El muelle
«Robaina está viniendo para acá», dice Patricia, una de las alistadoras de palangre, desde el muelle principal del puerto. «Se rompió la Rififí y la traen a remolque», avisa. Son las 12 del mediodía del martes de Semana de Turismo. La barca llamada La Chinita entra al puerto de Punta del Este con la bodega llena de pescado y la Rififi a cuestas.
«El alternador dejó de cargar y tengo bomba eléctrica», dice el capitán Julio Robaina al descender de la embarcación, mientras anuda los cabos a la bita de amarre. El traqueteo de las cajas de pescado que los tripulantes descargan en el muelle no parece inquietar a Hércules, el perro del puerto que, inmutable, descansa tranquilo al sol.
«A mí, honestamente, este trabajo no me gusta», dice Patricia, mientras se frota las manos con sal para que no resbalen con la grasa de los pescados, «lo hago por necesidad». La alistadora engancha la carnada a los anzuelos del palangre con la destreza que le da la experiencia de los 20 años que lleva en este oficio. Esta herramienta artesanal consiste en una línea de pesca principal, la «línea madre», que tiene 200 metros de largo, a la que se atan líneas secundarias o «brazoladas» con un anzuelo en el extremo. La carnada es de lacha, lisa o congrio y se utiliza para pescar principalmente brótola, un pez de cuerpo alargado que mide en promedio unos 30 centímetros de largo y que se encuentra sobre fondos arenosos en agua salada y fría.
—En momentos de buena pesca —continúa la alistadora— convivís más con los compañeros que con tu propia familia. Yo tengo un nietito de diez meses y a veces paso tres o cuatro días sin verlo, estoy metida acá, y cuando lo vuelvo a ver, el niño me mira y dice: «Epa ¿vos quién sos?».
El capitán deambula por el muelle, descalzo y de buen humor, a pesar de las complicaciones con la Rififi. Se sienta sobre la bita de amarre a fumar un cigarrillo, sostenido con la misma mano en la que lleva un anillo labrado con un ancla y un timón. «Tengo todo el pescado en el agua», dice Robaina al panadero, que se acerca para entregarle una bolsa con torta de fiambre y empanadas de pollo.
Cuarenta palangres y 20 redes esperan a 21 millas náuticas del puerto, a la altura de la boya petrolera, frente a José Ignacio. Cuenta que la tripulación de las barcas de pesca artesanal que utilizan palangre se compone de tres tripulantes: el timonel, el tirador y el molero.
Al llegar al sitio elegido por el capitán, los navegantes comienzan a «calar», arrojando al agua el «grampín», un ancla pequeña unida mediante un cabo al «gallo», una boya con una bandera que indica dónde empieza y dónde termina el palangre.
Después de unas cuatro horas de espera en el mar, descansando en la cabina del timonel, sacudidos por el vaivén de la marea, llega el momento de la «virada», la recogida del palangre. El tirador, posicionado en un soporte de madera denominado libro —explica Robaina—, «cincha de la madre y sacude la brazolada, desbocando al pescado, que cae sobre la cubierta. Si el tirador es bueno, se dice que ‘está de mano’; en ese caso, tira el pescado directo a las cajas». Atrás, en la popa, va posicionado el molero, que enrosca la línea para que no se enrede, lo que se denomina «hacer mola». «Nosotros hemos preparado a un montón de muchachos, pero nos ha costado», dice Robaina con voz grave, mientras la ceniza del pucho está a punto de caer, «porque no le agarran la mano, viste».
Le da una larga pitada al cigarrillo y continúa con voz pausada mientras deja salir suavemente el humo por la boca entreabierta: «Acá más que nada necesitás chispa. No tiene ciencia esto. Porque hacés todos los santos días lo mismo».
Hace 20 años que el hoy capitán Robaina, de 44, dejaba de servir brótola en un restaurante de la península y comenzaba a alistar palangre en el puerto de Punta del Este. Luego, se sumó a una barca y llegó a timonel.
