¿No es vergonzoso que apenas nada de utilidad real, excepto piastras, se traiga de este país, la parte más hermosa, más templada, más fértil, pero también más inculta del universo? Philibert Commerson, carta desde Montevideo, 1767.
Hay varios principios posibles para contar esta historia. Podríamos comenzarla en 1825, en 1767, en 1967 o 2.7 millones de años atrás. Llegaremos a todas estas fechas, pero por el momento viajemos en el tiempo solamente hasta 1825.
Estamos en Montevideo, más precisamente en el puerto, a bordo del buque francés Adour. En uno de los camarotes se encuentra su comandante, el naturalista, arqueólogo y marino Christophe Paulin de La Poix de Fréminville. Esto no es raro para la época excepto por un detalle. Si alguien se asomara a la ventana, vería a Cristophe vestido de mujer de pies a cabeza, con el rostro generosamente empolvado y un lunar postizo. En la intimidad vivía como Pauline, en una época en la que ser trans era inadmisible.
Ya veremos el cómo y el porqué de esta situación, que no es más que una ficción posible, porque no es eso lo que más importa en esta parte del relato, sino lo que Fréminville guarda en el buque: los restos de un cetáceo peculiar, pequeño y de hocico largo hallado en aguas montevideanas del Río de la Plata, que le llamaron suficientemente la atención como para que decidiera quedarse con ellos y enviarlos luego al Museo de Historia Natural de París.
Es un animal raro y desconocido para la ciencia, que ignora aún los peligros y aventuras que le esperan en los siguientes 200 años. Gracias a Fréminville, que decidió conservar los restos, podrá ser reportado como especie nueva un par de décadas después de este hallazgo, pero de alguna manera pasará bastante inadvertido para el mundo durante cerca de 150 años.
Al menos será así hasta que una exploradora alemana enamorada de los delfines descubra, ya en los años 60 del siglo XX, la truculenta historia en la que se vio enredado este animal (figurada y literalmente). Mucho antes que eso, e incluso mucho antes de la llegada de Fréminville a nuestras tierras, la historia de esta especie se enredará con la de otro personaje vestido con ropas del sexo opuesto en Montevideo. Pero tampoco es tiempo aún de llegar allí. Por ahora, quedémonos en los primeros años convulsionados de la independencia uruguaya.
Un poco de amor francés
Christophe Paulin de La Poix de Fréminville no fue el único naturalista francés que se topó con aquel cetáceo en esas épocas y quedó intrigado por su encanto misterioso. Cuatro años después de la llegada de Fréminville, el mucho más famoso Alcide d’Orbigny, que estuvo entre 1826 y 1833 por nuestro continente en una misión para el Museo de Historia Natural de París, encontró en la Patagonia un ejemplar varado de este delfín «típico de boca de río», tal cual lo describió un tiempo después.
D’Orbigny dibujó tanto al animal como a su cráneo, pero a diferencia de Fréminville, no pudo quedarse con los restos de aquel cetáceo, que se encontraba en estado de descomposición.
En 1844, ya de regreso en Francia, d’Orbigny y su colega Paul Gervais supieron de la existencia del cráneo recolectado por Fréminville en Montevideo y, tras examinarlo, dedujeron que se trataba de la misma especie de cetáceo desconocido que D’Orbigny había observado en la Patagonia. Por suerte para ellos, gracias a Fréminville tenían restos de un ejemplar que podían medir y analizar con tranquilidad. Y eso fue justamente lo que hicieron. En presentación frente a la Sociedad Filomática de París, ambos describieron formalmente a esta «especie completamente nueva» con el nombre Delphinus blainvillei y se llevaron así el crédito del descubrimiento hasta el día de hoy.
Pasarían algunas décadas de revisiones taxonómicas antes de que este cetáceo adquiriera su nombre científico actual, Pontoporia blainvillei, pero casi todos lo conocen en el Río de la Plata con el nombre común de franciscana, supuestamente debido a que su coloración (entre parda y grisácea) hizo acordar a alguien con mucha imaginación a las túnicas de los monjes franciscanos. Ya en el siglo XIX era común llamarla así en nuestro país, como consta en el libro de 1886 Geografía razonada de la República Oriental del Uruguay, de Francisco Vázquez Cores.
El hallazgo en Montevideo del holotipo de la franciscana —el holotipo es el ejemplar con el que se describe a una especie para la ciencia— está en realidad rodeado de misterios; casi tantos como los que envuelven a su responsable, el caballero Cristophe Paulin de La Poix de Fréminville. Y no es casual que sea así. Su vida provocó debates de género, y no precisamente en torno a la taxonomía de la franciscana.
