Cuando niño, Pepe Guerra quería ver el mar. Por eso fue a una escuela que le quedaba como a 20 cuadras de la casa, porque sus alumnos iban todos los veranos a pasar una temporada en Piriápolis. Por entonces vivía en La Floresta, un barrio orillero de Treinta y Tres, al noreste de Uruguay, con calles sin asfaltar y veredas con pasto, con casas chicas y bajas. Sin mar. Fue a la directora de esa escuela a quien se le ocurrió que Pepe cantara en el coro.

Braulio López tenía 12 hermanos y desde que tiene memoria canta. Vivió en distintos barrios de la capital olimareña, pero el que más quiso fue el Tanco. Trabajó desde los 13. Fue tropero y repartidor de pan en bicicleta. Iba de madrugada a la cuadra de la panadería con su hermano y en los descansos cantaba. A los diez años, acompañado en guitarra por el Carao Peralta y el Negro Pimienta, cantó “Manos adoradas” en la radio, una canción que hacía llorar a su madre. A los 14, con una milonga titulada “La carreta” y Panchito Nolé al piano, ganó un concurso en Radio Carve.

De adolescente Pepe Guerra iba al liceo en bicicleta, estudiaba dibujo con Mancebo Rojas, aprendió cuatro acordes en la guitarra con un primo y se largó a cantar. Braulio ya cantaba tangos, valses y milongas “a la gorra” en los tablados y también en un programa de radio auspiciado por la panadería La Sanducera, donde trabajaba. La primera vez que Pepe intentó cantar en la difusora Treinta y Tres, el Carao Peralta, que era quien seleccionaba las voces, al oírlo dijo: “No, vos no, gurí, vos estás cambiando de voz”. Diez años después, en la fonoplatea de la radiodifusora Treinta y Tres, todos los días a las 19.00 Pepe tuvo un programa que se llamaba “José Luis canta para ti”. Cantaba canciones melódicas, influenciado por el teatro municipal y las películas mexicanas del cine de los lunes. Por esa época dejó el liceo (fue hasta tercero), formó parte de la orquesta Los Rumberos y ya jugaba bien al casín.

Pepe y Braulio, que por entonces se conocían de vista y de escucharse en la radio, se enfrentaron en un concurso de canto local. Un tal Guerra por el barrio La Floresta y un tal López por el barrio Tanco. Los 300 pesos del premio los ganó Braulio.

La primera vez que las dos voces cantaron juntas fue en la yerra de doña Catana, en un establecimiento cerquita de la ciudad de Treinta y Tres, en la zona del Molino de Perinetti. Entre piales, gauchos, lazos y humo con olor a chorizos de rueda y vaquillona con cuero, Pepe con guitarra y Braulio con bombo legüero, los dos jovencitos cantaron una chacarera llamada “Vuelta juera y a las empanadas”, y recibieron un aplauso cerrado.

Mitología de los cotorros

Si bien es cierto que puede haber cierta mitología sobre la movida de Treinta y Tres que desembocó, entre otras cosas, en el surgimiento de Los Olimareños, no es menos verdad que un suculento caldo de cultivo se cocinaba en las ollas que hervían en los llamados “ranchos” o “cotorros”. Con equipamiento básico: un Primus, una cacerola, una sartén para hacer tortas fritas, una mesa, algunos bancos, un par de catres y una guitarra. Allí, compartiendo un guiso de porotos o un puchero hecho con gallinas, a veces robadas “de por ahí”, había muchos cantores, ceramistas, pintores, escultores, teatreros. Se jugaba al truco, se charlaba, se cantaba, se discutía. Contaban con el padrinazgo literario de Pedro Leandro Ipuche, Serafín J García y Julio C da Rosa. Y había gente que escribía poesía y canciones, como Lucio Muniz, Eustaquio Sosa, José María Obaldía... Algunos de aquellos centros de bohemia fueron célebres: La Vaca Azul, El Rebelde, El Rancho del Nico. Un mundo solo de hombres, en el que se juntaban a guitarrear, a leer, a contarse cuentos, a tomar vino y a debatir. Había reincidentes ilustres y formados: Víctor Lima, el Maestro Ruben Lena, Oscar Laucha Prieto, los hermanos Macedo, el Negro Lacuesta, Tomás Cacheiro y Mancebo Rojas. Pero a la vez, esa gente con formación intelectual y académica se mezclaba con la gente del barrio o del mundo rural, y esa confluencia dio frutos.

