“Clara Somoloff de Marino murió en un tiroteo entre personas desconocidas el 16 de octubre de 1945”. La noticia, escrita en letras blancas sobre un fondo negro, devela la triste sospecha y marca el final de la historia contada en Pobre mariposa, de 1986. Sin embargo, la película no terminó. Los espectadores, todavía hundidos en las butacas del cine, descubren una última escena, un primerísimo plano de Clara —Graciela Borges—, la locutora radial de Galas de Brighton, que, “como siempre”, nos desea “un mañana feliz”.

Durante un minuto, y con la música amable de la orquesta oficial del programa, la cámara prueba, casi mareada, un enésimo intento en busca de la raíz de ese encanto. Se acerca a sus ojos con una lágrima, intenta provocar una sonrisa definitiva, una sola certeza tranquilizadora que permita descansar el alma. La actriz la convence y la envuelve, luego la decepciona y, al final, no lo consigue.

Invierno de 2021. Graciela es feliz y libre en su programa Una mujer, que se emite por Radio Nacional de Argentina. Está en las suyas, de lo más campante, sin apuros y de buen humor. A las 23.00 de un martes comienza leyendo una poesía de Andi Nachon: “Soy buena copiloto, aunque no lea mapas y pasen los carteles a la velocidad de la luz. Nunca me duermo ni dejo solo al conductor con su magia en avanzada constante. Soy buena copiloto y ya: desde los cuatro lo sé y cada viaje o este único largo viaje interminable, con su movimiento, marcan su propia realidad. Cuando fui chica la familia nucleaba en su Chevy naranja el terror de la huida. Ahora como toda copiloto sé que no hay viaje sin fuga y nada hay que no haya empezado en algún dolor”.

Luego, y con notorio afecto, recibe en el aire como invitado al artista y poeta Fernando Noy. Él, rápido y en ajustada reverencia, se anticipa: “Hola, mi vida, mi geminiana favorita, leyenda viva, poema encarnado de verdad, un ser que irradia poesía para siempre”. La charla, muy disfrutable, irá para largo, y a la célebre actriz argentina, como cada vez que se enciende la luz roja, le resulta el mejor de los relajantes.

No ha parado de hacer, de ir y venir en todo el mes. Su podcast Graciela Borges: mi vida en el cine, producido por Film & Arts, con más de 30 episodios disponibles en Spotify y diez en formato audiovisual en YouTube, ha tenido una excelente recepción del público y la crítica, que además de felicitarla la convocan a diario para saber más de esta experiencia: para que cuente su extensa e inabarcable carrera, que es al mismo tiempo, como su título sugiere, gran parte de su vida.

En cada uno de los episodios, de poco más de cinco minutos, Graciela cuenta sobre sus películas más recordadas y de las historias entre rodajes, tanto o más increíbles que aquellas que fueron escritas para conquistar a tal o cual productor o mesías.

En su relato, sensible y poético, decenas de velos de ficción y realidad se confunden de forma magistral y, luego de cada capítulo, resulta inevitable ir a buscar en sus decenas y decenas de películas para comprobar el resultado de las directivas de los más célebres directores o la dimensión de las dificultades y los imprevistos de sus primeros largometrajes.

En 1969 fue la enigmática señorita Plasini, ofuscada o robóticamente atenta, entre sus instantes de magia, en El dependiente, la película de Leonardo Fabio que gran parte de la crítica considera la mejor del cine argentino y que es, sin duda, una de sus más originales expresiones.

En el otro extremo, o quizá para ella sea el mismo, en 2005 estrenó Monobloc, la antojadiza ópera prima de Luis Ortega, oscura y experimental, que tomó cuerpo en las venas de Borges, que acompañó al pie de la letra el camino y las ideas de aquel novel director.

En 1982 se estrenó Pubis angelical, la película dirigida por Luis de la Torre inspirada en el libro de Manuel Puig. “La señora Graciela Borges está vestida por Elsa Serrano”. Graciela es la mujer afiebrada que sueña y se despierta para salir de su habitación de hospital, y del espejo del botiquín.

Fue Mecha en La ciénaga, de Lucrecia Martel (2001), que es, también por ella, una de las películas más valoradas y queridas de su carrera. Tirada en una reposera, en una cama, junto a una piscina, su actuación fue brillante y pareció sentirse más cómoda que nunca en un hastío abrumador que le quedaba pintado. Además, compartió elenco con su hijo Juan Cruz Bordeu.

