Podríamos decir que el socialismo tuvo un doble nacimiento. Fundado en 1910, se transforma cuando en su VI Congreso Extraordinario, en 1920, aprueba las “21 condiciones” exigidas por la Tercera Internacional para incorporarse a ella y, por lo tanto, cambia su denominación a Partido Comunista (PCU). El sector minoritario, encabezado por Emilio Frugoni, en desacuerdo con estas formulaciones, rompe y refunda el Partido Socialista (PS). Frugoni renuncia a su banca en la Cámara de Diputados y a la dirección del diario Justicia. A partir de 1922, los socialistas publican El Sol.

El cambio del PS puede explicarse por la crisis de una forma tradicional de hacer política con la que se identificaba Frugoni, por el ascenso de una generación joven que propuso redefiniciones ideológicas y por la presencia de Trías como secretario general del partido.

Hasta los años 50, el socialismo tuvo la impronta de las ideas de Frugoni. Entre ellas, una posición internacional proestadounidense —el de Estados Unidos era el imperialismo “menos malo”, decía el dirigente—, en un contexto en que el mundo se dividía en dos bloques. Su experiencia como embajador uruguayo en la Unión Soviética, de 1944 a 1946, había marcado al extremo su postura anticomunista (la dejó clara en el libro La esfinge roja), y a esto se sumó lo que consideraba “la traición de 1920”. Esta posición, en el complejo contexto internacional, dejó planteadas tensiones cuya resolución fue parte clave de la crisis que atravesaría el PS. El frugonismo, además, intentó bloquear cualquier intento de trabajo conjunto con el PCU, tanto en espacios partidarios como sindicales. Un ejemplo claro fue el abandono del partido de la Asociación Socialista Obrera (ASO) en 1948; el socialismo perdió así dirigentes sindicales de relevancia, como José D’Elía, Ruben Castillo, Gerardo Cuesta y los historiadores Julio Rodríguez y Roque Faraone, entre otros.

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A mediados de la década de 1940, militantes socialistas y comunistas habían fundado la Unión General de Trabajadores (UGT), pero los conflictos entre ambos hicieron insostenible un trabajo conjunto. El socialismo contenía una corriente sindical profundamente anticomunista, nucleada en la Confederación Sindical del Uruguay (CSU), que —según los militantes de la época— terminaría siendo financiada directamente por la Embajada de Estados Unidos.

Sin embargo, desde mediados de la década de 1950 comenzó una profunda revisión de sus definiciones teóricas y fundamentalmente de su estrategia política, acompañada de una interpretación de la historia uruguaya y latinoamericana, principalmente a partir de los aportes teóricos de Vivian Trías y el ingreso de un núcleo de militantes jóvenes. La lucha de los gremios solidarios en 1951, los procesos de descolonización del tercer mundo y las denuncias de la injerencia de Estados Unidos en América Latina —fundamentalmente luego de la caída del presidente Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954— también aportaron a las transformaciones de la estrategia socialista. El crecimiento de la conflictividad, el diagnóstico de deterioro de la situación social y económica, y el aumento de la represión contra trabajadores y estudiantes en conflicto empujaron a la militancia socialista hacia la radicalización.

Encabezado por adherentes de la Juventud Socialista, se produjo entonces un movimiento interno con el fin de combatir la estrategia socialdemócrata y proestadounidense encabezada por Frugoni. La nueva camada de militantes le dará una nueva impronta generacional al movimiento, con dirigentes sindicales con una visión clasista y unitaria. Lejos de los dirigentes que habían fundado la UGT y más lejos aun de los militantes de la CSU, Raúl Sendic, Guillermo Chifflet, José Díaz, Reynaldo Gargano, Carlos Machado, Jorgelina Martínez, Carlos Riverós, Ignacio Huguet, Julio Louis, Julio Marenales y Garabed Arakelián, entre otros, fueron parte de ese quiebre en la interna socialista.

El proceso de transformación fue gradual. Comenzó en octubre de 1955, en el 30° congreso del partido, y se confirmó con la elección de Trías en el 32° congreso, en enero de 1960. En el congreso de 1955 ocurrió la primera derrota de Frugoni: el socialismo acordó con la corriente denominada “tercerista”, que sostenía la necesidad de una lucha equidistante contra ambos imperialismos: “ni Washington ni Moscú”. La declaración fue aprobada de manera aplastante: 594 votos contra 68. A partir de este momento, los socialistas denunciaron tanto la injerencia norteamericana en América Latina como la de la Unión Soviética en el resto del mundo, particularmente luego de los sucesos de Polonia y Hungría, en 1956 y 1957, y, más adelante, de Checoslovaquia, en 1968.

