La prensa, que ya conocía la censura y los allanamientos desde que durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco se dispusieran las Medidas Prontas de Seguridad, vio limitada sus libertades —ya no en forma transitoria— desde la noche en que el presidente Juan María Bordaberry decretó la disolución de las cámaras. La dictadura prohibió, entre tantas otras cosas, “todo tipo de noticias y comentarios que afecten negativamente el prestigio del Poder Ejecutivo y/o las FFAA o que atenten contra la seguridad o el orden público”. Así comenzó la maratón de clausuras temporarias y definitivas de medios opositores; quizá la más emblemática fue la del semanario Marcha, que cerró para siempre el 26 de noviembre de 1974.

En febrero de 1975 el régimen creó un organismo dedicado exclusivamente a la propaganda oficial y al control y censura de la prensa: la Dirección Nacional de Relaciones Públicas (Dinarp). El decreto que le dio origen decía: “El proceso revolucionario [sic] que orienta y conduce el gobierno de la República debe ser conocido y comprendido por la opinión pública, a efectos de propender, con su consenso y adhesión, al logro de los objetivos nacionales”. Entre los varios objetivos de la Dinarp estaba “contribuir a la defensa e incremento del prestigio internacional de la República adoptando las medidas necesarias para contrarrestar la propaganda que se realice en su contra y en detrimento de los objetivos nacionales”.

Según explica el historiador Carlos Demasi en La dictadura cívico-militar: Uruguay 1973-1985 (Ediciones de la Banda Oriental, 2009), que el régimen tuviera el monopolio del espacio de comunicación social derivó en una amplificación desmesurada de las opiniones de los militares: “En el mediano plazo esta situación tan anómala tuvo un efecto muy negativo sobre el operativo ideológico, ya que provocó un efecto de saturación sobre los destinatarios. La casi desaparición de las discrepancias alimentó en los militares la idea de que contaban con el apoyo unánime de la población”.


El Día, 25 de septiembre de 1977.

El Día, 25 de septiembre de 1977.

"Milicos putos"

Una canción del Cuarteto de Nos — "Fui yo”— nombra el episodio, que también aparece en la entrada “El Día” de Wikipedia. Internet alimenta la leyenda: desde que la frase completa era “milicos putos, se venden baratos” hasta que tenía un tamaño de letra mucho más grande que las demás. El mito queda obeso al descubrir que en el archivo de la Biblioteca Nacional la edición de El Día que contiene la famosa frase (del 25 de setiembre de 1977) está desordenada y justo le falta la página en la que aparecieron las dos palabras. Para fortuna de los obsesivos verificadores, en el archivo de la Biblioteca del Palacio Legislativo está la edición completa, que reproducimos aquí.

Un medio escrito que tuvo una posición opositora al régimen fue el diario El Día, pero según el ex vicepresidente Luis Hierro López, que escribía allí, los ataques posibles a la dictadura eran “mínimos”. Algunas de las líneas opositoras las escribían, además de Hierro, los abogados Enrique Tarigo (otro futuro vicepresidente) y Aníbal Luis Barbagelata. En 1976 El Día fue clausurado temporalmente a causa de un editorial de Tarigo que versaba sobre cuestiones sindicales: el régimen había decretado la disolución de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT), proscripto los partidos políticos y prohibido el derecho de reunión en lugares públicos o privados con fines políticos, a menos que se solicitara previamente una autorización.

Mientras escribía en El Día, Hierro fue detenido por sus columnas de opinión junto a otros periodistas en varias oportunidades. Eran llevados al Departamento N° 5 de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de la Policía, en la esquina de Maldonado y Paraguay, donde los mantenían una o dos noches sin dormir. “Era una presión psicológica fuerte que te hacían. Un interrogatorio típicamente policial. Nos querían sacar de mentira verdad: ‘¿Quién escribió tal cosa?’. Te interrogaban sobre tal artículo y después le preguntaban al otro a ver si había alguna contradicción”, recuerda Hierro.

Pero la presión más grande contra El Día comenzó luego del 25 de setiembre de 1977, cuando en los avisos clasificados apareció una línea en mayúsculas: “Milicos putos”. El régimen clausuró el diario por diez días y le suspendió los beneficios tributarios que tiene la prensa. “La extorsión del gobierno a El Día fue feroz. Después de eso nos fuimos Barbagelata, Tarigo y yo, que éramos la cara visible de la oposición en el diario. Y luego El Día cambió la línea, al punto de que en el plebiscito terminó en una posición intermedia pero más bien favorable al ‘Sí’, porque el gobierno le aplicó estas sanciones económicas muy duras”, opina Hierro.