Cuando la llamo por teléfono por primera vez conservo en la mente aquel primerísimo plano, y entonces le pregunto por el asunto del encanto. Esa sensación de plena cercanía que se diluye en una distancia insalvable al instante, la que generan sus personajes o ella sola, sin más nombres que el de Graciela Borges. Su marca registrada.

Así, volveremos a hablar varias veces mientras sale de su casa, en medio de uno de sus viajes, apurada o con buen tiempo. Siempre resulta como una ráfaga de aire frío, como una agarrada de solapas para que te des cuenta, pero sin perder sus modales y sus gestos de afecto.

No lo descubro todavía, pero creo que la mejor respuesta me llega en un mensaje de audio de WhatsApp, un jueves a las dos y media de la madrugada: “¿Cómo estás, Federico? Ahora estoy acá en casa, acostada, a punto de dormirme. Me puse a escribir material para los podcasts nuevos, ya que se viene una próxima temporada en Film & Arts sobre otras películas, y además está por estrenarse algo que hicimos con Ana Katz [Terapia alternativa] en la plataforma Star+. Eso salió de repente y lo hicimos en muy poco tiempo. Me gustó mucho hacerlo, me divertí. También aparecen otras figuras muy interesantes en ese programa. Me llegaron dos guiones, pero no los voy a hacer. Como ya te conté, pienso descansar un poquito del cine. Ahora voy a estar como presidenta del jurado del Festival Internacional del Cine de las Alturas; es un jurado latinoamericano, nos reunimos por Zoom y tengo que ver 12 películas. Después veré cómo sigue el año. Me gustaría seguir con la gira de mi show [Alquimia], con mi cantante Adriana Barcia, que es lo que más me gusta hacer. Con Mario Morgan [productor y director teatral] lo hicimos en Uruguay en ese teatro tan lindo que es El Galpón. Y, obviamente, voy a seguir con mi programa en Radio Nacional, que es algo que me hace muy, muy feliz. Te mando un abrazo enorme”.

Graciela dice que es “búho, no alondra”, por su condición de noctámbula. “Me acuesto a las once y media, doce, y me quedo leyendo y estudiando hasta las dos, tres de la mañana”.

Una de sus primeras y más importantes compañías es la poesía: “Fue lo primero que aprendí en el arte. Cuando tenía siete años empecé a estudiar declamación con una profesora que se llamaba Clotilde Milano, de ahí seguí mi vocación, y además amo la poesía. Como decía Alfredo Alcón, la poesía no tiene seguidores, tiene amantes”. Es fan de Idea Vilariño y dedicó muchos momentos de su vida a leer y grabar textos de Marosa di Giorgio.

Detrás, sólo parece haber disciplina y mucha dedicación a su trabajo. Buena parte de las horas de sus días siguen destinadas a crear nueva ficción. Cuando se le pide precisión y nostalgia, responde de forma contundente y borgeana: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas, y esa es la verdad. Me acuerdo de las cosas que crearon en mí mucha emoción. Si lo recordara todo, sería terrible”.

Graciela Borges (archivo, junio de 2021).

Graciela Borges (archivo, junio de 2021).

Foto: Soledad Lareo

Como actriz, ¿cuándo te diste cuenta de que tenías un particular encanto que podías dominar?

Es difícil que te conteste eso. No tengo idea. Por suerte, no soy alguien que esté pendiente del afuera, pero el encanto no sólo tiene que ver con el afuera. Creo que al principio me pareció que iba bien lo que hacía, a pesar de que cuando tenés 14 años, como cuando empecé a hacer cine, no tenés mucha conciencia de nada. Sobre todo en mi generación, era como jugar a otra cosa. Fue todo un poco de casualidad, porque Hugo del Carril vino a donde yo estudiaba teatro a buscar un chico y una chica para hacer de estudiantes en Una cita con la vida [1958], o sea que mucha idea de eso nunca tuve. Y sobre eso del encanto, la belleza y el talento hay una cosa buena en mí y es que fui caminando cada día tratando de hacer las cosas lo mejor posible, sin esperar resultados. Nunca estuve pendiente de eso. Empecé tan chica que el ser del ego mío, qué sé yo, se perdió por el camino. No porque no sepa que hago cosas bien —sería una tontería negarlo—, sino porque no vivo pensando en eso. Como con muchas actrices, hay algo de la cámara que va conmigo, que combina, y probablemente eso provoca algo que tiene que ver con el encanto.

