El héroe abandona su lugar de origen para aventurarse en un sitio desconocido, y allí realiza una tarea excepcional a costa de un gran sacrificio. Cuando Julio Suárez cumplió la mayoría de edad, dejó la ciudad de Salto para estudiar arquitectura en Montevideo, donde se apasionó por el periodismo y, luego de tres décadas como humorista y editor, murió a los 54 años.

Marx, Gramsci y Peloduro. Con esos tres retratos, el artista Fermín Hontou —Ombú— ilustró hace años un artículo del semanario Brecha sobre el legado de los intelectuales en Uruguay. La unión del salteño con dos figuras claves del marxismo puede ser extraña: es el tipo de asociación, tan característica del mejor humor gráfico, que al primer impacto descoloca e inmediatamente revela una verdad profunda. Porque, aunque es difícil encontrarlo en listados de grandes intelectuales uruguayos, Julio Suárez fue uno de los pacientes constructores de un sentido común alternativo, contrahegemónico, que provocó grandes cambios en el Uruguay de la segunda mitad del siglo XX.


En 1928, Julio Suárez se anotó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República. Aunque pronto abandonó la carrera, llegó a reunirse con compañeros, según cuenta la actriz Jebele Sand, que, sin conocerlo personalmente todavía, era saludada desde un balcón por el grupo de estudios cuando pasaba caminando rumbo al liceo IAVA.

Suárez quería volcar su talento para el dibujo en la arquitectura, pero para mantenerse mientras estudiaba debía trabajar. Su ocupación temporaria se volvió su pasión: “el olor a tinta” lo atrapó. Por entonces las redacciones de los periódicos solían funcionar en el mismo edificio que las imprentas. Suárez recaló en la de El Nacional, el nuevo proyecto periodístico de Carlos Quijano, el economista formado en Europa que unos años después fundaría el semanario Marcha, núcleo de la izquierda intelectual. En esos años, Quijano militaba en la fracción independiente —no herrerista— del Partido Nacional. “Por entonces, Peloduro era un blanco independiente, un blanco de Quijano”, recordaría años después Sand.

En El Nacional Suárez encontró un lugar para desarrollar su talento como dibujante y también se introdujo de lleno en el ambiente político. “Era un adolescente desgarbado, alto, con aire ingenuo y burlón, ojos sonrientes y asombrados. Iba a la Cámara y volvía cargado de ‘monos’ para ilustrar las crónicas parlamentarias”, recordaría Quijano. Poco después, las imágenes de Suárez también pasaron a acompañar notas del cronista deportivo Wing, y así nació su primera historieta: Wing y Roncadera. Esos personajes serían los prototipos de Peloduro y el Pulga, sus creaciones más populares.

Tras el cierre de El Nacional, Peloduro trabajó como secretario de redacción de la revista de actualidad Mundo Uruguayo, y además fue convocado por el diario El País, que por entonces respondía al ala menos conservadora del Partido Nacional. Allí comenzó a publicar diariamente su tira Peloduro.

En rigor, el nombre de la tira era Peloduro: del campito a la Olimpíada. El trayecto que anunciaba el título llevó casi una década en completarse y por eso, mucho antes de que a los cómics serios se les llamara “novela gráfica”, Julio César Puppo se refirió a esa historieta como una novela. Tal vez la estructura seriada contribuyó al resonante éxito de la tira, como sin duda también la naturaleza de los personajes principales. Peloduro y su compañero el Pulga son una pareja no tan despareja: ambos se ganan la vida vendiendo diarios y viven desde su infancia en el conventillo Lo Tre Farole. Peloduro emprende, y de ahí el título, una carrera como futbolista reconocido —aunque, en tiempos de deporte amateur, no consigue salir de pobre—, mientras que su amistad con el Pulga, que pasa a ser su principal admirador, se fortalece.

De algún modo, el éxito de Peloduro, el más pícaro de la pareja, coloca al Pulga en el lugar del hombre común, y por eso, con los años, mucho después de agotada la tira, Suárez se centrará en él, en el hombre de la calle. Después de todo, el prodigio principal de Peloduro —la tira— es su enorme capacidad de representación. “Desde mi juventud en Salto me gustaba pasear por los barrios alejados”, diría más de una vez Suárez, y en Montevideo encontró esa diversidad en las zonas más humildes del sur de la ciudad, y especialmente en las viviendas colectivas —los conventillos— en las que se hacinaban decenas de familias. Mucho antes de que desde la ficción, la historia y la economía se impusiera la “literatura del declive”, Suárez mostraba la cara menos amable del “Uruguay feliz” de la primera mitad del siglo XX.