En mayo de 1980 el régimen publicó las pautas para la reforma constitucional que se plebiscitaría el 30 de noviembre (que, sin embargo, recién serían aprobadas por el Consejo de la Nación el 31 de octubre). Las pautas consolidaban la línea autoritaria del régimen que las creó: institucionalizaban el Consejo de Seguridad Nacional (Cosena), que ejercería el Poder Ejecutivo y que tendría “intervención preceptiva en lo relativo a seguridad nacional”. Por “seguridad nacional” entendían “el estado según el cual el patrimonio nacional en todas sus formas y el proceso de desarrollo hacia los objetivos nacionales se encuentran a cubierto de interferencias o agresiones internas o externas”. Además, creaban el Tribunal Constitucional que ejercería la “función de control político”, derogaban la inamovilidad de los funcionarios públicos, limitaban el derecho a huelga, legalizaban los allanamientos nocturnos, desaparecían la independencia del Poder Judicial, del Tribunal de Cuentas y del Tribunal de lo Contencioso Administrativo, acotaban las funciones legislativas del Parlamento, y para finalizar, decretaban un candidato único a la Presidencia de la República —quien, según informó El País el 13 de noviembre de 1980, para las siguientes elecciones podía ser nada menos que el general Gregorio Álvarez—.


La propaganda oficial del régimen por el “Sí” tuvo dos características salientes: su contenido no tenía relación con el proyecto que se iba a plebiscitar y ocupaba casi totalmente el espacio público, al punto de que el politólogo Luis Eduardo González (en Estructuras políticas y democracia en Uruguay, FCU, 1994) considera que en el plebiscito hubo “fraude estructural”, en el sentido de que la campaña preelectoral fue “extremadamente sesgada” y las voces y acciones de la oposición fueron reducidas.

Carlos Demasi señala en el libro ya citado que desde la creación de la Dinarp la publicidad oficial y los discursos de los gobernantes apuntaron a instalar una nueva explicación de la realidad que presentara como natural y legítima la presencia de los militares en el gobierno: “El mecanismo se apoyaba en la instalación de un artefacto ideológico, ‘el nuevo Uruguay’, que construía dilemáticamente una fractura radical con el pasado: en el ‘antes’ predominaba la crisis provocada por el marxismo y los políticos corruptos mientras que el presente y el futuro involucraban el crecimiento económico, la solidaridad social y ‘las mejores tradiciones nacionales’”. El historiador explica también que la lógica autoritaria creaba una oposición polarizada “amigo-enemigo”, en la que los adversarios eran calificados como “minorías” y su lugar como políticamente “nocivo”. Esta lógica llegó a su máxima expresión en la propaganda oficial del régimen por el “Sí”.

El Día y El País publicaban propaganda oficial, que a principios de noviembre de 1980 estaba orientada a mostrar los supuestos logros de la dictadura y la “necesidad” de tener una nueva Constitución. Los avisos solían abarcar casi una página completa. En uno de ellos, la imagen de una joven estudiante estaba acompañada del título “¿Cómo eran las clases en 1972?”, en tanto el cuerpo del texto decía: “Los jóvenes de hoy no se imaginan cómo eran las aulas en el año 1972. En los tres niveles de la enseñanza hubo 24 paros que distorsionaron los cursos dejando inconcluso el año escolar para los niños de primaria. La infiltración subversiva paralizaba la administración de la enseñanza y la docencia. Los centros de estudio eran depósitos de armas. Las aulas sitios peligrosos. Ahora que hemos recuperado la normalidad en la enseñanza tenemos que cuidarla. Para eso necesitamos una nueva Constitución que proteja a nuestros jóvenes y les permita estudiar en paz”. Otra propaganda mostraba el frente de la Facultad de Derecho bajo la frase “Antes era una fábrica de bombas, ahora es una casa de estudios”. El cuerpo de la pieza incluía estadísticas que “demostraban” los “avances” del régimen en la educación universitaria, y remataba: “Esto es lo que hicimos, vamos a cuidarlo”.