«Julio es un buen capitán», dice Daiana, otra de las alistadoras, que llegó hace poco desde Pajas Blancas, en el oeste de Montevideo.
—Un buen capitán —dice Patricia, levantando la mirada— es ser buena persona, educada, respetuosa y compañera. Si vos tenés gente a cargo y estás enseñando, tenés que tener autoridad, pero sobre todo tenés que tener respeto. Nadie camina en este muelle si no respeta a las personas y al trabajo.
Preparación de palangres en el muelle principal del puerto de Punta del Este.
La terminal
«Pucho querido, qué casualidad encontrarnos acá, ¡hace años que no te veía!», dice el oceanógrafo Andrés Milessi, mientras apoya la valija a un costado de la mesa de un café en la terminal de Tres Cruces, a 130 kilómetros del puerto de Punta del Este. «¡Vos estás igual, Andrés!», añade el exfuncionario de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), el licenciado en oceanografía biológica Pablo Puig, «¿tomás un café?».
Milessi, coordinador de la organización de protección ambiental Mar Azul Uruguayo, es verborrágico y apasionado. Cuenta que está en tratativas con National Geographic para traer a Uruguay un ROV (vehículo operado remotamente) y tratar de filmar los corales de profundidad, ubicados en la zona del «talud», entre los 400 y los 800 metros de profundidad, en la costa atlántica. Allí, en los barrancos submarinos, se encuentran estos corales de agua fría.
«Son como unos árboles gigantes», dice emocionado, y añade: «¡Algunos alcanzan los 30 metros de altura!». Explica que son refugio para muchas especies de profundidades rocosas, como chernias, meros o salmones. Esta organización, que tiene como misión «proteger el mar azul de Uruguay, hogar de diversas especies marinas y ruta migratoria crucial, fomentando la sensibilización y la participación activa», según explica su página web, está impulsando que se llegue a proteger el 30% para 2030, como dice Milessi que el Estado uruguayo se comprometió a hacer. Hoy, recuerda, tenemos menos del 1% protegido. Las áreas propuestas son: Isla de lobos,1 a cinco millas náuticas de Punta del Este, el Banco del Pez Limón, a 50 millas náuticas de la costa de Maldonado, y la zona del talud, a 150 millas de la costa de La Paloma.
Puig es mesurado, habla despacio, pausado, con voz ronca. Observa, atento, los gestos de su colega.
—Sé que vos lo hacés con conciencia, Andrés —dice el exfuncionario de la Dinara—, pero así como hay gente que quiere explotar los recursos al máximo, hay otros que plantean que no se toque nada, y muchas veces toman posiciones que no son lógicas.
Tras una pausa breve, matizada por un sorbo de café, responde el ambientalista.
—¿Sabés lo que pasa, Pucho? A mí hay pescadores que me dicen: «Hay especies que eran zafra y ahora no las vemos más», antes iban a pescar a dos o tres millas ¡y ahora van a 40!
Sostiene que estamos ante un proceso que se llama «agotamiento secuencial de recurso». Y explica que cuando nuestras tribus indígenas agotaban los recursos de una zona, se movían para otra; en este caso, los pescadores se van a buscar el recurso más lejos. «No hay ningún estudio consistente que diga por qué pasa eso», dice Puig, y agrega: «La clave está en el plan de manejo costero».
—Tengo más de 20 años embarcándome —dice Milessi—, vi una degradación del mar y de los recursos naturales que tenía Uruguay tremenda. ¿Y qué estamos haciendo al respecto?
Una alistadora descarga los palangres a la llegada de una embarcación.
El siseo de la máquina de café espresso se mezcla con el murmullo de la terminal. En los altoparlantes, una voz distorsionada y metálica anuncia destinos, horarios y números de plataformas en una repetición continua. Puig mira una pantalla, luego su reloj. Recuerda que cuando trabajaba en la Dinara, en la Unidad de Pesca Artesanal y en los Consejos Zonales de Pesca, una de las cosas que más pedían los pescadores de la zona del Río de la Plata y del océano era ampliar la distancia a la costa a más de siete millas marinas, que es lo permitido por Prefectura.