¿Paulin o Pauline?
Cuando Fréminville dio con los restos de la franciscana en Montevideo tenía casi 40 años, pero ya se encontraba cerca del retiro. Criado y sobreprotegido por su madre, quien temía las consecuencias del clima agitado de los años de la Revolución francesa, buscó escape en el mar y se enroló en la Marina francesa con solo 14 años.
Durante sus viajes como oficial de la Marina hizo un gran número de observaciones importantes para las ciencias naturales y colectó también mucho material que le resultaba interesante, que —como en el caso de la franciscana— terminó derivando en el descubrimiento de especies nuevas para la ciencia.
Nada de eso era raro para la época: ni su interés por las aventuras ni por las ciencias naturales o, posteriormente, por las antigüedades y la historia de la Bretaña francesa. Sin embargo, Fréminville guardaba un secreto que solo se hizo público luego de 1830.
Cuando se retiró de la Marina, comenzó a llevar una vida doble. «En paseos, bailes y teatros, el excéntrico caballero se exhibía con atuendos femeninos», escribió su biógrafo Eugene Herpin en 1913.
Se ponía un vestido de seda floreado, se recogía el pelo en un moño, se empolvaba el rostro, se colocaba un lunar postizo y ocultaba sus patillas blancas «bajo los lazos rosados de un tocado floral con encajes exquisitos». «Mam'selle Pauline, tiene visita», anunciaba su sirvienta. «Y el visitante, atónito, veía avanzar entre aquel atuendo estrafalario al viejo lobo de mar, reumático y miembro de la Société des Antiquaires de France. Pronto, sin embargo, la naturalidad se imponía: la ‘caballera’ —excelente narradora— entretenía a sus huéspedes con relatos de sus aventuras marinas», relata Herpin.
Bajo el seudónimo Caroline, escribió un libro titulado Ensayo sobre la influencia moral y física del vestido de la mujer, en 1831, que estuvo perdido durante décadas y permanecería prácticamente ignorado por casi 130 años. En él, habla de sí mismo en tercera persona, siempre asumiendo el papel de la Caroline del seudónimo.
«Se ve tan supremamente bien de mujer, que es imposible encontrar una ilusión más completa y asombrosa. Se nota que el físico del caballero de Fréminville contribuye mucho, y así es. Tiene rasgos dulces, regulares, expresivos. La cintura es perfecta y muy delgada, los miembros ágiles, las manos pequeñas, y sobre todo un pie tan bonito y delicado, que no hay mujer que no lo envidie», escribió sobre sí mismo, embelesado con su yo femenino. En el texto, además, cuenta que durante los años 20 del siglo XIX se presentó al menos cuatro veces como mujer en distintas fiestas.
Según Antoinette Lister, profesora asociada (retirada) de la Université du Nouveau-Brunswick (Canadá), especializada en estudios de género con énfasis en la literatura francesa del siglo XIX, este caballero fue el único miembro prominente de la sociedad de su época que escribió sobre la experiencia de mostrarse públicamente vestido como mujer —aunque buscara la forma de justificarlo—, al punto de que se lo puede considerar hoy una transgénero pionera.
Muchos de sus contemporáneos, sin embargo, no fueron amables con estas inclinaciones de Fréminville y lo consideraron «demente», «excéntrico» o «ridículo», en el mejor de los casos. Además, las leyes francesas penaban en esa época vestirse como mujer, por lo que el navegante se expuso a una posible condena. Recién cuando se publicaron parte de sus memorias, décadas después de su muerte, muchos creyeron haber encontrado una «explicación» a sus hábitos. Y esa explicación es una increíble historia que parece salida de una tragedia de Shakespeare, tan llena de misterios como todo lo que rodea a Fréminville (o a la propia franciscana).
Amores trágicos
Según cuenta Fréminville en sus memorias, recogidas por Herpin, atracó con su barco en 1822 en Les Saintes, un archipiélago de islotes volcánicos ubicados en las Antillas francesas en el mar Caribe, frente a la isla Guadalupe. Un día, durante su estadía, se metió al mar para examinar de cerca unos corales pese a no saber nadar (algo por lo menos curioso en alguien que navegaba los mares desde los 14 años).
Incapaz de hacer frente al oleaje, se golpeó en la cabeza contra unas rocas y estuvo a punto de ahogarse. Lo salvaron los esclavos de dos mujeres isleñas que lo llevaron a curarse a la casa de sus amas. Allí, un convaleciente Fréminville conoció de cerca a una de ellas, la joven y bella Caroline, que lo cuidó durante varios días.
