1

Cuando era niño, quería ser biólogo marino (o lo que yo pensaba que era ser biólogo marino). Ese deseo (o el recuerdo de algo parecido a eso) persiste (pero también algo diferente al deseo, que es lo que da vueltas aquí como la gaviota en torno a la mesa). El otro día me encontré, lejos del mar, con un amigo cuya hermana es bióloga, y marina. Él dice que ella está casi todo el tiempo enfrente de su computadora. Yo le dije que uno de mis otros deseos era ser pintor, y algo así soy, pero que paso gran parte del tiempo frente a la computadora (y ese no era mi deseo). Nos reímos, porque también él y su novia y su amiga y la amiga de su novia y el primo y la otra hermana y la prima del primo están todo el tiempo en la computadora. No sé si le pasa lo mismo a sir David Frederick Attenborough,1 pero sus deseos rondan algo. La computadora es el mar.

2

Mientras escribo esto, observo el mar. Estoy en un restaurante llamado Morski val, que significa «ola marina» en esloveno. El restaurante está situado sobre el mandrač, o el puerto local de Izola (la palabra mandrač es de origen griego, μανδράκι, y navega hasta aquí desde Venecia; muchos eslovenos no la reconocerían como propia de su lengua). Izola es una ciudad ahora en la costa norte de Istria, en el extremo sur de Eslovenia, cerca de la frontera norte de Croacia, al este de Italia. Veo Trieste desde aquí. Este mar se llama golfo de Trieste. El golfo de Trieste es parte del Mar de Venecia. El Mar de Venecia es parte del mar Adriático. El mar Adriático es parte del mar Mediterráneo. El mar Mediterráneo, un extraño y viejo agujero en la Tierra, lleno de agua, se comunica con el océano Atlántico al oeste y con el Mar Rojo y el Mar Negro al este, pero los navegantes deberán sortear muchos otros golfos y mares de diversos colores antes de llegar a ellos. Los nombres nos seducen y nos controlan. Los colores suelen equivocarse. El mar es la distancia.

3

La gaviota es,
mozo de restaurante,
tu enemiga.
Ruth Ferrari

Morski val es un restaurante de puertecito, que atiende a multitudes de turistas en verano y a un par de docenas de pescadores y fieles parroquianos el resto del año. El número de mesas y platos navega esas olas. Las gaviotas se roban tranchas de pizza de los niños austríacos en agosto, y migas de pan y girice (mojarritas) de izolani (o isolani, en italiano) en diciembre. Aquí se hablan todos los idiomas del mundo, y si alguno no se habla, se aprende rápido, aguardiente de ciruelas de por medio. Las palabras vuelan como flechas, como piedras, como gaviotas y como balas. El mar es una isla.

5

Los mozos y cocineros de Morski val, gracias a las gestiones de Aleksandra, su propietaria, representan a casi todos los países que conformaron y conforman las Yugoslavias históricas y actuales. Desde aquí, al extremo oeste de la tierra de los eslavos del sur, se ve el otro lado del mar: las montañas de los Alpes Julianos y la costa noreste de Italia, un rosario de viejas ciudades como Aquilea, por siglos uno de los centros de poder político y eclesiástico en pugna por esta región (parece que Marcial, que inventó el secuestrador literario o plagiarius, deseó retirarse en ella).2 Convertidas en resorts y ciudades dormitorio de Venecia, muchas de ellas, situadas en torno al río Po y sus afluentes, están destinadas (lo dice un informe a la vista del público en el Acuario de Pula, la gran ciudad romana de Istria) a desaparecer bajo las crecientes aguas muy pero muy pronto. Mientras hacemos la vista gorda, puedo girar la cabeza hacia mi izquierda y contemplar, de este lado de la costa, el comienzo de las colinas istrianas, un mundo de piedras y olivos y viejos pueblos en las alturas, poblado de consonantes fricativas postalveolares y gentes hurañas (los piratas istrianos fueron el motivo principal de la expansión del imperio romano y, luego, de la colonización más bien poco diplomática, para los cánones de La Serenissima, de esta región). Desde esa altura, con un poco de suerte y algo de imaginación, destella al sol de un día calmo de verano el domo de San Marco. Era domingo y bajábamos desde el acantilado al valle, Verena y yo. Atardecía, y me animé a hablarle de una nube que pasa por mi mente con frecuencia y que intento ahuyentar cada vez: que a veces tengo miedo de que vuelva a pasar, del diablo en las colinas. De la trampa de Sarajevo, de Dubrovnik, de incontables aldeas yugoslavas rodeadas desde lo alto. Que a veces, especialmente cuando todo parece estar bien, no pienso en el humo de los fuegos de mayo en los que se queman las ramas de los olivos podados para ahuyentar el mal invierno, sino en las balas que vienen de no se sabe dónde. Un día el mar devolverá los muertos que hay en él.