Oscar Prieto, músico, compositor y antropólogo vocacional, protagonista de aquella historia, tenía una teoría que intentaba explicar “el fenómeno Treinta y Tres”. Decía el Laucha1: “Se unieron tres o cuatro círculos: la cultura universal que venía de Europa en los libros, la cultura campesina, la suburbana y la urbana. Se juntan todos en el liceo, se hacen amigos, y se vuelven poco menos que anarquistas, revolucionarios románticos que interceptan todos los partidos políticos. Esa unión se trasladó a los cotorros, que era cualquier rancho, con el cuarto de baño lejos… La cultura suburbana es la prostituta, el peón, el ladrón, todo ese barrio que está entre la plaza y el campo, ese rancherío”. El cotorro se llenaba también de estudiantes y circulaban los libros. Leían a los clásicos y se leían entre sí. Había cuadros pintados en las paredes. Profesores, abogados, maestros, músicos, compositores, plásticos, albañiles, gauchos... todos influenciados por los filósofos de la Revolución francesa.

“Los intelectuales de Treinta y Tres tenían un respeto imponente por la gente de campo. Pero había una tradición, estaba la huella del Carao Peralta, cantores y guitarreros de serenata, de quilombo. Yo me pasaba la noche tocando la guitarra en los quilombos, me quedaban los dedos con unas canaletas azules. Tocaba y aprendía. Algunos pesos cobrábamos. Pero era una forma de vida y un ambiente muy entreverado entre lo culto y lo popular”, recuerda Pepe Guerra.

Al pueblo le faltaba la canción, pero ya tenía la guitarra, explica el maestro Obaldía, y cuenta que había dos familias de guitarreros famosos –los Batalla y los Diogo–, que hacían compuestos (crónicas en verso y musicalizadas); esta suerte de periodistas cantores eran muy populares y apreciados en el pago oriental. A ese legado de cuerdas pulsadas se sumaron dos influencias vitales: la visita larga de Atahualpa Yupanqui, que les enseñó que no importaba la voz, que lo importante era cantar, y la presencia fundamental de Víctor Lima.

La primera cristalización fue la formación de un trío de cantores que se llamaba Los Arrieros de la Canción, integrado por Laucha Prieto, Carao Peralta y Oribe Mariños, un guitarrero de las orillas, que le puso música a “La uñera”, zamba del Maestro Lena.

¿Y esos quiénes son?

“La uñera” fue el primer tema del Maestro que cantaron Los Olimareños. Quizá la primera canción que habla de Treinta y Tres, de sus paisajes, de lo que siente su gente. Bautizada así en homenaje al trabajador del pueblo y del campo, “que la única propiedad que posee es la tierra que tiene bajo las uñas”. La cantaron “los gurises” —como todavía les dicen a Pepe y a Braulio sus amigos de antaño—, a sugerencia del Laucha Prieto, que también fue el primero que les dio clases de guitarra a los dos, el que los bautizó y el que les presentó a Lena y a Lima.

Laucha Prieto creía que parte de la “magia” del dúo se explica en sus voces abiertas: “Una aguda y otra grave. Se cruzan y forman las notas de paso, así se enriquece el timbre”.

Prieto fue maestro de música y fue guía de estos jóvenes cantores. “El Laucha era un guitarrista clásico, su técnica estaba muy por encima de la mía, que era más bien de dedo gordo. Yo lo observaba y escuchaba, y aunque no te lo propusieras, algo te quedaba”, cuenta Pepe Guerra. Por su parte, Braulio López lo destaca entre la “gente que hizo tanto para que el hombre no perdiera su capacidad espiritual de expresarse con el arte”. Reconoce que gracias a él “llegué a cantar cosas de Lima” y recuerda que “ibas a aprender guitarra y no querías irte nunca de allí. Pasabas todo el día. Era muy humano, atrayente, por su carisma, transparencia”.

