Una niña se va de su casa. Tiene 14 años y corre bien, muy bien. Luce su pelo lacio, planchado, porque así se lo peina su madre. Para estar prolija, le dice. Ella quiere correr mejor, porque ya le contaron que seguramente podrá alcanzar grandes cosas. Y la niña quiere, pues le gusta competir.

Media vida después, la niña cambió y las pistas le quedaron chicas. No siempre le fue bien, dice Déborah, pero quienes la ven crecer saben que sus éxitos le han abierto camino. Ella protesta. La llaman para entrevistarla por ser corredora, quieren saber de competencias, objetivos, rendimientos, pero no preguntan por ella, no conocen a la mujer.

Se para en la línea de largada una vez atrás de la otra. Cada día será distinto. Ningún resultado está garantizado, incluso con el máximo esfuerzo depositado en la preparación. Es el momento de ser susceptible para Déborah, y tal vez es el momento en el que aprende a reconciliarse con todos los resultados posibles, aunque haya algunos que no quiera ver. El deporte es la vida misma.

Como deportista sabe que la carrera es corta y hay que prepararse. Quiere ocupar otros espacios, y los ocupa desde hace tiempo. Tras propuestas de empresas, proyectó su imagen. Amplifica su palabra para que otros la escuchen. No identifica un discurso político en lo que ahora le cuenta a la gente. Son sus vivencias, pero están cargadas de todo lo que le trajo la vida. Ser mujer, ser afro y ser uruguaya la identifican, en ese orden, antes que el término “deportista”, que define su profesión, aunque otros no la vean como un trabajo. Su identidad la atraviesa, le ha costado luchas internas y destratos. Ante la certeza de la injusticia, Déborah Rodríguez señala lo que conoce: “Uruguay es un país muy racista y el que diga que no está mintiendo o no lo pasó”.

Inquieta, desarrolla ahora una nueva actividad. Les quiere contar de lo que consiguió a nivel personal —convertirse en una marca y poder sustentarse a partir de eso— a otros deportistas, asesorarlos y abrirles caminos, contactos comerciales. También quiere ser conductora de televisión. Desea que su profesionalismo abra puertas, inspire a otros y le permita a ella seguir conectada al deporte, mantener el estilo de vida que lleva.

Déborah da dos vueltas a la pista, guiada por un impulso animal, antes precedido por aquella susceptibilidad y siempre sucedido por la verborragia, el volcán de emociones que afloran. Acaban de terminar los 800 metros llanos, que antes eran 400 con vallas, y en un espectáculo deportivo ella siempre nos cuenta algo de su vida. No importa a qué carrera nos estemos refiriendo, en todas se la podrá recordar dejando salir lo que siente, lo que le nace expresar. Como cuando charla.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

¿Qué es lo que te motiva a hacer las cosas que estás haciendo hoy y cuánto te abrió camino el deporte?

Soy una persona muy hiperactiva y muy inquieta. Siempre me caractericé por eso y no soy una persona a la que le guste quedarse en su zona de confort ni tampoco pensando que el deporte iba a ser el fin, sino un medio para conseguir otras cosas. Sobre todo pensando un poco más en mi futuro. Vengo de una familia de deportistas: mi madre, mi padre, mis abuelos, y siempre una inquietud de mi madre era que aprovechara el momento del deporte para poder generar cosas. Ella siempre me dijo: “Aprovechá el momento porque esto es muy corto y tenés que generar cosas para tu futuro”. Hablo de ella porque mi padre siempre fue el proveedor de la familia, el que salió a trabajar, mientras que mi mamá fue la ama de casa, la que se encargó de sus hijos y siempre hizo un poco de mamá y de papá en los momentos en los que él no estaba. Fue algo que me quedó muy grabado en la cabeza, muy grabado. Cuando ganaba una medalla, cuando tenía la oportunidad de viajar, me decía: “Déborah, aprovechá a viajar y conocer porque nosotros nunca te hubiésemos podido pagar este viaje”. O: “Aprovechá el momento de correr para poder tener tu carrera y generar cosas a futuro”. El deporte se termina, la vida sigue. Quizás como una ventaja y también como una contra de entender que practicar deporte de alto rendimiento en Uruguay no me asegura nada. Esa es una realidad. Y también se generó una preocupación en mí, algo que charlo mucho en terapia: cuánto tengo presente qué es lo que voy a hacer después, cuando termine mi carrera deportiva, cuando termine de correr.

¿Desde cuándo lo tenés presente?

Siempre. Siempre hice cosas, visibles y no visibles, para poder trabajar en eso. Soy muy pro felicidad personal. Siempre fui muy pensante de cuáles son las cosas que me hacen feliz y cuáles no. Y creo que una para ser feliz tiene que hacer lo que le gusta. El deporte te da ese sentido de liberación al entender que, si bien entrenás y cumplís una rutina, tenés esa libertad de viajar. Es una rutina muy estructurada, pero a la vez ofrece la libertad de viajar y tener una independencia que me encantaría seguir teniendo, y sé que no es fácil. Para poder tener esa independencia tenés que generar un negocio o una actividad propia en la que puedas manejar tus propios horarios.

Vos descubriste un estilo de vida que te gustaría poder expandir.

Que me encanta, exacto. Me gustaría seguir manteniéndolo y siempre para mí fue muy importante poder hacer algo que realmente disfrute. Soy muy pasional, muy inquieta y me gusta poder tener ese movimiento, hacer esas cosas o estar en esa actividad que me lo permita.

Pero al mismo tiempo el deporte te limita, porque cuando viajás tal vez no podés recorrer tanto una ciudad y hay que estar entrenando en la pista.

