Hay un pueblo aragonés a orillas del Ebro que recibió el impacto de un avión del ejército republicano caído en combate. El azar quiso que cayera en el río y se hundiera. Y la leyenda quiso que hasta hoy la gente siga creyendo y repitiendo que continúa allí, tantas décadas después, como un patrimonio sumergido de una de las batallas más largas y sangrientas de la Guerra Civil Española. Chema Jiménez es hidrógrafo y dice que lo más probable es que no haya ningún avión: en esa zona el río presenta su margen más baja, es imposible que no haya emergido nunca. Pero es inevitable alimentar la curiosidad y crear leyendas sobre todo aquello que no podemos ver. En los ríos pareciera ser más fácil desmontar ciertos mitos. El mar es otra cosa.

Jiménez dice que no conocemos el planeta en el que vivimos. Un planeta llamado Tierra pese a ser un 70% océanos. De toda esa agua, hemos explorado entre el 5% y el 7% de sus bajos fondos. Por eso el hidrógrafo ha construido un barco pequeño con forma de pez que funciona a control remoto y que, a través de un sonar de luz, obtiene imágenes inéditas de estructuras y especies vivas de los más oscuros fondos marinos. En resumen: ilumina el agua con sonido.

Hay muchos otros barcos similares repartidos por todo el mundo. A mitad de este año, una expedición del Conicet de Argentina sumergió un robot teledirigido a casi 4.000 metros de profundidad en la costa marplatense y su transmisión en directo por Youtube causó impacto en todo el país por la cantidad de especies marinas desconocidas que consiguieron verse por primera vez.

Biólogos marinos, oceanógrafos e hidrógrafos de todo el planeta continúan perfeccionando modelos de barcos y robots teledirigidos para estudiar al detalle los fondos oceánicos sin interferir demasiado, en un contexto en el que nuestra insaciable curiosidad humana pareciera virar hacia allí, hacia esa magnitud imposible de imaginar en sus dimensiones y tan difícil de cartografiar.

Google Maps y Google Earth han cambiado para siempre nuestra concepción de viaje y de lugar, trastocando muchas coordenadas que antes, hace muy poco, significaban otra cosa. Poco a poco y, por diferentes motivos, la curiosidad de muchas ramas del conocimiento, la ciencia, el arte, la literatura, y hasta la especulación económica, se está posando en los misteriosos fondos marinos, de los cuales solo conocemos las partes costeras y los puertos. El mar abierto sigue siendo una enorme incógnita de volcanes, especies inimaginables y reservas vegetales que sospechan las más grandes del planeta.

Caos sonoro

Cuando el geólogo estadounidense Harry Hammond Hess instaló hidrófonos bajo el mar para detectar submarinos nazis, una necesidad militar sirvió para descubrir un mundo nuevo de minerales, especies vivas, placas tectónicas, volcanes y cadenas montañosas. Desde aquel momento, a la cultura de la navegación se le agregó una nueva capa: la mirada submarina. Aunque con el problema en el propio hecho de ser considerada una mirada: es muy difícil ver los bajos fondos. Por eso la hidrografía y la oceanografía perfeccionan todo el tiempo herramientas vinculadas con el sonido. Y hoy, con la conciencia medioambiental, se le suma la preocupación por preservar y estudiar las especies que habitan bajo el mar. Por eso, la bioacústica marina.

El colectivo de artistas radicado en Londres Marshmallow Laser Feast trabaja con obras multisensoriales en las que la bioacústica tiene un papel protagonista. A partir de grabaciones con hidrófonos de sonidos de delfines, cachalotes y ballenas, proponen instalaciones inmersivas en realidad virtual y realidad aumentada con sistemas de audio y video multicanal para que nos sintamos bajo el agua y consigamos empatizar con cómo las especies submarinas perciben y utilizan el sonido. Y para que entendamos que la contaminación sonora provocada por el ser humano les afecta en proporciones enormes.

