La tierra es de quien la trabaja. O debería serlo. En un debería que el pueblo garífuna, en Honduras, convierte en realidad, a contracorriente de una América Latina que retrocede en soberanía y esperanzas. El proyecto de la Organización Fraternal Negra Hondureña (Ofraneh) es grandioso, pero se engrandece todavía más en un contexto donde sus avances iluminan el arco de lo posible: lograr recuperar la tierra, quitar los cultivos depredadores (como la palma africana) y replantar los que dan agua a la boca y a la tierra (como los cocos, las sandías, las yucas y los plátanos) para seguir plantando y plantándose frente al saqueo que les quita lo que es suyo y los expulsa a migrar a Estados Unidos para vivir en estado constante de clandestinidad y riesgo de ser saqueados también por el extractivismo de los bajos sueldos y la persecución del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que ya se convirtió en una sigla del terror. La paradoja también está plantada: los sacan de su tierra y no los dejan quedarse en la que impone los gobiernos que los sacan. Pero la injusticia no es noticia. En cambio, lograr dar vuelta las malas noticias sí. Y el pueblo garífuna es una buena noticia.

Joezeline Martínez tiene una sonrisa amplia regalada en la orilla de una playa de postal que dejó de ser para los que podían comprarla, enmarcarla y enviar fotografías de cartón, escribir tuits con los pies en una reposera y el lema sobrador “así los leo” o encuadrar selfis en Instagram. La tierra no solo es tierra en Centroamérica: la tierra también es la arena en la que se puede caminar sin ser fit, descansar sin gentrificar y jugar sin joystick. La tierra es el mar en el que la pesca es alimento, remanso, fiesta y respeto. La tierra verde, la tierra roja, la tierra marrón, la tierra turquesa, la tierra celeste tiene colores, texturas y transportes diferentes en Honduras. Pero una decisión que es casi excepcional en una época de retrocesos: el avance del pueblo garífuna sobre su propia tierra, por la toma de sus territorios que volvió a ser para los que siempre la habitaron, la siguen habitando y la disfrutan como a su vereda de mar. La ventana al agua recibe a las que se levantan al alba para peinar a sus hijas para ir al colegio y acuesta a los que escuchan música con las olas de fondo.

La tibieza y la calma de las costas de Barranco Blanco, en Trujillo, en el departamento de Colón, en Honduras, permiten zambullirse con la luna y amanecerse con el sol. El Caribe es un mar con buena fama, pero también con un precio demasiado caro para los que nacieron bajo su espuma. Todo lo que vale mucho en América Latina cuesta demasiado para quienes están cerca del oro natural y poco para quienes llegan de lejos a sacar los frutos, a llevárselos o a instalarse sin el mote de migrantes, sino con el mito de los beneficios de millonarios. El Caribe es una marca registrada de descanso, placer y satisfacción. Pero es una alfombra de arena blanca para el saqueo de los que buscan hacer turismo, jubilarse, fugarse o descansar a costa de los que se deben ir de la costa que era su barrio.

Ser un inquilino de las propias (y buenas) raíces, ser un expulsado de donde se llega, ser un expropiado de donde se nació, ser un perseguido en donde se vive. La lógica brutal de la relación con la tierra es que quienes trabajan sean siempre clandestinos y que la clandestinidad sea un negocio para los que otorgan documentos y buscan playas para escapar o descansar del agotamiento de una vida de expulsiones. La tierra es de quien la trabaja y el mar de quien lo disfruta. La tierra es de quien la planta, el mar de quien lo nada y el cielo de quien lo mira. El mar de Trujillo es una hamaca para ver la luna flotante y entender, con las estrellas, que levantar la cabeza es la dignidad de poder ver el propio cielo.

El 8 de octubre de 2015, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) dictó una sentencia en la que se reconoce el derecho del pueblo garífuna a vivir en su territorio. En junio de 2021, la Corte consideró “insuficientes” y “lentos” los avances del Estado hondureño para la implementación de medidas provisionales. Casi una década después, en julio de 2024, la Ofraneh realizó una reocupación, con un centro de saberes ancestrales, llamado hachari wayunagu (“solar de nuestros antepasados”, en lengua garífuna) en lo que antes se llamaba, con mentalidad for export, Campo de Mar. “En este lugar estaba Randy el ‘rey del porno’, de forma ilegal, con un resort, para un grupo de canadienses que querían apropiarse de nuestras tierras. Nos acuerpamos y dimos la lucha. A partir de ese momento, nos establecimos para recuperar nuestros territorios de manera legal y comenzamos a cultivar”, explica Joezeline.

La construcción en la que duermen, comen, escuchan música y van y vienen de la escuela y trabajos era un all desinclusive para invitados y turistas, con el plan de encallar cruceros que desemboquen en el Caribe centroamericano, solo a pisar, mirar, gastar en comercios amarrados al ancla del monopolio que les dé un sticker de identificación y un número de excursión, y contaminar hasta que el agua ya no deje peces para mirar en las lentes del esnórquel ni pájaros para avistar con binoculares.

El canadiense Randy Roy Jorgensen, conocido como el “rey del porno”, tiene antecedentes de estafa y lavado (no de ropa), según publicó el medio hondureño Contracorriente con datos del Ministerio Público, y un negocio inscrito como “Desarrollo Visión de Vida” destinado a lotificar y administrar proyectos inmobiliarios en un país que es ofertado como tax friendly o de bajos impuestos para atraer inversiones que nunca invierten en la gente. El golpe de Estado del 28 de junio de 2009 al expresidente Manuel Zelaya comenzó con la era del debilitamiento democrático en América Latina. A menos democracia, más ricachones sin límites. Randy es uno de los efectos colaterales del pornofeudalismo. Fue denunciado por usurpación a la comunidad garífuna. El diario Criterio describe la operación posgolpe, a partir de la presidencia de Porfirio Lobo (que asumió el 27 de enero de 2010), como un aterrizaje con el poder “para comprar las tierras comunitarias a precio de gallo muerto” y sicarios que, misteriosamente, atentaron contra luchadores comunitarios.