Totalmente, pero es el hecho de no estar en un lugar encerrada, de poder moverme. Soy muy aventurera, me encantan las aventuras, no tengo miedo a nada. Siempre fui muy atrevida y busqué tener esas cosas. No hablo solamente de viajes, sino del hecho de poder moverme, estar en la calle. Soy muy callejera. Me gusta generar oportunidades, conversar con gente, reunirme. Siempre estoy haciendo cosas. No hay un día en que no esté haciendo una entrevista, teniendo una actividad, una reunión, un evento. Busco esa posibilidad de poder moverme y hacer algo que realmente disfrute. El deporte me ha permitido entender un montón de cosas que también nos hacen falta a los deportistas y tener una percepción diferente de lo que es ser deportista; que los deportistas tengan también una percepción diferente de su trabajo y que puedan ganar valor en sí mismos.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

¿Te sentís pionera del profesionalismo en el deporte olímpico uruguayo? ¿Estás desarrollando algo que no estaba desarrollado?

No creo que sea una pionera. Me encantaría ayudar a que podamos seguir creciendo. El deporte olímpico abarca un montón de disciplinas y hay muchos uruguayos que supieron destacarse en sus diferentes ramas y que supieron hacer un muy buen trabajo para poder seguir creciendo. Me encantaría poder ponerme en una posición en la que yo pueda acompañar a los deportistas de primera mano, entendiendo las dificultades que tienen a la hora de conseguir un montón de cosas. En temas de apoyo económico, pero no solamente, también en que el deportista pueda cambiar esa percepción de sí mismo y entenderse como persona que tiene valor, como marca personal.

¿Dónde hay que desarrollar esto? ¿Cuánto de tu trabajo es una representación comercial y cuánto es mentoreo?

Es más acompañamiento que representación. El trabajo más arduo es que el deportista pueda generar un cambio en sí mismo y entenderse como una marca personal, como un producto de venta, desde una forma frívola y objetiva. Creo que en nuestro país tenemos esa percepción del fútbol y el protagonismo que tiene. El deporte individual siempre fue mucho más sacrificado y con un perfil mucho más bajo. Se nos trata como deportistas de deportes menores. Eso ya le saca percepción a lo que es el alto rendimiento. Tenemos esa percepción de deportes menores a nivel país, pero todos los que se dedican en nuestro país son profesionales en relación al tiempo que le dedican, que es mucho. Hacen un montón de esfuerzos y sacrificios, muchos estando lejos de su casa para poder representar al país, y eso no ayuda a que el deportista pueda tener el lugar que realmente merece. Es una percepción desde adentro para afuera.

¿Cuáles son los sacrificios que ves? Contás que por un lado el deporte abre puertas para viajar, pero por otra parte es un sacrificio estar mucho tiempo lejos. ¿Cómo es ese balance?

Si bien el deportista tiene todas estas oportunidades, también hay una cuestión con el tema del apoyo para que al deportista se le dé el espacio que realmente merece. Soy una convencida de que cuando haya un cambio en esa percepción, el deportista va a poder profesionalizarse más y cada vez van a ser más los atletas que se van a profesionalizar para poder tener aún más resultados. Es mejorar las condiciones, pero eso también es un trabajo que tiene que hacer el deportista mismo. Felipe Klüver viene teniendo unos resultados maravillosos y es importante que él entienda que este es su lugar, que hizo este esfuerzo para poder llegar ahí. Mostremos lo que vos hacés para poder generar un cambio de percepción y, a la vez, que vos puedas tener un apoyo que te sirva para poder seguir trabajando. Me resulta maravilloso ver los resultados, no sólo a nivel personal, sino también profesional.

La parte de la comunicación es muy importante a la hora de tener apoyos, la visibilidad es muy importante a la hora de tener apoyos también. Lo que las empresas buscan es visibilidad, seguidores, qué tan expuesto estás a nivel social o internacional para evaluar si realmente te quieren patrocinar o no. La mayoría de los deportistas de nuestro país no tienen en cuenta todas esas cosas, siendo cien por ciento objetivos en la parte de comunicación y comercial. No es solamente un Instagram, es una herramienta para generar cosas que tienen valor para las empresas, y eso puede significar económicamente que te puedas posicionar desde este otro lugar.

Ofrecés tu imagen a las empresas, pero también te posicionás en tus redes con mensajes políticos. ¿Cómo hacés para que una cosa no se mezcle con la otra?

Lo que intento hacer es transmitir mis vivencias. El tema del racismo, la discriminación, la homofobia, el clasismo no son cuestiones políticas, sino cuestiones sociales que están pasando y son una realidad. Esto no tiene nada que ver con partidos políticos sino con que esta fue mi experiencia, esto es lo que yo viví, lo que yo vivo y mucha gente puede llegar a ver. Y lo ven. No es porque sea de un partido político. Expresar esta cuestión para poder generar una conciencia o un cambio de percepción a nivel social me parece muy importante.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

Más allá de un trabajo individual que una hace dentro de la pista, entrenando o compitiendo, lo que le toca hacer tiene que contribuir a nivel social de alguna forma. Me parece que poder transmitir este mensaje de que soy una mujer negra, uruguaya, que no es el típico estereotipo de belleza en Uruguay, que vengo de una familia muy laburadora, poder mostrarme tal cual soy me ayuda a poder mostrar una parte de mí. Hay muchas personas que a veces me ven ganando, obteniendo medallas, pero hay otras cuestiones que me toca pasar y también son difíciles para mí. No es fácil que vengan y me critiquen y me digan “negra de mierda” o “andá a laburar”, como si esto, además de ser lo que me gusta hacer, no fuera mi trabajo. Son cosas que me parece que hay que mostrar, porque muchos se creen que conocen la vida de un deportista. La gente no me conoce a mí, conoce lo que yo hago, pero no cómo todo esto afecta emocionalmente a una persona. Entonces poder mostrarme desde un lugar susceptible, humano y decir “sí, mirá, esto pasa y esto me afecta” ayuda a generar una conciencia o empatía para que el que venga atrás pueda decir: “Mirá, le pasa esto a ella, a mí también me pasa y pensé que era el único”. Sobre todo en niños y adolescentes.

