“Te sentís con una sensación permanente de malestar, de angustia difusa que no te explicás. No te sentís libre de desear, pensar, opinar, decidir y/o actuar. Quizás, al contrario, te ves encerrada en una ‘jaula’, atrapada y limitada en tus proyectos personales. De forma continua, tu pareja o expareja regula tu día a día, sin que haya actos de violencia física o amenazas directas de hacerte daño. Tal vez te demuestra con una mirada que algo que dijiste está mal, deja de hablarte si hacés algo que no le gusta. Tal vez te demuestra que las actividades que elegiste, que las personas con las que te relacionás e ideas que expresás son tontas o ridículas. O temblás al pensar en hacer algo sin su aprobación. Son un montón de actitudes difíciles de denunciar porque, tomadas aisladas la una de la otra, no son legalmente reprobables [...] Lo que vivís se llama control coercitivo y es una gran luz roja prendida”.

El texto forma parte de una serie de placas informativas que difundió el año pasado La Pitanga, uno de los pocos colectivos feministas que trabajan en Uruguay para visibilizar el control coercitivo, esta serie de comportamientos que se ejercen de manera continua, que no forman parte de lo que en el imaginario social solemos asociar a la violencia, que la mayoría de las veces no constituyen delitos, pero que, a la larga, generan daños acumulativos en las víctimas.

Si bien el concepto empieza tímidamente a conocerse en Uruguay, hay bastante literatura internacional al respecto e incluso, en algunos países, es un delito que se castiga penalmente. Fue acuñado hace casi dos décadas por el sociólogo estadounidense y trabajador social forense Evan Stark, que lo definió como “un patrón de comportamiento que apunta, de forma sutil e invisible, a hacer que una pareja o expareja sea dependiente y subordinada”, según describe en su libro Control coercitivo: cómo los hombres atrapan a las mujeres en la vida privada (2007). Allí explica que esto abarca diversas tácticas para “herir, humillar, intimidar, explotar, aislar y dominar” a las mujeres y detalla, además, que “los efectos acumulativos” sobre ellas “hacen que estemos frente a una situación de cautiverio más que de agresión”. De hecho, el investigador lo asemejó a delitos como el secuestro o, incluso, la esclavitud.

Al no implicar necesariamente violencia explícita, sino comportamientos sutiles que se ejercen de manera continua, el control coercitivo es difícil de reconocer como parte de la dinámica de violencia de pareja y, por lo tanto, de detectar, atender y prevenir en sistemas que centran el abordaje de la violencia de género en episodios específicos, generalmente de violencia física.

Sin embargo, Stark plantea que es la forma más peligrosa de violencia en el marco de la pareja y asegura que su presencia o ausencia es un mejor indicador de un futuro femicidio que la existencia de violencia física por sí sola.

Muchas veces, cuando se conocen casos de femicidio en los que no había denuncias previas contra el agresor, se asume que no hubo violencia. Pero el femicidio es la punta de un iceberg que tiene en la base el control coercitivo. Como dice La Pitanga: “No siempre el femicidio o infanticidio vicario están ‘anunciados’ por denuncias policiales ni por violencia física. Comprender qué es el control coercitivo, ponerlo en palabras, permite establecer una red de seguridad para proteger mejor a las víctimas”.

la diaria conversó con especialistas en violencia de género de distintas áreas para profundizar en cómo opera, qué impactos genera en quienes lo padecen, qué normativa lo ampara en nuestro país y por qué el sistema judicial debería incorporar esta mirada.

Saber qué es para poder detectarlo

La Pitanga empezó a interiorizarse en el tema hace dos años, después de descubrir el concepto en estudios de otros países, como Estados Unidos, Canadá y Bélgica. Dos de sus integrantes, la trabajadora social Claire Niset y la psicóloga Halina Neuhauser, resaltaron en diálogo con la diaria que conocer el término les habilitó “otra forma de mirar el tema de la violencia en las relaciones íntimas”.