4

La película cuenta la historia de un artista de unos sesenta o poco más años, nacido en Bania Luka, por entonces una importante ciudad de la República Socialista de Bosnia y Herzegovina, República Federativa Socialista de Yugoslavia, y ahora capital de la vergonzosa entidad política llamada República Srpska. Vive exiliado en Londres de las guerras de secesión yugoslavas de los noventas. Fuma al modo yugoslavo-otomano, compulsivo y absorto, mientras pasa de una obsesión a otra. La primera de esas obsesiones es una serie de pinturas en pequeño formato, semiabstractas, semibizantinas, semimísticas, que elabora de modo obsesivo en su pequeño apartamento-taller y de las que habla en ese tono metafísico-matemático que solo existe en el mundo eslavo. La segunda es el río Vrbas (250 kilómetros). El documental que miramos lo persigue por varios meses, quizá un par de años. Cada dos por tres, cigarrillo en mano, el mentón alzado, el protagonista lanza una oda al río Vrbas, poblada de nostalgia: se perciben sombras de adolescentes desnudos, de pececitos saltarines, de sauces llorones. Qué daría yo, dice, por volver a recostarme a la vera del Vrbas (entre la v y la r hay una semivocal parecida a una breve e, el acento está en la v). Pero no tiene dinero para pagarse un pasaje de avión a Sarajevo. El tipo es poeta, se dice también (ha ganado premios o eso se desea). Lo veneran en el mundo de los exiliados bosnios en Londres. Aunque es intratable (esencialmente porque nunca termina lo que se propone), una mujer un poco más joven que trabaja en algo así como un centro cultural bosnio lo convence de hacer una muestra con sus (relativamente) nuevas pinturas, seis o siete óleos sobre lienzo de, digamos, 70 x 50 centímetros. La noche antes de la muestra, luego de emitir una elegía al Vrbas, le secuestran, aguardiente de ciruelas de por medio, las pinturas (que no están terminadas, claro está). La inauguración es un éxito y vende todas las obras. La penúltima entrevista de la película lo muestra dos días después, sentado en el borde de la cama, fumando, con la maleta lista sobre la mesa ratona. Mañana, dice, estaré junto al Vrbas, respiraré el aire del Vrbas, danzaré con los sauces llorones del Vrbas. La última entrevista de la película está filmada no se sabe cuánto tiempo después. Esa noche, dice, me metí en el bolsillo la mitad del dinero que gané con las pinturas y me fui al casino. Lo jugué todo y todo perdí. Así que regresé a mi casa, me metí en el bolsillo el resto y volví al casino. Y perdí. Qué daría yo, dice, por volver a recostarme a la vera del Vrbas. El mar no es un río.

6

A veces echo de menos a Branči. No aquí, en Morski val, sino un poco más adentro de la ciudad vieja de Izola. Entre los bares que rondan las calles oscuras flanqueadas de casas de piedra istriana explotada por Venecia, muy pintorescas, plagadas de moho y nostalgia, en las que pernoctan y tosen demasiados inquilinos y que rondan seres enloquecidos por el viento del norte, que aquí se llama burja o bora y que se nombra parecido en todo el Mediterráneo. Él podía aparecer en cualquier momento a hacer una pregunta incómoda o levemente babosa. Me contaron que Branči era un genio de las matemáticas en su juventud. Que había ganado la lotería (o había recibido una herencia) y que se la chupó. Literalmente, como diría un influencer. Después, vivió de la nada o algo parecido a eso por muchos años. Me ofuscaba un poco Branči, cuyo nombre real (de origen bosnio) anoté en un cuaderno la primera vez que hablé con él, porque escribía haikus y estaba metafísicamente borracho, incluso cuando no lo estaba corporalmente. Hace cosa de un año se colgó. Su muerte me ronda a veces en las calles ventosas. No leí una necrológica de ilustre local a su nombre en el periódico de Izola (que se llama Mandrač), pero me la imaginé yo para hacerle una foto de muerto. El mar es abismo y resplandor y azar y viento.