El poder descriptivo de la tira se basaba no sólo en el ojo de Suárez, sino especialmente en su oído. Su registro de las modalidades del habla popular —el lunfardo y sus aledaños, pero también la dicción de distintos grupos de inmigrantes y colectividades— espera todavía un análisis académico fino. Maravilla la forma en que, gracias a sus transcripciones, a medida que avanzamos en la “novela” de Peloduro vamos reconstruyendo la forma en que se hablaba hace casi un siglo.

Con la tira, además, Suárez creó un microuniverso: están la barra de amigos, la Choronga y la Porota, y luego los hijos que estas tendrán con Peloduro y el Pulga. Sin alardear, Suárez realizó parte del proyecto literario del primer Juan Carlos Onetti —contar cómo vivían los individuos de las urbes rioplatenses—, aunque aplicándolo a la clase trabajadora y no a la gente de la cultura, como hizo el escritor, por esos mismos años, en Tierra de nadie (1941). Para su discípulo y amigo Jorge Cuque Sclavo, Peloduro es el verdadero fundador de Montevideo, en tanto fue el primero en pintar un ambiente claramente reconocible de la ciudad y sus habitantes. La Rodelú, que gustaba dibujar como una dama de túnica sencilla y gorro frigio, era la autoconciencia de la República Oriental del Uruguay.

El impacto de la tira fue enorme. Tanto, que Suárez pasó a ser conocido con el nombre de su protagonista: Peloduro. Y además, ese éxito lo animó a editar, con ese mismo apelativo, una revista de humor y actualidad, en la que se reproducirían las viejas tiras, pero para la que convocaría a otras plumas, y agregaría crónicas y una mirada claramente política.


¿Qué hay en un nombre? Peloduro es el personaje, Peloduro fue la revista, Peloduro pasó a ser Julio Suárez. Julio Emilio Suárez Sedraschi. Iniciales: JESS. Así firmaba la mayoría de sus ilustraciones. También era el Mono (era alto, pero tenía brazos demasiado largos), el Dire, y firmaba artículos como Juan Julio.

Todos los notables que convocó para su revista buscaron un heterónimo para escribir humor: Mario Benedetti fue Damocles, Puppo fue el Hachero, Mauricio Rosencof fue Juan Tuleque, Elina Berro fue Mónica, Serafín J García fue Simplicio Bobadilla, Alfredo Mario Ferreiro fue Marius. Peloduro era Julio Suárez.


Tuvo dos esposas. Con la primera, Alba Turcatti, tuvieron una hija, Alicia. Poco después de que naciera, en 1938, la volvió protagonista de una historieta: Cocona en el país de las hormigas. Miles de mujeres que fueron niñas en esa época pasaron a ser apodadas Cocona gracias a la historieta.

La Cocona original fue profesora de Literatura, militante comunista, presa en la dictadura de 1973, exiliada, restituida con en el retorno de la democracia.

Su segunda esposa fue Marta Burgos. Era 19 años menor que él. La conoció en una fiesta de fin de año en la que había varios colaboradores de Marcha (el crítico literario Emir Rodríguez Monegal, Hugo Alfaro, futuro redactor responsable, el médico y diputado socialista Mario Cassinoni, luego rector de la Universidad de la República). Peloduro llegó tarde, repartiendo tarjetas con deseos de prosperidad. Quedó deslumbrado con ella, la hija del director del diario El Debate. Le pidió a la secretaria de Marcha, que también estaba allí, que anunciara la medianoche periódicamente, para poder volver a saludar con un beso a la muchacha. El truco surtió efecto. Marta sería su pareja durante los siguientes 12 años, o sea, hasta el final de su vida.


El trazo de Peloduro cambió a lo largo de los años. Desde Wing y Roncadera a los últimos Peloduro y el Pulga hay un refinamiento, un perfeccionamiento que se logra no sólo con la experiencia, sino también con el salto de perspectiva. Peloduro, hay que aclararlo, era autodidacta. Alguna vez citó como referencias a los estadounidenses Geo McManus (Trifón y Sisebuta), a Segar (Popeye) y a Walt Disney. De todos ellos hay rastros en sus ilustraciones, y quizá también algo del argentino Lino Palacio. Peloduro también fue contemporáneo del prodigioso Geoffrey Foladori, el uruguayo-británico que creó Pelopincho y Cachirula. A diferencia de él, y a diferencia de otros humoristas, como su también contemporáneo Wimpi (otro admirador de Popeye), Suárez tenía una voluntad de registro fino que le abría el camino no sólo del costumbrismo, sino también de la crítica social.

