En el subsuelo del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), en la sede de la calle Miguelete, un grupo reducido de científicos, colaboradores y funcionarios intenta desarrollar un sistema infalible que permita que las muestras recolectadas por la expedición Uruguay Sub 200, promovida por el Schmidt Ocean Institute, logren clasificarse y servir a la ciencia nacional y universal.

Lo que el buque de investigación oceánica Falkor (too) tomó desde el 22 de agosto al 19 de setiembre del fondo del mar uruguayo no terminará en manos extranjeras. El patrimonio científico y biológico uruguayo, que se vio enriquecido por la expedición hasta el punto de que se descubrieron especies nuevas, tiene potencialidades inimaginadas. Para conocer más a fondo, nos encontramos con el equipo que, no contento con vivir la expedición, ahora se encarga de maximizar los frutos que la ciencia uruguaya podrá sacar de ella: Sebastián Serra, biólogo zoólogo encargado de las áreas de Zoología de Invertebrados, Malacología, Ictiología y Entomología del MNHN, Federico Mas, biólogo marino, especialista en condrictios (tiburones, rayas y quimeras) e investigador del Laboratorio de Recursos Pelágicos de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), y Marina García, colaboradora, coordinadora logística del proyecto y gestora del MNHN.

«¿Quieren acceder a las muestras del Uruguay Sub 200? Bueno, vengan y laburen», bromea Serra, mientras indica todo el trabajo que queda por hacer. Tarros, tarritos, tarrinas, potes, potecitos, de tapa roja, amarilla, blanca, de plástico, de vidrio, transparentes, blancos y tanques grandes azules se extienden en un caos ordenado que cubre el centro de la habitación del subsuelo. Está todo extrañamente bajo control, aunque está casi todo por hacer.

Ciencia trendy

El Schmidt Ocean Institute es una ONG de alcance global, creada en 2009, que, según consigna su web, «trabaja para avanzar en las fronteras de la investigación marina proveyendo el soporte informático, tecnológico y operacional del nivel más avanzado para desarrollar proyectos en el mar».

Tras su primera expedición en 2013, ha recorrido los océanos revolucionando los equipos científicos extranjeros que deciden abordarlo. Sin duda, una gran oportunidad para la ciencia de cada puerto en el que anclaron el Falkor (too).

A fines de 2024, las expediciones tomaron otro sentido en el continente cuando visitaron Chile y descubrieron más de 100 especies nuevas, cautivando al público con sus transmisiones en tiempo real de la exploración del fondo del mar chileno, ambiente tan desconocido como hipnotizante. A partir de esa experiencia, el fenómeno científico desencadenó la creación de un fenómeno mediático y viral en redes.

Tiempo después, en agosto, la agenda regional se vio invadida de memes y videos, que, además de ser graciosos, reflejaban un interés inusitado por la biología marina. Es que no se puede consumir lo que no se transmite y era la primera vez que una transmisión de ciencia se volvía un éxito en Argentina. Al uruguayo no le quedó más remedio que maratonear las transmisiones a cargo de los investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

Esto repercutió en la previa, puesto que el siguiente destino del Falkor (too) serían nuestras desconocidas profundidades.

—La emoción de quienes transmitían enganchaba mucho. Quienes estaban del otro lado estaban muy atentos cada vez que aparecía algo. Se generaba una emoción por cosas que capaz que no tenían ni idea o que veían por primera vez. Además, era ver a los científicos en un momento no científico, humano —resumió García.

Foto del artículo 'Lo que el Falkor se llevó'

El público compartió este descubrimiento del suelo marino junto a los científicos, acostumbrados a muestrear de formas menos avanzadas, a veces con redes y casi siempre a ciegas. «Generaron un ida y vuelta con la gente, muchas veces las personas sugerían apuntar a tal o cual lado desde el chat», contó Serra, y completó: «Aportaban datos de las especies que aparecían en vivo. Las identificaban ahí en tiempo real y los científicos conversaban con ellos».

