Artículo originalmente publicado en Lento#7 (octubre de 2013)

Hace unos meses apareció una lata extraña en la heladera del kiosquito de la esquina. “Província”, decía, así, como en portugués, y la letra chica aclaraba “Província Cisplatina”. Epa: el nombre que tenían estos territorios cuando eran parte del Imperio del Brasil hace casi dos siglos. La fui tomando en el camino —nada enloquecedora pero muy barata— y en cuanto subí a casa me puse a averiguar más sobre esa cerveza, todavía pensando si sería una broma de algún amigo con ganas de divertirse a costa de mi debilidad por “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, aquel cuento de Borges en el que de a poco comienzan a materializarse objetos de otro mundo.

Esta latita, sin embargo, venía de no muy lejos: de Santa María (Rio Grande do Sul), a 250 kilómetros de la frontera, como explica la web de su fabricante. Pero una visita al sitio culinario Brejas me devolvió la inquietud: Província fue “criada especialmente para quem procura o paladar inesquecнvel das antigas cervejas uruguaias”. ¿Cómo eran las “antiguas cervezas uruguayas”? Recuerdo cada vez más vagamente el sabor que tenían hace 15 años, antes de que todas las fábricas fueran compradas por —justamente— una megaempresa brasileña. ¿Cambiaron tanto para que algunos brasileños las extrañen? ¿Las extrañamos nosotros?

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Hace 15 años había tres grandes productores de cerveza en Uruguay: Fábricas Nacionales de Cerveza (FNC), Compañía Salus y Cervecería y Maltería Paysandú (Cympay). Esta planta fabricaba Norteña, la cerveza uruguaya más popular al norte del Río Negro y también en el sur de Brasil. Norteña sigue existiendo, pero ya no se hace en Paysandú sino en la planta montevideana de FNC. El destino principal de la nueva Norteña es Brasil, donde se la vende como cerveza premium en envase de litro (en Montevideo se consigue sólo en latas). La producción se trasladó a la capital al año de que Cympay fuera adquirida por la transnacional Companhia de Bebidas das Américas (AmBev). La mayoría de los obreros de Paysandú, sin embargo, siguieron trabajando allí.

—El sindicato negoció y pasamos casi todos a la maltería de la empresa. Hubo quienes se acogieron al retiro incentivado, algunos fuimos a seguro de paro rotativo y otros se organizaron en una cooperativa que trabaja para la compañía. Pero en todos los casos lo decidió cada cual, no la empresa —dice José Oxley, secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados de Norteña (SOEN).

La historia de cómo los trabajadores de Cympay consiguieron mantener sus fuentes de trabajo mereció un libro, David & Goliat: SOEN–AmBev, escrito por Enildo Iglesias, entonces secretario de la rama latinoamericana de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación (UITA), que se formó en 1968 y tiene sede en Montevideo.

“Goliat” había nacido en 1999, producto de la unión de las dos mayores cerveceras de Brasil, cuando Brahma absorbió a Antarctica. La naciente AmBev continuó la política expansiva que Brahma mantenía en América del Sur y en 2002 tomó control de la Quilmes argentina, que a su vez controlaba a FNC, dueña de las marcas Pilsen y Zillertal, entre otras, al tiempo que avanzaba en la adquisición de la Compañía Salus, fabricante en Minas de la cerveza Patricia.

Antes, en 2000, AmBev había adquirido la mayoría del paquete accionario de Cympay, que comenzó a funcionar en la década de 1940, como muchas otras empresas de la zona (Paycueros, Azucarlito, Paylana), gracias a los estímulos hacia la industria nacional del primer gobierno de Luis Batlle Berres. En 1968, ya lejos del impulso desarrollista del neobatllismo, Cympay pasó a formar parte del grupo Oetker, uno de los mayores productores de bebidas y alimentos de Alemania, que, sin embargo, no continuó reinvirtiendo en la actualización tecnológica de la planta cervecera. Tampoco AmBev lo hizo: durante 2002, en plena crisis financiera, quedó claro que había que cerrar una de las tres plantas industriales que el grupo había adquirido en Uruguay y la disyuntiva clara estaba entre las fábricas de Paysandú y Minas.