«Eso pasa porque la población de peces se achicó», señala Milessi. Aclara que no es culpa solamente de los pescadores artesanales; hay una conjunción de factores y entre ellos está la pesca industrial de Uruguay, Argentina y Brasil, que tiene recursos en común. También, advierte, está el cambio climático, que es otro factor que afecta las poblaciones de peces.
Su colega trae a la conversación el tema de la contaminación. Dice que en Maldonado hay cientos de barcos que, muchas veces, tiran restos de combustible, «las cosas de los baños», y que se va tapizando el fondo marino con basura, plástico, nailon, y eso hace que «el bicho» no llegue tanto a la costa. «Me duele porque tengo gurises chicos», dice Milessi, bajando la mirada mientras suspira profundamente: «A veces creo que nos merecemos la extinción».
El activista sostiene que la clave está en agregar valor al producto: cuidarlo, mejorar la cadena de comercialización y garantizar que el pescador reciba un pago justo por su trabajo. Desde la extracción hasta el restaurante o supermercado, cada eslabón cuenta. «Hoy estamos prácticamente regalando nuestros recursos a dos pesos con cincuenta», añade. «Se pueden hacer las cosas mejor», señala Puig: «Está el ejemplo de Fuster», mientras su colega asiente con la cabeza. «El modelo a seguir», agrega Milessi, levantando la mano para pedir la cuenta.
La barca
Una hora y media después de la llegada de la Rififi al puerto, el capitán está listo para volver a zarpar. Esta vez en la Marycar, una vieja barca desgastada por los años, con 8,50 metros de eslora y 2,95 metros de manga, apenas un poco más grande que la elegante Rififi.
Con una velocidad de siete nudos, el rugido del viejo motor intraborda, un Perkins 4.236 de 90 HP, no da espacio para el diálogo. Algunas conversaciones se vuelven inútiles, se pierden en el camino o simplemente se abandonan, atrapadas por el zumbido de los pistones. Las señas son la forma más efectiva de comunicación entre los tripulantes de la embarcación. La mayor parte del tiempo están en silencio, inmersos en sus pensamientos.
El olor a la combustión del motor diesel invade la cabina del timonel. Un pequeño santuario de un metro y medio de ancho por dos de largo que está colmado de amuletos: cintitas rojas contra la envidia, un nazar turco para el mal de ojo, una estampita de Yemanjá para el amparo en el mar. Dos billetes de 20 pesos uruguayos están cuidadosamente anudados al cable de espiral que conecta la radio con el altavoz. La comunicación que nunca puede fallar, de la que depende la vida de los tripulantes.
Se calla el motor luego de tres horas y media cuando llegan al primer gallo, que indica dónde están las redes. La sonda de profundidades marca 22,5 metros y la barca, que tiene fondo plano, a diferencia de las que lo tienen en v, se bambolea tanto como un corcho en el mar.
Robaina lanza una bomba de estruendo al agua para alejar a un lobo marino demasiado curioso, atraído por la pesca. «Los lobos aprenden rápido, una vez que conocen dónde están las redes, dejan de pescar y van directamente a buscar el pescado ahí», dirá días después el oceanógrafo Andrés Milessi desde Fray Bentos, donde reside. La recogida de las redes se hace a mano, ya que el virador tiene un motor hidráulico que no funciona.
Con el pescado ya en la bodega, y después de dos horas de trabajo intenso, llega la noche. El sol se oculta 20 minutos antes de las siete de la tarde, detrás de la silueta diminuta de la ciudad de Punta del Este. Una inmensa luna rojiza asoma en el horizonte y se eleva como un globo aerostático reflejado en el mar.