García cuenta que había especialistas en el chat: «Los que bajaron del buque a los 15 días, luego miraban y aportaban datos». «Y los que íbamos a subir después estábamos enchufados también los primeros días, con mucha ansiedad», aportó Mas. «Los streams del Conicet nos heredaron muchísima audiencia que se enganchó con Uruguay Sub 200», según cuentan los científicos. Se formó un lenguaje común, más parecido al científico que a los memes, pero con la misma viralidad.

—¿Hay corales duros? ¿Hay isópodos asociados? La gente terminó aprendiendo estos términos científicos que no tenía ni idea que existían con base en los problemas que se generaban en las transmisiones —recordó García.

Mas, por su parte, destacó el efecto didáctico y cómo eso repercutió en los centros educativos:

—Eran miles de personas, en las escuelas, con una cantidad impresionante de programas, de maestras, todas las semanas nos siguen llegando fotos de cientos de escuelas, de las actividades que están haciendo con esta expedición aunque haya terminado.

Para entender la ciencia detrás del fenómeno, Serra detalló cómo se prepararon para que la expedición fuera lo más provechosa posible. Antes de embarcar en el Falkor (too) se reunió con Fabrizio Scarabino, investigador del Centro Universitario Regional del Este de Rocha, colaborador del museo y uno de los investigadores principales del proyecto, y planificaron:

—Si aparecen estas especies o estas otras, ¿cómo procedemos? ¿Qué personas van a estar arriba del barco? ¿En qué se especializa cada una? ¿En qué momento suben y cuándo bajan? ¿Cómo organizamos los turnos de trabajo en equipos para que estén más o menos equilibrados los conocimientos y que mientras unos estén durmiendo no queden desatendidos algunos grupos de animales en cada turno?

La experiencia a bordo del buque

Subir al Falkor (too) es, en palabras de los integrantes del MNHN, una experiencia única: «No es un buque típico. Esa belleza no es normal, parecía un hotel flotante», describió García, y Serra no se quedó atrás: «En los comedores y los pasillos teníamos ventanales enormes para apreciar todo lo lindo. Estabas comiendo y veías pasar a los delfines».

Pero no solo se encontraban allí para apreciar las maravillas de la naturaleza y de las instalaciones del buque. La expedición era una oportunidad única y se propusieron aprovechar hasta el último minuto. «Nos daban dos opciones de trabajo: una implicaba 12 horas de inmersión y luego descansar, y otra mantenía al aparato funcionando las 24 horas de corrido. Aunque esta última implicaba subir un par de técnicos más, elegimos ir 24 horas sin parar», confesó Serra. «He estado en varios barcos de investigación, pero nunca en uno con este grado de tecnología ni con esta rutina de trabajo frenética», admitió Mas. «Durmieron poco. Porque trabajaron en turnos de 12 horas todos los días, sin pausa ni días libres, además de que convivieron 30 días 60 personas todo el tiempo trabajando juntas», completó García.

Pero eso no era un problema. Según cuentan, «las primeras inmersiones, como no teníamos experiencia, fueron caóticas», y luego todo fue tomando forma. En un turno cualquiera el equipo se dividía en dos grandes habitaciones: el control room y el computer room. En el primero estaba el equipo directamente involucrado con «el dive» o la inmersión: los pilotos, un personal técnico que gestiona las redes, mantiene el stream activo y modera el chat, y dos personas en la transmisión, prendidos al micrófono mientras interactúan con toda la audiencia.

—El dive leader al lado de los pilotos, detrás el que lo ayudaba y atrás los dos o tres más que ingresábamos los datos al SeaLog, las muestras, las especies que veíamos. Cuando se hablaba del famoso glam shot, que era sacar una foto bien linda de los bichos, andar tagueando todo eso. Y después, en el cuarto de al lado, el computer room, estaba el resto del personal con otra batería de pantallas en las que veías un montón de cosas. Había gente entrando y saliendo muchas veces.