Después de que empecé a contar esta parte de mí que mucha gente no conocía, me empezaron a llegar mensajes de personas afro que eran discriminadas por ser negras, de gente discriminada por su homosexualidad o por no ser del país. Son temas que me importan.

¿Cómo te impactó conectar de esa manera con esa gente en el momento en que tomaste la decisión de contar tus vivencias?

Esto surgió en la pandemia, cuando me corté el pelo. Fue la experiencia que tuve de vivir en Estados Unidos, donde veía que muchas mujeres usaban pelucas, maquillajes excesivos, uñas excesivas y todo. Me quedé como anonadada al vivir en Estados Unidos y ver que no se mostraba la belleza natural que, dentro de todo, la uruguaya siempre intenta mantener. Veía esa percepción de la mujer que tiene que llegar a maquillarse o ponerse una peluca y no aceptarse tal cual es.

¿Qué sería la belleza natural?

Fue como una percepción que tuve en ese momento, cuestiones emocionales que me tocó vivir con mis compañeras de equipo, cuando surgían miles de conversaciones cuando entrenábamos. Por ejemplo, me decían: “Mi novio no acepta que tenga mi pelo natural”. Yo les preguntaba por qué usaban peluca y ¡me decían que porque a su novio no le gustaba su pelo natural! Y yo empecé a preguntar: “Pero ¿por qué?, ¿qué te importa a vos lo que piense tu novio?”. Decían: “No, yo uso peluca porque en realidad acá en Estados Unidos tienen esa percepción de la mujer negra de que la que es linda es porque tiene pelo lacio o usa peluca”.

Llegué de Estados Unidos en medio de la pandemia, con un montón de cuestiones emocionales que todos pasamos en esa crisis, y empecé a reflexionar sobre todo eso que pasaba y me pasaba a mí, porque yo también usaba pelo lacio. Lo usaba porque me gustaba, pero ¿por qué me gustaba? Y en realidad me pasaba que a nivel social, cuando usaba el pelo lacio me decían que me quedaba más lindo que el pelo natural. Entré en una rosca en la que había perdido mi identidad y dije: “¿Cómo puedo esperar que la gente me quiera, me valore y me aprecie de la forma que soy si yo no puedo aceptarme tal cual soy?”. Todo lo que tiene que ver con nuestra mota las personas negras lo vivimos como una cuestión importante. Capaz que una persona blanca no lo va a entender, pero siempre nos criaron como que tener mota era algo desprolijo, era algo que no estaba bien o que no era sensual. Te encontrás con la sociedad que te dice “andá a peinarte, tenés el pelo negra cachumbambé”, cuando eras chica, o “pelo feo”.

¿Cómo fue el proceso emocional de darte cuenta de esto?

Fue muy duro. Es un proceso de toda mi vida, que empezó por una cuestión familiar. Mi familia, por ejemplo, para facilitarme el peinado me lació el pelo desde que tenía 12 años. Yo nunca dejé de hacerlo. No podía salir a la calle si no me planchaba el pelo. A ese nivel. Si me lavaba la cabeza y tenía el pelo crespo, no salía a la calle.

¿Y hubo algún tipo de discusión con tu familia?

Con mi mamá, que era quien me peinaba. Ella usó pelo mota toda su vida, pero como estaba acostumbrada a laciarme el pelo, cuando me lo fui a cortar le dio una crisis. ¿Cómo yo me iba a cortar el pelo, con todo lo que le había costado a ella peinarme toda la vida? Y sobre todo cuando empecé a usar mi pelo mota de nuevo, mi madre me decía: “Déborah, andá a peinarte que estás despeinada”. Y yo le decía: “Estoy peinada, mi pelo es así”. Le decía: “Tengo el mismo pelo que vos”. Emocionalmente fue una crisis, porque me corté el pelo y no me lo podía peinar. Tuve que vivir el cambio, no había forma de volver atrás. Me pasó, por ejemplo, que las mujeres somos muy de atender qué dirán los hombres; si me queda lindo, si estaré atractiva o no. Fue drástico. De un momento a otro me escribían un montón de hombres y me dejaron de escribir otro montón. Yo decía “¿qué onda?”. Eso me atormentaba. Cambié un montón de cosas y fue una cuestión de aceptación terrible. Y también las cuestiones sociales. Más allá de los hombres, la gente: “Ay, te cortaste el pelo, me gustaba más cómo te quedaba antes”. No podía más.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

¿Cuánto pesa en cómo lo vivís el hecho de que tu imagen sea tan pública?

Fue muy loco. Al principio fue trágico emocionalmente ver todo, pero para mí fue maravilloso porque me hizo crecer mucho desde adentro para afuera. Sobre todo que lo pude naturalizar. Eran cosas que antes no las hablaba y hoy las hablo con naturalidad. Me gustó mucho la repercusión que tuvo mi cambio y cómo mi cambio me llevó a poder contar mi historia desde otros lugares. Hace mucho tiempo vengo buscando separar a la deportista de lo que soy yo. Somos una, pero tengo un montón de vivencias y siempre lo que quería era que la gente me pudiera conocer desde otro lugar. Un montón de marcas me llamaron para poder contar esta historia porque para ellos era la importancia de mostrar a la mujer en su proceso de aceptación.