En las semanas siguientes la propaganda del régimen pasó a ser directamente a favor del “Sí” y creció en cantidad. “Si usted piensa que da lo mismo votar de una manera o de otra, se equivoca. Si usted quiere volver al pasado, arriésguese. Pero si usted piensa en su familia, en su patria, en su hogar, ¡el 30 de noviembre Vote Sí! Dígale SÍ al Uruguay”, decía una pieza. Otra, titulada “¿Para qué recordar?”, decía: “Olvidemos. Olvidemos el miedo. Olvidemos el odio. […] Olvidemos el caos, la suciedad, los apagones. Olvidemos las colas para las papas, el aceite, el kerosén. […] Olvidemos que nos querían robar el Uruguay. ¿Para qué recordar? Olvidemos. Olvidémoslo todo. Si usted piensa en su familia vote ‘Sí’. Dígale Sí al Uruguay”.

Una semana antes del plebiscito la propaganda aludía directamente a las acciones del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y las movilizaciones estudiantiles de la década del 60. Las imágenes eran acompañadas por títulos como “Esto no estaba previsto en la vieja Constitución” y con frases como “Los traidores que desde el exterior están gritando ‘no’ quieren que el Uruguay se entregue mansamente. Explíquele a sus hijos lo que pasó aquí en el Uruguay. Usted lo sabe. Explíquelo a los jóvenes para que ellos también sepan lo que está en juego. Que la experiencia nos sirva de lección. Porque si nos equivocamos, estaremos condenados a revivir ese pasado que hoy queremos olvidar. Vote SÍ”.

La creatividad de la propaganda oficial llegó a su cenit el 26 de noviembre de 1980, cuando apareció una foto del Che Guevara junto a la frase “Tenía dos pasaportes uruguayos”. Parte del texto expresaba: “Además del ‘Che’ también recibieron documentación uruguaya otros oficiales del ejército cubano […]. Durante su permanencia en Montevideo el Che Guevara se cobijó en la infraestructura del Partido Comunista. A su vez el gobierno cubano retribuía estas atenciones prestando su apoyo al aparato armado comunista. A fines de 1972 habían pasado cerca de 1.000 comunistas uruguayos por los cursos en Cuba, además de un sinnúmero de tupamaros y otros subversivos que también recibieron en Cuba entrenamiento militar. […] Si usted quiere evitar que estos hechos se repitan, vote Sí. Dígale SÍ al Uruguay. Para que nuestra constitución le cierre el paso a la subversión y al comunismo”.

En cambio, la propaganda por el “No” fue casi inexistente en los medios gráficos. En El Día se publicaron en los últimos días de noviembre tres avisos del Partido Colorado y uno del Partido Nacional, una cantidad muy pobre comparada con la de las distintas piezas oficialistas (21) que se publicaron más de una vez, desde el 1º de noviembre en El Día y El País, a un promedio de dos por edición.


Los sectores de izquierda tenían aún menos posibilidades de manifestarse que los partidos tradicionales. Héctor Lescano, actual presidente del Partido Demócrata Cristiano (PDC), estuvo proscripto durante la dictadura por integrar listas del Frente Amplio y por ser militante de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay. Hoy dice que la izquierda no tuvo ninguna posibilidad de sostener órganos de expresión para difundir sus opiniones y recuerda cómo era la militancia en la época del plebiscito: “Yo no podría nunca haber ido a la esquina y organizado un pequeño acto de 15 personas. En realidad, no podíamos juntarnos ni dos ni tres. Los partidos estaban proscriptos. En los pocos actos que pudieron hacerse sólo podían hablar ciudadanos que no estuvieran proscriptos”. Los dirigentes que también lo estaban ni siquiera podían estar presentes en los actos: “Directamente, lo que podríamos denominar izquierda, nucleada en el Frente Amplio, no tenía ninguna posibilidad de existir”.

Para Hierro, la propaganda por el “No” era “muy artesanal” —como escribir “No” en los árboles— y a veces, subliminal. Lescano se acuerda de volantes, pintadas en las paredes y reuniones muy poco numerosas en casas de familia. Además, el ex ministro de Turismo y Deporte recuerda que durante toda la dictadura (1973-1985) estuvo preso 17 veces; la más extensa no recuerda dónde fue porque pasó más de dos meses encapuchado. “Yo no fui víctima de torturas como tanta gente, pero sí de los famosos plantones. De horas o hasta días sin comer o sin dar aviso a los familiares. Y cuando nos detenían el argumento era saber dónde se habían impreso volantes, dónde estaba un mimeógrafo —que era la tecnología con la que trabajábamos en aquellos tiempos—, quiénes eran los dirigentes que se reunían y que actuaban”, recuerda Lescano.