La maltería de Paysandú emplea a cerca de 120 personas; la fábrica de cerveza ocupaba a más del doble. La mayoría de su producción —cebada cervecera procesada— se envía a Brasil. Antarctica y Brahma eran los principales clientes de la maltería de Cympay. Y hay otras dos malterías de Uruguay. Desde Nueva Palmira, Maltería Uruguay, también de la ex AmBev (ahora AB-InBev), abastece a fábricas del grupo en Argentina, Paraguay y nuestro país. En Montevideo está Maltería Oriental, que exporta a varios países de la región; hace décadas era parte de FNC y en 1998 pasó a ser del grupo chileno Transoceánica, que el año pasado la vendió a un fondo de inversiones europeo, Atlantic Investment Fund.

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Mientras que se expandía en América Latina, AmBev siguió creciendo en el resto del mundo. En 2004 se fusionó con el grupo europeo Interbrew, con base en Bélgica, y así nació InBev. En 2008, InBev compró Anheuser-Busch, el mayor fabricante de cerveza de Estados Unidos (que hace, por ejemplo, la Budweiser), y se transformó en AB-InBev; y también en la mayor empresa cervecera del planeta y en la tercera productora mundial de bienes no duraderos, que emplea a 120.000 trabajadores y controla más de 200 marcas en 30 países.

Para los estadounidenses, la compra de Anheuser-Busch, que dominaba más de la mitad del mercado local, “fue un trauma”, opina Enildo Iglesias. El veterano dirigente afirma que en AB-InBev, que tiene sede en San Pablo y Leuven, Bélgica, “hay ofensiva de directivos brasileños”. “Están al frente de las subsidiarias más importantes en todo el mundo. Es como el nacimiento de un imperialismo empresarial brasileño. En nuestro país se está replicando en la industria frigorífica”.

La segunda gran transnacional cervecera, SABMiller, también se conformó tras la adquisición de una firma estadounidense por parte de una empresa originaria de una economía emergente: en 1999, South African Breweries compró Miller Breweries, segunda en el mercado de Estados Unidos. A Uruguay, las marcas de SABMiller —Grolsch, Fosters— llegan por medio de un importador, Lisley SA. En cambio, el tercer grupo a nivel mundial, Heineken, acaba de desembarcar en el país indirectamente: el año pasado Militur —fabricante del agua Nativa y los refrescos Nix— fue comprada por las Compañías Cerveceras Unidas (CCU), un grupo chileno que mantiene una estrecha relación con la marca holandesa.

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Carlos Ghione ronda los 60 años. Es bastante jovial, aunque lo llaman el Viejo. A él también le gusta bromear con que es parte del inventario de la FNC, donde trabaja desde 1979. Su puesto es el de maestro cervecero, que en una planta de las dimensiones de la de la calle Entre Ríos, en Montevideo, implica estar al frente de varios equipos de químicos y técnicos responsables de la elaboración, el control de calidad y el desarrollo de las cervezas que produce la fábrica.

—La fórmula de Pilsen nunca la cambié. Sigue siendo la misma —dice.

Ghione aclara que se hacen ajustes mínimos para compensar variaciones en los ingredientes —cebada, lúpulo, aditivos, levaduras y agua, entre otros—, pero también indica algo más complejo: es el gusto del público lo que cambia. Para adaptarse a él, se desarrollan nuevos productos —en los últimos años hemos visto variedades Stout, Ámbar, Sonic, Porter, Dunkel y Red Lager de la marca Pilsen— y luego, según su aceptación en el mercado, se prioriza la producción de uno u otro. Fue así a lo largo del siglo XX, recuerda el ingeniero. Por ejemplo, la vieja Doble Uruguaya, pesada, era hasta los 60 la marca más popular de FNC, pero tuvo que dejar paso a la más liviana Pilsen (cuando se reintrodujo la marca, hace unos 15 años, fue con una fórmula light).

De lo pesado a lo liviano: así parece moverse el gusto mundial. Las cervezas se distinguen por su color (dado fundamentalmente por el tostado de la malta), su amargura (determinada por la presencia de lúpulo), su cantidad de alcohol y su densidad (fijada por la calidad del agua y la cantidad de elementos no filtrados que permanecen en el líquido). En la preferencia por cervezas menos densas —y con poco alcohol— confluyen la tendencia general hacia alimentos más livianos, asociados a lo saludable, y la incidencia creciente de nuevos segmentos de consumidores, especialmente mujeres.

