Laica, gratuita y obligatoria es una trilogía que desde hace décadas se repite como un mantra en las aulas de la escuela pública. Junto con otros docentes, en 2016 la especialista en filosofía de la educación Andrea Díaz comenzó a hacerse preguntas acerca de uno de los conceptos que definen a la educación pública uruguaya desde la reforma vareliana: la laicidad.
Distintos episodios que se planteaban públicamente, principalmente por supuestas violaciones de la laicidad, la llevaron a ver la necesidad de definir mejor el concepto, clave para la autonomía y la libertad de pensamiento de los individuos. Según observó, existía una “disputa” a la hora de definir la laicidad, sobre todo en el campo de la educación, y a partir de allí era motivo de conflicto y debate.
“Comenzamos a estudiar casos en los que la laicidad estaba en disputa y vimos que Uruguay es bastante creativo, porque el tema no se asociaba solo a lo religioso y a la separación del Estado de la religión, sino que también surgían casos con la sexualidad, la expresión política, el aborto, la eutanasia”, recordó, en diálogo con la diaria. Entonces pudo ver que si bien en algunos casos de análisis el debate refería a la dimensión religiosa del término, tal como fue planteada inicialmente en el país, en otros el concepto se refería a una dimensión política. Además, en general, aparecía asociado con la denuncia de que algún actor de izquierda había violado la laicidad. “Había una definición, si se quiere, antigua, de la laicidad, muy asociada con la neutralidad del Estado, que se había utilizado ideológicamente para perseguir ciertas prácticas docentes asociadas con la izquierda” añadió.
Díaz recordó que en ese momento comenzó a trabajar en conjunto con historiadores para analizar en qué momento se generó ese cambio a nivel conceptual y encontró que el punto de inflexión fue la década del 60. Entonces, comienza a dejarse de lado el concepto de laicidad asociado con la separación de Estado y religión, y pasa a vincularse con la ideología política. Marcado por el contexto internacional de la Guerra Fría, comienza a hablarse de “un antidogmatismo asociado sobre todo con la expresión de la izquierda o, supuestamente, de los profesores de izquierda en la educación”.
Díaz, docente grado 5 del Instituto de Educación de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE), detalló que esa concepción “se define como laicidad política”, y su presencia en el debate público “se agudizó” durante la última dictadura y los años previos. Más recientemente observó una mayor prevalencia de esa idea de laicidad en el gobierno pasado, encabezado por Luis Lacalle Pou.
Según analizó, uno de los aspectos que pueden hacer posible ese corrimiento es la fuerte secularización de la sociedad uruguaya, por la que parece que el debate sobre la no presencia de lo religioso en el Estado está saldado. Según apuntó, hasta los principales líderes religiosos están de acuerdo con la idea de laicidad y los debates que se generan sobre la laicidad religiosa tienen que ver con la presencia de actividades o símbolos religiosos en el ámbito público.
La laicidad en el mundo y la región
Díaz contó que en 2020 se realizó un congreso sobre los distintos tipos de enfoques con los que se presenta esa noción. En el marco de la pandemia y con el auge de actividades virtuales, desde Uruguay se consiguió la participación de redes y especialistas en la temática de países como Canadá, Estados Unidos y también del continente europeo y de Medio Oriente. Allí quedó de manifiesto que el concepto de laicidad depende en buena medida del contexto social y político de cada región, ya que, por ejemplo, en el caso europeo se construye principalmente a partir de los fenómenos de migración y el crecimiento del islam en esa región, vinculado con procesos de islamofobia, según definió Díaz.
En relación con las lecturas que se hacen desde Medio Oriente, la académica indicó el valor de la lectura decolonial del término, en el entendido de que “la laicidad es un movimiento europeo, que tiene que ver con el liberalismo político, la secularización, la ilustración asociada con la ciencia, la razón”. “Detrás hay un mensaje de la modernidad europea”, afirmó.
Respecto de lo que pasa en la región, Díaz se refirió a los casos de Brasil y Argentina, países en los que, más allá de su proximidad con Uruguay, predomina una idea distinta de laicidad. En el caso de Argentina, recordó que el Estado no es laico, ya que está asociado con la iglesia católica. Brasil, por su parte, es un pueblo “muy religioso” y, al mismo tiempo, promueve la laicidad, aunque el concepto no tenga vínculo con la relación entre el Estado y la iglesia. La docente explicó que en Brasil existe “una laicidad pluralista” que “habilita a que fuera del horario escolar se pueda enseñar religión” en los centros educativos. No obstante, “el conflicto es que se enseñan solo las religiones monoteístas” como el islam, el judaísmo y el cristianismo. Según completó, no se enseñan, por ejemplo, las religiones de matriz africana, lo que en Brasil “es un escándalo”, ya que hay regiones como el nordeste donde 85% de la población es descendiente de esclavos y, por lo tanto, predominan religiones de matriz africana. Al respecto, resumió que allí existe “mucho racismo religioso”.