Me encontré con muchas cuestiones que antes no me las preguntaba o no me las ponía a pensar. Por ejemplo, el ser negra en una sociedad blanca. Me corté el pelo, una estupidez de las tantas que me han pasado, pero no es una estupidez a la hora de ponerlo en práctica. Después de que me corté el pelo me di cuenta de que no tenía cremas para manejar mi pelo, porque vas al supermercado y todas las cremas son para pelos lacios.

¿Y qué hiciste?

Cuando me iba a Brasil o amigas viajaban para acá, me traían cremas para el pelo. Ese es el miedo de muchas mujeres negras en Uruguay: no quieren dejarse el pelo natural porque no tienen herramientas para manejarlo. Mismo el mercado te limita a no poder ser vos cien por ciento, porque todo lo que hay está pensado para personas blancas. Bases para mi piel no hay. Era complejo.

¿El viaje a Estados Unidos te despertó la conciencia de lo estético?

Sobre todo la superficialidad. Me volví muy emocional en un montón de cuestiones. Veía amigas que compraban cosas porque era barato, estaba de oferta, no porque realmente lo necesitaran. ¿Tenés conciencia sobre lo que comprás, sobre vos?, ¿lo vas a usar? Me llevó a vivir en un montón de cuestiones superficiales que cuando volví a Uruguay dije: “No, yo no quiero ser así. Yo quiero ser todo lo contrario”. Me llevó a desarraigarme de un montón de cuestiones materiales. Empecé a regalar un montón de ropa, a vivir con lo necesario. Quería estar liviana, me quería sentir mucho más liviana y no tener toda esa carga de antes, una carga social del siempre querer gustar al otro. Es como que todo esto me llevó a que no.

¿Y ahora cuando corrés también te sentís más liviana?

Otra persona, por completo. No soy la misma que hace tres o cuatro años.

Ahí también tuviste cambios, pasaste de los 400 metros con vallas a los 800 metros llanos en 2016 y fuiste a entrenar a Estados Unidos.

Todo este proceso emocional que he estado sintiendo me llevó a hacer un montón de cambios en mi vida, a tal punto que decidí irme a un país que no era el mío a estar sola —había días en que no hablaba con nadie— y a vivir en un lugar donde yo no era la mejor. Entrenaba con las chicas que eran las mejores del mundo. Mi exentrenador me maltrataba psicológicamente, todos los días; yo llegaba a mi casa llorando sin consuelo. Pero lo hacía no porque me quisiera maltratar, sino porque era un entrenador superhiperexigente. Me hizo más fuerte, me hizo entender procesos que si me hubiese quedado en Uruguay no hubiese pasado. Encontrarme sola y viviendo eso me llevó a tener una percepción completamente diferente de mí y querer hacer muchos cambios en mi vida. Los hice: el año pasado fue un año espectacular para mí. Este año también. Venía bastante cansada de los Juegos Olímpicos y no pude hacer el cierre de ese año 2021, que me dejó recontracansada, tuve unas vacaciones muy cortas, empecé el 2022 cansada, pero igual fue maravilloso. Me llevó a estar más liviana de cabeza.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

Sentía que tenía que ser perfecta, que no podía cometer errores, me crie en ese ambiente, porque cuando estás en el ambiente del deporte y te va bien, te dicen que no podés cometer errores porque sos una persona pública, porque sos una referente, porque sos, sos, sos y sos y tenés que ser y tenés que ser y sos. Yo digo todo lo contrario: la gente no me conoce a mí, conoce mi trabajo. Muestro lo que hago todo el tiempo, pero lo que yo hago en el deporte no me invita a que me muestre tal cual soy, porque no hay espacio para eso. Voy a hacer una entrevista y me entrevistan porque soy Déborah Rodríguez la corredora, no porque me quieran entrevistar a mí, porque quieran saber cuál es mi color preferido. Me invitan porque quieren saber de mi carrera, cuál es mi próximo objetivo. No me preguntan otra cosa.

¿Te cansa eso de la competencia?

No me cansa porque soy muy competitiva e hiperactiva. Hoy estoy de vacaciones y necesito correr. En mi vida siempre voy a precisar algo que me ayude a sacar toda esta hiperactividad y energía que tengo. Soy tan competitiva que siempre necesito tener un objetivo para mantenerme motivada. Para mí correr es todo. Tengo esos sentimientos de amor-odio, pero es normal, natural. También saca una parte de mí que amo. Amo competir. No en todas las facetas de la vida.

“La competitividad abarca un montón de cuestiones: el deseo, la destreza, las ganas, la energía, la objetividad, el compromiso, la disciplina”.

¿Dónde está esa mentalidad competitiva tuya?

Fuera de la pista soy una persona completamente diferente, pero para el deporte y para los negocios soy re competitiva y siempre lo voy a ser. Creo que la competitividad es importante, tenemos que ser competitivos para poder marcarnos objetivos y tener esa fuerza de voluntad para salir adelante. La competitividad abarca un montón de cuestiones: el deseo, la destreza, las ganas, la energía, la objetividad, el compromiso, la disciplina, un montón de cosas que son componentes fundamentales a la hora de vivir.

¿Y qué lugar le das en todo eso a la cooperación? Con mentalidad competitiva, ¿cuánto podés cooperar?