7

El director de Mandrač se llama Drago (dragi es un hombre querido, draga una mujer querida, así se puede empezar una carta de amor o de odio). Pero su nombre en el mundo es Mef. Mef es cantautor y representa, aunque con cierto delay, la Eslovenia yugoslava que algunos amamos por sus frutos y no necesariamente por sus ramas. La Yugoslavia en la que esta ciudad, regida en distintas épocas por Roma y por Viena, por Liubliana, París y Belgrado, era un pequeño enclave de la costa istriana en una federación de repúblicas de habla eslava mezclada con todo lo posible, en la que el rock and roll y el cine extremadamente revulsivo, erótico y rabiosamente rebelde de los años 60 y 70 dejó una estela que va a morir muy, pero muy lentamente.3 Ya no los hacen así, dice de Mef, condescendiente, Sanja, mi amiga melómana. Una de sus canciones, «Los mejores años», es una elegía a Sani, un tipo tranquilo que rondó esas épocas de «cenas en la barca», nuevas discotecas y conciertos y que perteneció a la «generación del mar», esa de los que «contaban los pasos que separaban las paredes del horizonte; / todos contaban unos pocos, solo él contó demasiados, / y terminó en el periódico como un accidente más».4 El mar es la ropa del que se baña en él de madrugada.

8

En Izola hay dos asociaciones de lengua italiana rivales que lidian con una parte del relativamente magro patrimonio ahora «italiano» de la ciudad: un par de palazzi con ventanas de estilo gótico veneciano con fachadas sobre la iglesia del mandrač, flanqueados por un bar de vinos cuyo logo indica con orgullo la fecha 1546. Es verdad que el vino blanco que se producía y se produce en esta región y en esta isla, cuando aún era una isla, tiene largo pedigree (y muchos pretenden que es el caecuban que se consideraba el mejor vino posible en el mundo romano de Plinio el Viejo, y que parece que Marcial llegó a probar, aunque añejado: todo esto es improbable). Aunque ahora parezca extraño, la economía premoderna de Izola no dependía tanto del mar (aparte de la actividad pesquera de supervivencia y el tráfico de salazón a espaldas del sistema impositivo de Venecia) como de la agricultura, especialmente la recolección de aceitunas (aunque ni uno solo de los molinos de aceite de oliva atestados por siglos en Izola persiste en la actualidad) y los viñedos. Ese vino, llamado malvasija en esloveno, tiene cuerpo de aceite de oliva y regusto de piedra y romero, y se bebe mezclado con agua mineral. El brebaje se llama špricer en esta parte de Eslovenia, pero gemišt en Croacia (ya a un par de kilómetros). Ambas palabras significan lo mismo y son de origen germánico. Toda una sección de la literatura italiana, mientras tanto, se dedica a las memorias, usualmente nostálgicas y a veces muy rencorosas, de los ahora italianos que vivían aquí (como italianos) hasta que de un modo u otro (el modo refiere al grado de urgencia) emigraron a Italia tras los acuerdos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Algo después, la ciudad se pobló con numerosos eslovenos que de un modo u otro (el modo refiere al grado de coacción) emigraron de Italia después de 1945, y de trabajadores y no trabajadores de otros países de Yugoslavia más tarde. De los que se quedaron, entre estos últimos, los albaneses (de Macedonia o de Kosovo) son la mayoría ahora. Viven aparte, por decisión propia y de las otras comunidades, que los temen un poco. Pero cuando se aprende algo de albanés y se lo usa, algunas puertas se abren, y pueden dar a un patio luminoso. En las calles de Izola en invierno se habla albanés tanto como esloveno o italiano. O la mezcla de ambos: recuerdo a Pau Delgado Iglesias5 riéndose de la expresión Ma che dobro!, «¡pero qué bueno!» en una mezcla de italiano y esloveno y exhalada al modo italiano. El mar no olvida.

9

Un poco más arriba de Morski val, sobre la calle Gregorčič, vive Dorina. Dorina Bržan tiene 90 años y es poeta. Escribe en dialetto isolano, el italiano que se hablaba de antaño en Izola, un véneto perlado de palabras catalanas e italianas e influencias eslavas y quién sabe qué más, porque su estudio no solo nunca empezó, sino que está recién empezando. Aunque dejó de fumar hace poco, Dorina bebe café casi todas las mañanas en Pri Kralju, un café situado frente a una galería de arte, junto a la casa de Mef, sobre la calle Liubliana, otrora poblada de galerías de arte gracias a las políticas inmobiliarias de una alcaldesa sabia. Todas las semanas publica poemas de diversos autores en una «esquinita», como la llama ella, del periódico, titulado «Ars longa, vita brevis». De pocas cosas estoy más orgulloso que de haber sido curado por Dorina para su columna. Uno de sus poemas, publicado en el libro Scoi e onde de vita (Isola, Il Mandracchio, 2008), se titula «Mar isolan», y comienza así: «Te son el mio amor par sempre / ti no te me tradìsi mai / quando vegno drento de ti / te me cioghi / te me vol ben senza rimproveri / te involtisi el mio corpo co’ le tue onde». El mar es la mar.

