Mucho se habla de los trabajos que va a reemplazar la inteligencia artificial (IA), pero poco, o no lo suficiente, se dice de aquellos que las máquinas aún no pueden hacer: los cuidados integrales. Aunque en las principales cumbres y congresos del mundo en los que se discute sobre el futuro el tópico predilecto es el impacto de la IA en nuestros trabajos, hay que decir que de momento, en lugares como Estados Unidos, donde ya se exige que las empresas revelen si la “innovación tecnológica” o la “automatización” fue la causa de la pérdida de empleo, una minoría de empresas atribuye a esto sus recortes, según la revista Wired. Esto no significa que no sea un punto a seguir de cerca, pero habría que desagregar también el efecto de la llamada “burbuja de la IA” y las expectativas desproporcionadas sobre esta tecnología, sumada la crisis económica que muchos países están sufriendo. Por eso, si pensamos en el futuro, es necesario hablar del cuidado en un sentido integral, más allá de la inteligencia artificial y las próximas innovaciones.

“Estamos midiendo la relevancia humana solo a través de la inteligencia lógica, que es donde la IA es imbatible. Para quienes venimos de familias de inmigrantes, esto rompe un pacto fundacional: crecimos con el mandato de que el título universitario era el capital que nadie te podía quitar, la moneda de cambio para el ascenso social y el reconocimiento en un mundo organizado por hombres”, abre Carolina Garber, politóloga y coach especialista en transformación organizacional.

Sin embargo, es en este contexto, con una creciente brecha de género y en que los varones se están quedando atrás en muchos aspectos (educación, trabajo, relaciones) en el mundo desarrollado, que “aquellas tareas que siempre fueron fundamentales, pero desvalorizadas por ser consideradas ‘instinto natural’, incluso cosas de mujeres, se vuelven inevitablemente visibles”, sigue Garber. Un informe del Financial Times de 2024 explica que las mujeres tienen más chances de tener empleo que los varones y que el porcentaje de hombres sin trabajo o buscando empleo ha mostrado una tendencia al alza, que hace que en países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España o Canadá, por primera vez desde que se tiene registro, haya más hombres fuera de la economía que mujeres.

A su vez, la Organización Internacional del Trabajo señala que en el futuro laboral las habilidades blandas –creatividad, cooperación, resolución de problemas– tendrán tanto o más valor que las técnicas que hoy parecen llenar los anuncios laborales y ocupan los titulares de los diarios. Sin embargo, para poder aprovechar esta transición, es necesario que los países, sobre todo en América Latina, integren ciencias exactas y sociales, habilidades blandas y conocimientos técnicos, y, sobre todo, incorporen perspectivas feministas en un escenario que pide cada vez más una revisión no solo de la cultura organizacional, sino de los roles tradicionales en la sociedad.

“El mandato tradicional devalúa el cuidado masculino por considerarlo ‘femenino’, aunque en nuestra región latinoamericana operan otras dos hipótesis de peso. Por un lado, las reglas del capitalismo salvaje obligan a los hombres a maximizar ingresos a mediano y largo plazo y esto fractura la realidad masculina en dos extremos: aquellos que abandonan la educación formal para volcarse a la supervivencia mediante ‘changas’ y oficios informales, y aquellos que enfocan su profesionalización exclusivamente en las STEM [ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas] porque son sectores de alta demanda y salarios más elevados. La otra hipótesis plantea que la brecha de género se va a profundizar porque, mientras las mujeres avanzan con éxito en su profesionalización y conquistan nuevos espacios para ellas como la medicina, los hombres pierden la oportunidad de integrarse en las tareas de cuidado [remunerada], profundizando un déficit de las habilidades relacionales y afectivas”, opina Darío Ibarra Casals, coordinador de la Red de Masculinidades Uruguay y director del Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género.

Nuevos enfoques que replantean estereotipos de género

Si hablar de la economía del cuidado (aquella que mide todas las tareas de crianza y de cuidados que no son remuneradas y que usualmente realizan las mujeres) es una práctica que se ha generalizado en los últimos años, trascendiendo los ámbitos de militancia y feministas y alcanzando a los gubernamentales y de políticas públicas, los sesgos y estereotipos de género continúan permeando el mercado laboral e impactando en la economía.