De acuerdo a lo escrito en su diario, durante su convalecencia ambos se enamoraron y se comprometieron. A Fréminville, sin embargo, le llegó pronto la noticia de que debía partir en misión rumbo a Martinica y la pareja no tuvo más remedio que separarse. Nuestro caballero le prometió a Caroline que volvería por ella lo antes posible, pero sus obligaciones marítimas lo retuvieron por bastante más tiempo de la fecha pactada, sin que pudiera darle aviso. Llegó incluso a pasar frente a las costas de Les Saintes, sin posibilidad alguna de desembarcar.
Cuando un tiempo después pudo bajar nuevamente en la isla, corrió a la casa de su amada y la encontró cerrada. Volvió desorientado al pueblo, pasó antes por el cementerio y se cruzó con una lápida reciente. En ella, figuraba el nombre de su prometida. Caroline, cansada de esperar a Fréminville y segura de que no volvería tras haber visto a su barco alejarse, se había arrojado a las aguas tan solo unos días antes.
Si esta historia trágica suena demasiado increíble, es porque probablemente no sea cierta. Su biógrafo Eugene Herpin sugirió que el dolor del duelo llevó al naturalista francés a usar las ropas de su prometida muerta e incluso a escribir un libro usando su nombre como seudónimo, y pidió que se comprendiera el «estado mental» del naturalista y marino francés ante tal tragedia. «El lector encontrará la clave del enigma; comprenderá y excusará el estado de ánimo del pobre caballero, con el corazón destrozado para siempre», escribió.
El problema con esta historia es que nada de lo que cuenta Fréminville está respaldado por evidencias. Con el objetivo de descubrir la verdad de su relato, la investigadora y poeta francesa Annie Chassing visitó la isla de Les Saintes y exploró la zona, los archivos departamentales de la isla de Guadalupe, y los archivos navales de Brest y Vincennes. No halló evidencia documental ni física de la existencia de la enamorada de Fréminville o ni siquiera de la casa que menciona el naturalista, y expuso varias inconsistencias del relato, además de contradicciones con mapas históricos. «Todo indica que fue un personaje inventado, parte de una elaborada fantasía romántica que el caballero llegó a creer —o pretendió hacer creer— como verdad», escribió Annie en un artículo académico muy bien documentado. La historia, además, se parece sospechosamente a la de la novela de 1788 Paul et Virginie, de Bernadin de Saint Pierre.
Secretos bajo llave
Tampoco sabemos si las memorias completas de Fréminville brindan algún dato adicional que permita separar la fantasía de la verdad, porque los manuscritos originales permanecen en manos de uno de sus descendientes indirectos. Annie Chassing le solicitó permiso para revisar los textos originales y recibió una «negativa rotunda», según explicó la investigadora cuando la consulté al respecto.
«Unos años después, rechazó de igual modo la petición de un historiador bretón que quería depositar una copia del manuscrito en archivos», aseguró. Según los datos que obtuvo, el descendiente de Fréminville se ha mostrado reacio incluso a dar acceso al documento a miembros de su familia, algo que, según Annie, podría deberse a que prefiere mantener ocultos algunos de sus contenidos, incómodos para la familia.
Todo indica que el relato fue inventado por Fréminville para justificar una forma de vivir y de sentir que resultaba escandalosa y prohibida en su época. No sabemos exactamente cuáles eran las motivaciones del naturalista, y es posible que él mismo estuviera demasiado restringido por los prejuicios de su época para entenderlas, pero la profesora Antoinette Lister cree que hay evidencias como para pensar que se sentía mujer y que vivió como pudo esa contradicción con la moral imperante en su época. También piensa que su identidad trans ha llevado a que su figura y sus aportes a las ciencias naturales hayan quedado relegados.
«Creo que los vacíos en la información sobre Fréminville se deben, en parte, a que era transgénero. Como escribí en mi artículo sobre él, tal cual ocurre con la historia de todas las minorías, la de las personas transgénero ha sido ignorada, silenciada, olvidada y distorsionada. Estoy convencida de que, de haber llevado una vida convencional, habría sido mucho más honrado y reconocido por sus diversas contribuciones a la historia y las ciencias naturales», me dijo en correspondencia personal.