Luego de retirarse de El Día, Tarigo y Hierro escribieron en Noticias (sin relación con la publicación argentina). El 24 de setiembre de 1980 el dueño de la revista, Paolo di Savorganni, decidió levantar una columna de Tarigo y ambos periodistas-políticos renunciaron a escribir allí. A dos meses del plebiscito se habían quedado sin lugar en el que publicar. Fue entonces cuando decidieron formar el semanario Opinar, en el que confluirían opiniones opositoras al régimen. El nuevo medio estaba dirigido por Tarigo y tenía a Hierro por redactor responsable. En la sección Política escribían los abogados Carlos Manini Ríos y Hugo Barbagelata, quien además era catedrático de Derecho Constitucional. Hierro cuenta que fundaron el semanario sabiendo que iba a ser muy difícil circular por el “pequeño andarivel” de libertad de opinión que iba a permitirles la dictadura. De hecho, Opinar tuvo problemas con el régimen antes de publicar su primer número, a fines de octubre de 1980.

“Lo editamos en la imprenta del diario El País, y en el momento de iniciar el trabajo de la máquina gráfica llegaron dos policías con un comunicado que decía que estaba prohibida la circulación por orden policial. Al día siguiente, Tarigo fue a hablar con el ministro del Interior, el general Manuel Núñez, quien puso una excusa: entre los colaboradores de Opinar había personas del Partido Socialista. El segundo número, que fue el primero en publicarse, salió un mes antes del plebiscito. Los militares tenían la idea de que iba a ganar el ‘Sí’ y que, por lo tanto, era bueno darle cierto viso de formalidad a la elección, de libertad aparente. Entonces dijeron: ‘Bueno, que salga Opinar, igual no pasa nada’”, dice Hierro.

Opinar tuvo cuatro ediciones antes del plebiscito, en las que no solamente hicieron énfasis en el voto por el “No”, con editoriales, columnas de opinión y entrevistas a personalidades de la oposición, sino que también criticaron el poco espacio que se le daba a la opción opositora en los medios de comunicación:

La pregunta que se formula mucha gente resulta obvia: ¿Por qué los canales de televisión no reportean a dirigentes blancos y colorados que no sean situacionistas? […] Y algo más importante, todavía: ¿Se trata de mera desidia de las estaciones televisoras o existe alguna directiva impartida al efecto por las autoridades gubernamentales?

El semanario también criticó a líderes políticos que estaban a favor del “Sí”, como el ex presidente Pacheco Areco, quien en ese entonces era embajador en Estados Unidos. Pacheco estaba proscripto y mandó un comunicado a la prensa explicando sus razones para el voto afirmativo. En la edición del 20 de noviembre, Opinar tituló en su portada “Algunos proscriptos pueden hablar” y Tarigo escribió una columna titulada “Pobres razones del Sr. Pacheco Areco”:

¿Sabe el señor Pacheco lo que significa el Sí? El Sí significa —lo hemos dicho y repetido y es un deber decirlo y repetirlo— la institucionalización, la constitucionalización de un sistema de gobierno militar, o cívico-militar, en un todo igual al que funciona en el país hace ya siete años.

La arremetida final de Opinar a favor del “No” fue en su última edición antes del plebiscito, el 27 de noviembre. Tarigo escribió un editorial titulado “Mis muchas razones para el ‘NO’”. Allí enumeraba 19 razones para rechazar el plebiscito, entre ellas:

*Porque soy demócrata y esta Constitución que se nos propone es una Constitución antidemocrática.

*Porque soy liberal […] no puedo aceptar este proyecto de Constitución que sustituye la libertad por la seguridad, este proyecto para el que todo es “seguridad” y que todo lo sacrifica, incluso la libertad, en aras de la “seguridad”. La penúltima decía:

*He de votar por ‘NO’ el domingo venidero por mil razones más que ya no caben en esta página.

Esa edición de Opinar vendió más de 42.000 ejemplares, superando el récord de Marcha, que en su mejor época vendía cerca de 30.000. Hierro explica: “Hoy es imposible vender esa cantidad. Fue un momento excepcional porque había una gran censura. La gente estaba muy caliente con los militares y apareció un semanario opositor. Recuerdo que el primer día, para hacerlo conocer, me subí con unos compañeros políticos al viejo trolley N° 4, que iba por todo 18 de Julio hasta 8 de Octubre y Camino Maldonado, y lo distribuí gratis. Aquello salió como pan caliente. La gente estaba desesperada y ávida por una voz opositora”.