Sentado bajo el parral de su casa, tomando mate con su padre, el Maestro Lena los escuchó por la radio. Oyó en sus voces el estribillo de una canción escrita por él.

—¿Y esos quiénes son?

—Son Los Olimareños, escuchá cómo cantan —dijo su padre.

Por entonces, Lena ya había decidido que debía abocarse al desarrollo de un cancionero nacional, pensaba que al pueblo uruguayo le faltaba identidad en ese sentido y asumió la tarea. De esa época es nada menos que “A don José”, uno de los himnos populares crecido de su puño y letra.

Estos dos muchachitos que apenas tenían barba fueron más tarde a cantar a la escuela donde Rubito Lena era director, en el marco de unas jornadas multiculturales con los vecinos, donde se recitaba, se contaba y se cantaba.

—Ah, sí, ustedes cantan una cosa que escribí yo —dijo el Maestro cuando se los presentaron.

—¿Y usted quién es?

—Ruben Lena, el que escribió “La uñera”.

—¡Qué bien! ¿No tiene otras canciones?

Aunque Los Olimareños ya cantaban y sus voces sonaban con éxito en la radio local, podría decirse que fue en ese momento cuando vinieron al mundo. Casi no había nada escrito en el pentagrama del canto popular, casi todo eran zambas, chacareras, carnavalitos y lunitas tucumanas. No había camino, pero nació un rumbo. Con el brío de esas gargantas jóvenes y la claridad creativa del Maestro, “la cuestión era poner en movimiento los sueños”2. Y cada uno aportó su talento y se volvieron una familia creadora que fue aprendiendo sobre la marcha, en los incansables ensayos y sobre los escenarios. Pasaron mucho trabajo. “No es este un cuento de hadas ni las cosas eran cosas de varita mágica”3.

Braulio López, José Luis Guerra (primero con guitarra), Ruben Aldave (último con guitarra), atrás Walter Serrano Abella y Pejerrey Prieto, en la fonoplatea de CW 45 Difusora Treinta y Tres. Foto: Banco de imágenes de la Intendencia de Treinta y Tres, y biblioteca temática “Música popular y folclórica uruguaya”.

Braulio López, José Luis Guerra (primero con guitarra), Ruben Aldave (último con guitarra), atrás Walter Serrano Abella y Pejerrey Prieto, en la fonoplatea de CW 45 Difusora Treinta y Tres. Foto: Banco de imágenes de la Intendencia de Treinta y Tres, y biblioteca temática “Música popular y folclórica uruguaya”.

A comienzos de la década de 1960, Pepe y Braulio, con 18 y 19 años, respectivamente, con los bolsillos vacíos y en las manos sólo un par de cartas de recomendación, conquistaron Montevideo. El entusiasmo que generaron en su pueblo se repitió en la capital. En radio El Espectador los contrataron para hacer un ciclo de 15 días y les fue bien. La gente de Treinta y Tres les llevaba flores y pasteles a la radioplatea y los alentaba. Cuando terminó el ciclo, se lo renovaron. Vivían en La Teja y seguían buscando el camino.

Recuerda el maestro Obaldía que cuando llegaron al sur lo contactaron.

—El Maestro Lena y el Laucha nos mandaron con usted por si tenía alguna canción.

Dice Obaldía que los sábados de noche se juntaban todos los treintaitresinos en la casa del Paco Bilbao y se armaban tertulias y guitarreadas. Cantaban, tomaban mate y comían asado. Pero también “hacíamos canciones, unos creaban la música, otros escribíamos. Terminó siendo un centro de creación popular”. Como en los cotorros, pero en Montevideo.

Además de conseguir la aceptación orgullosa del pueblo olimareño, se fueron metiendo en el corazón de todos los uruguayos. Con un repertorio original, jugado a lo local y de alta calidad, diseñaron poco a poco un cancionero nacional y forjaron un público que los escuchaba con admiración y complicidad.

“Andábamos de Quijotes por todo el interior cuando nadie nos conocía”, explicó Pepe Guerra en un viejo reportaje. Siguiendo el consejo de Lima, trovador sin instrumento y peregrino, iban a cantar a las escuelas y se metieron en la oreja de un montón de niños que fueron armando una memoria de canciones.