Las cervezas uruguayas de antes, ésas que busca imitar la gente de Província, tenían mucho cuerpo, es decir, alta densidad. “Antes tomabas dos vasos y no querías más. Ahora podés tomar cinco y no pasa nada”, opina Julio Telechea, representante sindical de los trabajadores de la planta de Minas. También cree que Patricia, la cerveza que se fabrica allí —antes lo hacían como Compañía Salus y ahora como FNC, es decir, parte de AB-InBev—, sigue siendo distinta a Pilsen. Parte fundamental de esta diferencia es un ingrediente que caracteriza a cada planta de cerveza del mundo: el agua. Mientras que la fábrica de Montevideo utiliza agua corriente, la de Minas recurre a la misma fuente de la que se extrae el Agua Salus. Sin embargo, el embotellamiento y la distribución de Patricia corre por cuenta de otra multinacional, Danone, que en 2002 llegó a un acuerdo con AmBev para compartir los recursos de la Fuente del Puma.

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En mi “antigüedad” —hace unos 20 años, pongamos— casi todos teníamos preferencia por alguna de las tres cervezas uruguayas. Con mis amigos, cuando podíamos elegir, tratábamos de tomar Patricia: nos parecía más fuerte, más sabrosa. Si no había Patricia, entonces Pilsen, y en último lugar, Norteña. Me imagino que en otros grupos, en otras partes del país, el orden sería distinto. Pero en la comparación con las cervezas de los países limítrofes creo que podríamos habernos puesto todos de acuerdo: nos parecían poco sabrosas, aguadas, impersonales. Claro que en el calor de una playa brasileña —cuando unas vacaciones cortas en Florianópolis estaban a la mano— uno podía llegar a captar la gracia de una cerveza aguada.

Posiblemente la más famosa de las cervezas “refrescantes” sea la mexicana Corona, que produce el Grupo Modelo, parte de AB-InBev (aunque las leyes antimonopólicas de Estados Unidos están retrasando la integración total de las empresas). El grupo que comanda Ghione creó una cerveza del tipo de la Corona, la Pilsen Sonic. Pero a la vez, la propia FNC —actuando como importadora de muchas de las marcas que AB-InBev fabrica en el resto del mundo— trae la cerveza mexicana a Uruguay. “Estamos diversificando el mercado. Sobre todo lo que estamos dando es la posibilidad a todo el mundo de que pruebe todas las cervezas y entender qué nichos para sabores diferentes hay acá. En la medida en que crezca el mercado de alguna de estas cervezas, su consumo, la produciremos acá. Es así de simple”.

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Pero no es tan sencillo fabricar una nueva marca de cerveza, sobre todo si es una marca internacional. La Stella Artois, también de AB-InBev, se trae a Uruguay desde Argentina y se distribuye ampliamente en supermercados y bares. Esa importación es, desde hace dos años, un tema urticante para Richard Read, presidente de la Federación de Obreros y Empleados de la Bebida y del sindicato de trabajadores de FNC. Read quisiera que esa cerveza fuera producida aquí, para no restar empleos a los trabajadores uruguayos. ¿Lo que se exporta desde Uruguay compensa esa importación? No: “A mí me votaron los trabajadores uruguayos y tengo que proteger sus fuentes de trabajo; de lo que pasa en otros países, que se ocupen los dirigentes de esos países”, dice Read, que fue uno de los oradores del histórico acto del 1º de mayo de 1983, la primera gran concentración de trabadores permitida por la dictadura.

La producción local de Stella Artois está en trámite y sólo faltaría la obtención de un par de certificados de calidad. No es el único tema relacionado con la cerveza en la agenda pública de Read: fue muy difundido su forcejeo con el gobierno para que se mantuvieran las exenciones impositivas a las cervezas embotelladas en envases de vidrio producidos en el país. Por otro lado, su preocupación por las diferencias entre los impuestos que no se les cobran al vino (como, en casi todos los casos, el Impuesto Específico Interno) y la cerveza lo lleva a comparar también “el caudal de alcohol” que la industria vitivinícola y la cervecera vuelcan al mercado nacional. Como se calcula que se consumen 90 millones de litros de vino y de cerveza por año, y como en promedio la cerveza tiene 4% de volumen alcohólico y el vino 13%, concluye que la industria del vino sería más nociva.