El ex vicepresidente señala que mientras trabajaban en Opinar eran “permanentes” las llamadas de la Policía para preguntar quién había escrito tal o cual nota, porque a veces se publicaban cartas de lectores con seudónimos, sobre todo cuando eran de autoría de ciudadanos proscriptos. En la redacción se creía que los teléfonos estaban pinchados: “Vos sentías que te estaban respirando en la nuca permanentemente. Después me di cuenta de que me escucharon todas las conversaciones. Tenían un dominio perfecto de quiénes escribían en la redacción, quiénes entraban, quiénes salían. Obviamente que estábamos todo el día vigilados”, concluye Hierro.


Durante noviembre de 1980 El Día no tuvo en sus editoriales una posición explícita a favor de ninguna de las dos posiciones. Sí criticó las pautas constitucionales en un tono neutral, descriptivo, muy alejado del tono aguerrido de los editoriales de Tarigo en Opinar. Una de las disposiciones del proyecto más cuestionadas por el diario fue la del candidato único:

Como puede apreciarse en la mención de este acto impuesto, hemos evitado la palabra elección, pues ésta implica posibilidad de escoger entre dos o más personas o cosas. En el caso de lograrse el acuerdo, el electorado no estaría eligiendo, sino simplemente homologando.

Una manera críptica y sutil de expresar disenso era por medio de las frases de José Batlle y Ordóñez que aparecían en la página editorial, debajo de la icónica foto del legendario líder colorado. Así, una cita de Batlle, publicada en la misma edición en la que se criticaba al candidato único, decía:

Cuando todos hemos pensado de la misma manera, cuando todos hemos ido a las urnas con la misma lista, cuando no ha habido más que un pensamiento en toda la República, ese hecho ha significado una sola cosa: ese hecho ha significado que no había libertad.

Otros editoriales mostraban “el contrasentido del cronograma de regularización institucional” y explicaban que primero se tendría que haber rehabilitado la libertad de expresión, los partidos políticos y el derecho a reunión y que esto había alterado el orden natural de las etapas. También criticaron la falta de consulta a los partidos políticos para redactar el proyecto constitucional:

No sólo no hubo partidos políticos funcionando mientras se elaboraba el proyecto constitucional, sino que tampoco se conocieron sus disposiciones hasta que el mismo no se transformó en definitivo e inalterable, con lo cual se eludió toda discusión pública […] No se consultó para redactarlo ni a líderes políticos, ni tampoco a los distinguidos especialistas que, en la materia, existen en el país.

Además, señalaban que una de las disposiciones del proyecto legalizaba los allanamientos nocturnos:

La inviolabilidad del hogar sufre así una mayor limitación que la autorizada por el texto vigente, y, de ser aprobado el proyecto, con orden de Juez competente se podrá entrar en йl sin consentimiento de su jefe, sea de día o de noche, alternativa esta última no autorizada por el texto de la Constitución de 1967.

Pero la neutralidad de El Día condujo a contradicciones. Por ejemplo, la crítica de la propaganda oficial, que el diario también publicaba:

A ello debe agregarse el carácter absolutamente inconveniente de la casi exclusiva propaganda oficialista que más que ilustrar a la población sobre el verdadero contenido del proyecto Constitucional, viene a embretarla en falsas oposiciones, como la que en definitiva plantea el eslogan: “En noviembre, dígale SÍ al progreso y a la paz, dígale Sí al Uruguay”. ¿Es que acaso quienes votan por el NO, porque consideran inconvenientes para la nación las soluciones jurídicas sustanciales que se recogen en el texto constitucional proyectado, le estarán diciendo NO al progreso, No a la paz y NO a su patria?

Otra contradicción —esta vez con el pedido de rehabilitación de la libertad de expresión— la marcó una columna en la página editorial en la que se defendía la censura, como “un principio absolutamente necesario para evitar los siempre lamentables excesos que se cometen”. Posiblemente estas visiones contrapuestas fueran reflejo de la variedad de opiniones de quienes escribían en el diario, que nunca marcó una línea única.

Uno de los miembros del Consejo Editorial de El Día era Julio María Sanguinetti, por entonces proscripto. Como Pacheco teóricamente estaba en la misma situación —como todos quienes habían figurado en listas partidarias hasta 1973—, pero había podido dar su opinión por el “Sí”, Sanguinetti publicó una columna en la página editorial, titulada “Hasta el 30 un NO”. Esa columna —publicada “de contrabando”, según Hierro— fue la única excepción a la política de neutralidad que imperaba hasta entonces en El Día. Por ese acto el régimen sancionó a Sanguinetti con la retención de 50% de los haberes jubilatorios que cobraba como ex ministro y ex diputado. Tal vez sea innecesario aclarar que en 1985 se convirtió en el presidente de la restauración democrática.