“Si pensamos en la imagen del iceberg [de la violencia de género], el control coercitivo es como el terreno fértil en el que, después, va a echar raíces la violencia económica, física y otras formas que conocemos”, ilustró Niset. Dijo que hay dos “palabras claves” para entender cómo opera. Una es continuidad, en tanto “es una acumulación de varias cosas que a veces no son violentas en sí, sino que la violencia se da en el continuo”. La otra es sutileza, y “eso nos obliga a escuchar a la mujer de otra forma, mirar la situación de otra forma y salir un poco de esa escucha muy protocolar que tenemos ahora”, señaló.

Neuhauser, que trabaja en servicios de atención a víctimas de violencia de género, recordó que, “cuando recibís a una mujer, una de las primeras cosas que hacés es evaluar el riesgo” de la situación en la que se encuentra, a través de “unas casillas que tenés que tildar, que son más o menos conocidas: si [el agresor] tiene denuncias previas, si está en algún ámbito delictivo, si tiene acceso a armas, si consume drogas, alcohol”. Sin embargo, precisó que “en ningún momento” se evalúan indicadores de contexto que puedan dar pistas de “cuánto de continuo es esto”.

Natalia Fernández.

Natalia Fernández.

Foto: Camilo dos Santos

También dijo que hay casos en que las mujeres dicen “le tengo miedo, pero no sé por qué, porque él nunca me hizo nada”, y esto es porque “todo lo que habitualmente consideramos violencia es lo físico, lo que se prueba, incluso las amenazas, los insultos; pero esas otras conductas más chiquititas de mirarte mal o esa sensación que tienen las mujeres, por ejemplo, de que escuchan la llave en la cerradura y sienten angustia, miedo o piensan ‘ya no tengo paz’” no las visualizan como violencia.

Algunas de las conductas que pueden constituir control coercitivo son aislar a una persona de sus amistades y familiares; privarla de sus necesidades básicas; monitorear su tiempo o sus movimientos –algo facilitado hoy por los dispositivos digitales–; tomar el control de aspectos de su vida cotidiana, como dónde puede ir, a quién puede ver, qué ropa ponerse, qué puede comer y cuándo puede dormir; privarla del acceso a terapia o a atención médica; decirle sistemáticamente que es una inútil o que no vale nada; controlar sus finanzas; amenazarla con publicar información privada; ejercer coerción sexual; o impedirle el acceso al transporte o al trabajo, entre otras que enumera el Ministerio del Interior de Inglaterra, donde el control coercitivo es un delito.

Es “esa suma de pequeñas manipulaciones o microhumillaciones, o la mirada que te hace callar, el gesto, el chistido, que hace que te empieces a sentir cada vez más encerrada” pero que, a la vez, lleva a las víctimas a pensar que no se trata de violencia, detalló Neuhauser. “Muchas veces los mismos técnicos les podemos decir que no es violencia, y es porque estamos perdiendo de vista estas actitudes y situaciones que, como no las vemos como violencia, no las podemos ni siquiera catalogar”, apuntó la psicóloga.

Por eso, los estudios consideran que es uno de los indicadores más eficaces para prevenir femicidios: “Porque probablemente, antes del femicidio, se escaparon un montón de situaciones a las que nos podríamos haber adelantado si hubiéramos tenido todo esto a la vista”, afirmó la integrante de La Pitanga.

Marco normativo y abordaje del sistema judicial

Al día de hoy, son pocos los estados que aprobaron leyes para penalizar el control coercitivo. Los primeros en hacerlo fueron Inglaterra y Gales, en 2015, y a partir de 2021 les siguieron Escocia, Irlanda del Norte, Irlanda, Nueva Gales del Sur y Australia. Se espera que el próximo en sumarse sea Canadá, ya que está previsto que su Parlamento debata este año un proyecto de ley al respecto presentado el pasado diciembre.