De todas tus películas, tal vez mi preferida sea Dos hermanos [Daniel Burman, 2010]. ¿Qué recordás de esa experiencia?

Qué linda. La filmamos en Uruguay y fui feliz. Lo digo desde el corazón, y todo el mundo sabe que es un país que amo. Luisito de María, el dueño del hotel La Capilla, donde filmamos la película, era alguien muy importante para mí. Fue un gran amigo. Adoraba Argentina y también Uruguay. Él lo defendía y lo quería. Decía que habíamos nacido en la mitad del río. Recuerdo un rodaje tranquilo, equilibrado, divertido, y fue muy emocionante hacer Dos hermanos. Naturalmente, también hubo dificultades. Hicimos muchas tomas de las escenas, y a veces se hacía complicado. Pero la verdad es que fuimos muy felices. Es una película entrañable sobre la vida de dos seres muy especiales, y me consta que lo que vos me contás que sentiste cuando la viste le ha pasado a mucha gente.

Viendo tu primera película, El jefe [Fernando Ayala, 1958], me llamó la atención algo que le dice tu personaje a Alberto de Mendoza: “Ya no es tiempo para galanterías”. Estaban muy adelantados, parece.

No me acuerdo nada de El jefe. Tenía 15 años y no la volví a ver. Creo que tenía muy buen libro, de David Viñas. Y si me decís esto ahora, es verdad, puede que esa frase tenga una connotación actual muy fuerte.

Muchos de tus personajes son mujeres indescifrables, que entran en conflicto cuando los hombres intentan acotarlas o limitarlas en algún sentido. ¿Creés que los directores de cine te buscaron para interpretar ese tipo de papeles o que es algo tuyo que está presente en cada interpretación?

Yo creo que en realidad, gracias a Dios y a la Virgen, como dicen en el campo, ningún personaje fue parecido a otro. Crónica de una señora [Raúl de la Torre, 1971] no era lo mismo que el personaje de El infierno tan temido [Raúl de la Torre, 1980], nada que ver. Lo mismo con la maravilla de esa mujer que se preguntaba qué era ser un judío en Pobre mariposa, que no tuvo nada que ver con mi personaje en La ciénaga, una mujer torturada, alcohólica, desolada y solitaria en el fondo, a pesar de tener tantos hijos y gente que la rodea. Creo que he tenido la suerte de interpretar personajes muy distintos.

En el podcast hablás de “tomarle el tiempo a la película”. ¿Qué significa eso para vos?

Siempre explico que el personaje llega en algún momento. Mágicamente. Lo ensayás, pasa el tiempo, no lo encontrás, no sabés, lo seguís ensayando y un día, no sé cuál, qué número, pero ese día llega y en ese instante, cuando sabés cómo camina, cómo es, cómo piensa, cómo respira, es que vos sos el personaje. Una vez que sucede eso, aunque te cambien la historia o te pongan escenas nuevas o imprevistas, el personaje viene por añadidura. Y es algo fundamental para no actuar y poder sentir.

Un nombre que me quedó resonando cuando lo escuché en un episodio del podcast fue el de Héctor Pellegrini. ¿Quién fue?

Un amigo mío, un actor estupendo, un compañero que desgraciadamente se fue joven. Entrañable, como muchos otros compañeros. Yo tengo mucho amor por todas las actrices y los actores con los que me tocó trabajar. He tenido siempre una relación estupenda. No recuerdo a alguien que no haya sido entrañable. Porque es muy difícil trabajar con alguien y no tener empatía. A algunos los querés más, a otros los querés con cariño, pero tal vez con menos intensidad, pero puedo decir que en todas mis películas tuve ese tipo de vínculos que son tan necesarios a la hora de actuar. Héctor ha sido lindo toda la vida. Incluso cuando con Juan Manuel [Bordeu, su esposo, fallecido en 1990] hicimos una película que se llamaba Turismo de carretera [Rodolfo Kuhn, 1968], él fue el protagonista, y siempre lo recordaré como un compañero precioso a Pajarito Pellegrini.