El 31° congreso, de 1957, marcó un tenso punto de inflexión. La idea del “tercerismo” se reafirmó con fuerza, como puede verse en las resoluciones sobre política internacional. “En Latinoamérica el rol histórico del socialismo consiste precisamente en organizar y dirigir la lucha de masas contra el sometimiento imperialista”, dicen, y para ello era necesario el desarrollo de una tercera fuerza “tajantemente diferenciada de la solución capitalista y la solución soviética”. Integrarían esa tercera fuerza “los movimientos revolucionarios con signo socialista en las colonias y semicolonias, los partidos socialistas de las metrópolis, decididos a luchar en el auténtico frente de la revolución proletaria, y aquellos movimientos de liberación desatados en la órbita soviética”.

En segundo lugar, se produjeron los primeros quiebres de la época. Una comisión integrada por Raúl Sendic, Gualberto Damonte, José Díaz, Germán D’Elía y Vivian Trías expulsó a dos grupos: a los integrantes de la CSU, por “conductas antiobreras”, y a otros miembros, acusados de ser “infiltrados trotskistas”. La joven generación de los 50, con su discurso radicalizado, tercerista y antiimperialista, había logrado una importante mayoría dentro del partido. Parecía que el viejo “partido picana” (es decir, que se limitaba a acicatear a los sectores progresistas de los partidos mayoritarios) desaparecía para dejarle lugar a un nuevo PS, cuyo cometido era —ahora sí— el camino revolucionario para la toma del poder.

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El concepto de revolución marcaba otro quiebre con la anterior política liderada por Frugoni. En su concepción, el socialismo como representante de la clase obrera debía buscar la intervención de los trabajadores en la vida política del país; el partido oficiaba así de nexo entre los reclamos de la clase obrera y las decisiones gubernamentales, y el cambio radical de la sociedad no sería producto de un cambio revolucionario, sino de la evolución progresiva de la sociedad. En cambio, el sector encabezado por Trías, aunque no descartó de plano la acción parlamentaria, la ubicó en un lugar secundario. En 1961, en el artículo “Los socialistas y el Uruguay tradicional”, publicado en El Sol, se afirmaban respecto del PS:

[...] no es un partido electoralista. Es un movimiento revolucionario. Quiere el poder para terminar con el privilegio y las estructuras económicas basadas en el sistema capitalista. Sabe que para ello es necesario realizar una revolución. [...] Nuestro fin no es el de ocupar posiciones burocráticas en el Parlamento y en las Juntas. Usamos esos organismos como tribunas. Sabemos que el poder será para los socialistas, solamente a través de un movimiento revolucionario. En eso estamos.

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Con el giro ideológico desarrollado a lo largo de la década de 1950, el partido modificó su estrategia y planteó que era necesaria una “revolución nacional y popular” que pudiera disputarles el poder político a las clases dominantes. Tal como Trías afirmaba en Por un socialismo nacional (1965), la revolución debía ser nacional, “porque el socialismo no es una fórmula química, o una receta de cocina que puede aplicarse en cualquier sitio, con absoluta independencia de sus características propias y de su historia anterior”.

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Para los socialistas, la revolución en los países subdesarrollados y dependientes debía llevar a cabo dos fases, que eran parte de un único proceso. La primera era de carácter nacional y la segunda, ya directamente socialista. Para asegurar el paso de una a otra, la conducción del proceso debía estar en manos del partido representativo de la clase obrera: el PS. Pero para la realización de la fase nacional era necesaria la conformación de un movimiento amplio, con sectores antiimperialistas y antioligárquicos que dieran nacimiento a un frente nacional y popular. Este proceso es el que Trías denominó “socialismo nacional”, en un giro sobre el clásico concepto de socialismo democrático acuñado por el socialismo histórico. El cambio de denominación, según afirma Jaime Yaffé en su tesis inédita “Izquierda y democracia en el Uruguay. Un estudio sobre lealtad democrática en tiempos de la Guerra Fría latinoamericana”, no era solamente una sustitución de términos, sino que mostraba de alguna manera el sutil desencanto de las nuevas generaciones con la posibilidad de transitar hacia el socialismo por el camino democrático.