Robaina intenta encontrar el gallo de los palangres en la oscuridad, pero no hay suerte. Después de más de una hora de búsqueda, la Marycar pone rumbo al puerto. Guiados por el GPS, y asumiendo la derrota de forma natural, casi como una costumbre, los tres marineros se van alternando al mando de la embarcación. Un fuerte olor a pescado impregna la vestimenta de los trabajadores, que comparten un colchón sucio y gastado.
Doce horas después de la partida, llegan al puerto, que está tranquilo, silencioso, en pausa. Las voces resuenan a lo lejos, alguna carcajada se siente desmedida en el silencio de la noche. Se descarga el pescado y se pesa, todo con infinita paciencia, sin apuro.
Fileteo de brótola en el puerto de Punta del Este.
Las jaulas
En el barrio de San Fernando, en la ciudad de Maldonado, el viento aún mueve las hojas de los árboles, resaca de una tormenta que ya pasó. Desde la ventana del primer piso de la planta procesadora de pescado, Fuster observa el paisaje industrial mientras da una pitada a un cigarrillo. «Con este viento no se puede salir a navegar», comenta, dejando escapar el humo por la ventana entreabierta. «Salimos en un par de días», dice a uno de los operarios, que levanta el pulgar antes de descender por la escalera. Es sábado 4 de enero y es plena temporada veraniega: el kilo de filete de brótola llega a un récord histórico de 1.500 pesos.
Jorge Fuster, de 64 años, siempre estuvo vinculado al mar. Es uno de los primeros surfistas de Uruguay. Canario de origen, está radicado en Maldonado desde hace 30 años. Recuerda que en los años 70, en plena dictadura, estaba prohibido por las autoridades militares practicar surf. Así que, junto con un amigo, decidieron ir a Prefectura a solicitar un lugar para correr olas. Luego de un tiempo prudencial, los militares les dieron una respuesta: «La zona que les hemos asignado es entre la parada 3 y 5 de la playa Mansa». «¡Pero es surf, no se puede hacer en una playa sin olas!», protestó el entonces joven Fuster. «Es eso o nada», sentenció el militar.
Desde temprano entendió que la relación con la «policía del mar» tenía que ser buena y paciente. «Acá, al tipo que te controla el barco te lo encontrás en el supermercado», afirma, «sacale el brillo de Punta del Este y Maldonado termina siendo un pueblo del interior».
Las estrictas regulaciones de Prefectura son un tema pendiente para los pescadores de Punta del Este. El tamaño de las embarcaciones, la distancia de pesca de 7 millas marinas (disposición marítima 99) y el papeleo exigido para poder cambiar o mejorar una embarcación son algunos de los principales reclamos. «Nadie se mete a cambiar un barco, porque si querés hacer los trámites, te morís en el intento», asegura.
La voz de Fuster es grave, áspera, pausada, y resuena en la sala de reuniones de la planta industrial de su propiedad.
—Estamos felices cuando pescamos acá atrás de Gorriti —agrega—. El tema es que si el pescado no está acá y se movió, por el cambio climático, por las bolsas de basura, por lo que vos quieras, tenés que ir más lejos a buscarlo. Entonces, no podés sacar una norma contra la realidad.
Las colillas se acumulan en el cenicero de vidrio, mientras se escuchan algunos pájaros en la quietud de la tarde estival.
A seis kilómetros de allí, amarrado en el puerto de Punta del Este, en las coordenadas 34° 57´.798 S - 54° 56´.816 W, está el Armonía, su «bebé», un barco del tipo knobee, cuyo diseño se caracteriza por tener una cabina situada en la parte delantera, una popa elevada y una cola chata, lo que lo convierte en una especie de pick up del mar. Esta embarcación fue adquirida por Fuster en la costa este de Canadá, lugar donde está muy desarrollada la pesca con nasas o jaulas, principalmente por razones ambientales, ya que permiten devolver al mar las especies capturadas que no sean el objeto de captura. Por sus características, el Armonía es ideal para la pesca con este sistema.
