Ciencias Cognitivas y del Comportamiento y el Centro Interdisciplinario en Cognición para la Enseñanza y el Aprendizaje, organizó el miércoles un intercambio con Azzurra Ruggieri, doctora en Psicología Cognitiva, quien desde Italia llegó para compartir sus investigaciones acerca del “aprendizaje activo ecológico”, en el marco del lanzamiento de los cursos del programa.

En su ponencia, la investigadora presentó resultados de estudios realizados junto con otros colegas, en los que, a través de actividades, juegos y desafíos diseñados para niños, analizaron cómo estos adaptan su forma de explorar y aprender según el entorno. El trabajo se apoya en la noción de “aprendizaje activo” desde una perspectiva “ecológica”, entendida, según explicó Ruggieri, como el ambiente en el que se desarrolla el niño.

Foto del artículo 'El programa ProFuturo lanzó su oferta de cursos 2026 y recibió a una especialista para hablar sobre aprendizaje activo en la infancia'

Foto: Rodrigo Viera Amaral

El enfoque, explicó la especialista, sugiere que los niños aprenden haciendo, explorando y adaptándose a su entorno. Durante la ponencia se basó en tres ejes: la trayectoria del diseño del aprendizaje, qué despierta la curiosidad de los niños y qué hace que aprendan de mejor forma al explorar y cómo el aprendizaje activo ocurre en contextos sociales.

Los estudios desarrollados por Ruggieri comprenden actividades realizadas con bebés, niños de hasta 11 años y adultos, en las que se utilizaron como referencia preguntas constraint seeking –preguntas de constricción–. Este tipo de preguntas, según la investigadora, se definen como preguntas que, independientemente de las respuestas “sí” o “no”, permiten descartar varias opciones a la vez, acotando el problema y reduciendo rápidamente el espacio de posibles respuestas. Lo que en español podría traducirse como “preguntas estratégicas”.

En uno de los estudios que mencionó se les propuso a los participantes una interrogante: tenían que descubrir por qué alguien había llegado tarde al trabajo, pero podían hacer únicamente preguntas que se respondieran con sí o no, y debían resolverlo con la menor cantidad posible de preguntas.

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Foto: Rodrigo Viera Amaral

Según explicó, cuando todas las posibles explicaciones eran igual de probables, tanto niños como adultos tendían a hacer preguntas más estratégicas, es decir, preguntas amplias que permitían descartar varias opciones al mismo tiempo en lugar de ir hipótesis por hipótesis.

El resultado mostró que a partir de los 7 años los niños ya son capaces de ajustar su forma de preguntar para ser más eficientes cuando enfrentan situaciones de incertidumbre, y lo hacen con una rapidez comparable a la de los adultos.

Por otro lado, al estudiar el caso con niños de 5 años, los resultados fueron un poco distintos. Aunque no siempre formulan por sí solos las preguntas más estratégicas –o sea, aquellas que permiten descartar varias opciones al mismo tiempo–, el estudio mostró que sí son capaces de reconocer cuál es la mejor pregunta para aprender algo.

En su experimento se les presentaban dos monstruos que hacían preguntas diferentes: uno formulaba una pregunta más amplia y eficiente, y el otro iba revisando posibilidad por posibilidad. Cuando todas las explicaciones eran igual de probables, la mayoría de los niños eligió el monstruo que hacía la pregunta más estratégica como el más efectivo.

Esto sugirió que, incluso a los 5 años, los niños ya cuentan con las bases cognitivas para identificar buenas estrategias de indagación y ajustarlas según el tipo de problema que enfrentan, aunque todavía esté en desarrollo su capacidad de producirlas de manera espontánea, compartió Ruggieri.

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Foto: Rodrigo Viera Amaral

En cuanto a niños más pequeños –de entre 3 y 4 años–, se analizó si adaptaban su exploración sin el uso de palabras. En este caso, en vez de hacer preguntas podían llevar a cabo acciones, como sacudir una caja para comprobar si había un objeto dentro sin abrirla. En este caso, los niños podían elegir entre sacudir la caja –una acción que permitía reducir la incertidumbre antes de abrirla– o abrirla directamente, lo que equivalía a probar una opción específica.

Los resultados mostraron que los niños de 3 y 4 años tendían a sacudir más la caja cuando la distribución era uniforme, es decir, cuando primero necesitaban resolver una incertidumbre general. Esto sugirió que, incluso sin usar palabras, pudieron adaptar su forma de explorar, según la situación, para hacerlo de manera más eficiente.

¿Cómo podrían impactar estas investigaciones en el aprendizaje de los niños y niñas?

La especialista enfatizó que estos estudios, además de generar nuevas ideas, permiten crear herramientas para entender cómo aprenden los niños en los distintos contextos sociales. Además, explicó que ayudan a pensar cómo diseñar mejores estrategias e intervenciones para apoyar el aprendizaje en el aula y fuera de ella.

Un ejemplo compartido por Ruggieri sugiere cómo a través de un juego de memoria de 64 objetos pudieron comprobar que los niños recordaban más cuando podían estudiar de manera activa, eligiendo por sí mismos el orden y el ritmo con el que exploraban los elementos, en lugar de recibirlos de forma pasiva.

Además, subrayó que el resultado se replicó en distintos países, e incluso en niños dentro del espectro autista. Esto, para la especialista, refuerza la solidez del hallazgo y muestra el potencial del aprendizaje activo para aplicarse en contextos educativos diversos.

A su vez, la investigadora mencionó que estos estudios proponen una nueva forma de entender el aprendizaje infantil, basada en la idea de un aprendizaje activo, ecológico y adaptable. En lugar de ver a los niños como receptores pasivos de información, este enfoque los presenta como seres que aprenden haciendo, explorando y adaptándose a su entorno.

Finalmente, Ruggieri destacó la importancia de estudiar las diferencias individuales en el aprendizaje, un área que considera poco explorada en la psicología del desarrollo y que entiende esencial para la escuela. Según expresó, es importante identificar cuándo y por qué determinadas estrategias de aprendizaje funcionan, así como para quiénes funcionan, con el objetivo de diseñar intervenciones más personalizadas y eficaces que acompañen el desarrollo infantil y tengan impacto a largo plazo.

ProFuturo y su oferta de cursos para 2026

La oferta formativa que propone ProFuturo está integrada actualmente por 13 cursos y la convocatoria para formar parte de ellos estará abierta hasta el 30 de abril. La certificación final cuenta con el aval del Ministerio de Educación y Cultura y de la dirección de Educación. Además, en las distintas propuestas se trabaja con especialistas locales y regionales para que accedan a ellas quienes así lo deseen. Hasta el momento, las propuestas alcanzaron a más de 3.500 estudiantes de todo el país, según contaron durante la jornada los voceros del programa.