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Si Read siente el deber de ser nacionalista, la gente de la UITA tiene el mandato opuesto: “Partimos de una ecuación sencilla: a compañías transnacionales, movimiento obrero internacional y convenios colectivos internacionales”, dice Enildo Iglesias. “Mientras que no existan convenios internacionales, cada una de estas empresas se mueve en cada país según su realidad y según se plante el movimiento sindical de cada país. Una cosa es el comportamiento de AB-InBev en Argentina o Uruguay, donde se encuentra con sindicatos fuertes, con convenios colectivos por rama de industria a nivel nacional, y otra es Perú o Brasil, donde el movimiento sindical está más fraccionado. La responsabilidad social y empresarial de las empresas es un invento de las transnacionales, que utilizan para discutir que un convenio no es necesario; la diferencia es que esa política no es obligatoria, y si no la cumplen, no hay sanción”.

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La de la cerveza siempre ha sido una historia internacional, y posiblemente la persona más importante del relato sea Wilhelm IV, duque de Bavaria. Se dice que los antiguos egipcios y los sumerios conocían la cerveza, y es cierto, si se considera que cerveza es el producto de la fermentación, espontánea o controlada, de cualquier cereal. Pero en 1516 el aristócrata bávaro estableció por ley que la cerveza debía estar compuesta únicamente por agua, malta de cebada, levadura y lúpulo. No importa que lo hiciera para eliminar la competencia de los monasterios de la zona, que manejaban otras recetas y no dependían de la cebada que plantaban los vasallos del noble: el “edicto de pureza” alcanzó para convertir a Wilhelm —o Guillermo— en el creador de la primera norma sobre regulación alimenticia. En 1871, cuando se conformó el Imperio Alemán, la ley de Bavaria pasó a regir en todo el Estado germano.

Así, fue un protoalemán el que definió qué es cerveza. O más bien, qué es una cerveza premium: casi todas las cervezas industriales contienen, además de cebada, “aditivos cerveceros” (otros cereales, generalmente arroz) por motivos de economía y de sabor, aunque también se utiliza trigo por su gusto (es el caso de cervezas como la Patricia Weisse). No obstante, una premium tiende a acercarse a la ley de 1516, además de cumplir con otros requisitos de calidad.

En Uruguay, Cympay llegó a producir una cerveza premium, la Prinz. También FNC introdujo en 1991 su propia variedad premium, Zillertal.

—Mi bebé sigue creciendo —dice Ghione.

El ingeniero fue uno de los que estuvo un año entero testeando fórmulas y sabores: “La desarrollamos tras un estudio de mercado que indicaba que la gente quería cervezas con más cuerpo, más amargas. Hicimos un perfil: más dulce, menos, más aroma. Luego la probamos con grupos de consumidores y finalmente la produjimos en planta en diciembre”. Hoy es difícil, por más que uno converse con muchos críticos de la cerveza industrial, encontrar alguien que hable mal de la Zillertal.

Como casi todas las cervezas premium, Zillertal se embotella en envases de color verde. El cromatismo es parte del marketing, pero también una necesidad práctica: el vidrio verde o marrón tiene una protección UV que evita que la luz deteriore el producto. A los envases transparentes, como el de Corona o Pilsen Sonic, hay que aplicarles un filtro de otro tipo para evitar el daño.

Cuando en verano nos quejamos de la “cerveza verde”, no nos referimos al envase, sino a la que sabe como si no estuviera pronta. Según Ghione, “eso fue un mito que lanzó la gente de Norteña en 1987”. Ese año FNC invirtió en tecnología que le permitió acortar a menos de la mitad el lapso de producción de la cerveza (de 45-60 días a 20). “Ellos ya tenían problemas de capacidad y largaron ese rumor”, dice el ingeniero, recordando una rivalidad ya inofensiva. La cerveza “verde”, entonces, sería en realidad simplemente bebida demasiado expuesta al sol o al calor estival.