Este trabajo lo hicieron con la colaboración del Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas de la Universitat Politècnica de Catalunya, que dirige Michel André, quien lleva más de 20 años estudiando la compleja red sonora que existen bajo el mar. Al mando de The Ocean Mapping Expedition, entre 2015 y 2019 este biólogo francés empezó a trazar ese viaje pendiente e hizo la vuelta al mundo en un velero de 33 metros equipado con hidrófonos y sensores acústicos de alta potencia para elaborar una cartografía sonora del océano. Su conclusión más contundente de este viaje es que el mar no es nada silencioso, sino un caos sonoro, al que el ser humano aporta contaminación más que otra cosa. Y que el gran logro de nuestro siglo será establecer comunicación con especies que viven en los fondos oceánicos.

Ciencia ficción (o no)

La leyenda de una gran civilización desconocida sepultada por el mar ha sido uno de los mitos más extendidos de la historia de occidente hasta el día de hoy. Es rarísimo que exista algún ser humano que no sepa algo de la Atlántida y sus infinitas variaciones, desde Platón hasta Julio Verne y sus tantísimas versiones en el cine. Si desde los griegos hasta hoy los fondos marinos siguen siendo los grandes desconocidos de la geografía del planeta, eso ha quedado más o menos impreso en la literatura. Necesariamente.

Somos animales terrestres, hay que cumplir determinados protocolos muy bien cuidados si queremos sumergirnos. Necesitamos respiración artificial. Ahí debajo todo es oscuro, desconocido, potencialmente peligroso. No es nada extraño que en la historia de la literatura los fondos marinos sean concebidos como territorio inhóspito o hayan suscitado las más delirantes fantasías. Si bien no es el tema central de Moby Dick, lo que hay debajo del Pequod en todos los mares que surca aparece como un agujero negro que acabará tragándoselo todo, incluso al propio Pequod. Un agujero del que emerge la bestia principal y otras secundarias que no son más que materia prima para aprovechar y convertir en aceite.

En El mundo sumergido, JG Ballard imagina una distopía en la que la mayor parte de este está sumergido bajo el agua producto del calentamiento global, en medio de un clima tropical, repleto de insectos peligrosos y nuevas enfermedades. Pese a todo, el protagonista Kerans intenta sobrevivir y se plantea como más aliado que enemistado con la naturaleza. Para él, el fondo marino es peligroso pero no el principal enemigo: la amenaza sigue siendo el ser humano.

La propia Margaret Atwood aborda de manera lateral los bajos fondos marinos en MaddAddam, una obra de ficción especulativa que cierra una trilogía sobre un mundo pospandémico de sectas y científicos que realizan manipulaciones genéticas de organismos marinos que habitan en las profundidades. En esta novela de Atwood, el mar aparece como un espacio biológico inexplorado, con la fauna abisal como carne de experimento y una reinterpretación de la incógnita del fondo marino en clave biotecnológica.

En los bajos fondos, la literatura puede aparecer hasta en los momentos más trágicos y desesperados, el ser humano en el mayor de sus límites. En agosto de 2000, buena parte del planeta quedó conmocionada por la suerte de los tripulantes del submarino nuclear ruso Kursk, cuya mayoría perdió la vida tras una explosión y el resto murió asfixiado al ser imposible su rescate debido a las condiciones del mar y la inasumible profundidad. Cuando meses después consiguieron hacerlo emerger a la superficie, encontraron algunas notas: “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”. El escritor español Juan José Millás dice que estas palabras escritas en un trozo de papel tienen “la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario”: un pánico que no se nombra, una selección rigurosa de las palabras porque se acaba el tiempo, una literatura que sale a presión y “lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe”.

Museos

Ante la evidente imposibilidad de sumergirnos demasiado en el mar sin correr riesgos y con la consolidación de las experiencias inmersivas en los museos, los bajos fondos continúan siendo recreados en instalaciones de 3D y de realidad virtual para que consigamos acercarnos lo más posible a esta incógnita. Aunque los expertos en modelado, animación y lenguaje de videojuegos coinciden en que modelar y animar entornos acuáticos, volverlos realistas e inmersivos, sigue siendo tecnológicamente muy complicado. Pero muchos museos en todo el mundo continúan intentándolo.