En Uruguay, la Ley 19.580 no contempla el control coercitivo como tal, pero sí distintos tipos de violencia que pueden considerarse dentro de esa categoría, como la violencia emocional o psicológica, económica, patrimonial y el acoso sexual. El Código Penal incluye delitos que también pueden implicar formas de control coercitivo como el de violencia doméstica (para quienes ejercen “violencia física, psíquica, sexual, patrimonial o económica, sobre una persona con la cual tenga o haya tenido una relación afectiva, de parentesco o de convivencia”) o el de amenazas, por ejemplo.

Claire Niset.

Claire Niset.

Foto: Alessandro Maradei

“Lo real es que en nuestro país no podemos decir que esté definido normativamente, pero sí el desarrollo de las conductas que hacen al control coercitivo están identificadas en la Ley 19.580 bajo otras formas de violencia psicológica, emocional y patrimonial”, sintetizó Natalia Fernández, abogada especializada en violencia basada en género e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual, en conversación con la diaria.

Consultada sobre cómo podría contribuir la creación del delito de control coercitivo en el Código Penal uruguayo, dijo que “está estudiado” que “la inflación penal, esto de seguir creando nuevos delitos para conductas que ya están tipificadas, no necesariamente soluciona el problema, y tampoco lo soluciona el aumento de penas”. En cambio, consideró que hace falta entender que “el fenómeno de la violencia de género tiene una base que es más cultural” y que nos podemos “adelantar” al control coercitivo “si podemos educar, informar, comunicar a la sociedad que esos patrones de conducta son violencia y que pueden terminar en algo más grave”.

Al mismo tiempo, la especialista aseguró que “si los juzgados oportunamente pueden identificar estos patrones de control y de dominación, sin duda pueden dictar medidas de protección que sean realmente protectoras sobre todo de la vida de las mujeres”.

Respecto del abordaje del sistema de justicia, Fernández afirmó que no sólo “hay una falta de ponderación adecuada del riesgo que implica una denuncia por violencia doméstica”, sino que también existen “valoraciones de riesgo que se hacen en el ámbito del Poder Judicial que tienen una ausencia absoluta de perspectiva de género”. En algunos casos, aseguró que hay evaluaciones de riesgo que “hasta parecen la defensa del denunciado”.

Por su parte, Niset consideró que, en Uruguay, la violencia de género se trabaja con un “marco conceptual que sigue siendo el del ‘ciclo de la violencia’, que es de los años 80”, y que los cuestionarios utilizados “son muy protocolares” y “no indagan en la vida cotidiana” de las mujeres que denuncian o que buscan atención, por lo que es necesario “reaprender a escucharlas”. La trabajadora social opinó que además se pone “mucho énfasis en la violencia física”, lo que invisibiliza la presencia de estas otras conductas sutiles.

“El énfasis en la violencia física puede resultar en la desestimación de las tácticas de control coercitivo, lo que resulta en que los casos se consideren de bajo riesgo y se eliminen los posibles apoyos para las víctimas”, dice en ese sentido la socióloga canadiense Carmen Gill en su investigación Comprender el control coercitivo en el contexto de la violencia de pareja en Canadá: ¿cómo abordar la cuestión a través del sistema de justicia penal? (2020).

La investigadora, especializada en violencia de género y directora del Centro para la Violencia de Pareja de la Universidad de New Brunswick, señala que “el enfoque basado en incidentes utilizado para determinar la presencia de violencia, la gravedad del problema y el daño que una situación puede representar impone una visión limitada de un patrón de comportamiento que se repite a lo largo del tiempo”. En contrapartida, “abordar la violencia de pareja como control coercitivo supone un cambio de paradigma para las fuerzas del orden”, en tanto “requiere replantear la intervención y las respuestas policiales al problema, considerando la dinámica de la violencia que se desarrolla a lo largo del tiempo, más allá del incidente al que responden”.