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El mito estadounidense cuenta que la cerveza llegó con los colonos del Mayflower (que habrían desembarcado en el momento en que se les terminó la bebida); la leyenda local le atribuye la introducción del espumoso brebaje a otros británicos: los de las Invasiones Inglesas. Luego, Milton Schinca y Eduardo Galeano pintan porrones de cerveza en las celebraciones independentistas. Los Cerveceros Caseros, en su sitio web, reivindican a Johan Friedrich Francke como su ilustre antecesor, mientras que para la FNC, que hace dos años publicó el lujoso libro Historia de la cerveza en Uruguay, el asunto en serio comienza cuando otro alemán, Conrado Niding, levantó la primera fábrica, en 1866, en Barrio Sur. Las fusiones y adquisiciones —que preceden a escala local lo que pasaría a nivel global— se suceden hasta los años 30 del siglo XX, cuando tras la crisis económica, Cervecerías del Uruguay y la Cervecería Oriental confluyen —y eso explica la denominación plural— en Fábricas Nacionales de Cerveza. Otra crisis, la de fines de los 90 y principios de los 2000, llevaría a aglutinar bajo el rótulo de FNC y el control de la actual AB-Inbev a la rama cervecera de Salus y la maltería de Cympay.

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Desde hace por lo menos diez años en Uruguay también se produce cerveza fuera de las grandes fábricas. Al principio era casera. Realmente: se hacía en el patio o en el fondo de las casas de un grupo de amigos que juntaban plata para comprar malta (a la Maltería Oriental), levaduras y lúpulo a mejor precio. El Club de Cerveceros Caseros está cumpliendo diez años y no es coincidencia que haya surgido poco después de que la producción de cerveza industrial pasara a manos de un monopolio.

La variedad de tipos de cerveza que se produce en el resto del mundo es enorme; en la tabla periódica de estilos de cerveza —vayan a periodicbeer.com— las cervezas industriales uruguayas quedan arrinconadas en dos o tres casilleros. De hecho, la mayoría de las cervezas que producen las grandes industrias son de la familia lager —denominada así por su fermentación a baja temperatura—, que ocupa menos de un tercio de la tabla; el resto son ale, es decir, cervezas producidas como se hacía desde la Antigüedad (la propia, no la de Província), que leudan a temperatura ambiente. Los cerveceros caseros hacen cervezas ale, más fáciles de producir con equipos accesibles. Buscan las recetas y se animan a imitar un sabor que conocieron en un viaje o una recomendación de un amigo de buen paladar.

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Los cinco socios que hoy llevan adelante Cervecería del Sur, en Montevideo, fueron parte del Club de Cerveceros Caseros, y en 2008 se animaron a dar un paso hacia la profesionalización: de cerveza casera a cerveza artesanal. Llevan invertidos más de 200.000 dólares en equipo —con el que podrían dedicarse a fabricar cervezas tipo lager, si quisieran— y hace dos años tuvieron que conseguir un local más grande para su planta. Las cervezas que producen se llaman Davok; es una marca de fantasía, pero estuvieron a punto de tener un desastroso nombre rimado: Cerveza Condesa. Producen con regularidad ocho estilos, entre ellos una de trigo (Weizenbier), una roja (Irish Red), dos negras (Shannon Dunkel y Stout), una de alta graduación etílica (English Barleywine, que llega a 12% de volumen alcohólico) y una amarga y robusta (Indian Pale Ale), de imborrable sabor lupulado (el lúpulo, por si acaso, es de la familia de las cannabáceas, aunque, a diferencia de la planta de marihuana, crece en zonas frías; originalmente la flor se usaba como conservante y luego pasó a apreciarse su sabor). Además, los de Davok consiguieron desarrollar, con apoyo de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, una cerveza para celíacos, aunque ahora dependen de otra inversión para empezar a producirla. Paralelamente, la Cervecería del Sur abastece a muchos cerveceros caseros y artesanales, ya que importa lúpulo y maltas especiales; son los representantes en la región de las maltas Weyermann, a las que alguna vez debió recurrir la mismísima FNC.