La competitividad ayuda a nivel individual y en los objetivos que uno se marque, pero lo que quiero hacer es acompañar a otros deportistas, porque me parece que es fundamental generar esa cooperación en grupo. Me toca vivir un deporte individualista, en el que la gran mayoría del tiempo estás sola corriendo en la pista y no hay otra posibilidad. Uno comparte con compañeros, pero cada uno tiene sus propios objetivos y este desafío de acompañarlos ayuda a generar una conciencia diferente. Poder decir que lo que hago hoy por él esta persona lo va a hacer por otro. Es algo contagioso. Lo que uno puede hacer va a inspirar a que otra persona pueda hacerlo, o por lo menos a que se le prenda la lucecita y diga: “Yo también podría”. Eso también es maravilloso, poder vivir otras historias desde otro lugar. Acompañar a estos chicos me ha ayudado a mimarme a mí. Es más lo que me ayuda a mí a nivel emocional que lo que yo puedo ayudarlos a ellos. Feli [Klüver] firmó con una marca el otro día; me agradecía y yo me siento mimada. Sé que eso a él lo va a ayudar un montón, pero me está ayudando a mí a decir: “Realmente estoy haciendo algo bueno por otra persona que se lo merece”.

“Me dieron la posibilidad de aprovechar las oportunidades que se me presentaron en la vida, como irme a vivir a otra ciudad a los 14 años, y a partir de ahí trabajé muchísimo, desde niña”.

¿Cuánto pesa la suerte en el deporte y en la vida? ¿Qué es la suerte para vos?

No sé si creo tanto en la suerte. Yo no creo en la suerte. O sí. Tuvimos una discusión el otro día con una amiga respecto a eso. Creo que no existen las casualidades, y yo pienso en suerte y pienso en casualidad. Yo pienso en las causalidades y pienso en el trabajo. A mí todo lo que tengo y tuve en mi vida me costó un huevo. No vengo de una familia adinerada, vengo de una familia con buenos valores, con padres y dos hermanos que siempre me supieron acompañar, una familia imperfecta, como todas, que hizo lo mejor que pudo y me dio la mejor educación que pudo. Me dio la posibilidad de aprovechar las oportunidades que se me presentaron en la vida, como irme a vivir a otra ciudad a los 14 años, y a partir de ahí trabajé muchísimo, desde niña. Me parece que no es que tuve suerte. Capaz que tuve la suerte de tener una familia, la familia que tengo. Mis hermanos me acompañaron en un montón de cosas y en mi casa siempre me dijeron: “A vos nadie te va a regalar nada, tenés que laburar”. Y por más que haya personas que entiendan que el deporte no es un trabajo, sí es un trabajo. Para mí correr es un trabajo, para mi hermano mellizo jugar al fútbol es un trabajo y tiene una familia que mantener. Hoy quiero generar otras oportunidades para saber que el día de mañana me retiro y mi futuro va a seguir por este otro lado, pero en realidad creo que existe mucho trabajo, dedicación, disciplina y mucho sacrificio que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

¿Vos estás dispuesto a dejar a tu familia, a dejar todo por irte a vivir un sueño? ¿Estás dispuesta a dejar a tu hija de 14 años irse a vivir a Maldonado sola? ¿Estás dispuesto a dejarte putear todos los días por una persona? ¿Estás dispuesta a estar en un lugar donde te critiquen todos los días y te digan que sos una negra de mierda, una hija de puta? ¿Estás dispuesto? Si estás dispuesto a vivir todo eso, puede que tengas la posibilidad de vivir aquello otro. Creo que hay un montón de cosas que una tiene que hacer por ese objetivo y fue lo que yo hice durante toda mi vida.

“Iba al liceo y me decían: ‘Negra de mierda, ¿para qué corrés si vas a ser una muerta de hambre?’”.

No hubo garantías.

No hubo garantías de nada. Es más, hasta las garantías que te podían dar eran más malas que buenas. Porque estaba en un deporte menor, que poca gente conoce. En el atletismo tuvimos grandes deportistas, como Heber Viera o Andrés Silva, pero no era tan reconocido como es ahora. Te decían: “¿De qué vas a vivir?”. Iba al liceo y me decían: “Negra de mierda, ¿para qué corrés si vas a ser una muerta de hambre?”.

¿Y para qué corrés?

Yo corro por mí, porque me gusta, porque es lo que amo hacer. Nací para esto. Es mi momento. Es mi lugar de conectar conmigo, de conectar con lo que soy, saca lo mejor y lo peor de mí. Es mi lugar, nunca voy a dejar de correr.

¿Y con qué has conectado?

Me he encontrado con todo. Me ha conectado conmigo, con mi niña interior, me ha hecho ver las cosas que no me gustan de mí para poder mejorar, las que me gustan de mí para potenciarlas. Es mi felicidad entera. Por más que mañana me retire del alto rendimiento, nunca voy a dejar de correr. Es mi templo correr.

“Muestro mi lado más susceptible antes de correr. Cuando corro muestro mi lado más animal y competitivo, y termino de correr y muestro mi lado más emocional y verborrágico. Muestro todo”.

¿Te parás en la línea de largada y ya sabés con qué Déborah te vas a conectar ese día?

No, es más: muestro todas mis facetas. Muestro mi lado más susceptible antes de correr. Cuando corro muestro mi lado más animal y competitivo, y termino de correr y muestro mi lado más emocional y verborrágico. Muestro todo. Lo que pasa es que nadie lo ve y lo vive como uno lo vive. Son cuestiones muy internas.

“¿Y cuál es el tema? ¿Qué te hace pensar a vos que porque yo soy deportista tengo que ganar siempre? ¿Quién sos? ¿A vos te va bien siempre? ¿A quién le va bien siempre?”.

Durante las carreras sabemos que te vas a mostrar y cómo eso aporta al espectáculo, en el mejor sentido, porque vamos a ver lo que te está pasando.