La dinámica del día a día era de laboratorio, «procesabas bichos, si casualmente ya estaba bajando el vehículo de operación remota (ROV por su sigla en inglés) salías corriendo para la sala de control para atender la bajada del aparato y empezar a marcar los tagueos [etiquetas temporales para identificar a los animales] en las computadoras para captar las imágenes», recuerda Serra. Cuando tocaba el cambio de turno, cada segundo era oro, similar a una parada en boxes: «Si ya estabas trabajando con el ROV, llegaba el otro equipo, hacíamos un cambiazo rápido en cinco minutitos de caos, mientras poníamos al día al que llegaba fresco y recién despierto, salíamos corriendo, comíamos algo y después directo a intentar dormir», cuenta el zoólogo.

Foto del artículo 'Lo que el Falkor se llevó'

Era común que luego de ese momento de adrenalina hicieran cualquier cosa menos irse a dormir, según detalló Mas:

—Pese a la deprivación del sueño había buena camaradería y empatía. Nos cuidábamos bastante entre todos y a veces se desdibujaban las horas. Muchas veces en tu tiempo libre si no tenías sueño, dabas una mano en los laboratorios.

El buen clima debe de haber ayudado mucho, es difícil mantener ese ritmo de trabajo sin ayuda. «El aparato bajaba, estaba juntando muestras nuevas y vos no habías terminado de trabajar con las muestras que tenías en el laboratorio de las inmersiones anteriores», coincidieron los científicos.

Incontables anécdotas reflejan que el recorrido en el buque significó una experiencia inédita, siguiendo la expedición incluso fuera de sus turnos de trabajo; «había televisores en todos los lugares, era un Gran Hermano», coinciden.

—Te ibas a acostar con el miedo de que aparezca el bicho que más te interesaba mientras dormías. Más de una vez escuché a Fede tirándose por la escalera cuando aparecía el tiburón que buscaba justo cuando se estaba yendo a dormir —recordó Serra.

Gestión de recursos científicos

«Me invitaron al proyecto del Falkor como representante del MNHN, que sería el destino final de las muestras», comienza Serra. Todo calzaba: se conocían desde hace años, trabajaban en conjunto y las muestras vendrían al MNHN. Además, aprovecharon para ejecutar otros proyectos en paralelo, vinculados con las muestras.

—Tengo un perfil bastante generalista y eso fue tenido en cuenta, porque tenía que estar atento a los cangrejos, a las medusas y a los corales, mientras que los especialistas iban a estar viendo cada uno el bicho que les interesaba. Fui como un comodín que sirvió para estar atento y cuidar que las cosas en su conjunto no se estropearan —valoró el científico.

Arriba del barco compartía este rol con otra científica, con quien dialogaban prioridades y acordaron la necesidad de salir en la búsqueda de algunos organismos específicos, porque «cada organismo requiere una forma de colecta diferente para poder llegar entero hasta acá y que a futuro se pueda trabajar con ellos», explicó, y describió:

—Eso se le comunicaba a la persona, que les daba las directrices al que conducía el ROV SuBastian y a quien manipulaba sus brazos robóticos, se recolectaban las muestras y se iban almacenando en los distintos recipientes que tenía el aparato.

Una vez que el ROV emergía, comenzaban a abrir sus cajas, tubos y compartimentos, conservando los datos de dónde se había recolectado cada muestra. «Quedaba todo registrado en un sistema llamado SeaLog, con las coordenadas específicas de dónde se tomó cada muestra, y eso es parte de toda la información que nos queda para el museo, no solamente el animal que termina acá», valoró Serra, y concluyó que «la idea es tener una trazabilidad de los materiales para aprovechar al máximo las muestras en el laboratorio».

Al final, luego de todo el despliegue de planillas, datos, fotos, códigos, «una vez que la muestra está adentro de un frasco, cualquier persona que venga a consultarla puede llegar al animal, a su muestra genética, a su muestra microbiológica, a su muestra de isótopos estables, a su muestra para microplásticos, al video asociado, a las fotografías que se sacaron abajo del agua, a las fotografías que se sacaron en el laboratorio, etcétera», enumeró el científico.