La investigadora agregó que en las últimas décadas en Brasil hubo “un avance muy fuerte del evangelismo, que ha influido mucho en la política”. Eso ha llevado a que la enseñanza de la historia y la religión a nivel académico se use “para transmitir valores morales o algo confesional”, lo que, justamente, “es lo contrario a la laicidad”.
La rígida concepción de laicidad en Uruguay
La docente de la FHCE consideró que en Uruguay predomina una concepción republicana de la laicidad, que es “muy rígida”. Según planteó, en los últimos años ese concepto es capitalizado por “la derecha más conservadora” para “callar esas voces incómodas de manifestaciones gremiales o sindicales”. Como ejemplo, mencionó el caso de los profesores de San José que en el gobierno pasado fueron sancionados por tomarse fotos dentro del liceo -sin estudiantes- con consignas alusivas a la campaña contra la reforma “Vivir sin miedo”, que se plebiscitó junto con las elecciones nacionales de 2019. En particular, recordó que se trataba de una manifestación del núcleo sindical de profesores del liceo, pero fueron acusados de proselitismo, concepto que también se asocia con la idea de “neutralidad” del Estado que promueven quienes se basan en una laicidad de tipo política. Además de que quienes denunciaron y sancionaron a los docentes confundieron una manifestación política con una de tipo político partidario, tampoco se tuvo en cuenta que cuando los docentes sancionados se tomaron la foto no había estudiantes dentro del centro educativo.
Si bien la Ley General de Educación define el concepto de laicidad, Díaz planteó que no siempre se logra una mirada integral al respecto. Según valoró, quien “da en el clavo” en la idea de laicidad es la maestra y pedagoga uruguaya Reina Reyes, que la vincula con el derecho del alumno a la educación y a generar autonomía y pensamiento propio. “Ahí lo importante es que, a través de una metodología, el docente habilite la discusión de todos los temas, la polémica, e incluso el sinceramiento de su posición”. En ese sentido, entiende que, en el marco del debate plural sobre un determinado tema, es mejor que el educador plantee cuál es su postura antes que “tenerla escondida”.
Desde esa perspectiva, es clave “evitar las imposiciones”, pero tampoco es bueno que no se den discusiones en el aula cuando se trata de temas que puedan ser considerados polémicos a nivel social o político. Según agregó, acallar el abordaje en el aula de temas como la sexualidad, la política, la religión o el fútbol “no sirve de nada” porque “eso no educa, no emancipa ni genera autonomía”. Por el contrario, dijo que “hay que buscar un equilibrio por el que se hable de todo, se discuta de todo”, porque “no podemos decir que tenemos libertad de pensamiento si no tenemos libertad de expresión”.
Debates amplios, plurales y sin vetar ningún tema o perspectiva
La académica consideró que es más complejo abordar determinados temas cuanto menos edad tengan los niños que son parte de una clase, pero, en cualquier caso, llamó a “cuidar la pluralidad” cuando se genera una discusión sobre un tema con diferentes puntos de vista. “Siempre que se habilita algo se tiene que habilitar lo contrario”, sostuvo, y agregó que “el profesor tiene una responsabilidad muchísimo más grande porque está ocupando el lugar de lo público y está ayudando a ese proceso en el que el alumno se desarrolla y despliega su propia visión de mundo”.
En relación con algunos planteos que muchas veces surgen desde las propias familias para evitar que este tipo de temas se aborden en las aulas, Díaz consideró que “el derecho a la educación es más importante que el derecho de los padres a sesgar a sus hijos”. Más allá de que por mandato constitucional el Estado no puede tomar partido por religión o ideología política alguna, la especialista consideró que, independientemente de que representan a lo público, los docentes “son personas de carne y hueso” y eso también se traslada a los colectivos que integran. Por lo tanto, insistió en que, además de poder expresar cuál es su postura en torno a un tema, es importante que se muestren distintos argumentos y puntos de vista, sin adoctrinamiento ni el abordaje a partir de “una postura totalmente sesgada”.
En esa línea, la investigadora analizó que “la educación de por sí está sesgada por las fuentes culturales” que se seleccionan en los programas de estudio. Al respecto, lamentó que “Uruguay enseña, sobre todo, contenidos culturales eurocéntricos hechos por hombres”. “Entonces, lo primero que hay que deconstruir es eso”, completó. En concreto, se refirió a la necesidad de contar con “múltiples fuentes culturales”, como “las de matriz africana, indígena, de otros países latinoamericanos”, y también de la cultura popular uruguaya.