En un momento, los personajes de Peloduro dejaron de crecer. La “novela” estaba agotada. Pero los personajes no murieron: permanecieron en stasis, para siempre en su punto óptimo, no ya en cuadritos seriados, sino como ilustraciones, como íconos autónomos, devenidos comentaristas de la actualidad. El Pulga, incluso, llegó a ser un cronista de eventos internacionales. Es en ese momento, a finales de la década de 1940, que el trazo de Suárez se vuelve clásico. Las primeras historietas de Peloduro tenían el apuro y el movimiento de la acción; en las últimas se insinúa el toque universal y el entintado se vuelve exquisito. Aparecen los detalles que cambian todo: el perrito que se rasca, la mosquita y su vuelo punteado (“es la ilusión de la vida que se nos escapa”, improvisaría Suárez) como compañía de sus creaciones. “La verdadera vocación de Peloduro era pintar”, diría Jebele Sand. Sus afiches para las temporadas de carnaval de los años 40 son muestra de su talento en otros registros visuales.

El dibujante Álvaro Rodríguez es uno de los tantos admiradores de Peloduro que buscaron seguir sus pasos. “Soy un eterno deudor, casi hasta la vergüenza. Llegué a dibujar la mosquita”, admite. “También me fascina su trazo, su forma de dar volumen, de hacer los objetos ‘peluditos’”. A principios de los 70, Rodríguez creó a Margarito, un hurgador que recorre la ciudad buscando sobras acompañado de una rata parlante. “Tenía 16 años cuando empecé a hacerlo”. Comunista, se tuvo que ir del país, volvió clandestinamente, fue apresado. Sobre el final de la dictadura recomenzó su tira en Guambia.

“Peloduro era parte del paisaje. Era capaz de clavar un puñal hasta el mango y a la vez, de ser tolerado por los políticos. La crítica que venía de Peloduro era tomada con respeto. Por supuesto, eso al partido le recontra servía”, cree Rodríguez. Aunque la naturaleza del trabajo de Suárez en el PCU, más allá de ese trabajo general de construcción de sentido, no sea del todo clara, Rodríguez sostiene que su maestro era un convencido que llegó a afiliar a otros compañeros al partido. Y, por otra parte, recuerda que había “grandes comunistas”, como Pablo Picasso o Pablo Neruda, “que no salían de pegatinas”.

Lo que sí es claro es que Peloduro es parte de cierta iconografía comunista uruguaya. “Hay una caricatura que hizo para una feria del partido en la que está Peloduro, el personaje, con una bandera comunista y dice ‘Viva el PC, mal que les pese’”, recuerda Rodríguez. Si se presta atención, aún hoy se pueden encontrar Peloduros, perritos, mosquitas en muros, afiches, volantes del PCU.

También el senador Óscar Andrade acudió, durante la campaña electoral de 2019, a uno de los cuadritos más famosos de Peloduro: aquel en que un niño acaba de romper un jarrón y otro le aconseja que diga que la culpa es de los comunistas.

Dibujo de Julio E Suárez

Dibujo de Julio E Suárez

Retrotrayendo a un ámbito doméstico, y por ello accesible, los problemas de la hora, dio el primer y definitivo paso para que el humorismo se arraigara, tomara conciencia de su responsabilidad —incluso como vehículo de adoctrinamiento político— y entrara en íntima comunión con su consumidor.

Así hablaba de Suárez el crítico Danubio Torres Fierro en el fascículo Capítulo Oriental dedicado al humorismo uruguayo. En esa misma publicación se citaba a Carlos Núñez, periodista en Marcha y secretario de redacción de la última Peloduro:

Tenía la infrecuente capacidad de un hombre de ideas, de partido, de cultura —en suma, de un intelectual, en tanto el término encierra también una definida conciencia política— para traducir lo más sólido y compartible de esas características en una clave agudamente popular y persistentemente ajena al epidérmico populismo de ocasión.

Dibujante, ilustrador, cronista, guionista, editor, gremialista: pocos dudarían hoy en ver en él a un portento del periodismo, pero en su momento, aunque recibió varios homenajes en vida, Suárez fue visto como alguien que sólo se dedicaba al entretenimiento.


La vanguardia a veces es disimulada. En 1952, 20 años antes de que los británicos Monty Python idearan su famoso partido de fútbol entre filósofos griegos y alemanes, Peloduro imaginó un partido de bochas entre Quijano y Luis Batlle.


