1
Llegué a Santa Clara a principios de julio. La cabaña estaba sobre la duna y desde la ventana del dormitorio se podía ver cómo la espuma del mar reventaba en la orilla. La vista era una de las razones por las que nunca habíamos querido venderla; había resistido incluso a los peores negocios de mi padre.
No es que la hubiéramos abandonado, o quiero creer que no, pero lo cierto es que desde su muerte nadie la utilizaba, y eso se percibía en la dejadez y el vacío que encontré apelmazado en los rincones. Por otro lado, la estructura de madera seguía firme pese a los arañazos del aire salado. Me dio la sensación de que no iba a tener que pasar mucho tiempo recuperándola, y que así como estaba podía funcionar y ser útil. Yo quería algo basto y rudimentario donde poder caer sin pensar demasiado, y ese lugar me lo daba.
Me recibió, entonces, una de las peores mañanas de la temporada. El viejo que me atendió en el único almacén de la zona me saludó con la cabeza y, mientras me vendía algunas cosas básicas para los primeros días, me dijo que tuviera cuidado. La tormenta de la noche anterior había destrozado los caminos. Las calles estaban anegadas y los árboles seguían amenazando con aplastarse entre ellos. Cargué las bolsas en el asiento trasero del auto y el sonido de las motosierras me llegó amortiguado por la vegetación. Detrás del volante me quedé mirando cómo la calle principal se perdía en dirección a la costa. No alcanzaba a ver el final, pero el panorama, teñido de gris, era desolador.
Quise pasar por la playa. Estacioné cerca de una de las bajadas y apagué el motor. Desde ahí miré cómo las olas se encabritaban a lo lejos. Unos minutos después metí los pies en el mar. No sentí que estuviera recuperando nada en especial, pero cargué de intenciones aquel gesto. De alguna manera mi regreso necesitaba de un bautismo salado. Al borde del Atlántico, los dedos enseguida se me pusieron azules.
A la cabaña llegué bordeando un camino que recordaba bastante bien. Se dividía entre el pasto que crecía en la arena, y se hundía poco a poco en los últimos estertores de una duna que se colaba en el comienzo del monte. El camino se perdía más adelante entre la mata verde, y mi idea era recorrerlo todos los días hasta conocer de memoria cada coronilla, pino y eucalipto. El rancherío todavía no había llegado a inundar la zona, como sí había pasado en otros balnearios cercanos, por lo que el aislamiento era casi puro y la sensación de estar metido en medio de la nada, también. Dentro de la cabaña la humedad era insoportable. Había algo de los veranos pasados incrustado en las paredes, la huella del tiempo que se mezclaba con el olor a encierro. El techo magullado, las piolas colgadas del cielo raso, los adornos náuticos acumulados sin criterio. Estaba todo igual.
Empecé a bajar las cajas del auto. Desparramé mi vida en el piso y liberé las cosas que había traído. La estantería se llenó de libros antes de que pudiera llegar a colocar la mitad, así que seguí apilándolos sin orden. Cuando terminé, me tiré en uno de los colchones desnudos. Encontré la punta de un porro en el bolsillo de la campera y lo prendí. Me colgué de las volutas grises que enturbiaban el aire mientras me hundía en el sopor y pensaba en lo que había dejado atrás.
Pasó un rato, abrí una ventana para ventilar y el golpe de frío me sacudió. Escuché las olas que se arrastraban de fondo, aquel efecto narcótico que se expandía a mi alrededor. Era el sonido de un pasado con el que había dejado de estar conectado, pero que me pertenecía otra vez.
***
A los doce años mi padre estuvo a punto de escaparse con un circo. Pero al final se quedó.
En esa época hacía malabares en las esquinas y, por lo que dicen, era bueno. Tenía técnica, la rotación de sus muñecas era perfecta, la forma en que medía la distancia entre los objetos en el aire también. Tenía un talento casi sobrenatural, un talento que, por otro lado, no servía para nada más que para tirar cosas para arriba. Pero en eso, en las calles sin semáforos y cordón cuneta, era el mejor.
Pasó que una compañía de artistas de Porto Alegre llegó a la ciudad, lo vio y quiso reclutarlo. La idea lo convencía, y faltó poco para que esa vida itinerante y gitana, basada en las acrobacias y en el no lugar, se convirtiera en la suya. Pero ya lo dije: rechazó la propuesta. Por alguna razón prefirió seguir junto a su familia, incluso si eso significaba seguir pasando hambre o si su horizonte pasaba a ser, de ahí en adelante, mucho más angosto.
Mi padre dejó que los demás eligieran por él. Creo que de verdad deseaba ese futuro entre carpas y casas rodantes, y que era su oportunidad de escapar. Pero siguió el plan estipulado por mis abuelos, que no lo querían en las calles, saltando muros, escupiendo fuego en los cruces, y se convirtió en una persona como el resto. Fue al liceo, conoció a mi madre, se casó, tuvo hijos (dos), trabajó demasiado, hizo algo de plata, le fue mal, después le volvió a ir bien, después mal otra vez, se divorció, y se murió antes de tiempo. La idea del circo quedó guardada como una anécdota más, una que se desinfló con los años y, al final, se dejó de contar.