De esta manera, la caracterización nacional de la revolución —sin desconocer el contexto latinoamericano— rompió con los parámetros de la socialdemocracia europea con la que se identificaba Frugoni. Cortar con los lazos de dependencia entre “el imperio” y “la colonia” permitiría la acción unificada de los países latinoamericanos. Los sucesos de Cuba luego de la revolución demostraban que era posible saltarse etapas y comenzar a construir el socialismo de forma inmediata con una fuerza cuya columna vertebral fuese la clase trabajadora. Pero además, era una experiencia profundamente latinoamericana, no adscripta a la política de bloques y que cuestionaba también la estrategia de la vía pacífica.

También desde mediados de los años 50 Trías había teorizado sobre la incapacidad de las burguesías nacionales de los países subdesarrollados para llevar adelante los objetivos de la revolución burguesa y respecto de la importancia de la lucha de las clases trabajadoras. Para la fase nacional de la revolución era necesaria la conformación de un amplio movimiento, que diera nacimiento a un frente nacional y popular. El aliado de clase, entonces, no era la burguesía nacional, como planteaban los partidos comunistas, sino el campesinado. Siguiendo esta línea, desde fines de la década de 1950 y los primeros años de los 60, con el accionar de Raúl Sendic y Orosmín Leguizamón junto a los trabajadores de la caña de azúcar en el norte de país, hubo un fuerte interés del PS en organizar a los trabajadores del campo, especialmente a los arroceros, los remolacheros y los cañeros de Treinta y Tres, Paysandú y Bella Unión, respectivamente.

Otra de las claves era que en ese frente nacional y popular podían ingresar sectores escindidos de los partidos tradicionales. Se partía de la base de que la clase obrera, hasta ese momento, acompañaba a esos partidos, y la clave estaba en llegar precisamente a esas masas trabajadoras. Desde las páginas de El Sol, en julio de 1962, Trías insistía en que la clase obrera en Uruguay “no es ni comunista, ni socialista, es blanca y colorada”. Generar acuerdos con estos sectores tenía entonces un triple objetivo: ampliar la alianza, acercar a las clases trabajadoras y erosionar el poder electoral de los partidos tradicionales.

En su 33° congreso el PS aprobó entonces la resolución de comenzar contactos con otros sectores, con el fin de concretar una alianza que pudiera encaminarse en la construcción de un movimiento “policlasista, antiimperialista, nacional y popular”. Este es el origen de la Unión Nacional y Popular (después llamada Unión Popular, UP), alianza con la que el socialismo participó en las elecciones nacionales de 1962.

Antes del acuerdo electoral, los sectores que finalmente se aliaron en la UP habían realizado algunas acciones conjuntas. La primera reunió a la Lista 41, de Enrique Erro —escindido ya del Partido Nacional, PN—, con el PS, la Agrupación Nuevas Bases,1 el entonces diputado nacionalista Ariel Collazo, el dirigente cristiano Eduardo Payssé González2 y un grupo de ex ruralistas —autodenominados “ruralistas independientes”— liderados, entre otros, por José Claudio Williman,3 para formular un proyecto de reforma constitucional. Acordaron los temas y designaron representantes que se encargarían de la redacción del proyecto. Finalmente la iniciativa reformista no alcanzó el número de firmas requeridas al 25 de mayo de 1962 para habilitar la instancia de plebiscito. Ya en noviembre de 1961, las mismas agrupaciones habían realizado un trabajo en común para evitar la suba del boleto del transporte en Montevideo.

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Ese trabajo conjunto previo sirvió de base para la convocatoria del socialismo a crear una amplia alianza para las elecciones que se realizarían a fines de ese mismo año. En noviembre, Trías apuntaba en El Sol:

El instrumento político capaz de llevar adelante esa primera fase, no puede ser el Partido político clasista (expresión política de la clase obrera), sino el movimiento amplio que abarque a todas las clases sociales explotadas por la oligarquía y el imperialismo [...]. Ese movimiento es la Unión Popular y su programa es el programa de la revolución nacional.