Un fogonazo que alumbró el camino

¿Pero de dónde venían las canciones? En los ranchos, en el monte, en la casa de Fulano, en la orilla de los ríos, en los fogones, en la escuela, bajo los puentes o en las sierras... cualquier lugar era bueno para componer. Pero la “cocina” se daba en las sesiones que se armaban cuando alguno invitaba a juntarse —con el pretexto de haber comprado una botella de caña— porque tenía una letra o una melodía empezada.

—Nos llamaba el Rubio —recuerda Guerra—, mandaba a su hijo Eduardo a mi casa en bicicleta: ‘Pepe, dice papá que vayas que tiene una caña preparada’. Y yo sabía que no era solo la caña. Así funcionaba la cosa. Les llamábamos las sesiones. No sé si éramos conscientes. Pero teníamos el rumbo. A dónde ir. No sabíamos si llegábamos y llegamos juntos, con Lena y Lima. Llegamos bien a lo que queríamos. Yo era un cantor de boleros. Lima y Lena nos abrieron el horizonte, con ellos conocimos a [Antonio] Machado, por ejemplo.

Lena reconocía que “lograr un producto que sea comprensible a todos, sin perder calidad, es un martirio para el creador”. Tenía, además de talento e intuición, esa certeza. Y otra: “Lo que siempre tuve claro fueron los destinatarios de mis cosas: los pobres, los ignorados, los que nadie jamás nombra”.

Las primeras guitarras de Los Olima se las compró el pueblo a través de una comisión de apoyo que se creó especialmente para respaldar la labor del nuevo dúo. “Ahí nos quieren de veras, con nosotros no va ese dicho de que nadie es profeta en su tierra, en cada nueva actuación el entusiasmo es mayor”, dijo Braulio promediando los años 1960.

El ambiente de las sesiones era el mismo que se respiraba en los cotorros. Había vino en damajuana, tabaco armado y gente con mucho entusiasmo por la creación y por el brindis. Hubiera puchero o asado, existía una familiaridad que se colaba en el arte. La canción “De cojinillo”, por ejemplo, el primer gran éxito de Los Olimareños, compuesto por Lena, puso en primer plano a los personajes más sencillos de aquella comunidad y empezó siendo un juego para que se durmiera su hijo Rodrigo.

Así como encontró en los espejos del río los reflejos de la querencia, el Maestro Lena halló en la vida de los rancheríos rurales y los patios suburbanos los rasgos de identificación de la gente más humilde y los convirtió en canciones. Darse cuenta de que la gente “se anda buscando”, le provocó un fogonazo que le alumbró el camino.

Pepe Guerra, que lo definió alguna vez como “el [Nicolás] Guillén uruguayo”, dice que al Maestro le obsesionaba encontrar el punto exacto entre la sencillez y la belleza. “El Rubio insistía con ‘la palabra más desnudita’. Y lo decía también León Felipe. Sin caireles, ‘sácale todo y recién será poesía’. Lo decía Antonio Machado cuando hablaba de la síntesis y la poesía. Todos andábamos dando esa batalla de encontrar lo bello en lo simple, era nuestra pelea”.

Consolidación, exilio y después

En sintonía con la gente que andaba queriendo encontrarse, decidieron cantar siempre lo propio, escapando de lo comercial y de la fórmula probada de la música argentina que inundaba el dial y se repetía en la impertinente sugerencia de las discográficas. Así llegaron los primeros grandes éxitos: “Orejano”, “De cojinillo” y “A don José”. Y empezó una historia vertiginosa que si bien los alejó por un tiempo de sus pagos, los llevó a caminar el país escuela por escuela y teatro por teatro, a girar por Argentina con Jorge Cafrune y a recorrer Europa hasta llegar a Moscú. Participaron en Cuba en el Primer Encuentro Mundial de la Canción Protesta y en el festejo por el triunfo de Salvador Allende en Chile. Afinaron con el compromiso social y político que sonaba en la época.