Según agregó Díaz, esto rige también para aspectos que tienen que ver con creencias personales o colectivas, ya que no se trata de que sean ocultadas. Al igual que con los debates sobre asuntos políticos, se trata de que esos abordajes se den de manera “plural y equilibrada”. Desde esta perspectiva, lo que permite la laicidad es “el encuentro con la alteridad”, concluyó.
La concepción del estudiante y el pensamiento crítico
El libro La laicidad comparada, que -coordinado por Díaz- fue publicado este año, recoge estas definiciones y las aborda desde la perspectiva de lo que ocurre en distintos países y regiones. En este, Díaz plantea que las nociones rígidas de la laicidad que asocian el abordaje de temas polémicos en las aulas con un supuestamente extendido adoctrinamiento de izquierda, subestiman a los propios estudiantes.
Consultada al respecto, la académica sostuvo que ese tipo de miradas “son ridículas”, más en la actualidad, cuando, sobre todo a partir de la adolescencia, el acceso a múltiples fuentes de información es cada vez mayor a través de los dispositivos digitales. En particular, mencionó que las redes sociales y más recientemente la inteligencia artificial son lugares en donde los estudiantes acceden a distintas posturas, muchas veces también sesgadas. Por eso, señaló que es el sistema educativo el que debe abordar y problematizar algunos discursos que circulan y se reproducen en ese tipo de plataformas, con miras al desarrollo de un pensamiento crítico. De hecho, señaló que los centros educativos son prácticamente el único espacio de las sociedades actuales que se dedican al fomento del pensamiento crítico y a desarrollar la “inquietud” por no quedarse con un único punto de vista. En ese sentido, conectó ese planteo con el de los pedagogos que definen el aula y la escuela como “un lugar de tiempo libre”. Según dijo, se trata de un espacio de tiempo libre pensado para generar pensamiento, discusión y “escucha de la alteridad”.
El miedo al castigo en los docentes
En las últimas décadas, y con distintos casos que han sido tomados como ejemplarizantes, se ha instalado un sentido común en el sistema educativo en el que predomina la noción rígida de laicidad cuestionada por Díaz. Ello lleva a que muchos docentes, por miedo a recibir algún castigo -ya sea en el presente o en el futuro-, prefieran evitar el desarrollo de ciertos temas considerados polémicos. Esto se debe principalmente al miedo, que consideró contrario a lo que se debe promover en un ambiente educativo. Desde su experiencia, observa esa postura mayormente en primaria, y en menor medida en la educación media, mientras que casi no está presente en el ámbito universitario. Según explicó, se debe a que el aula “está más vigilada” cuanto más chicos son los alumnos, que van adquiriendo una progresiva autonomía en la medida en la que crecen.
En el caso de las maestras en primaria, lamentó que muchas veces terminen autocensurándose en el abordaje de temas de sexualidad, religión o de pasado reciente por miedo a recibir denuncias. Por ello, señaló que desde la FHCE están realizando un curso sobre laicidad dirigido a maestros y maestras, en el entendido de que formarse sobre el tema permite tener más fundamentos a la hora de defender el abordaje de un tema controvertido en clase y, por lo tanto, ayuda a romper con el miedo imperante.
Según contó, ello se traslada también a situaciones con estudiantes. Relató el caso de una escuela uruguaya en la que una familia siria que no come cerdo por motivos religiosos había solicitado que esa carne se excluyera del menú escolar para sus hijos. En vez de tomarlo como una oportunidad para abordar la cultura musulmana, desde el centro educativo pidieron un certificado médico para sentirse respaldados y evitar una supuesta violación de la laicidad.
Cuestionamientos a la Udelar y el caso Israel-Palestina
Más allá de que se trabaja con estudiantes mayores de edad y la institución cuenta con autonomía, la Universidad de la República (Udelar) también recibe cuestionamientos por un supuesto adoctrinamiento, como los que a menudo realiza la senadora nacionalista Graciela Bianchi. Consultada al respecto, Díaz dijo que, independientemente de que, “como en cualquier institución, puede haber casos de mala praxis”, ese tipo de cuestionamientos tienen que ver con que el sistema político tiene una mayor dificultad para “dominar” la libertad de cátedra existente en la Udelar.
La académica señaló que, al menos en el caso de la FHCE, no ha visto que como parte de la política institucional se haya censurado o acallado alguna voz sobre algún tema sensible. Sí existen casos en los que, en aras de “cuidar la convivencia”, se han postergado o suspendido actividades, por ejemplo, en torno al conflicto entre Israel y Palestina, uno de los temas que actualmente generan mayor sensibilidad en el ámbito universitario.