Si el presidente Luis Batlle supo brindar con Peloduro, el blanco Eduardo Víctor Haedo seguramente fue el político (no comunista) que mejor comprendió la importancia que implicaba aparecer, aunque fuera como parodiado, en las páginas de Peloduro, y es conocida su insistencia por figurar en la revista, al punto de que ocupó la portada del primer número de su relanzamiento, en enero de 1964.

La publicación tuvo varias épocas: 191 números de 1943 a 1952, luego ocho en 1955 y 24 en 1964. También saldría como suplemento del periódico El Diario en 1964 y 1965. “Si bien era una publicación famosa, le resultaba extremadamente difícil conseguir anunciantes. Quizá tuvo que ver el hecho de que era muy crítica. Pienso también en que la ideología de Pelo, su cercanía al PCU, hacía que la mayoría de los posibles anunciantes le dieran la espalda. La revista Peloduro salió en varias etapas. En la primera, que fue más extensa, tuvo que dejar de hacerla porque el esfuerzo era enorme y no había manera de seguir manteniéndola. Al tiempo, tras dar muchas vueltas, consiguió a una persona que tenía mucho dinero y la volvió a sacar, con Cuque Sclavo y otros. Pero igualmente no pudo mantenerla por mucho tiempo: la revista cerró definitivamente en 1964, un año antes de su muerte”, dijo su amiga Jebele Sand.

El último número está mayormente dedicado a cubrir una cena: en el relanzamiento, Suárez había anunciado que, si la revista no se sostenía por lo menos hasta 1973, sus redactores se comerían un chancho con plumas. Ocho meses después, debió cumplir su promesa.


Peloduro creó el personaje Marieta Caramba para la uruguayo-ucraniana Jebele Sand, cuando ya eran formalmente amigos tras haber militado juntos por la República española. Peloduro guionaba diariamente una versión femenina y clasemediera del Pulga, ante la atenta escucha de Luis Batlle, propietario de la radio Ariel, desde donde se emitía el programa. “Batlle era muy amigo de Peloduro. Cuando lo criticaba mucho bajaba y me decía ‘¡Marieeeeta!’, y se reía”, recordaba Sand en Jebele: el cálido blues de los mediodías, de Guillermo Pellegrino.

Cuando murió Peloduro, Sand pasó a guionar a Marieta, y con los años el personaje llegó a convertirse en uno de los pequeños hitos de la resistencia a la dictadura, cuando salía a través de CX30, la radio que dirigía el periodista —luego senador de la lista 1001, anexa al PCU— Germán Araújo.

El aroma de la tinta es tan intenso como el del alcohol. El mundo de Peloduro, como el del periodismo en general, estaba ligado al ambiente nocturno, no sólo como descarga después de un cierre de edición intenso. Los bares eran, para casi todas las personas de la cultura, lugares de socialización. Para Peloduro también, pero además eran su antena, el lugar donde sintonizaba lo que estaba en el aire para poder representarlo.

Peloduro precisaba el alcohol y, sobre todo, los cigarros para “poder producir”: lo dice con esas exactas palabras Marta Burgos en una charla que tuvo con Ángel María Luna para el programa Fin de Siglo. Si pasaba la medianoche, caminaba hasta el bar de la empresa de ómnibus Onda, el único que permanecía abierto, para conseguir sus Oxibithue. Fumaba cuatro cajas por día. Onetti escribió El pozo para distraerse en una madrugada sin cigarrillos, dice otra leyenda.

Eduardo Galeano recordaba, para un documental de TV Ciudad, “la noche de las 40 cañas”: la ronda por distintos bares dejando ejemplares de Peloduro a consignación a cambio de un vaso. Las escapadas a Fun Fun a buscar una botella de medio y medio. Peloduro, coinciden Jebele Sand y Marta Burgos, era un hombre más bien silencioso y precisaba la bebida para animarse. Los fines de semana, la alegría podía empezar en un bar con la barra de amigos y continuar ininterrumpidamente hasta la mañana del lunes.

Su día, en las épocas de la revista, comenzaba temprano, mateando con la radio para hacer los primeros esbozos, y luego derivaba en algún mostrador, en la búsqueda del contacto con la calle. Una siesta, luego a dibujar, de nuevo a los bares, después de vuelta a la mesa de dibujo. Muchas veces dormía en la redacción. En la segunda época de Peloduro, cuando la revista estaba en Cerrito 685, escritorio siete, Peloduro tenía un catre y un pequeño baño en una pieza de techo de zinc, donde el frío y el calor se extremaban. Comía y descansaba poco, preocupado por las cuentas de la revista, que nunca cerraban.