La mayor muestra de la buscada neutralidad de El Día fue la cobertura del plebiscito que se llevaba en una sección llamada “El pueblo quiere saber… ¿SÍ o NO?: argumentos para una opción”. Allí, en nueve ediciones de noviembre, se dio voz a diferentes personalidades de la política que estaban a favor del “Sí” y a favor del “No”, y a sus respectivos argumentos.

Pocos días antes del plebiscito, el 25 de noviembre, se hizo explícita por única vez en ese mes la posición del diario ante el régimen:

Nueve años han pasado desde la última vez que la ciudadanía concurrió a las urnas. […] Nueve años en los que en su mayoría, y para ser precisos, desde el 27 de junio de 1973, hemos sido opositores constantes a la situación de poder que se ha vivido.


De manera opuesta, el diario El País se pronunció a favor del proyecto constitucional desde que se publicaron las pautas. Un editorial del 22 de mayo de 1980, titulado “Época de transición”, decía:

En noviembre se convocará a la Nación para que se pronuncie sobre el nuevo ordenamiento constitucional. La determinación popular tendrá un alcance histórico. El “no” significará un empantanamiento. El “sí” supondrá continuar escalando hasta la cima.

Durante noviembre de 1980 la cobertura periodística de El País siguió la línea de apoyo al proyecto constitucional. En todas las ediciones aparecía la voz de jerarcas del régimen, ya fuera a partir de conferencias de prensa o de entrevistas que, según destacaban, en algunos casos eran “exclusivas”. La mayoría de los títulos y subtítulos de las notas relacionadas con el régimen resaltaban las “bondades” y “ventajas” de la nueva Constitución. Por ejemplo, una entrevista exclusiva al ministro de Trabajo y Seguridad Social, Carlos Maeso, fue titulada “La disposición del candidato único, una muestra de honestidad política” y el colgado decía: “Maeso: ‘Constitución preserva valores’”. Además, en la portada se destacaba: “Maeso: ‘La Constitución a plebiscitarse salvaguarda valores en el área de trabajo’”. Una entrevista al ministro de Educación y Cultura, Daniel Darracq, se titulaba “El Sí permitirá a los jóvenes asumir su función en la República” y la bajada expresaba “Darracq: ‘El Sí constituye la salida política que ofrece el proceso que salvó del derrumbe a la Nación’”. En la portada también cobraba destaque una frase del ministro: “Constitución asegura libertad de enseñanza”.

En la portada del 21 de noviembre El País anunciaba que las primeras transmisiones de televisión en color serían para el año siguiente, pero el titular citaba palabras del ministro del Interior: “Núñez: Libertad es irrestricta y no hay ningún político detenido”. En las páginas internas del diario se desarrollaban los dichos del ministro:

En estos momentos no hay ningún político detenido pese a los rumores circulantes y no se ha limitado en ningún detalle la actividad partidaria. Los partidos políticos pueden actuar, pueden hablar y pueden hacer lo que crean conveniente para apoyar el sí o el no.

Uno de los jerarcas del régimen que apareció en más de una oportunidad en El País en noviembre de 1980 fue el “presidente” Aparicio Méndez. Todos los titulares y frases destacadas seguían la misma línea: “Méndez: Contenido moral y sentido democrático se destacan en carta constitucional aprobada”, “El Sí es la marcha hacia la normalidad”, “Méndez: ‘Uruguay es el país más seguro’”.

Durante noviembre, en las páginas editoriales, El País no sólo mostraba su posición a favor del “Sí”; iba más allá y también lo hacía a favor del régimen. Un editorial del sábado 15 empezaba:

No cabe duda que uno de los factores esenciales determinantes de la solidaridad de la mayoría de nuestro pueblo con el régimen de transitoriedad instaurado en 1973, así como con el proceso de reconstrucción moral y material de la República, lo constituye la clara conciencia con que la ciudadanía ha sabido aquilatar los beneficios de la era de orden y de paz que ha imperado en el Uruguay a partir de aquella fecha, superando largos años de anarquía y de subversión soportados con menoscabo incluso del auténtico y cabal ejercicio de los derechos individuales y de las libertades públicas.