El misterio sobre la supuesta historia trágica de Fréminville sigue sin resolverse, pero la polémica que generó nos privó también de conocer otros detalles del hallazgo del holotipo de la franciscana en Montevideo, y quizá datos valiosos de otras especies nativas. Es aquí, además, donde la pesquisa para este artículo empieza a convertirse en una aventura personal y obsesiva.
El tomo cuarto de las memorias de Fréminville, que es el que contiene los diarios de su estadía en el Río de la Plata y podría aportar algunos otros datos interesantes de esta y otras especies que recogió Fréminville, permanece inédito. Tal cual se mencionó, la única persona con acceso a todos los manuscritos es uno de sus descendientes, que no ha permitido que nadie los consulte.
Cuando lo contacté para rastrear los pasos de su antepasado en Uruguay, no obtuve una «negativa rotunda», como le pasó a Annie Chassing y otras personas interesadas en los documentos. Por el contrario, se mostró amable y abierto a buscar referencias a nuestro país en las memorias manuscritas. Sin embargo, semanas después aseguró que no podía ser de ayuda, bajo el argumento de que buscar la información o escanear documentos con tantas páginas resultaban tareas titánicas, y dejó en claro que no tenía sentido insistir.
En las colecciones de la Biblioteca Nacional de Francia tampoco hay documentos que aporten datos sobre el pasaje de Fréminville por Sudamérica. Un libro biográfico escrito en 1970 por otro de sus descendientes, Jean Merrien, se basa en los manuscritos originales, pero salta inexplicablemente de 1825 a 1829, justamente el período de sus viajes sudamericanos.
La evidencia de que Fréminville observó especies en Uruguay, recopiló datos y las ilustró, proviene de un origen insospechado: las casas de subastas de varias partes del mundo, que hoy venden sus ilustraciones. Las galerías Arader, por ejemplo, tienen en su poder algunos dibujos de culebras y mariposas hechos por Fréminville en Montevideo. Cuando me contacté con la empresa para preguntar por el origen de las acuarelas y la información asociada a ellas, el misterio se resistió a revelarse. No tienen fecha ni tampoco ningún otro dato que permita dar contexto sobre los dibujos y las especies que aparecen en ellos.
Sabemos que Fréminville encontró los restos de la franciscana en Montevideo gracias a los testimonios de colegas como d’Orbigny y Gervais, pero si hizo otros descubrimientos importantes en nuestra tierra están aún perdidos en las páginas de un manuscrito bajo llave en una casa de la Bretaña francesa.
La franciscana, sin embargo, guarda otro secreto que la relaciona también con naturalistas transgénero, Montevideo y Francia, aunque parezca insólito. Para descubrirlo, hay que permanecer en nuestra capital, pero retroceder ahora hasta 1767.
El delfín de Montevideo y las Malvinas francesas
Que la franciscana se dio a conocer al mundo gracias a Fréminville y d’Orbigny es solo parcialmente cierto. Otros naturalistas le habían prestado atención antes, aunque no siguieran los pasos formales para llevarse el crédito de la descripción. Incluso nuestro Dámaso Antonio Larrañaga hizo unas anotaciones en 1808 en su Diario de historia natural que parecen referirse a la franciscana, como bien apunta un artículo de Eduardo Ottone en la publicación Historia natural.
Hay, sin embargo, otra referencia que ha quedado oculta hasta ahora. Otro naturalista que supo ver el valor de la franciscana fue Philippe Commerson, que en 1767 estuvo en Montevideo como parte de la tripulación de la primera travesía francesa alrededor del mundo, comandada por Louis-Antoine de Bougainville. Commerson no era transgénero, pero sí escondía un secreto que se relaciona con el asunto.
En sus tres meses de estadía en nuestra capital, el francés tuvo la oportunidad de examinar un ejemplar disecado de franciscana, de acuerdo a lo que se deduce de sus descripciones. Lo denominó «delfín de Montevideo» y dio detalles muy precisos de su fisonomía y sus dimensiones. ¿Cómo lo sabemos? Gracias a una nota manuscrita del propio Commerson que se conserva en el Museo de Historia Natural de París y que fue revisada —y traducida del latín— para este artículo, gracias a la ayuda de la paleógrafa francesa Caroline Heid.
«Fue capturado bajo el cerro de Montevideo en el Río de la Plata, mientras yo estaba en la ciudad de Buenos Aires, de modo que solo fue posible ver los despojos una vez disecados, tras una comunicación del serenísimo príncipe de Nassau, muy amable compañero de navegación», escribió Commerson sobre el ejemplar. El príncipe de Nassau era un personaje estrambótico que merecería un artículo aparte, pero baste decir que a juzgar por sus diarios de viaje su preocupación central en Montevideo fue perseguir señoritas, no franciscanas. Así y todo, se tomó un respiro para aportar los datos de este animal a Commerson, algo que sin dudas las jóvenes montevideanas agradecieron.