El primer sector que ingresó a la alianza fue la agrupación Lista 41, liderada por el ex diputado Erro, escindido del PN. Luego se sumó el grupo conocido como “ruralistas independientes”, la Agrupación Nuevas Bases, el Frente de Avanzada Renovadora e independientes, como Mario Benedetti y Carlos Martínez Moreno. La exclusión del PCU quedó establecida —además de los argumentos esgrimidos por el socialismo— por la posición de Erro, quien en julio había señalado:

Claro está que en una Unión Nacional y Popular de orientales está excluida no sólo la camarilla oligárquica que destroza la riqueza nacional [...], sino también el Partido Comunista, que no es otra cosa que un apéndice de Moscú. No queremos ni cipayos de derecha, ni cipayos de izquierda.

El PN impugnó la utilización del término nacional y la Corte Electoral falló a su favor, por lo que esta agrupación se presentó a las elecciones de 1962 como UP. En noviembre, pocos días antes del acto electoral, se publicó en el semanario Marcha el “Manifiesto al país de la Unión Popular”, con cientos de firmas en apoyo. La de Frugoni no estaba entre ellas. Su postura contra la alianza fue manifiesta, y llegó a declarar en el momento de la votación que había “sufragado en blanco para no votar a un blanco”. Su opinión fue publicada por el diario El País el mismo 25 de noviembre de 1962, mientras el país votaba.

El desempeño electoral de la UP estuvo muy lejos de cumplir con las expectativas de sus integrantes. Esa dura derrota trajo enormes consecuencias para el PS.

Tres quiebres en el camino

Luego del revés electoral de 1962 el socialismo uruguayo pasó por un período de profundo debilitamiento, lo que provocó, a su vez, una serie sucesiva de fracturas. Se terminó de configurar, además, el giro ideológico a partir del cual los socialistas criticaron la posibilidad de que hubiera cambios radicales dentro del sistema “democrático-burgués”, y por ende rompieron con el reformismo.

Por otra parte, apenas inaugurada la UP surgió el conflicto. Para los comicios Erro había encabezado la lista a Diputados por casi todos los departamentos del país. La UP obtuvo dos bancas, en Montevideo y Canelones, por lo que ambas correspondieron a Erro. El acuerdo establecía que en este caso, la suplente por el departamento de Canelones —María Soares de Lima— debía renunciar para permitir el ingreso de Vivian Trías. Pero la diputada no sólo se negó a renunciar y se quedó con la banca, sino que poco tiempo después volvió al PN. A la grave derrota electoral se sumó entonces para los socialistas la pérdida total de escaños, que podrían recuperar recién luego de las elecciones de 1971. Es decir que durante ocho años los socialistas se transformaron en un partido extraparlamentario, aunque no por decisión propia. El entredicho fue el motivo para terminar con la alianza: el 21 de junio de 1963 el PS abandonó la UP.

Poco tiempo antes se había producido el primer quiebre interno. En enero de 1963 el fundador y líder histórico —Frugoni— renunció y se alejó definitivamente de la colectividad.4 Luego de la debacle electoral, esperaba volver a tener cierta preponderancia en el PS, que no logró. En el 20° congreso extraordinario —al que no asistió— se respaldó lo actuado por el Comité Ejecutivo, responsabilizando a todo el partido de los errores, y se eligió como presidente a José Pedro Cardoso. El debate no fue sereno ni a puertas cerradas; el fuerte tono de las discusiones es perceptible en la prensa, fundamentalmente en Marcha.

Luego de la renuncia de su líder se creó la Junta Reorganizadora del PS, con la que comenzó una disputa por el lema. En febrero, Frugoni culpó por la mala votación a los jóvenes del PS: “En vez de organizar un partido de acuerdo a sus mentalidades se les ocurrió infiltrar el nuestro”. El conflicto por el lema dependería del resultado electoral de 1966. Finalmente, la Corte Electoral falló a favor de quienes permanecieron en el partido, por lo que Frugoni fundaría un tiempo después el Movimiento Socialista, de escasa repercusión.

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¿Qué caminos encontraron aquellos jóvenes de la generación del 50 que habían desplazado el estilo político de Frugoni? De allí viene la segunda línea de quiebres.

Luego de la derrota de 1962 se reavivó la discusión sobre los caminos a seguir y la vigencia de la opción pacífica y electoral como posibilidad real de transformaciones radicales. Dentro de los “rupturistas”, se abrieron en este escenario dos vertientes: la que derivaría en el Movimiento de Unificación Socialista Proletario (MUSP) y la que construiría el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). Es relevante señalar que si bien son procesos de quiebre muy disímiles, ambos comienzan a transitar su separación del PS en 1963.