Editaron Cielito del 69 (1970) y fue un éxito sin precedentes. Inventaron la murga canción y volvieron a romper los moldes con el álbum Todos detrás de Momo (1971), que algunos consideran una obra maestra. En 1973 llenaban salas donde fuera que tocaran. Después vino la cárcel de Braulio en Argentina, el comunicado firmado por un ignoto comisario Celso Rodríguez que prohibía “propalar canciones del conjunto”, la utilización militar de “A don José” como fondo musical de los comunicados de las Fuerzas Conjuntas para anunciar el golpe de Estado del 27 de junio de 1973 y la canción “Ta llorando...” escrita por Guerra casi al pie del avión que lo llevaba al exilio.

El mar que tanto había querido conocer el Pepe cuando era niño ahora los separaba, implacable, de sus pagos. Y el agua que empezaron a añorar era la que corría, dulce, sobre el lecho del río Olimar.

Primero fueron a España y luego a México. No les faltaba trabajo, tocaron en todo el mundo, pero extrañaban demasiado “el olor de la leña del monte, el olor a la cocina de mi casa en La Floresta”, como escribía Guerra en una de sus cartas dirigidas al Serrano Abella. En otra le contaba a su amigo detalles del trabajo: “Estamos preparando un long play con canciones nuevas: ‘Viejo barrio’, ‘Donde arde el fuego nuestro’ (esta creo que va a quedar muy bien)... Con el permiso del Maestro: ‘Valsecito’, ‘Rumbo’, ‘Desde una rama’, ‘Noche... noche...’, ‘Quirpa llanera’, ‘Nuestro camino’... y las otras todavía no las tenemos. No sé si en el solo mío meter ‘Ta llorando’ o ‘Entre la vida y la muerte’... ¿Qué te parece? Cuando escribas opiná al respecto y también en el mismo sobre que opine el Maestro. No nos dejen tan solos aquí carajo”.

El resto de la historia es más conocida. Llegó el desexilio. El recital del estadio Centenario bajo lluvia en 1984 y con un mundo de gente que refrendaba su preferencia a los cantores, esa segunda “unanimidad nacional después de Gardel” de la que hablaba el musicólogo Coriún Aharonián. Después vino la separación “por el desgaste de andar juntos”, según explicaron, y el camino de cada uno en solitario, o más precisamente como solistas. Hasta que volvieron a unir sus voces en 2009, “por última vez”, dijeron, también a estadio lleno. Afortunadamente no cumplieron esa palabra y han vuelto a tocar juntos varias veces y cada vez que lo hacen renuevan la magia que enunciaba el Laucha Prieto.

Hace poco José Luis Guerra cumplió 80 años y la Intendencia de Treinta y Tres con participación de la Dirección Nacional de Cultura le preparó un homenaje para diciembre. Un reconocimiento en forma de concierto —propuesto por el periodista y músico olimareño Rodrigo Abella— en el escenario principal Serafín J García, del parque del río Olimar, con la participación de Numa Moraes, Florencia Núñez, dúo Copla Alta, Julio Víctor González (el Zucará), dúo Tantomán, Gustavo Espinosa, Jorge Nasser y Demetrio Xavier, entre otros.

Por otra parte, el 17 de noviembre Braulio López volvió a actuar en Montevideo, en el estadio Centenario, en otra noche lluviosa, abriendo el espectáculo del músico británico, Roger Waters, fundador de Pink Floyd.

Es que sus voces siguen sonando. Como solistas o como dúo, desde niños o con 80 años cada uno, con guitarra y bombo legüero o con medio centenar de discos editados, como cantores de radioplatea, como guitarreros de quilombo o como autores de varios himnos nacionales, con Rubito Lena o con Roger Waters... como dijo Atahualpa Yupanqui una tarde de fogón y guitarreada a orillas del Olimar:

—El asunto es cantar.


  1. Los testimonios de Oscar Prieto, José Luis Guerra y José María Obaldía consignados en esta nota, fueron recogidos en la investigación que realizó el autor para su libro Serrano Abella: la voz desnuda (Fin de siglo, 2017). 

  2. Vivencia de Pepe y Braulio. Nota de Ruben Lena en semanario Jaque, el 9 de diciembre de 1983. 

  3. Íbidem.