Hiciste la película El infierno tan temido, inspirada en el cuento de Juan Carlos Onetti. ¿Qué te quedó en la piel de ese proyecto?

Fue una película magnífica, hecha de forma excepcional por Raúl de la Torre. La hemos llevado a todos los países, en cada lugar tuvo una excelente recepción. Francamente, cuando se cree que esta mujer, Gracia, era una persona mala, digamos, en la vida de este hombre, fue ella la que realmente empezó a ser herida. Quiso decir su verdad y él no la aceptó, lo cual fue muy feminista ya en ese momento.

Alguien podría pensar que con tu carrera no tuviste demasiadas dificultades. ¿Te tocó luchar por conseguir tal o cual papel, trabajar con determinado director?

Nunca fue fácil hacer cine. Me tiré de un tercer piso, trabajé con tuberculosis cuando tenía 16 años en una zafra y trabajé con otros problemas de salud. Si hay algo que no es fácil es hacer cine, nada. Con 45 grados aprendí a echar caña en Jujuy. Ahí me corté una pierna y después estuve tuberculosa. Me pasaron muchas cosas, nos pasan muchas cosas a quienes hacemos cine. Vivimos en buenos lugares, otras veces en lugares complicados, o en los peores; comemos mal, comemos mejor. Es un gran desafío hacer cine.

Una de tus últimas películas es La quietud [Pablo Trapero, 2018]. Ahí te tocó interpretar a Esmeralda, una madre con una historia muy oscura y compleja.

Fue muy difícil el personaje de La quietud. Trapero trabajo de una forma muy especial. Grabábamos casi toda la noche, hasta las seis menos cuarto de la mañana, y yo me tuve que avisar de un personaje que realmente era dramático, desagradable y muy fuerte. Lo tenía que aceptar y querer. Mejor dicho, lo tuve que entender, de otra forma no lo podría haber hecho. Creo que es uno de los mejores personajes de mi carrera. Esa película fue una experiencia única. Para cada escena Trapero hace una secuencia en distintas tomas con diferentes lentes de una manera muy intensa, y después elige como si fuera una coreografía.

Pero muchos ante circunstancias similares seguramente dijeron “no puedo” o “no quiero”. Sin embargo, vos continuaste y seguís hasta el día de hoy metida en el cine. ¿Por qué?

Es algo muy especial. ¿Y en qué sentido es un desafío? No es fácil conseguir un libro, conseguir un director, una película, el dinero, el equipo, la armonía para trabajar; nada es fácil. No hay otra cosa. Hacer cine es resistir.

Desde cerca

Amigas, amigos y profesionales del cine que trabajaron junto a Graciela Borges hablan sobre ella.

Mercedes Morán. Actriz, compartieron elenco en La ciénaga.
Cuando hicimos La ciénaga con Graciela, en ese momento, sinceramente, yo no tenía mucha experiencia haciendo cine. Y el hecho de trabajar con ella me dio mucha felicidad. No la conocía, pero la admiraba desde siempre; tenerla de compañera para mí fue toda una aventura.

A partir de ese trabajo que hicimos juntas empezamos a forjar una amistad que fue creciendo con el tiempo hasta el día de hoy, que la considero familia. Es una guía en mi vida, es luz, amor, además de ser una actriz extraordinaria, bella, inteligente y sensible.

He tenido la suerte de viajar con ella, de tenerla siempre cerca. Las dos soñamos con volver a trabajar juntas en el cine. Lo hemos hecho en televisión en algunas cositas pequeñas solamente para celebrar el hecho de estar juntas en un set.

Estoy muy agradecida a la vida y a este trabajo por haber puesto en mi camino a un ser tan precioso como Graciela.

Julieta Díaz. Actriz.
Es una persona muy amorosa. Le gusta trabajar con gente de vanguardia y apoyar todas las iniciativas nuevas de cine. Y sigue siendo una gran actriz, además. Es muy inquieta y sociable, de intercambiar experiencias. Por ejemplo, cuando se entusiasma con un artista que no conoce o una obra, siempre lo comenta y lo comparte con alguien más. Hace poco leyó y se le ocurrió que había que filmarlo, y que yo lo tenía que interpretar, así que enseguida me mandó el libro. Se nota que ama el arte.