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Método científico

Con todo ese camino recorrido, desde el fondo del mar hasta las profundidades del subsuelo del MNHN, las muestras recolectadas pasan al estudio donde Serra, Mas y más de 50 colaboradores, entre los que se encuentra García, las procesan para que integren las colecciones del museo y puedan ser utilizadas a futuro. «A veces la gente piensa que las muestras son todo esto que está acá, pero además tenemos el pez luna, los tiburones, las rayas, que todos recuerdan y están filmados, que sabemos que habitan en ese territorio, pero no se tomaron muestras biológicas», aclaró la colaboradora, y el zoólogo confirmó: «Se generaron más de 20 TB de información, que ahora están almacenados bajo llave dentro de la Universidad de la República (Udelar) a la espera de que se genere una copia para no correr riesgos de que se pierda algo».

—Cada animal le llevaba horas a un equipo de seis o siete personas trabajando en simultáneo. Además, intentar que tuviese una buena foto con los colores en vida, porque muchos animales cambian de color apenas llegan al barco y eso puede determinar si es de una especie u otra —relató Serra.

El equipo está asombrado de la calidad de las muestras, tratadas con cuidado por el equipamiento de última generación, puesto que cuando se recolectan, normalmente no pueden ver en tiempo real y elegir qué sacar. «Muchos de esos animales no se conocía qué aspecto tenían en vida y estas son las primeras imágenes que tenemos», reconocen, mientras que García apunta a una muestra en un frasco y explica: «Esta esponja es la que todos vimos en las transmisiones y era naranja fluorescente, pero queda así, blanca, por el alcohol».

Mientras que el alcohol quita el agua a las muestras y evita que los hongos y las bacterias prosperen, sigue permitiendo, por ejemplo, sacar muestras genéticas luego. Por otro lado, si la muestra es conservada en formol, a futuro no se podrán realizar ciertos estudios. El formol no le quita el agua, entonces conserva mejor la forma, pero arruina todo el calcio y el ADN.

En cualquier caso, las muestras extraídas fueron tratadas con sumo respeto, según detalló el equipo, «siempre se usaba anestesia para que el animal se relajara», «murieron por una sobredosis, sin sufrimiento», acotó García. «Lo mencionamos en las transmisiones, usamos anestésicos por ese motivo. Primero, para evitar el sufrimiento y, segundo, porque quedan mejor preservados, lo que permite más usos del mismo animal», respaldó Serra.

Las muestras ocupan gran parte de esa zona del subsuelo del MNHN. Allí fueron depositadas luego de la expedición y esperan a que se realicen talleres con los especialistas para pasar al siguiente paso, el laboratorio, donde se hace el trabajo más fino.

Pero a no adelantarse, primero «se harán talleres para clasificar y separar las estrellas, por un lado, las esponjas, por otro», cuentan.

—Hay un montón de grupos taxonómicos de los que Uruguay no tiene expertos. En algunos casos podemos apoyarnos en colaboradores, pero en otros hay que esperar a que aparezca un especialista extranjero o se forme un especialista uruguayo —advirtió Mas.

En ese sentido, Serra adelantó que se encuentran en gestiones para que vengan del exterior:

Foto del artículo 'Lo que el Falkor se llevó'

—La propuesta implica que trabajemos y generemos productos en conjunto para fortalecer las capacidades nacionales. Si podemos sumar al equipo a un estudiante para que absorba información y potencialmente sea el nuevo especialista que no tenemos, podemos aprovechar esas instancias para eso.

Justamente, se prevé que este año vengan especialistas de esponjas y se encuentran negociando por otros que trabajan con corales blandos, «que son los que salieron más, esos que se veían de colores violetas, azules y demás, no los blanquitos, que son corales duros», aclararon.

De colección

Pasando al laboratorio, una sección clave para la conservación de las muestras para la posteridad, Serra vuelve a destacar al «batallón de 50 colaboradores que, en uno u otro momento, hacen distintas actividades y evitan que esto colapse». Allí se hacen tareas de mantenimiento y acondicionamiento, «desde limpiar esos huesitos, lavar frascos, cambiar líquidos, identificar animales», hasta el correcto catálogo de las muestras según el sistema para facilitar la consulta de los científicos a futuro.

Este no es el caso de lo recolectado durante Uruguay Sub 200; allí se juntaron «incontables muestras, pero para saber la cantidad exacta dependemos de que vengan especialistas, revisen, que les apliquen distintas técnicas que nosotros no manejamos. Esos materiales se van a empezar a estudiar a nivel de especies a lo largo de los siguientes años o décadas», pronosticó el zoólogo.