Los sueltos en las páginas editoriales reforzaban las ideas de “bienestar” y “paz” del Uruguay de la época. Uno, titulado “No quieren ver”, publicado cuatro días antes del plebiscito, versaba sobre un deportista extranjero que, recién llegado al país, decía: “Ustedes tienen una gran paz”. Luego de la cita —no era mencionado el autor, sólo que era basquetbolista—, el texto aclaraba:

Esto lo dice un hombre llegado hace no muchas semanas a esta tierra y que, sin embargo, ha captado algunos rasgos del país. Otros en cambio, que llevan años en el Uruguay, que han nacido en él, siguen encontrando defectos y se las ingenian para criticar todo. Son los mismos que embadurnan paredes e insultan y agreden como en un reciente acto político. Un razonamiento parecido seguía otra pieza de la página editorial:

Recientes cuadros estadísticos de organismos internacionales muestran a nuestro país entre los más avanzados en cuanto a la alfabetización de sus habitantes. Si bien esta reiterada comprobación no nos llama a asombro, es lógico pensar que la misma habrá causado estupor en aquellos países que sólo tienen del Uruguay una imagen deformada por la información negativa suministrada por los resentidos, que junto a grupos terroristas han tomado sobre sí la denigrante tarea de difamar la tierra que los vio nacer.

Allí mismo un texto atraía al lector de forma engañosa: se titulaba “Estudiantes uruguayos” y empezaba narrando disturbios en la Universidad, con manifestantes que reclamaban mayor presupuesto universitario. Más adelante decía:

No se confunda el lector: lo reseñado no ocurre en la Universidad de la República, sino en sus similares de Venezuela. Aquí ya no pasan esas cosas. Desde hace siete años, los estudiantes estudian, aunque parezca perogrullesco. No tiran volantes, ni incendian más vehículos, ni apedrean a la policía, ni piden mayor presupuesto (que, en buena parte, era destinado a solventar actividades subversivas). Ahora, como dijimos, los estudiantes estudian. Y se reciben en el tiempo correcto. Sin perderlo en gremialismos desvirtuados, ni en callejeadas infecundas, ni en dejarse manejar como marionetas por los profesionales del desorden. No lo olvidemos.

El 14 de noviembre de 1980 el Partido Nacional hizo un acto por el “No” en el cine Cordón que terminó en incidentes con la Policía. El 17 de noviembre la Jefatura de Policía de Montevideo emitió un comunicado sobre los altercados:

Desde el comienzo del mismo se notó la actitud agresiva, no sólo de los concurrentes —sino también de los oradores—, llegando en un momento determinado a cortar el tránsito y atentar contra vehículos que se desplazaban, provocando los correspondientes daños. […] El público que se encontraba en la calzada, como el que estaba dentro del cine, era aleccionado desde el interior por los oradores, victoreando el nombre del sedicioso prófugo Wilson Ferreira Aldunate.

El mismo día en que se emitió el comunicado, El País publicó un suelto titulado “La verdad”:

Quienes en estos últimos días han usado el nombre del Partido Nacional para presentarlo embarcado en su conjunto en determinada postura negativa, lo han hecho indebidamente y han falseado los hechos. Importantes núcleos del mencionado partido, al que nos enorgullecemos de pertenecer, están dispuestos a acompañar la solución patriótica que se ofrece mediante el plebiscito y la reforma constitucional. Así pensamos y ya hemos expuesto nuestra opinión al respecto a través de numerosos artículos. Y por lo demás, no estamos solos en tal postura. Los ciudadanos nacionalistas que comparten nuestro punto de vista son muchos y muy calificados, según se ha informado abundantemente. Los que pretenden presentar un cuadro diferente, no se ajustan a la verdad e intentan engañar a la opinión.

Otro suelto del 26 de noviembre insistía con la postura del diario por el “Sí”, esta vez, señalando a los que votaban por “No” mediante una probable referencia al periódico Desde Adentro, editado por exiliados comunistas:

Debemos agradecerles a los editores de un periodicucho que se hace circular desde México —y que alguien nos hace el dudoso honor de enviarnos regularmente— que nos hayan hecho saber en su último número que la Confederación Nacional de Trabajadores del Uruguay, la tristemente conocida CNT, aconseja desde el exilio votar por el ‘NO’. Era el detalle que nos faltaba para saber que estamos en el buen camino, junto a la ciudadanía uruguaya que apoya al ‘SI’. Porque para nadie puede ser un secreto que la CNT, felizmente eliminada de nuestro país, era un simple apéndice del Partido Comunista, dedicada a promover agitación y huelgas continuas para destruir la economía uruguaya y dejarnos a merced de algún candidato a émulo de Fidel Castro. Es muy importante que esto se sepa y se divulgue, especialmente para aquellos que de buena fe acompañan el ‘NO’ sin darse cuenta de la clase de maniobra a la que se están exponiendo.