Julio Louis, uno de los jóvenes socialistas que fundaría el MUSP, insistía (en El Sol, en noviembre de 1964) en que si bien era correcto aprovechar los instrumentos de la “democracia burguesa” para crecer, esta ofrecía posibilidades ilimitadas:

[...] debilita ideológicamente a los combatientes revolucionarios. [...] Nada nos complacería más que imponer la finalidad humanitaria del marxismo, del socialismo, sin un gesto de dolor, sin una expresión de odio, sin una gota de sangre. Procuraremos hacer todo lo posible para que éste sea el camino que se transite. Pero la experiencia nos indica que no debemos ignorar el valor de los fusiles, porque los propios privilegiados obligan a este tipo de lucha no deseada por ningún hombre del pueblo.

Este sector de la Juventud Socialista proponía una redefinición del PS que lo llevara a constituirse como el auténtico partido del proletariado, denominado Partido Proletario Revolucionario. Sus integrantes entendían que la crisis que estaba viviendo el país no tenía otra salida posible que la revolución, que sería un proceso único e ininterrumpido, pero con dos fases: la primera, nacional y popular liberadora, sentaría las bases para la segunda, socialista-proletaria. La propuesta se realizó formalmente en el 35° congreso, en 1965, pero no sólo no se aprobó: el grupo fue expulsado del partido, lo que llevaría a la fundación del MUSP. La resolución del congreso se aprobó por 227 votos contra 225, lo que da la pauta del conflicto interno que atravesaba el PS.

El segundo quiebre “rupturista” se produjo de forma más paulatina. Luego de la derrota electoral de 1962, la dirección del PS accedió a la propuesta de preparar un grupo que se encargara de la seguridad del partido, fundamentalmente para los militantes que participaran en movilizaciones e incluso para su protección en caso de un golpe de Estado. Según Efraín Martínez Platero, por ese entonces militante socialista, el mismo Trías lo invitó a formar parte del grupo de autodefensa con la intención de “preparar al partido y a la juventud para instancias de mayor radicalización del proceso político”; lo recoge Nicolás Duffau en El Coordinador (1963-1965). La participación de los militantes del Partido Socialista en los inicios de la violencia revolucionaria en el Uruguay (2008).

En esta primera época, los militantes que formaban parte de los grupos de autodefensa mantuvieron además sus actividades dentro del partido, aunque se fueron conformando como una corriente interna afín a la preparación de un aparato militar. Estaban encabezados por Sendic y por aquellos que habían comenzado a trabajar con los cañeros del norte del país, agrupados en la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas. La idea de Sendic, desde un comienzo, era abrir a otros sectores la cuestión de la defensa de la tierra, y que esta no quedara sólo reivindicada por el PS. Algunos integrantes del Movimiento de Apoyo al Campesino fueron los primeros en tomar contacto con los militantes cercanos a Sendic. Su pedido de coordinación fue el germen de lo que un tiempo después se llamó el Coordinador, y al que se sumaron también el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y la Federación Anarquista Uruguaya.

En marzo de 1963 Sendic —todavía dentro del PS— escribió una columna en El Sol titulada “¿Un revólver o la Constitución?”, donde dejaba en claro su ideario:

¿No habrá llegado la hora de devolver los golpes, de escarmentar a los aprendices de fascistas antes de que se reciban de fascistas? ¿No tendremos que reprocharnos más tarde de haber fomentado la violencia con nuestra tolerancia infinita? Ahora que no podemos esperar —consuelo tonto al fin— que nuestro diputado socialista proteste con nosotros en Cámara podríamos ponernos a pensar en serio. Pensar en protegernos, ya que no podemos pensar que nadie lo haga por nosotros. Tal vez así lleguemos a asumir nuestro propio rol en la historia.

El 31 de marzo de 1963 la acción del Tiro Suizo (el robo de armas del club de Nueva Helvecia), la detención de algunos militantes y el escape de Sendic fueron la señal para que otros comenzaran a analizar su vínculo con los partidos de origen. Varias de las organizaciones de izquierda respaldaron a Sendic, y fue justamente Frugoni quien se ofreció para ejercer su defensa en los tribunales. El PS le propuso apoyo político y jurídico a Sendic para que centrara su militancia en las acciones legales. Aunque estaba clandestino y perseguido por la Justicia, seguía siendo miembro del partido e incluso integrante de su Comité Ejecutivo, lo que provocó además allanamientos a locales partidarios.