Efectos psicológicos y emocionales

Para entender cuáles son los impactos psicológicos y emocionales del control coercitivo, hay que poner en el centro que se ejerce “en un cuentagotas”, explicó a la diaria la psicóloga especializada en violencia de género Victoria Marichal. “En general, empieza desde conductas más sutiles, más normalizadas, que se sostienen en el continuo y al inicio aparece en la mujer esta idea de que ‘no es para tanto’ o ‘esto es lo normal’, muchas veces también mezclada con los mitos del amor romántico, pero van generando un daño progresivo” y “una interiorización en ella de que eso es así, de que ella está mal, de que ella no sabe amar, de que ella es una loca, de que ella está exagerando cuando hay algo que no le gusta”, detalló la profesional.

En este escenario, un “efecto directo” tiene que ver con la “indefensión aprendida”, un concepto del psicólogo estadounidense Martin Seligman y que Marichal definió como “el estado psicológico que se va desarrollando en una persona cuando está expuesta de forma repetida y prolongada a situaciones de violencia en las que percibe que sus acciones no modifican el resultado”. “El resultado que genera eso no es lo que a veces se lee como resignarse o ser pasiva, sino una respuesta adaptativa –por ese daño que se cronifica– de paralización, de apatía, de dificultad para tomar decisiones, para tomar el control de su propia vida, porque en realidad lo que sentimos es que cualquier cosa que hagamos va a ser inútil para generar un cambio”, puntualizó.

Eso, a su vez, “nos expone a situaciones de riesgo mayor” porque “se limitan las opciones para pedir ayuda, eso favorece el aislamiento y, a más aislamiento, más riesgo hay de un hecho, por ejemplo, de femicidio”.

La psicóloga insistió en que todas las operadoras y operadores que están en contacto con estas situaciones tienen que contar con formación no sólo en perspectiva de género, sino en violencia, y que eso no incluye únicamente “violencia física o violencia más explícita, sino la base del iceberg, que siempre es el control”. “Si no aprendemos a ver el control, no se va a desarmar la estructura de la violencia. Porque ninguna mujer es víctima de violencia primero por un golpe físico. Antes hubo algo que hizo que, muchas veces, cuando llega el golpe físico, yo lo naturalice, no haga la denuncia, no pida ayuda, porque entiendo que me lo merezco. Es ese aprendizaje que se genera a partir del control coercitivo. Por eso es una situación tan de riesgo”, agregó la experta.

Halina Neuhauser.

Halina Neuhauser.

Foto: Alessandro Maradei

En el marco del control coercitivo, Marichal profundizó en particular en la coerción sexual, que implica “controlar la actividad sexual de la otra persona, no a partir del uso de la fuerza física, sino de la manipulación y la coerción sistemática y sostenida”. “Si no tenemos sexo te voy a dejar” o “si me amás, ¿cómo no vas a aceptar hacer esto?” son algunas expresiones habituales.

En este punto, la clave es “separar la idea del consentimiento de la del deseo”, explicó la psicóloga, “porque yo puedo haber dicho que sí, pero eso no quiere decir que ese encuentro haya sido consensuado, porque dije que sí bajo presión, no porque realmente quería”.

Una estrategia útil frente a mujeres más libres

Especialistas internacionales y también las consultadas por la diaria coinciden en que, actualmente, el control coercitivo aparece como una estrategia eficaz de control ante mujeres que cada vez tienen más libertades y autonomía, gracias a las conquistas feministas, y en una época en que la violencia explícita es más condenable (y condenada).

“Debido al aumento en la autonomía, la violencia física perpetrada por los hombres por sí sola se está convirtiendo en un medio de control menos efectivo; por lo tanto, los hombres planearon estrategias para complementar el uso de la violencia con otras tácticas más discretas para mantener su dominio y proteger sus privilegios sociales”, resumió Gill en su investigación.

“Estoy convencida de que el avance en derechos de distintos colectivos, entre ellos el de las mujeres, hace que la vuelta de la ola, el backlash, se vuelva más violenta, pero también busque formas más sutiles”, aportó en esa línea Fernández.

Por su parte, Niset y Neuhauser se refirieron a estudios que revelan que, efectivamente, “cuanto más avanzado es un país en igualdad de género, más retrocede la violencia ‘evidente’ y empieza a aparecer más el control coercitivo”.