Eso fue lo que aprendí en este último tiempo: poder mostrarme yo de la forma más imperfecta. El atletismo me enseñó eso, el deporte me enseñó, y eso me salvó. La sociedad te lleva y te condiciona para ser perfecta. En las redes sociales vos tenés que ser la mujer perfecta, el cuerpo perfecto, el estereotipo perfecto, tenés que hacer, tenés que ser. Y yo todo lo contrario. A veces cae bien y a veces cae como el culo, pero soy totalmente imperfecta. Soy lo que soy, una mujer con defectos y virtudes, a la que le pasan cosas buenas y malas, que tiene momentos lindos del día y momentos de mierda, que a veces le va bien y a veces le va mal, a veces gana y a veces pierde.

¿Y cuál es el tema? ¿Qué te hace pensar a vos que porque yo soy deportista tengo que ganar siempre? ¿Quién sos? ¿A vos te va bien siempre? ¿A quién le va bien siempre? Yo quiero que alguien me diga a quién le va bien siempre; tiene un pacto con el de abajo.

Se entiende tu cuestionamiento, pero a cierto nivel, por ejemplo en Sudamérica, a vos te va bien de forma constante.

Porque soy competitiva, pero no siempre me fue bien. Aprendí que las expectativas que el otro tenga de mí no son mías y que yo tengo que hacer lo mejor que pueda. Creo que naturalizar eso es muy importante.

¿Prepararse para ganar es prepararse también para saber perder?

El esfuerzo no se negocia. Como dice mi entrenador: vos podés dejarlo todo en la preparación por un resultado y se puede dar o no, como en la vida. Naturalizar eso es muy importante. Te podés preparar como el mejor, pero hay muchas personas que se preparan para ser el mejor y no siempre vas a tener el mejor resultado. Lo importante es que vos seas consciente de que diste todo e hiciste lo mejor que pudiste. Es la vida misma, el deporte es la vida misma.

¿Vos pensás que aprendiste a perder?

A nadie le gusta perder. ¿Qué es aprender a perder? Nunca uno va a aprender a perder. A nadie le gusta perder, a mí no me gusta.

¿Cómo te golpea la derrota?

Me caliento. El día que pierda y diga “bueno ta, perdí” me voy. Ese día, cuando me importe cero, dejo de correr. Quiere decir que ya no me importa correr. Yo soy muy verborrágica y demostrativa. No me gusta perder, a nadie le gusta, pero obviamente una se enoja, se frustra, decís “qué hice mal”, “qué hice bien”, y después con las horas o los días te ponés a hacer un análisis y pensar en dónde estás para sacar las conclusiones positivas. Porque siempre digo que no hay cosas malas. No existen cosas malas.

¿Y qué hay?

Hay aprendizajes. Si al ser humano no le pasaran cosas malas, no serviría para nada. Nos iría siempre bien, seríamos unos egoístas. No habría tanto compromiso y disciplina si me va siempre bien. Obviamente me enoja, pero al final del recorrido pasan cosas que uno no desea y con el tiempo siempre mirás para atrás, ves lo que pasó y decís: “Qué loco, mirá lo que me pasó, cómo sorteé esta situación, cómo lo viví en el momento, realmente lo viví con angustia pero mirá dónde estoy hoy, mirá lo que me enseñó”. Por lo menos a mí me pasa siempre así.

En el deporte tu camino ha sido en ascenso: campeona sudamericana, fuiste a Juegos Olímpicos y mundiales y llegaste a la semifinal olímpica en Tokio. Es una escalera que se ha ido dando de a poco, pero siempre en ascenso.

Hay gente que puede ver mis resultados deportivos como que siempre me fue bien y yo le digo que no siempre me fue bien.

Pero siempre te fue yendo mejor.

Será que miro el deporte desde otro lugar. Soy enferma de competitiva, pero que te vaya bien o te vaya mal depende de cómo vos estés emocionalmente. Los momentos en que me ha ido un poco como la mierda han sido los momentos en que peor he estado emocionalmente. Yo lo conecto un poco así. Capaz que en algún momento que no cumplí con las expectativas que la gente tenía de mí cumplí con ciertas cosas que para mí eran importantes, entonces también gané.

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Foto: Ernesto Ryan

El atletismo es un deporte de tiempo y marca, individual, ¿cómo explicás que el sentimiento afecte directamente un rendimiento?

Cuando vos vas a una competencia, te preparaste todo el año para eso. Y sabemos que cuando llega el momento, si no estás preparado mentalmente, eso no sirvió para nada. Les pasó a Simone Biles, a Michael Phelps. Te muestran ese lado: no todo es correr. “Yo pasé depresión” te dice Phelps. “Ganaba una medalla y llegaba a mi casa llorando”. ¿Eso es un triunfo para él? Biles estaba pronta para ganar su medalla y hacer historia. Llegó y no pudo. ¿Por qué? Porque no estaba pronta mentalmente. El deporte es muy circunstancial. Si yo me siento bien, se va a ver reflejado en mis resultados deportivos y lo voy a disfrutar.

“Mostrar naturalidad en las derrotas es importante. Es muy importante poder mostrarlo a nivel social. Está bien ganar y también está bien perder. Aceptar eso como parte de nuestra historia, de nuestra vida. El atletismo es la vida misma”.

¿Sentís que eso siempre se contempló así entre la gente que tenías alrededor?

No. Por eso muestro esa parte también y me parece importante que se vea. A veces hablan de los deportistas, de que les va bien o les va mal, y lo relacionan directamente a las medallas. Critican y dicen que este no ganó tal o cual medalla, pero los deportistas somos más que medallas, somos otras cosas que también influyen en nuestra carrera deportiva. También mostrar naturalidad en las derrotas es importante. Es muy importante poder mostrarlo a nivel social. Está bien ganar y también está bien perder. Aceptar eso como parte de nuestra historia, de nuestra vida. El atletismo es la vida misma: a veces ganás, a veces perdés, a veces estás arriba, abajo o en el medio. A veces te sentís mal, a veces te sentís bien. Saber cómo manejar las situaciones y sacar la parte positiva de todo me parece que es lo importante.