En su nota manuscrita, Commerson no otorgó a la franciscana un nombre científico binominal —género y epíteto, como Homo sapiens—, condición necesaria para que la descripción de la especie sea considerada válida para la ciencia. Esto no era nada extraño en el año en que se produjo el hecho, solo nueve años después de que el naturalista sueco Carl Linnaeus propusiera este sistema de nomenclatura para clasificar a los organismos, el mismo que se usa hoy.
Commerson conocía bien el trabajo de Linnaeus (lo cita en el manuscrito y cita incluso la página de su obra en la que se menciona el género Delphinus), pero, por algún motivo, no siguió esta nomenclatura y perdió la oportunidad de pasar a la historia retroactivamente como el «descubridor» de la franciscana. Quizá supuso que tendría tiempo más adelante, al regresar a Francia y pasar en limpio sus apuntes. No pudo publicar sus resultados en ninguna parte, a diferencia de lo que hizo d’Orbigny décadas más tarde: con la salud debilitada por la travesía, murió en Mauricio siete años después de su paso por Montevideo.
Tampoco se sabe qué pasó con los restos de esa primera franciscana descrita o por qué no se conservaron. Commerson guardaba todo lo que encontraba y analizaba, por lo que no tiene sentido que haya descartado los restos valiosos de un delfín desconocido. La posible explicación de este hecho se enreda con la historia de las Malvinas, colonia francesa hasta ese año.
Fue en 1767, justamente, cuando Francia decidió entregar las Malvinas a España y enviar a sus habitantes de regreso a París. Mientras estaba en Montevideo, Commerson decidió aprovechar esta oportunidad y les pidió a los colonos que llevaran a la capital francesa varias cajas de sus hallazgos, con el objetivo de no tener que cargar con ellos el resto del viaje. Se arrepintió siempre de esta decisión, porque las cajas jamás llegaron a destino. Dentro de ellas, quizá, se encontraba aquella franciscana.
Como misterio adicional, podemos agregar que hoy en día tampoco se conserva el cráneo de la franciscana que se llevó Fréminville de Montevideo. El especialista en cetáceos Daniel Robineau lo buscó en el Museo de Historia Natural de París en 1989 y no pudo dar con él ni encontró datos sobre su paradero.
La naturalista que vivía como hombre
Como naturalista jefe de la expedición francesa, Commerson realizó las observaciones de la franciscana y muchos otros organismos con ayuda de un asistente especialista: el joven Jean Baret.
Esto tampoco sería raro para la época excepto por un detalle: Jean Baret (o Baré) era en realidad Jeanne, una mujer, sirviente del propio Commerson y también su amante, con la que tuvo un hijo no reconocido. Ese es el secreto que guardaba el naturalista.
Una ordenanza real prohibía que hubiera mujeres en el personal de los barcos de la Armada francesa, pero como Commerson confiaba en los conocimientos de su amante Jeanne Baret, acordaron que se hiciera pasar por hombre y lo acompañara. El engaño duró medio año y se descubrió en Tahití, cuando ya era tarde para impedir que la joven completara la travesía. Se convirtió así en la primera mujer en dar la vuelta al mundo, una proeza que se volvió más ardua luego de revelarse su identidad, ya que según algunos testimonios sufrió abusos sexuales por parte de otros tripulantes.
De acuerdo a algunas de sus biografías, Jeanne Baret hizo parte del trabajo científico de Commerson en Montevideo debido a la mala salud del naturalista, por lo que es posible que tuviera un rol más destacado del que se cree en la descripción de la franciscana y otras especies analizadas en nuestra ciudad.
Enredados con la historia del descubrimiento científico de la franciscana, entonces, tenemos dos hechos curiosos y relevantes en la historia transgénero, ambos relacionados con Montevideo: un naturalista que se vestía y vivía como mujer, y una naturalista que se vestía y vivía como hombre, cada cual por sus propios motivos. Mientras Baret pasó a la historia como la primera mujer en dar la vuelta al mundo, Fréminville fue prácticamente olvidado. A la franciscana no le fue mucho mejor. Algunas décadas después de haber sido descrita como especie nueva para la ciencia, ya experimentaba serios problemas que solo fueron observados mucho tiempo después. Para entenderlos tenemos que hacer un nuevo salto en el tiempo, esta vez hacia adelante. Avancemos a 1967.