Por ejemplo, ¿sabías que según la Organización Mundial de la Salud la escasez mundial de personal de enfermería representa un riesgo para la salud global? La enfermería suele ser una profesión feminizada y precarizada, hoy en falta en todo el mundo, incluso en países desarrollados con muy buena calidad de vida: la Oficina Federal de Estadística de Alemania estima que podrían faltar 260.000 profesionales de enfermería para 2029 en ese país y para 2030 faltarán 30.000 profesionales de enfermería en Suiza, según cuenta el film Late Shift (2025).

En este lado del mundo la situación no es muy diferente. En Estados Unidos, para 2030, el país necesitará 400.000 enfermeras y enfermeros profesionales más, y un nuevo informe de la Organización Panamericana de la Salud del año pasado, titulado La fuerza de trabajo en salud en las Américas: datos e indicadores regionales, revela que 14 de 39 países de la región carecen de suficientes médicos, enfermeras y parteras para atender las necesidades de salud de su población.

No sorprende que cada vez menos personas (de todos los géneros) elijan menos o abandonen esta clase de trabajos, sobre todo teniendo en cuenta los ataques simbólicos y materiales que estas profesiones están teniendo gracias a los distintos proyectos políticos neoliberales en la región; como el caso de Estados Unidos con el proyecto de ley “One Big Beautiful” del presidente Donald Trump, por el cual futuros estudiantes que cursan estudios de posgrado en enfermería avanzada, trabajo social, terapia ocupacional y física pronto enfrentarán obstáculos para financiar su educación. Un país en el que el personal médico ha pasado de ser considerado esencial y “héroes” nacionales a “poco profesionales” (en palabras del mismo Trump). Lo mismo podría decirse de lo que sucede con el vaciamiento y desfinanciación de los hospitales públicos en Argentina, que afectan al personal médico, y también de lo que sucede con los docentes.

Por el contrario, un enfoque relativamente nuevo llamado HEAL Economy, con relación a los trabajos asociados con salud, educación, administración y alfabetización (eso significa la sigla, que a la vez se traduce como “curar”, en inglés), propone, como en su momento lo hacía el STEM al incorporar mujeres al rubro de las ciencias duras, sumar y entrenar a varones en estos trabajos y roles que estarán cada vez más en demanda, ampliando la discusión en torno a la economía detrás de estas ocupaciones vitales. Los empleos de HEAL se encuentran entre los de más rápido crecimiento en Estados Unidos.

“Durante siglos, el prestigio se puso exclusivamente en lo público. Los títulos y el reconocimiento eran hacia afuera, mientras que lo que ocurría en el ámbito privado carecía de valor social. Históricamente las mujeres hicimos el esfuerzo de imitar esa estructura; salimos al mercado laboral como un acto de autonomía económica e igualdad política y hubo avances. Pero el ámbito supuestamente privado y las tareas de cuidado se mantuvieron igual de invisibles e igual de desiguales. Las profesiones feminizadas del cuidado no se jerarquizaron, a pesar del peso central que tienen en la reproducción de la vida y de la economía misma. Hoy la IA viene a romper con ese orden al demostrar que lo intelectual y abstracto son de las áreas más fáciles de automatizar”, apunta con tino Garber.

“Entre las propuestas más prácticas que han surgido del discurso sobre la crisis masculina se encuentra HEAL. Las profesiones de la enseñanza y la enfermería se enfrentan a una grave escasez de mano de obra; estos empleos no se acompañan de grandes salarios y suelen ser agotadores, pero también son resistentes a la automatización y relativamente a prueba de recesiones”, explica el autor y académico estadounidense Scott Galloway en una entrevista reciente a raíz de su libro Notes on Being a Man (2025). Aunque, como señala la periodista Jessica Winter, si las mujeres han dominado la profesión docente desde el siglo XIX, es solo porque quienes defendían la educación pública descubrieron que podían expandir el sistema escolar más rápidamente contratando mujeres a quienes pagaban menos que los hombres. Es decir, como siempre, cuestión de género.