En los últimos diez años también han surgido museos de arte contemporáneo que prescriben una experiencia performática en territorios subacuáticos. Que piensan y ejecutan sus colecciones para ser expuestas en el fondo del mar, para que la expectación sea in situ, buceando. Uno de los más conocidos se encuentra en Playa Blanca de Lanzarote, en las Islas Canarias, a una profundidad de entre 12 y 14 metros. Se trata del Museo Atlántico, inaugurado en 2017 por el escultor británico Jason deCaires Taylor como un proyecto que combina instalación de arte contemporáneo y conservación marina. Alberga más de 300 esculturas impactantes fabricadas de materiales con pH neutro que favorecen el crecimiento de corales. Al mismo tiempo, el leitmotiv del artista incorpora los problemas migratorios contemporáneos en obras como Rubicón, donde 35 figuras humanas caminan hacia un muro, y La balsa de Lampedusa, en la que esculpe una barca repleta de migrantes en diferentes posiciones dramáticas propias de la deriva en el mar, pero que, viéndolos en el fondo, parece que se hubieran congelado en una tragedia perpetua que continúa produciéndose a diario y sin eco en el Mediterráneo.

Jason deCaires Taylor es un nombre fundamental en esta tendencia de museos de arte contemporáneo subacuáticos. Su obra y curaduría están presentes en el Museo Subacuático de Arte en Isla Mujeres de Cancún, en un parque submarino de la isla caribeña de Granada, en el Museo de Arte Submarino de Townsville, en Australia, y en Nassau, la costa oeste de Bahamas, donde hizo la escultura submarina más grande del mundo: 6 metros de altura y 60 toneladas, para su lectura particular del mito de Atlas, representado por una niña autóctona en posición encorvada como si estuviese cargando con todo el peso del mar. Alguna vez este artista dijo que “el océano es el mayor espacio de exhibición que un artista puede desear” y, sin dudas, es quien más y mejor lo ha aprovechado en todo el mundo.

Uno de los museos pioneros es el Museo Subacuático de Side, en Turquía, con más de 100 esculturas que representan diferentes momentos de la historia del país. Una colección que lo acerca al Museo Submarino de Cope Tarhankut, en el Mar Negro de Crimea, para el que se han recuperado esculturas dañadas y derribadas de antiguos líderes comunistas, y que fueron colocadas en el fondo marino, muchas de las que pertenecían al Parque de los Héroes Caídos de Moscú. Causa otro impacto ver bajo el mar la barba de Marx, los bigotes de Stalin o el rostro inquieto de Lenin con las fisuras del material y la salinidad erosionando el cemento.

Muchas de estas obras han sido colonizadas por arrecifes de coral, son surcadas por cardúmenes de peces diversos, suelen estar intervenidas por algas y líquenes. En definitiva, prescriben una reelaboración permanente y caótica de parte de la naturaleza. Las pulsiones mitológicas, abstractas, costumbristas y monumentales de las esculturas dialogan con los movimientos imprevistos de la vida marina.

Misterio y lujo

El buceo por arrecifes de coral, submarinos hundidos o restos de ciudades antiguas sumergidas existe desde hace mucho tiempo. Pero en este contexto de sofisticación de la mirada submarina no es para nada extraño que una veta del turismo subacuático haya tomado el camino del ocio de lujo, esa eterna necesidad de exclusividad que tienen las élites. La industria que está siempre al acecho de nuevos territorios ahora busca expandirse hacia los dos extremos opuestos de la corteza terrestre: el espacio exterior y las profundidades marinas. Pero como los vuelos espaciales para turistas todavía representan un riesgo humano y económico demasiado inasumible, los esfuerzos se han enfocado en el mar.