Al mismo tiempo que salía Davok, aparecía otra cerveza artesanal: Mastra. “En aquel momento Pilsen había lanzado una Stout y nada más. No había muchas cervezas especiales. Tampoco se importaba mucho. Recién había surgido el Shannon Irish Pub, que fue el primero en traer cervezas especiales”, recuerda Wilfredo Camacho, quien volvió de un viaje a Córdoba decidido a conseguir un socio para fabricar cerveza. A diferencia de la gente de Davok, que envasa en tanques para que la cerveza se beba “tirada”, Mastra se distribuye en botellas, que se venden en los supermercados de Tienda Inglesa a un precio que compite con las cervezas importadas. Además de meterse en el circuito de pubs montevideanos que venden cervezas artesanales —Shannon, Gallagher’s, Burlesque, Ennis, Pacharan, Radikal Roots, Solitario Juan y el puesto de Mastra en el Mercado Agrícola de Montevideo—, Camacho aspira a meterse en todo tipo de establecimientos gastronómicos. Por eso se queja del peso con el que FNC negocia su presencia exclusiva en muchos bares y restaurantes.

El local no es un problema para la gente de Cabesas, la cerveza artesanal de la ciudad de Tacuarembó, porque tienen su propio boliche. Rodrigo Ríos recuerda que empezaron fabricando en forma casera en 2006; para 2008 ya habían conseguido importar equipos y armar un brew pub (bar y fábrica de cerveza). El socio de Ríos es Guido Arezzo —el Cabeza—, que volvió de un viaje de intercambio a Estados Unidos con un kit para producir cerveza y ya no quiso parar de armar sus propios sabores. Ríos cree, y cuesta contradecirlo, que hay una cerveza para cada momento del día y para cada estación. No le es fácil elegir un favorito entre los estilos que preparan —Pilsen, Blonde Ale, Wit, Scotish Ale, Indian Pale Ale, Brawn Porter, Oatmeal Stout—, pero se muestra especialmente orgulloso de su American Pale Ale.

También en Colonia hay un brew pub. Edgardo Arrona es argentino y hacía cerveza casera en Buenos Aires. Hace dos años se instaló en Colonia y reprodujo la idea de poner un local para vender allí su propia cerveza. Hoy elabora ocho estilos: Kölsch, Golden, las negras Porter y Stout y las de tipo inglés Bitter, Pale Ale, Indian Pale Ale y Old Strong.

Hay tres estilos de Chela Brandon: una negra Porter, una rubia English Pale Ale y una saborizada con miel. En marzo de este año, cerca de Libertad, en San José, Claudio Torres comenzó a fabricarlas y distribuirlas en Montevideo (se consiguen en Ennis Pub y en el almacén de bebidas Los Querubines) y en algunos restaurantes de la ciudad de Canelones. También ensayó lo del local propio, pero en forma más modesta: “En verano tuvimos un barcito en Kiyú y nos fue muy bien”. Cerca de Kiyú, en Playa Pascual, los primos Pablo Horack y Christian Broer están empezando un emprendimiento similar. “Venimos de familia alemana y la cultura cervecera está muy presente, de ahí el nombre de nuestra cerveza, Stolz, que significa ‘orgullo’ en alemán”, dicen.

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La tarea de los cerveceros artesanales incluye forzosamente educar a los consumidores sobre la amplitud sensorial que puede deparar su bebida. En esto cuentan con un aliado bienvenido, como el Underground Beer Club, que se dedica a distribuir casi todas las cervezas artesanales con un modelo muy parecido al de los clubes de vino y con la ayuda impensada de las firmas importadoras —especialmente de FNC, que actúa como introductor al mercado local de marcas internacionales del grupo AB-InBev—. Hoy, gracias al precio relativamente bajo del dólar y a la política marketinera de acaparar espacio en las góndolas de los supermercados, es posible conseguir cervezas especiales europeas a precios relativamente accesibles, como la belga Leffe (cremosa), la bávara Paulaner (pesada y peleadora) y Löwenbrau (amarga). Dos cervezas clásicas se llevan mi recomendación precio-calidad: las latas de medio litro de DAB cruda, importada por Leopoldo Gross, y de Grolsch, traída por Lisley. En plan puramente económico: la brasileña Schin, que es bastante liviana. Con el sueldo recién cobrado, hay que probar todas las cervezas producidas en monasterios, como la exquisita Maredsous, porque confirman que toda bebida tiene su equivalente al champagne.