Muchas de las especies recolectadas no se conocen, pero el equipo no puede determinar aún cuántas son ni cuáles, porque «a simple vista dos ejemplares pueden ser igualitos y diferentes al analizarlos con el microscopio», advirtieron. Además, «una cosa es el mundo de lo que recolectamos y cuántas especies había ahí y otra es todo lo que quedó filmado», recordó Mas.

El laboratorio es el punto intermedio antes del almacenamiento definitivo en las colecciones. Allí se determina si los materiales que llegan al museo de múltiples orígenes tienen valor científico, expositivo o didáctico; estos dos últimos corresponden a «aquellas muestras de las que no se tienen todos los datos».

Atravesando otra de las puertas, llegamos por fin a las colecciones: un laberinto señalizado de muebles compactadores, que contienen cajones con muestras prolijamente organizadas con el sistema consensuado en el MNHN. En los espacios de colección se depositan las muestras por grandes grupos; en nuestra recorrida atravesamos las colecciones de invertebrados, malacología (moluscos), ictiología (peces) y entomología (insectos).

«Tenemos muestras de 1890, que son estos frascos antiguos que están por acá atrás y todos esos de abajo», indicó Serra orgulloso, y García completó: «Este es el final de las muestras. Después de que están curadas, catalogadas, es acá donde quedan para toda su existencia».

La colaboradora confesó que «generalmente las muestras más importantes no las mostramos. Es más común exhibir el material didáctico, porque no tiene datos», y estos además se preparan de modo de ser visualmente atractivos para el público. Sin embargo, para la colección científica, la lógica de organización y almacenamiento es otra, «no va tanto por la belleza de las muestras, sino por la practicidad y lo que dure más tiempo sellado y conservado, que capaz que no es el mejor medio para exhibirlo», argumentó.

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Nuestro patrimonio lo vale

—Toda la información recolectada durante la expedición Uruguay Sub 200 sirve ahora, el año que viene, dentro de 10, 50 o 100 años. Una vez que la información queda guardada, almacenada en su amplio sentido, incluyendo los videos, las fotografías, los planos y todo lo demás, quienes vengan acá al museo podrán consultarla —enfatizó Serra.

Aclaró que hoy en día se hacen investigaciones con muestras que se colectaron hace un siglo, y que gracias a eso, «podemos observar de esta manera las especies que aparecen y otras que desaparecen, saber cómo eran lugares que ahora están totalmente pavimentados y con edificios».

La expedición y la campaña que movió al país detrás de la ciencia por más de un mes fue una gran experiencia, pero al retornar debieron dedicarse por entero a sus trabajos en el MNHN, según detalla García:

—Con la realidad de Uruguay, el presupuesto no da para todo. Al otro día de que se bajaron del Falkor, retomaron el trabajo que dejaron en pausa. La gente se queda con eso, pero conlleva un proceso de trabajo y necesitamos presupuesto para llevar adelante ambas tareas en paralelo.

Mas destacó que varios integrantes «hicieron un gran trabajo de hormiga y de lobby durante mucho tiempo para conseguir la colaboración de autoridades con elementos necesarios para la expedición» y que «conseguir el financiamiento de lo que necesitábamos fue otra lucha».

—Después del Falkor no hemos parado. Ahora hay que impedir que esto se transforme en un montón de muestras acumuladas en este sector del subsuelo para siempre. Trabajar para que se mueva, para que se generen productos tanto científicos como para el público general, desde audiovisuales, libros, actividades —adelantó el zoólogo, y sentenció—: Todo lo que genera este proyecto es el puntapié para generar ese programa a largo plazo.

El deseo del equipo es que este envión permita abordar y analizar estas nuevas muestras, y también que se pueda «avanzar sobre otros sectores de la colección que durante décadas estuvieron inactivos o bastante inactivos, invisibilizados por distintos motivos».

Facundo Verdún es periodista en la diaria y escribe historias en las que el pasado reciente se cruza con el deporte, la memoria y la política.