¿Con qué soñás?

Me hace muy feliz ver a mis sobrinos felices. Hoy pasan tantas cosas. Me tocó vivir una infancia bastante plena y ojalá que ellos puedan ser felices y no verse interrumpidos por un montón de cuestiones. Me encantaría ser madre en algún momento y poder formar una familia. No tengo al padre de mis hijos, espero que aparezca algún día [ríe]. Me volví pasional en esto de ayudar a los deportistas. Me encanta, lo disfruto y me encantaría poder estar involucrada en algo de eso. No sé si en el deporte directamente, porque no me gusta la educación física. Me gusta mucho la comunicación, los negocios, me encantaría tener mi negocio propio y encontrar la veta o el combo para poder generar mi negocio propio en el deporte, en la vida o lo que sea. En algo que me atraiga, pero poder hacerlo pronto, antes de que me retire. Entreno como una condenada, pero necesito tener otras actividades que me saquen un poco del deporte porque me vuelvo como una obsesiva. Está bueno distenderse y esa distensión me gustaría que fuera algo que me pudiera generar un futuro.

De todas tus facetas, ¿tenés una tranqui que diga “hoy no hago nada”?

Sí, claro. Ahora estoy en ese momento de vacaciones. Tengo momentos en que lo disfruto y otros en que digo que quiero volver a entrenar. Entiendo que eso también me ayuda a juntar energía para que cuando empiece, arranque con todo. Disfruto mucho estar con mis amigos, con mi familia. Me gusta mucho viajar y me encantaría poder seguir teniendo esa dinámica de viajar, creo que abre mucho la cabeza y a mí emocionalmente me conecta muchísimo. Soy uruguaya, pero me considero también del mundo. Me gusta descubrir gente nueva, lugares nuevos, disfruto viajar sola, me encanta; disfruto mucho viajar en compañía, pero hay que buscar una buena compañía para eso. Y me gusta mucho patear: la gran parte del tiempo paso callejeando. Y me gusta también tener mi momento de tranquilidad, pero son los menos.

¿Sos de hostel o de hotel?

Soy más de Airbnb. Cocinar, economizar. La onda del hostel me gusta, pero me gusta más tener ese espacio donde pueda llegar y relajarme.

¿Qué lugares te gustan?

Italia, amo Italia. Lugares con mucha historia. Turquía. Kenia me voló la cabeza. De ahí me vine renovada, con la bandera revolucionaria. Todo el tema del afro, nuestra identidad; me vine muy embanderada, de entender mi identidad desde otro lugar. Me fui a competir a Kenia el año pasado, a Nairobi, y vi que, si bien nosotros somos afrodescendientes, para ellos vos sos americana. Americana o europea. Eso me generó una cuestión. Qué loco, ¿no?, porque sos afrodescendiente y ellos te dicen que no, que vos sos americana. ¿Y cómo saben? Si ni hablé. “No, vos no sos de acá”.

Ahí entendés que nuestra cultura es muy europea. Imaginate que nosotros venimos de inmigrantes españoles e italianos y tenemos una cultura así. Uruguay y Argentina, todos italianos y españoles. Como pasta, como pan; allá se come con las manos y usan colores, tienen otra verborragia, otra energía, otra cultura totalmente distinta. Me gustó, pero decís “qué loco”. En cierta forma me deja pensando en lo lejos que estamos de nuestra identidad. No cultivamos nuestra identidad como afro, porque en realidad estamos también influenciados por todo lo que fueron la esclavitud, la Iglesia, las costumbres europeas. No cultivamos nada de nuestra identidad.

Y después me hice un test de genética y dije: “Ta, la voy a romper con mi ancestralidad africana, tendré un 80%”. Y era 52%. Dije: “¿Lo qué? ¿52% africana?”. Tengo 40% de europea: región ibérica, de España y Portugal. Y el 10% del Amazonas. Y eso te vuela más la cabeza. Te cuestionás un montón de cosas. Soy afrodescendiente, también soy descendiente de europeos.

¿Vos sentís que la cultura afro no se expresa en Uruguay?

Se expresa sí, le falta visibilidad. Nos falta espacio como para poder mostrar. Creo que es importante porque también hay una cuestión social con respecto a lo afro que es una realidad y entiendo que también es importante que cada vez seamos más siendo exitosos para que nuestra cultura se pueda visibilizar.

“Poder visibilizar lo que me pasa a mí como persona afro ayuda a generar otra percepción”.

¿Dónde la ves visible y dónde te parece que todavía no?

En la parte cultural sí, tenemos una gran fortaleza que es muy importante. En lo deportivo también, en la política estamos haciendo cambios, con legisladores afro, pero yo creo que es necesario más para poder ganar más espacio. Es muy difícil ganarse un espacio cuando sos afro en Uruguay, hay que remarla mucho y siento que también hay muchos cambios que he hecho en mí y que vengo haciendo que son porque tengo una percepción diferente a la que tenía años atrás. Hoy percibo muchas cosas que antes no percibía. Agradezco no haberlas percibido antes, porque me ayudó a mirar para adelante como los caballos y no ir mirando hacia los costados, pero poder visibilizar esto, lo que me pasa a mí como persona afro, ayuda a generar otra percepción.