Para Richard Read, si bien las importadas están restringidas a “un nicho de consumidores de alto poder adquisitivo que no implica mucha rentabilidad”, las cervezas artesanales “tienen un nicho”. La causa:

—Hay gente que extraña la Patricia densa y agria.

Julio Telechea también cree que Patricia cambió, pero aunque no es muy cervecero, tiene la camiseta de su fábrica puesta. Igual José Oxley, que reconoce que el sabor de Norteña se estandarizó y no es fácil distinguirla de sus antiguas rivales, pero al mismo tiempo se alegra de que la marca que tanto significó para su ciudad siga existiendo. “La Semana de la Cerveza, el mayor evento turístico de Paysandú, fue idea de un trabajador de Cympay, Jorge Gavry”, recuerda. Hoy durante la festividad se ofrecen Pilsen y Patricia.

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La batalla global entre las transnacionales cerveceras posiblemente siga transitando el camino de fusiones y absorciones que indica la flecha capitalista. Pero antes de que todo llegue a las últimas consecuencias —se habla de que llegará a haber un único gran fabricante mundial—, podemos ser testigos de algunas escaramuzas locales.

Cuando hace una década AmBev estuvo a punto de cerrar la embotelladora uruguaya de Pepsi-Cola, ya que había adquirido la planta de Argentina, “un solo hombre, Ruben Ordoqui, gerente de Pilsen, se comprometió a mantener los 100 puestos de trabajo que podían perderse”, afirma Richard Read. “Se dio una fusión y por primera vez aparecieron los camiones con la mixtura de refresco y cerveza, que desde el punto de vista marketinero ganó una presencia mayor: te coopto por una cosa y te vendo la otra. Es la sinergia de la venta”, explica el dirigente sindical.

Hoy esa combinación también se está produciendo con las bebidas que distribuye Militur, la empresa que hacía el agua Nativa y los refrescos Nix, y las cervezas del grupo chileno que desembarcó en Uruguay. Aunque todavía sus camiones no despliegan propaganda visible, ya están distribuyendo cervezas de a litro embotelladas en plantas argentinas de CCU. Es común ver Heineken y Schneider en almacenes y supermercados, y posiblemente este año también encontremos a la económica marca Santa Fe.

También es bueno saber que Heineken, muy próxima al CCU, compró la marca Kaiser en Brasil, así como la planta mexicana de Femsa, el mayor embotellador mundial de Coca-Cola. Y si el agua es un componente fundamental de la cerveza, ¿la fuente de Pan de Azúcar, de donde mana la Nativa, podría llegar a utilizarse para producir Heineken u otra marca de CCU? La mayoría de los consultados cree que no, que no conviene instalar otra fábrica de cerveza en Uruguay y que es más rentable importar la bebida.

El enfrentamiento entre AB-InBev y SAB Miller, por su parte, tuvo como escenario local a los bares: en los últimos veranos compitieron fuerte las marcas de FNC y Miller, que apostó a instalarse, con cartelería llamativa, en boliches de Maldonado y Montevideo. Tanto FNC como Lisley obligan a los comerciantes a optar por una u otra.

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—Me encantaría tener una Patricia de antes para poder compararla con lo que se hace hoy— dice Rodrigo Ríos, de Cabesas.

A mí también me gustaría poder compararla con las cervezas industriales que se fabrican ahora, y también con las artesanales y, por qué no, con Província. Pero aunque encontráramos un cajón perdido, no podríamos: la cerveza aguanta, como mucho, seis meses. Tenemos, en cambio, muchas cervezas que no vienen de dimensiones tan alucinatorias como Tlön, pero sí desde lugares que hasta hace unos años parecían exóticos. Tenemos además a las grandes fábricas probando fórmulas internacionales. Tenemos, por si fuera poco, bares enteros como los de otras ciudades, con cerveza tirada y sabores atrevidos. Algunos de esos sabores, además, son de cervezas uruguayas, que, por suerte, ya no son “antiguas”.