Cuando la compañía OceanGate Expedition anunció que se abría la reserva de entradas para el Titan, una cápsula submarina hecha de fibra de carbono y titanio, diseñada para sumergirse hasta 4.000 metros y pensada para recorrer los restos hundidos del Titanic, las primeras entradas fueron reservadas por los mismos millonarios que se habían anotado para hacer turismo espacial con Virgin Galactic. El viaje en el Titan duraba ocho días y en 2021 costaba 125.000 dólares por persona. Al año siguiente subió a 250.000, y en agosto de 2023 hizo su último viaje tras implosionar y matar al instante a los cinco tripulantes que cabían a bordo.

El mismo año de la tragedia del Titan y con muchas menos expectativas de sumersión (no más de 200 metros) se anunciaba la creación del primer submarino turístico del mundo. El Nautilus, fabricado por la empresa holandesa U-Boat Worx, está inspirado en el famoso barco de Julio Verne y destinado al turismo de élite, con algunas de las comodidades que hay en los cruceros de lujo, pero, en este caso, comprimidas a las dimensiones submarinas. Otras empresas en diferentes partes del mundo también han creado modelos similares que ofrecen a demanda a agencias de turismo o a cualquier empresa que quiera sacarles partido.

Mientras tanto, Maldivas, Dubai, Australia, China y Singapur ya tienen sus hoteles de lujo sumergidos en sus respectivas costas, con habitaciones y livings de techos y paredes transparentes por las que se pueden ver corales y peces de todos los colores y formas, con precios que parten de los 1.000 dólares la noche. Algunos ambientes de estas instalaciones parecen escenas amables de películas de ciencia ficción.

Economía azul

Hasta el nieto del famoso explorador Jacques Cousteau forma parte de un proyecto vinculado con esta nueva mirada submarina. El oceanógrafo Fabien Cousteau encabeza Proteus, un plan para crear una versión submarina de la Estación Espacial Internacional. Se espera que en 2026 esté acabada en la zona caribeña de Curaçao y se dice que será para profundizar las investigaciones sobre los fondos marinos.

El gobierno chino planea para 2030 la inauguración de un megalaboratorio submarino para estudiar la extracción de diferentes minerales sumergidos, con una tónica similar en profundidad, inversión e infraestructura a la del proyecto de Cousteau, pero bajo otro leitmotiv, eso que alguien denominó la fiebre del oro subterráneo.

Ya existe uno de esos conceptos en los que el límite con el eufemismo está tan cerca: la economía azul, una suerte de tendencia actual en la que los mares se ubican en el centro de la actividad económica, pero —y ahí viene la frontera con el eufemismo— no solo como explotación comercial, sino también teniendo en cuenta su impacto sostenible. Países Bajos es uno de los punteros desde su mismo germen, con casi un tercio de su territorio bajo el nivel del mar. Pero Estados Unidos y China ya salieron a jugar en este terreno hace bastante y, desde luego, no solo en costas de su jurisdicción.

Las cantidades más grandes de inversiones en hidrografía y oceanografía no se hacen por cuestiones de bioacústica, arte contemporáneo o preservación de las especies, sino para la industria petrolífera o el cableado submarino. O para investigar el potencial económico de nuevos minerales. Parece ser que la fiebre del oro sigue siendo una pulsión muy humana, tan capitalista que ahora se ha trasladado a los bajos fondos marinos. Igual que el tráfico y la adrenalina, en una última vuelta de tuerca de esta mirada submarina tan contemporánea en la que estamos inmersos: ahora el narco colombiano también transporta cocaína en submarinos a través del Atlántico, dando lugar al neologismo de “narcosubmarinos”.

Hace más de diez años que la minería submarina está creciendo en todo el mundo, al mismo tiempo que las alertas sobre sus amenazas de contaminación sonora y de propulsión de gases de efecto invernadero. Quizás todo lo demás, lo que no genera tantas inversiones pero estimula debates, sirva para frenar o concientizar sobre estos riesgos.

Laureano Debat nació en Lobería, vivió en La Plata y en Barcelona. Es periodista cultural, cronista de viajes y escritor. Es autor de la novela Casa de nadie (Candaya, 2023).