El exceso de alcohol —según testimonios de Sand y Galeano, por lo menos— tuvo que ver con sus complicaciones renales.

Dibujo de Julio E Suárez

Dibujo de Julio E Suárez

–¿Qué recuerda de Cuba con más afecto?

–La Revolución misma y la forma en que la vive el pueblo. La impresión fundamental: la fuerza de la personalidad de Fidel Castro y su indudable honestidad revolucionaria, en la que creía y creo siempre. Un hombre que no se detiene ante ninguna clase de prejuicios como no sea en defensa de la Revolución misma.

Así contestaba Peloduro cuando los jóvenes del diario Época lo entrevistaron, en noviembre de 1962, pocos días antes de las elecciones. Había estado en la isla en enero de 1961, invitado por el gobierno revolucionario, junto al dirigente socialista Vivian Trías, el comunista Enrique Rodríguez, los batllistas Alba Roballo y Fernando Elichirigoiti, del Partido Colorado, y el blanco Ariel Collazo. El presidente estadounidense, Dwight Eisenhower, estaba finalizando su período y se apuraba a derrocar al gobierno cubano antes de que asumiera el demócrata John Fitzgerald Kennedy. No lo logró, pero inició el bloqueo comercial que duraría décadas. A su llegada a Montevideo, los integrantes de la delegación uruguaya dieron testimonio de lo que habían visto en Cuba en un acto en la explanada de la Intendencia Municipal.

Unos meses más tarde, en agosto de 1961, el Che Guevara visitó Uruguay por primera vez (la siguiente, camino a Bolivia, lo haría de incógnito). Llegó a la Conferencia Interamericana de Punta del Este, donde también comió asado con cuero junto a Eduardo Víctor Haedo, presidente de turno del Consejo Nacional de Gobierno. En Montevideo, Guevara dio una conferencia en el Paraninfo de la Universidad (en la que desaconsejó la lucha armada en Uruguay y en la que, a la salida, asesinaron al profesor Arbelio Ramírez), se sumó a varios actos en apoyo de la Revolución cubana y participó en la Conferencia Popular Antimperialista, para la que llegó desde Chile el socialista Salvador Allende, entonces presidente del Senado. Entre las figuras uruguayas que se encontraron allí con el Che están el pedagogo y escritor Jesualdo Sosa, el poeta Felipe Novoa y Peloduro.

—¿Quién ganará las elecciones?

—Sería infame que hubiera que jugar con algo que duela, porque entonces habría que apostar por otro gobierno como este. Pienso que el electorado a partir de las elecciones pasadas ha demostrado ser más móvil de lo que se pensaba, así que es difícil saber en qué dirección se va a inclinar. Ahora, si hablamos de deseos y no de pronósticos, que no ganen los blancos, por favor, y que tengan muchos votos los grupos de izquierda, lamentando que no se trate de un solo frente.


Solidaridad con la revolución, pero sin reverencias extremas. En su visita a Cuba ocurre un episodio muy repetido por sus amigos: Peloduro llama a la recepción del hotel donde se alojaba y le contestan “¡Patria o muerte, venceremos!”. “Y, si hay que elegir, patria”, responde él.

Carlos Maggi, recuerda Rosario Peyrou, lo había definido como “un bolche apasionado” que sin embargo “dibujaba delicadamente a sus adversarios, siempre sin malicia”.

Posiblemente, las simpatías por el comunismo de Suárez no nacieron con la Revolución cubana, sino antes, en los años de la guerra civil española. El conflicto intensificó en Uruguay la división entre progresistas y conservadores que ya había marcado el golpe de Estado de 1933 (y que es rastreable hasta hoy): de un lado, colorados batllistas, blancos independientes (como Quijano), socialistas y comunistas; del otro, con Terra y Franco, colorados de derecha y blancos herreristas. La guerra en España internacionalizó esas sintonías, y por todas partes se replicaron las asociaciones de apoyo a las distintas fracciones. Los partidos comunistas impulsaron diversas organizaciones de este tipo; en particular, las AIAPE (Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores) se movilizaron contra el avance del fascismo. La filial uruguaya se fundó en setiembre de 1936; el abogado Antonio Grompone, creador del Instituto de Profesores Artigas, fue su primer presidente, y Julio Suárez integró, junto con Emilio Oribe, Roberto Ibáñez, Clotilde Luisi y Jesualdo Sosa, entre otros, la primera Comisión de Prensa. Esa actuación le merece a Julio Suárez su única entrada en La generación crítica, el libro con el que, en 1972, Ángel Rama ordenó a las distintas camadas de intelectuales que operaron entre 1939 y 1969; seguramente, si hubiese podido escribir una continuación, Rama habría sido más justo con Peloduro, dada la expansión de su concepto de cultura y su atención a los fenómenos populares.