Foto del artículo 'Nuevos enfoques que reivindican el futuro del trabajo y su economía: la perspectiva de los cuidados'

Foto: Ernesto Ryan

Nuevas masculinidades: un gran trabajo por delante

Otras iniciativas en la región, desde la Escuela de Masculinidades Cuidadoras en el campo colombiano (un proyecto que busca reflexionar sobre lo que significa ser hombre en el campo, cuestionar roles de género en la ruralidad y visibilizar la brecha en el trabajo del cuidado) hasta las “manzanas de cuidado” en la ciudad de Bogotá, son instancias actuales en las que se intenta desarticular los estereotipos de género asociados a las tareas de cuidado y autocuidado (manejo de emociones, comunicación, empatía, etcétera). Las manzanas se generaron como estrategia complementaria y funcionan como dispositivos con propuestas metodológicas innovadoras, por los cuales se enseña a los hombres a asumir algunas tareas de cuidado, además de promover estrategias de sensibilización y de reflexión.

Para contextualizar, las mujeres en Bogotá realizan más de 35.000 millones de horas de trabajo de cuidados no remunerado al año, lo que representa más de una quinta parte del PIB de Colombia. El abordaje pionero que propone la ciudad es la creación de estos centros vecinales donde las mujeres pueden acceder a lavandería gratuita, asistencia legal, capacitación laboral, servicios de salud mental y más, mientras sus hijos o familiares mayores reciben atención en el lugar. La ciudad ha abierto 25 bloques de cuidado desde 2020, y el modelo se está extendiendo a nivel mundial a lugares como México y Chile, y se espera que una ciudad estadounidense se una en 2026.

De fondo siempre está la cultura, y cómo reconocemos y llamamos a estos roles es muy importante: antes de la pandemia la mayoría de las personas no se identificaban como cuidadoras per se, pero en los últimos años comenzó a haber un diálogo más claro y fluido al respecto. Por ejemplo, al tiempo que los millennials comenzaron a alcanzar los 40, y con la problemática del cuidado de sus padres –cada vez más envejecidos– a su cargo, además de sus propias familias, se comenzó a hablar del burnout del cuidador.

“En los trabajos de cuidados, cuando se habla del ‘diamante de los cuidados’, se hace mucho hincapié en el rol del Estado, en el rol de las empresas, en el rol de la comunidad, en el rol de la familia, pero se omite nombrar a los hombres como sujetos de género integrantes de cada una de esas puntas del diamante y fundamentalmente a la hora de hablar de la familia y de la comunidad”, advierte Luciano Fabbri, formador en género y masculinidades para la consultora argentina Grow Género y Trabajo. “Llama la atención que siendo un eje central en la agenda de las políticas de género o en el marco de las políticas públicas gubernamentales, esté subrepresentada una estrategia de intervención para el involucramiento de los hombres. ¿Qué implica que los hombres tengan también que recibir cuidados, cuidar y autocuidarse y cómo eso se puede plasmar en ciertas responsabilidades estatales para garantizar que ese derecho humano sea también un tema de agenda?”, apunta.

El futuro indica que si las poblaciones siguen envejeciendo (según las Naciones Unidas, para 2050 una de cada seis personas será mayor de 65 años), integrar a los varones en la red de cuidados no será solo una cuestión de equidad, sino una estrategia de supervivencia.

Es por esto que el próximo gran avance podría ser que las ciudades prioricen no solo el rol del cuidador o cuidadora, sino también el cuidado intergeneracional. “Estamos pasando de valorar lo abstracto a necesitar lo humano y lo concreto, lo que llamo una ‘alfabetización vincular’. Que no es para nada un instinto, es una disciplina técnica con habilidades de alta precisión. Además hoy estamos ante un escenario en que las disciplinas tradicionalmente de mujeres son revalorizadas, la población en general está envejeciendo y los varones también requieren cuidados”, cierra Garber; “si el varón no se integra al cuidado, no solo se queda sin mercado laboral, sino que se queda fuera de la nueva red de contención social. Si no profesionalizamos lo afectivo, no vamos a tener manos para sostener el mundo que viene”.