—El pescado de jaula es un pescado que viene vivo —comenta—, que no tuvo estrés, que te permite sacrificarlo de una manera controlada, eso implica que no hay agonía para morir.
Las jaulas están diseñadas para pescar peces denominados «demersales», los que habitan el fondo marino —como es el caso de la brótola o el lenguado—. Están construidas con una estructura metálica y recubiertas con mallas que tienen huecos para que puedan entrar los peces, atraídos por un cebo, pero no pueden salir.
—Más allá de un tema de conciencia ambiental —continúa Fuster—, hay un tema de calidad también. Aunque te parezca mentira, nosotros tenemos clientes, cocineros, por ejemplo, que diferencian el pescado por el proceso de pesca, porque el olor es distinto. La calidad es prácticamente insuperable. Un pescado capturado a jaula es otra dimensión —dice mientras apaga el cigarrillo.
Un pescador alimenta a un lobo marino tras el arribo de su embarcación.
El muelle
A media mañana, entre las embarcaciones que se balancean con la brisa, los lobos marinos asoman la cabeza, resoplando en el agua calma del puerto. El capitán Julio Robaina se alista para salir por tercer día consecutivo en busca de los 40 palangres que siguen en el mar. Mientras tanto, las alistadoras van llegando a las mesas para comenzar con la rutina de preparar su arte, justo cuando los pasajeros del crucero MSC empiezan a llegar al muelle.
—Los turistas se fascinan con los lobos marinos —dice Patricia, mientras acomoda las mesas—. Suben al muelle porque Juan Carlos, el filetero, les da los desechos. Para nosotros ya son parte del paisaje, pero para ellos... es una novedad. ¡Es como un espectáculo! Sobre todo para los gurises, que no paran de gritar cuando se acercan demasiado.
Desde temprano, los puestos de venta de pescado y mariscos están recibiendo visitantes. Algunos pescadores aseguran que marzo y abril no son los mejores meses para la pesca, por eso hay que aprovechar esta semana en que el movimiento del puerto es más intenso que lo habitual.
«Hoy no salimos, no vale la pena perder plata», dice Enio Ramos, timonel y dueño de la barca La Tortué, mientras filetea brótola en uno de los puestos de pescado del puerto. A su lado, María Inés, su compañera, cobra y organiza los pedidos de los filetes frescos. «Claro, enero y febrero son los meses fuertes», comenta ella, con una sonrisa. «Se pueden vender hasta 200 kilos de brótola al día. Pero ahora...», hace una pausa, observando a un grupo de turistas, «son unos días por semana santa y después hay que remarla».
Analía, que organiza cuidadosamente los productos de su puesto, Pata de Palo, dice que la brótola —que por estos días se vende a 900 pesos el kilo— tiene un sabor suave que hace que muchos clientes la prefieran a los pescados más gustosos, como la pescadilla, el cazón o el pejerrey. «Algunos se quejan del precio, pero no saben lo que cuesta sacar el pescado del agua», comenta, mientras ajusta los carteles.
El capitán Robaina, por fin, suelta las amarras. Desde el muelle, la cadencia del motor se escucha musical, un compás en cuatro tiempos que se repite sin pausa. Los reflejos en el agua, cambiantes, distorsionan la realidad con una belleza ambigua.
«Que tenga buena marea, Julio», dice Patricia, saludando desde el muelle. Robaina responde con un movimiento de cabeza. Mira al frente, mientras maniobra suavemente la barca en el agua calma. La Marycar es una bailarina en puntas de pie que va dejando su estela entre boyas y barcas amarradas hasta que se pierde, sigilosa, a la distancia.
Diego Vila, fotoperiodista y cronista uruguayo, aborda temas sociales y culturales en el contexto latinoamericano y es un colaborador habitual de Lento.
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El 22 de agosto de 2024 se decretó que Isla e Islotes de Lobos y su entorno sumergido ingrese al Sistema Nacional de Áreas Protegidas, bajo la categoría de Parque Nacional. ↩