Durante más de una década, hasta el final de su vida, Peloduro fue el encargado de la contratapa de Marcha. Sus caricapturas resumían los principales acontecimientos de la semana y asentaban el zeitgeist de la crisis profunda. Con esos trazos y esos globitos, Peloduro “traducía”, bajaba a tierra los complejos editoriales de Quijano, atravesados de cifras y recuadros. En 1966, dos años después de su muerte, Hugo Alfaro lo recordaba en Mi mundo tal cual es:

A una hora cierta de la tarde del jueves llegaba al taller como caída del cielo la plancha de Peloduro. Con ser tan importantes las virtudes de la puntualidad, es obvio, sobre todo para el lector que sólo ve el producto terminado, que en Julio Suárez lo que valía, además de ese aire suyo de estrenar la bondad que lo hermanaba al Hachero, era el talento incisivo y la inventiva para poner al personaje en órbita, en the heart of the matter, si Julio, tan poco sofisticado, me hubiera permitido decirlo así, a mí que tampoco sé inglés.

Cuántas veces, ante una caricatura suya, me pregunté, con un golpecito mental en la frente, cómo no se me había ocurrido antes, tan cantados me parecían (ahora que los tenía delante) el chiste y la situación. Pero a quien se le ocurría antes, siempre, y con el fogonazo de una revelación, era a él, no a mí ni a nadie.

Un par de veces fui más lejos; me di a mí mismo, cuando llegaba el original a la redacción, la ventajilla de mirar el dibujo para tratar de imaginarme la leyenda, que tapaba previamente con la mano. Derrotado, abandonaba el desafío. Pelo era tan bueno que uno quería hacerle bien y le contaba estas cosas; él devolvía el elogio con una sonrisa que desarmaba. Era imbatible, y no sólo para hacer la última.


En 1965, la salud de Peloduro empeoró visiblemente. Precisaba transfusiones, y la voz se corrió entre sus muchos allegados. El cineasta Mario Handler, amigo de Cocona, fue uno de los que acudieron a la Asociación Fraternidad a donar sangre para el artista que admiraba desde su niñez. Ángel Rama, el mayor crítico cultural de la época, también aguardaba en la sala de espera. “Estaba leyendo un libro de sociología. Él y sus hermanos eran lectores voraces”, recuerda Handler. “No cruzamos palabra”. Rama apenas nombraría al pasar a Julio Suárez en La generación crítica, pero allí estaba para ayudar al compañero de Marcha.

En agosto, Julio Suárez agonizaba en su casa. No había mucho más que hacer. Trazó la última entrega desde la cama: Marta le acercó sus materiales y dibujó a la Rodelú, la República, enferma como él. “Tiene un aguante fabuloso. Hace seis años que vive a sopa de aspirinas, y ahí lo tiene”, comentan dos testigos ante la figura demacrada.

El domingo 15 lo llamó por teléfono su amigo Cuque Sclavo. No podía ir a visitarlo porque había tenido un accidente y estaba enyesado, en reposo. Rosencof y Puppo sí estaban allí, en el apartamento sobre la plaza Libertad, que quedaba en el mismo edificio que la sede de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) y encima del bar Sorocabana. También Jebele Sand se encontraba junto a Julio Suárez y su esposa. Cuando el anuncio del médico y el llanto de Marta Burgos confirmaron que Peloduro había muerto, Juan Tuleque y el Hachero se miraron y bajaron al bar. Ahora eran sólo dos, pero pidieron tres vasos de caña para brindar por el ausente.

Peloduro fue velado en el local de APU, la gremial de periodistas que había presidido una década atrás. La noticia de su muerte ganó varios titulares. En la Cámara de Diputados se le rindieron homenajes por iniciativa de la colorada batllista Elsa Fernández. En la sesión hablaron de él representantes de todos los sectores. Uno de ellos dijo que Julio Suárez había sido “un cronista vivo de los mejores aspectos de la vida montevideana”. Era el diputado Rodney Arismendi, secretario general del PCU.