Más allá de estos gestos, se vivía una gran tensión interna en el socialismo debido al estado público que tomó la acción y la vinculación directa con sus militantes. En Historia de los tupamaros (1987) Eleuterio Fernández Huidobro sostiene que el 25 de abril de 1964 se aprobó el ingreso al Coordinador de los militantes provenientes del PS. Tras esto, una resolución del partido habría disuelto los grupos de autodefensa. Esto no significa que todos sus integrantes se hubieran involucrado en las tareas del Coordinador: muchos volvieron a centrar su militancia en las actividades legales del PS.

En diciembre de 1964 Sendic fue finalmente detenido en la costa argentina (junto con Anacleto Silveira y Juan Bentín) y trasladado a la cárcel de Paso de los Libres. El 24 de ese mes, el PS inició una gran campaña para lograr su liberación y llamó a sus militantes a “salir a la calle con fervor, por el justiciero reclamo de la libertad de Raúl Sendic y sus hermanos cañeros”.

En mayo, los miembros del Coordinador resolvieron llamar a un plenario para discutir sobre su futuro político. En la reunión, conocida como “el simposio de Parque del Plata”, se acordó que sería la lucha armada el camino que aseguraría el triunfo revolucionario y se estableció la instalación de un foco guerrillero como núcleo disparador. Las discusiones sobre estos temas provocaron que varias de las organizaciones se alejaran del grupo. José Díaz, en representación del PS, aseguró que no estaban dispuestos a abandonar la actividad parlamentaria. El segundo día se dio por finalizada la tarea del Coordinador y se aprobó la creación de una nueva organización: el MLN-T. Quienes no estuvieron de acuerdo abandonaron el simposio, entre ellos el PS.

El problema siguió siendo la doble militancia de varios de los socialistas que hasta este momento permanecían en el partido. Esta situación se mantuvo, incluso luego de la primera convención de los ya tupamaros, en enero de 1966. De hecho, en el mismo 35° congreso del PS, realizado en setiembre de 1965, fueron elegidos como miembros del Comité Ejecutivo Nacional dos integrantes de la nueva organización: Julio Marenales y Jorge Manera.

El quiebre final se produjo el 22 de diciembre de 1966, cuando la nueva organización decidió llevar adelante el robo a la fábrica de Funsa. El descubrimiento de uno de los autos robados para el operativo y la alerta a la Policía provocaron un enfrentamiento en el que murió el militante Carlos Flores. Decenas de otros pasaron a la clandestinidad. En ese contexto, solicitaron ayuda a los partidos legales de la izquierda. El PS restringió la ayuda sólo a sus militantes, lo que provocó la renuncia de los que aún seguían integrando las filas socialistas. En su carta de renuncia al partido, Sendic fundamentaba el alejamiento: “No puedo pertenecer a una organización que limita la solidaridad”.

Salto adelante

Tras estos quiebres, la retórica de quienes permanecieron en el PS siguió siendo revolucionaria. Sin embargo, el concepto de revolución no implicó de hecho el uso de armas. El PS no pasó a la clandestinidad ni se transformó en una organización de milicias o focos guerrilleros, sino que siguió manteniendo su participación en los cauces legales. Y, de hecho, en 1971 fue uno de los partidos fundadores del Frente Amplio, una coalición de izquierda que proponía transformaciones desde la institucionalidad democrática. El camino recorrido hasta ese momento es ya parte de otra historia.


  1. Fundada a mediados de 1959 por sectores de diversas procedencias y algunos independientes. Formaron parte de esta agrupación figuras como Roberto Ares Pons, José de Torres Wilson y Helios Sarthou. 

  2. Eduardo Payseé González se había marchado de la Unión Cívica poco tiempo antes y en julio de 1961 fundó el Frente de Avanzada Renovadora. Esta es una de las primeras experiencias de alianza entre socialistas y cristianos de izquierda. 

  3. Ex colaboradores del líder ruralista Benito Nardone, entre quienes se encontraban Williman y Alberto Methol Ferré. 

  4. Los debates sobre la renuncia de Frugoni pueden relevarse en Asesinato a traición. Culpas y culpables en la crisis del Partido Socialista (1963) y Causas de un alejamiento. Por qué se fue Frugoni del Partido Socialista (1966), entre otros.