Uruguay es un país muy racista y el que diga que no está mintiendo o no lo pasó. Eso condiciona mucho a la hora de crecer y buscar oportunidades. Hay gente que no lo cree, hay otra que sí, pero a mí y a mi familia nos han pasado muchas cosas como familia afro que no le hubiesen pasado a una persona blanca. Hablar de esas cosas genera. Tengo amigos que antes no creían y hoy me dicen: “Debo, lo creo porque lo vi contigo”. Sé que muchas de las cosas que me pasan, que vivo, que aprendí a cómo ser es porque me han pasado cosas que me han condicionado a nivel social. No me victimizo, nunca me gustó victimizarme. Esto pasa, pero esto no me va a condicionar a mí como persona y yo voy a lograr mis objetivos y a seguir trabajando como lo hice siempre. Poder visibilizar esto ayuda a que otras personas dentro de la comunidad que quieran emprender sus objetivos y tener sus propios sueños y un camino, desde lo deportivo o desde el lugar que quieran, sepan que les van a pasar cosas que, tienen que saber, pasan acá en nuestro país.

Foto del artículo 'Déborah Rodríguez: “Soy más que una piba que corre”'

Foto: Ernesto Ryan

Hay mucho para hablar de esto. Es algo que hablo con mis sobrinos, me crie en esa situación. Un ejemplo liviano, por arriba: no entendía cómo mi mamá me decía: “Vestite bien porque a vos te miran dos veces, expresate bien porque a vos te escuchan dos veces, siempre formate, educate porque a vos por ser negra…”. Yo no lo entendía y hoy lo entiendo, y le agradezco que me haya enseñado eso. Hoy voy a un lugar, hablo inglés y me ha pasado miles de veces que personas digan: “Pero ¿cómo vos podés hablar inglés?”. ¿Porque soy negra no puedo hablar inglés? Me ha pasado de ir a reuniones y que me digan que no pueden creer el nivel de educación que tengo. ¿Por qué? ¿Porque soy negra no puedo ser educada? Y esas son cosas que te condicionan a nivel emocional, te generás una personalidad muy guerrera y para adelante. Por lo menos a mí no me condiciona, pero capaz que a otra persona le pasan estas cosas y se encierra en un cuarto a llorar. Esas cosas no las vive una persona blanca y cualquier persona afro las vive. Conozco a muchos profesionales afro a los que les pasa. Uno es mi psicólogo. “¿Licenciado García?”. “Acá”. “No, usted no puede ser licenciado”. Esas cosas pasan normalmente en la calle. Como que la paren a mi madre y le digan: “Este auto no es suyo”. ¿Por qué no puede ser mío? Mi madre el otro día llegó riéndose porque fue al supermercado, una señora la vio y se agarró la cartera. Las personas no saben eso. El que no lo vive no lo padece, no lo ve y no le presta atención, pero a nosotros nos toca vivir con eso durante toda la vida…

Me imagino que en un momento tomás conciencia de que a otros no les pasa lo que a vos te pasó toda la vida.

Exacto, me pasó toda la vida. Es una realidad a nivel social, sucede mucho. Nunca me victimicé, pero fue como una oportunidad para poder generar un cambio. De chica me condicionaron de esa forma y de grande pensé: “Ahora entiendo por qué mi mamá me decía esto”. Y me ha pasado de ir a lugares y que me digan “¿qué hace esta negra de mierda acá?”. Y capaz que estaba en Punta del Este, porque vivía ahí.

Sos una figura muy reconocida, ¿te sentís así?

No. Capaz que lo soy, no sé, no me pongo a pensar en eso. No me considero ni más ni menos que nadie, soy una laburadora, una piba de barrio común y sencilla. Me encanta poder siempre resaltar mi identidad y parte de mi identidad es que soy de barrio. No soy excéntrica en absoluto, me gusta tomar mate, hacer cosas sencillas. Para mí lo más importante es la persona y la gente conoce mi trabajo, no me conoce a mí. Tampoco se da el lugar para que me conozcan. Me creo una persona normal y me gusta vivirlo de esa forma. Cuando voy a dar charlas en escuelas, siempre hablo mucho de que no está bueno idealizar a las personas. Hablo mucho de Luis Suárez y Edinson Cavani, que son referentes nuestros. Son como vos y como yo, los pellizcás y les duele. Me parece que idealizar a las personas no va. Somos todos iguales, todos pueden tener eso que desean.

Hemos hablado de muchas de tus facetas. ¿Qué otras están esperando para aparecer?

Me encantaría que fueran muchas más. Ojalá, es lo que más deseo. La comunicación me gusta. A ver si me dan un trabajito en la tele [ríe]. Me gusta porque me gusta hablar. Soy muy expresiva. Me gusta mucho ser expresiva, charlar, tener ese momento. Hice modelaje; no me creo una modelo pero me gustó esa faceta, porque lo que quería era que la gente entendiera que no sólo hay una Déborah deportista, también hay una mujer.

¿Cuál es la diferencia? ¿Cuando ven a la deportista no ven a la mujer?

Y no, porque el deporte muchas veces está muy masculinizado. Me pasó que he ido a varios Juegos Olímpicos, me encanta maquillarme y empezaron a decirme: “¿Por qué corrés maquillada?”. ¿No puedo? Entrás a una pista y ves que casi todas las atletas tienen uñas, pestañas. Es parte del empoderamiento que le da a la mujer sentirse bien. A mí me encanta arreglarme y me siento bien con eso. Perfumarme, maquillarme, cambiar de luquete, pero porque me gusta. Y la gente: “No, porque vos tenés que correr y no podés correr de maquillaje”. ¿Qué? No, yo soy mujer también. Primero mujer, afro, uruguaya y después deportista. Me voy a mostrar como mujer, soy femenina, disfruto mi feminidad. Me gusta mostrar eso y que todas las mujeres se muestren como quieran mostrarse. ¿Hice modelaje? Sí, porque me gusta mostrarme como mujer. No soy solamente una piba que corre. Soy más que una piba que corre.