La importancia del cuidado en la Ofraneh está en el centro, sin teoría, con la práctica de la olla en la que hierven los frijoles y la sartén donde se saltean las cebollas. Joezeline es una líder que toma la voz, da órdenes a una comunidad que le responde y hace las mejores tajadas, con rebanadas de plátano verde o guineo frito (la variedad de bananas hondureñas es cosa seria), que son crujientes y saladas y siempre con arroz, frijolitos y palta o aguacate (según el paladar y la lengua de quien lo pida o lo lea) por la que hacen fila para cenar con vista al mar los chicos y las chicas que se nombran cipotes. Ella es mamá, y una de sus odiseas es encontrar zapatillas para su hijo, que calza tanto que no encuentra talle a su altura. Es una de sus búsquedas, una de muchas, en un desafío a cielo abierto para criar, cuidar, comprar, cocinar, crecer, en comunidad. Son palabras dichas hasta que se deshacen de sentido. La diferencia es que en Trujillo son una realidad. La mirada se deja llevar por la suerte del horizonte, el efecto del mar siempre impulsa a mirar más allá, pero entre las familias que forman una familia más grande y la naturaleza que recobra el sentido, el horizonte es una esperanza no artificial.

¿Cuándo decidieron hacer la reocupación?

En este lugar el Estado ya tenía piezas arqueológicas incautadas. Los garífunas decidimos defender la tierra y las piezas que nos representan como etnia.

¿Qué hicieron a partir de la reapropiación del territorio?

Una vez en el lugar, decidimos que podíamos cultivar y, en este momento, estamos utilizando la tierra.

¿Cuál era el modus operandi del rey del porno?

¿Cómo hay personas malas en el mundo que pueden venir a hacer tanto daño? Nosotros corremos peligro porque el gobierno se mueve por los empresarios y por donde hay dinero, porque no están, ni siquiera, para ayudarnos como comunidad. Hay que tener cuidado porque son gente poderosa y a nosotros nos quieren marginar y tener en el olvido. Dicen que nos regresemos a África. Siempre haciendo mala campaña. ¿Por qué? Porque eso fomenta el odio sobre nosotros como pueblo garífuna.

“Vuelvan a África” es una frase racista que desconoce el origen afro de América Latina. ¿Qué se hace frente a esos prejuicios?

A fines de 2025 sufrimos mucho racismo por las redes sociales y por la televisión. Ellos usaron todas las redes para discriminarnos y para fomentar la violencia. Tuvimos que ir a Tegucigalpa [la capital] a interponer una denuncia contra Televicentro, uno de los canales que tienen más influencia en el país, para poder bajar un poco. Y aun así siguen atacando y diciendo que venimos como invasores a apropiarnos de las tierras, que cuando Honduras fue independiente nosotros ni existíamos y cualquier cantidad de cosas. Leer eso te hace sentir mal como persona y como garífuna. ¿Cómo me voy a regresar a África si yo soy hondureña? Y como hondureña sé que tengo derecho y que estas tierras son ancestrales, son mías, son de mis hijos, son de mis nietos. Y, por eso, estamos aquí peleando por estas tierras.

¿El ataque en medios y en redes se hace para después poder justificar represión o formas de criminalización contra el pueblo garífuna?

Definitivamente, sí. Nosotros como garífunas, como negros de habla inglesa, siempre hemos sufrido racismo. Y, con el tiempo, se ha tratado de maquillar, pero ahí está latente. Solo tiene que pasar algo para que saquen el “negro” de tantos.

¿Cuál es el rol de las mujeres en la comunidad garífuna?

El rol de la mujer es el principal. Estar aquí como líder ante tantos hombres no es fácil. Es un trabajo a diario contra el machismo. Es una lucha constante. En mi caso, en la reocupación, tenemos un plan de vida: vivimos en paz y en armonía. El humano siempre tiene controversias, choques, maneras diferentes de pensar, pero también tratamos de tener calma ejerciendo el rol de mujer, de madre, de hermana. Es un trabajo arduo porque tenemos que pensar en todos los que están a nuestro alrededor acompañándonos en el proceso de lucha y en el campo porque sembramos y cultivamos lo que comemos. En este momento tenemos la siembra de sandías, yuquera y plátanos, y planeamos hacer un vivero.

¿Cuáles son sus demandas al nuevo gobierno del presidente Nasry Asfura?

Una de las cosas que le pedimos al gobierno es que cumpla con las sentencias [de la Corte IDH]: la de Triunfo de la Cruz, la de San Juan y la de Punta Piedra, y la de Cayos Cochinos [de 2015, 2023 y 2026]. Queremos que protejan a la comunidad. El mundo está caminando patas arriba. Pero exigimos que nos respeten y nos den el derecho de poder vivir dentro de nuestro territorio.

Las Bravas es un espacio de la diaria Feminismos que busca amplificar las voces y las experiencias de mujeres feministas que están cambiando la historia en América Latina y el mundo. Está a cargo de Luciana Peker, periodista argentina especializada en género y autora de La odiocracia: al fondo a la derecha (2026), ¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), La revolución de las hijas (2019) y Putita golosa, por un feminismo del goce (2018), entre otros libros.