Esta historia es una de las pocas que conozco de su infancia. Alrededor del circo hay una neblina que se vuelve más densa con los años. Y es por eso que, de vez en cuando, siento el impulso: empiezo a recordar su renuncia en voz alta. Evoco esa parte suya que pudo ser. Le hablo a la pared o al espejo, encadeno los pedazos del relato. Lo hago solo. Mastico los momentos precisos. O al menos los que conozco. Y es escupiendo esa porción de pasado, que es mío y a la vez no, que se me aparecen caras viejas, texturas de la infancia, penas y rabias heredadas, la huella de un dolor ajeno, el olor a mierda de elefante que en sus recuerdos impregnaba la ciudad, los rumores que corrían calle abajo y el brillo: ese brillo pícaro y algo siniestro que sus ojos reflejaron alguna vez, el brillo que recuperaba cuando tiraba botellas al aire, cuando volvía a los malabares en el patio, cuando conectaba con la vida que había dejado ir. Esas eran las veces en que parecía que su cuerpo se reconciliaba con la memoria y se sacudía la vejez que se le venía encima. Una vejez a la que, en realidad, nunca llegó.
Ya pasaron varios años. Más de quince. Su muerte fue rara, pasó en segundo plano. Pero algo cambió: ahora me siento más contaminado por él, por lo que fue, por lo que no, por ese impulso que refrenó y que regresa una y otra vez. No son pocas las veces que consideré la posibilidad de irme y no volver más, que pensé en esa vía de escape que, de sumarse al circo, mi padre hubiese encontrado. ¿Se arrepintió alguna vez? ¿Hubiese cambiado la vida familiar y la estabilidad que logró por una bocanada de libertad? No sé. Nunca encontré la manera de tener un diálogo fluido con él, no se lo pregunté jamás y ahora es tarde.
Solo me queda, entonces, esta latencia, una ola que llega hasta el presente: la necesidad de tener en todo momento una hoja en blanco a mano, real o imaginaria, que me dé la posibilidad de escribirme desde cero. Una especie de puerta de escape. No tan radical como la del circo, claro, pero algo así.
Algo así.
Supongo que eso fue lo que busqué en la playa aquel invierno. Lo que encontré. O lo que perdí. Creo que a veces es lo mismo.
3
Este lugar siempre fue un misterio, sus formas, la manera en la que se esconde entre el monte, lo que les hace a las personas.
Me acuerdo del resplandor en los ojos de mis padres cuando bajaban del auto. Me acuerdo de las noches cálidas en las que sus voces se apagaban de a poco y la vida se cristalizaba. De los refuerzos en la arena y el olor a espiral para los mosquitos. Para mí, ir hasta Santa Clara era eso: un misterio y un milagro, el rincón donde ellos dejaban atrás sus problemas en cuanto los bolsos hinchados por la ropa tocaban el piso. Un lugar donde no se lastimaban, donde yo seguía solo, pero lo sentía menos. Donde veía que ellos dos soportaban la existencia de otro modo. En Santa Clara ellos se transformaban. Creo que hasta se querían.
Después, cuando volvíamos a la ciudad, cada verano pasado ahí tenía la fuerza de una onda expansiva que se prolongaba durante el resto del año. No importaba si los días de vacaciones habían sido tres o veinte; el tiempo en la playa sanaba las cosas —para nosotros la playa estaba ahí; el resto de la costa requería de otra definición más compleja, era algo sin nombre, tampoco nos importaba demasiado—. Y aunque ellos enseguida lo olvidaran, aunque luego el pacto se rompiera, yo lo seguía sintiendo. El misterio se quedaba conmigo y esperaba paciente a que los meses se quemaran rápido para volver a sentir la tosca bajo las ruedas del auto y la arena entre las uñas, para pasar los dedos por las grietas que la sal dejaba en la madera.
Hace un tiempo vi una película argentina que se llama Balnearios. La vi en Youtube y la calidad de la versión que encontré era mala, pero no me importó. Se supone que es una especie de falso documental, o algo así, pero creo que dice unas cuantas verdades. Siento que tiene mucho que ver con esa atracción que, en algún punto, Santa Clara sigue ejerciendo. Así que transcribí uno de sus pasajes, un momento en que la voz en off del director se encarga del relato. Anotar ese tipo de cosas es algo que hago desde que tengo catorce o quince años. No sé. Supongo que me funciona como una reserva emocional para lo que venga.
Esto dice el fragmento que pasé al papel:
«Los balnearios nacen de algo antiguo y profundo. Nacen del placer del agua. El placer de nadar, zambullirse o flotar. De explorarla, desafiarla y celebrarla. De hacer de ella una fiesta. Es como el fuego, como la velocidad, como la música: algo primario, algo primitivo. Y en la esencia de los balnearios resiste aún esa cosa animal. [...] El balneario es un mundo extravagante, onírico, un mundo de irrealidad. Cuando uno visita un balneario fuera de estación parecería que estuviera en un teatro vacío, con sus decorados y máscaras abandonadas. Siempre hay algo misterioso en ellos, y conmovedor. A los balnearios los imaginó una época arrebatada y arrogante, y cuando esa época se terminó, quedaron como únicos supervivientes. Como náufragos, como seres de otro mundo, como dinosaurios».
En Santa Clara pienso, a veces, que soy eso: un náufrago que flota en la panza de un dinosaurio. Y sé que los cuatro —mis padres, mi hermano y yo— en verano nos veíamos así: como supervivientes.
Los ahogados. Emanuel Bremermann. Editorial Pez en el Hielo, 2025. 392 páginas.
Emanuel Bremermann (Paysandú, 1992) es periodista y escritor, editor de Cultura y Espectáculos del diario El Observador. Es autor del libro de cuentos Los murciélagos (2022), por el que obtuvo el premio Bartolomé Hidalgo a Opera Prima, y de la reciente novela Los ahogados.