10

A principios del siglo XIX, tras varios siglos de existencia isleña, el poblado (se lo conoce como Insula en el siglo X, se lo llama Insulle a fines del siglo XIII, poco después de caer bajo la égida de Venecia) decidió formalizar lo que parece haber sido un deseo bastante profundo, al menos de algunos: desentenderse de la condición insular. La decisión no me maravilla tanto como los misterios de su puesta en práctica, cuyos detalles probablemente nunca conoceremos del todo. La tarea, no especialmente difícil, contó con la ayuda de los viejos muros de la ciudad fortificada, que sin duda los contemporáneos consideraban un lastre inútil y no necesariamente un capital turístico a futuro. La franja de mar que separaba el continente de la isla desapareció bajo las olas de algún progreso, un poco como la línea férrea que posteriormente conectó brevemente Izola con Trieste y con el sur de Istria, la Parenzaner Bahn, aquí conocida como Parenzana (en italiano) o Porečanka (en esloveno y croata). Tras una quincena de años de alegrías locales y de beneficios para los inversores y el Imperio austrohúngaro (el primer tramo fue inaugurado en 1902), la línea férrea pasó a manos del Reino de Italia, que, especialmente después de la Marcha sobre Roma en 1922, la degradó a conciencia (por motivos esencialmente xenófobos) hasta cancelarla definitivamente en 1935. Ese mismo año, Mussolini decidió desmantelarla, y los rieles terminaron en el mar (sobre un buque de guerra) y dieron con su nuevo trayecto en Abisinia (¿seguirán allí?). La huella de la Parenzana es ahora un capital turístico y una pintoresca ruta cíclica, aunque los mapas publicados en varios idiomas para los foráneos suelen omitir uno de los monumentos a su vera. Situado cerca de Izola, en el poblado de Strunjan, donde terminó el paseo con Verena, conmemora un evento acaecido el 19 de marzo de 1921 a las 18.30, cuando unos soldados fascistas dispararon desde el tren a un grupo de niños que jugaba junto a las vías, matando a dos de ellos (Renato Brajo y Domenico Bartola) e hiriendo gravemente a tres. En una carta enviada a la madre de uno de los niños, el Ministerio de Finanzas de Italia lo llamó «un suceso desafortunado» que jamás fue investigado. Los vecinos recuerdan el crimen cada año, y cada año una carta se emite al gobierno italiano, exigiendo una disculpa. La vista gorda. La tripulación del tren, dicen por aquí, estaba comandada por un tal señor Benvenutto. Odio el mar, escribió Martí, un isleño, odio el mar, «que sin cólera soporta / sobre su lomo complaciente, el buque / que entre música y flor trae a un tirano».

11

Oigo las gaviotas chillar.
Nos hacen señas.
El mar es un muro.
Tomas Tranströmer6

Francisco Tomsich (Uruguay, 1981) produce exposiciones, publicaciones, obras escénicas, modelos de investigación y dispositivos pedagógicos, operando con diferentes medios, lenguajes y lenguas. Ha cofundado e integrado numerosas asociaciones no disciplinarias de trabajadores culturales en Sudamérica y Europa. Sus obras, expuestas y publicadas internacionalmente y premiadas en numerosas ocasiones, se caracterizan por la atención prestada a las condiciones materiales de producción en el tiempo y el lugar en que acaecen y la urgencia por producir diálogos críticos entre imágenes del pasado, nociones de presente y modelos activos de futuro. Vive en Istria.


  1. Ocean, lanzado por la BBC en 2025 en ocasión de su cumpleaños número 99 (y del Día Mundial del Océano), es el gran melodrama acuático del año, en parte solo emulado por Bailarina en la oscuridad (Lars von Trier, 2000). 

  2. Marco Valerio Marcial murió en su tierra natal, en la actual provincia de Zaragoza, España. 

  3. Algunos ejemplos se nombran en https://eslavia.com.ar/el-pais-que-persiste-en-las-peliculas-una-introduccion-conversada-al-cine-yugoslavo-entrevista-a-francisco-tomsich/ 

  4. https://www.youtube.com/watch?v=fOBoWQ65QhY 

  5. Artista uruguaya que hizo una residencia artística en Izola en 2024. Ver: https://kudaacboja.wordpress.com/algia-2-pau-delgado-iglesias-2024/ 

  6. De Den stora gåtan (La calle grande), 2004. Traducción de Francisco Tomsich. Ver: https://franciscotomsich.org/2011/12/17/3704/