Al día siguiente —tres días antes del plebiscito— El País publicó un editorial titulado “En la hora de la gran decisión”. En medio de una breve reseña histórica que partía de 1958 y llegaba a las instancias del plebiscito, la parte dedicada a la dictadura expresaba:

Así fue que hubo que apelar, como última tabla de salvación, a la reserva moral que significaban los representantes de las Fuerzas Armadas, para restablecer los valores que volvieran a permitir, por la afirmación de la libertad respaldada por el orden y la seguridad, la convivencia pacífica entre los orientales. Gracias a ellos, la República volvió a renacer. Encontraron respuesta a la degradación ideológica de un mundo que pudo habernos arrasado. Apuntalaron nuestra economía; afrontaron la terrible crisis del petróleo; impulsaron la obra pública totalmente paralizada; construyeron carreteras, puentes y represas internacionales; realizaron el milagro del regreso de los capitales ahuyentados por la falta de garantías fruto de la violencia; nos devolvieron la paz y la tranquilidad; y el país retornó a vivir, a planificar, a trabajar, a desarrollarse y tener fe en sus destinos.

El País también contestó las principales críticas que la oposición le hizo al proyecto constitucional en un editorial del 28 de noviembre titulado “Las manchas del sol”; entre ellas, el excesivo poder que se les daba a los militares:

No es conveniente que quienes cargaron sobre sus hombros con la pesada y sacrificada tarea de eliminar a la sedición y de iniciar la vía del desarrollo, queden limitados a un simple asesoramiento, es decir, que toda la responsabilidad, en todos sus grados, sea transferida, sin solución de continuidad, a la parte civil. Pretender tal cosa es pecar de absoluta falta de realismo, es lanzar por la borda todas las armas cuando la batalla sigue a nuestro derredor. Y es —digámoslo de una vez— depositar en los civiles una confianza que aún no han acreditado a su favor.

También contestaron las críticas al amplio concepto de “seguridad nacional” por medio de una enumeración de los ámbitos y actividades que peligraban cuando se la amenazaba:

La seguridad nacional se ve afectada cuando los bancarios trabajan a reglamento —o no trabajan— y se resiente todo el sistema económico y financiero del país. (Ya ocurrió en el Uruguay). La seguridad nacional se ve afectada cuando, sistemáticamente, los actores teatrales interpretan sólo obras con ‘mensaje’, o los cantores hacen lo mismo, o los escritores y críticos hacen otro tanto, con la consecuencia general que un pueblo sano se vuelve resentido y amargado, se enfrentan las clases sociales y se disuelven los vínculos familiares. (Ya ocurrió en el Uruguay) […] ¿Así, pues, quién se atreve a limitar el área de la seguridad nacional cuando la imaginación y ausencia de escrúpulos de los sediciosos marxistas es tan ilimitada?

El editorial concluía:

¿Se quiere o no reconocer que los militares han usado con moderación del poder que han dispuesto en estos siete años, que han cumplido con la palabra empeñada y que, por lo tanto, se puede tener confianza en su mesura y en su hombría de bien? “Hasta el Sol tiene manchas; pero sólo los necios ven esas manchas”. Son palabras de Martí.


Los diarios del lunes 1º de diciembre dieron cuenta de la derrota en las urnas del proyecto oficialista. “Un ‘NO’ aplastante”, decía la tapa de El Día. El País dividió su portada: dos de sus titulares resaltaban, respectivamente, la “tranquilidad” con la que había transcurrido la jornada electoral y con la que debería seguirse actuando en la vida diaria, según el ministro del Interior, mientras que en el centro se destacaba la frase “Fue rechazado el proyecto de reforma constitucional”. Aunque tendrían que transcurrir más de cuatro años hasta el 1º de marzo de 1985, cuando los militares abandonaron formalmente el poder, el resultado del plebiscito de 1980 provocó, entre otros temblores, cambios palpables en la actitud de la prensa hacia el régimen. Pero ésa ya es otra historia: la del principio del fin de la dictadura.


Artículo originalmente publicado en _Lento #7, octubre de 2013__