Luis Ortega. Cineasta. Dirigió a la actriz en Monobloc (2005), su segunda película.
Conocía a Graciela de haber visto El dependiente. Leonardo Favio es sin duda el mejor director argentino de la historia. Hasta el día de hoy, si agarramos toda la filmografía de cualquier director argentino, ninguna supera una sola película de Favio. El dependiente en especial es una de mis favoritas. Graciela parece sacada de otra dimensión del universo. Yo veía esta película obsesionado con esa mujer que temblaba ante la cámara, como si existir fuera demasiado para el personaje. Y nunca de todas las veces que la vi veía a la actriz, veía exclusivamente a la persona que habían creado. En general, cuando uno se dedica a hacer cine, lo que más se destaca al ver una escena es cómo los actores hacen como si tal cosa. Incluso se nota cuando hacen de relajados, cancheros, nerviosos, etcétera. Lo más difícil es la actuación. Me animaría a decir que casi todo lo demás puede fallar y no sería tan grave, pero la actuación es por donde uno entra a la experiencia humana y Graciela abría esa posibilidad al espectador de una forma que no había visto antes. El abismo de existir. Lo que te hace el incesante devenir. Cuando finalmente la conocí y dijimos de hacer algo juntos, yo tenía 20 años. No sé si estaba preparado para dirigir a semejante actriz. De todos modos, fue una experiencia muy enriquecedora. Graciela no se toma nada a la ligera, pero cada vez que se ponía frente a la cámara era un momento muy especial para todos los que estábamos presentes. Esa fragilidad que había visto en El dependiente seguía en su cuerpo. Claramente podía interpretar distintos personajes, pero ese temblor era su fuerza mayor. Más allá de la personalidad, podía transmitir la cárcel del destino como muy pocos actores.

Natalia Oreiro. Trabajó junto a Graciela Borges en Miss Tacuarembó (Martín Sastre, 2010).
Definitivamente la amo. No hay alma más buena y generosa que ella. Siempre decimos que nuestro vínculo viene de otra vida, porque tenemos un amor profundo y verdadero. Es la actriz de cine de todos los tiempos y para todas las generaciones un referente de talento, buen gusto y don de ser. Transparente, luminosa, elegante, graciosa, sincera, sana y ocurrente.

Martín Sastre. Artista visual, cineasta.
El trabajo con Graciela fue muy inspirador. Es realmente una estrella de cine y es notable todo lo que puede proyectar con la mirada. En Miss Tacuarembó, en la que tiene una participación especial, muy pequeña pero fundamental, quería que ella estuviera de anteojos oscuros todo el tiempo, para que en el momento en que se los baja Natalia pudiera ver esa luz, que solamente Graciela Borges puede transmitir con una mirada. Cuando fuimos por primera vez a su casa en Buenos Aires con Natalia para contarle del proyecto éramos los dos un manojo de nervios, nos pisábamos, tartamudeábamos, hasta que Graciela nos dijo: “Chicos, no se preocupen. Esto lo voy a hacer porque me encanta el trabajo de Nati, me encanta Uruguay, quiero apoyar su cine y lo voy a hacer gratis”. Creo que en ese momento demostró la verdadera generosidad que tienen los grandes.

José Miguel Onaindia. Gestor cultural y amigo de la actriz.
Cuando conocí a Graciela Borges me pareció que Woody Allen me había convertido en protagonista de una nueva versión de La rosa púrpura del Cairo. Compartir momentos de vida con esa actriz que había admirado desde siempre en la pantalla fue una experiencia única porque la relación de deslumbramiento que establece el espectador con las figuras de cine se tornó rápidamente cercana. Y ocurrió así porque Graciela acorta distancias, incluye, se interesa por el otro. Su solidaridad —aunque el término y la virtud se encuentren en desuso— la caracteriza como su voz. Ese pasado construido en el cine nos unió como una historia de familia que comienza luego a desarrollarse en el presente continuo. Conocerla, con su desbordante sentido del humor, su capacidad para convertir una situación cotidiana en una aventura, su intensidad emocional para comprometerse con el dolor ajeno, es un hecho que agradezco a la vida. Su carrera es excepcional. No en el cine argentino, sino en el cine. Y lo importante no sólo es el número abrumador de películas filmadas, sino la calidad del trabajo actoral sostenido a través de distintos lenguajes estéticos y sistemas de producción. En un mundo que convierte a las personas en genéricas, Graciela Borges, tanto en el cine como en la vida, se arriesga a ser singular.