Delfín hasta el fin
Ese año, una aventurera alemana llamada Ingeborg Van Erp llegó a Uruguay con la misión de encontrar a la franciscana. Lo curioso es que ya había residido en Uruguay 15 años, pero sin escuchar nunca hablar de ella. Fue una mención en un acuario de California la que le dio la pista de este cetáceo rioplatense.
Ya en Montevideo, escuchó que algunos pescadores de Rocha alimentaban a los cerdos con restos de franciscanas, situación que le pareció tan incongruente con la naturaleza esquiva de este cetáceo que decidió viajar a Rocha para comprobarlo.
Van Erp encontró lo que buscaba en Punta del Diablo y en La Coronilla, aunque la escena distaba de su soñado encuentro con el animal. No vio a las franciscanas nadando, sino efectivamente como alimento de cerdos y como grasa para las tablas de los botes, entre otras cosas. Tal cual mostró en un artículo que publicó en 1969 (y que facilitó para esta nota la bióloga Paula Laporta, al igual que otros materiales bibliográficos), encontró montones de franciscanas acumuladas en las playas, producto de la captura incidental de los pescadores artesanales. Los mamíferos quedaban atrapados en las redes destinadas a otros animales y se ahogaban al no poder salir a respirar.
El artículo de Van Erp despertó la curiosidad científica por saber más de la franciscana e hizo que investigadores de Japón, Suiza, Francia, Estados Unidos y también Uruguay viajaran a Rocha a estudiar a este animal tímido, escurridizo y poco dado a las acrobacias, cuenta Paula, especialista en cetáceos de la asociación civil Yaqu Pacha y del Centro Universitario Regional del Este de la Universidad de la República.
Estudios como los del ingeniero agrónomo Ricardo Praderi, un aficionado a los cetáceos que comenzó un trabajo pionero de monitoreo de la captura incidental de franciscanas en los años 70 (continuado por investigadoras como Virginia Little y Laura Rodríguez, entre otros), permitieron empezar a entender el grado de amenaza que sufría y sufre este delfín.
En las últimas décadas, los estudios de otros investigadores e investigadoras locales nos permitieron saber más sobre este cetáceo y lo convirtieron en un emblema de la región. Los trabajos de Marila Lázaro nos permitieron entender más de su estructura genética poblacional. El Proyecto Franciscana, creado por las biólogas Paula Costa, Mariana Piedra, Valentina Franco-Trecu, Carolina Abud, Caterina Dimitriadis, Paula Laporta, Cecilia Passadore y María Szephegyi, nos mostró el número preocupante de muertes anuales de la especie en Uruguay. Las investigaciones de Meica Valdivia aportaron datos de dieta y hábitat, y revelaron que también sufre problemas de contaminación. Los estudios de bioacústica de Javier Sánchez Tellechea permitieron entender un poco más sobre cómo se comunican. Micaela Trimble indagó en sus patrones de coloración y otras diferencias físicas entre sus poblaciones. Investigadores de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos, como Sebastián Jiménez y Martín Laporta, iniciaron un proyecto experimental de reducción de la captura incidental de franciscanas usando alarmas (pingers) en las redes de pescadores.
Pero la franciscana sigue en serios problemas. Tal cual mostró una investigación de 2022 en la que participó la bióloga uruguaya Paula Costa, mueren más ejemplares que los que nacen en toda su distribución, una tendencia que lleva ya muchos años.
Tenemos incluso motivos chovinistas para sentir responsabilidad por esto, porque el origen de la especie es rioplatense. Análisis genéticos revelaron que todos los linajes actuales de las franciscanas comparten un ancestro común que vivía muy probablemente en el área estuarina del Río de la Plata hace 2.7 millones de años.
Se convirtió en la única especie sobreviviente de su género (Pontoporia) y se las ha ingeniado para sobrevivir desde entonces. La evolución, sin embargo, no pudo prepararla para que se adaptara a un cambio tan drástico como la invención de las redes de pesca y su uso masivo. Como el de Commerson, el de Jeanne Baret o el de Fréminville, el suyo ha sido un viaje largo, lleno de peligros y también de secretos, que aún no terminamos de descubrir.
Martín Otheguy es periodista de la sección Ciencia y la publicación infantil Gigantes de la diaria. Es también escritor y autor de obras de divulgación. Su novela más reciente es Al final de todas las cosas (Fin de Siglo, 2025).