“Nunca he ido al mar, pero me encantaría conocerlo porque todo lo que me han dicho del mar... dicen que es hermoso, las playas y eso”, dijo Guadalupe, una de los 16 estudiantes de sexto año de la Escuela No 129 de la ciudad de Tacuarembó, que a fines de noviembre llegó a Montevideo. El viaje lo habían iniciado, junto con la maestra, la directora y cuatro madres, a las siete de la mañana del día anterior; el trabajo sobre fósiles que habían hecho durante el año en las olimpíadas de robótica y que habían continuado como proyecto anual les valió para que Primaria les cubriera los costos del transporte, mientras que lo recaudado por las familias durante el año aseguró la alimentación. Recorrieron mucho más que los 400 kilómetros de distancia entre Tacuarembó y Montevideo: su primer destino fueron las Grutas del Palacio, en Flores, y le siguió el Museo Paleontológico de Soriano. Pasaron la noche en el Centro Agustín Ferreiro, en San Jacinto, y aquel mediodía muchos pisaban por primera vez el suelo capitalino.
“¿Quiénes de ustedes no conocen el mar?”. Recién habían terminado el picnic de almuerzo en Parque Batlle y más de la mitad levantó la mano. Vestían camisetas rojas con la insignia “Escuela 129 - Tacuarembó”; son camisetas colectivas que usan cuando salen de paseo para ser localizados fácilmente. Subieron al ómnibus rumbo al Palacio Legislativo; cepillos y pasta en mano, hicieron una parada técnica en el shopping Tres Cruces.
—¿Conocías acá, para el sur? —le pregunté a Alexander.
—No, nunca vine pa acá.
—¿Y cómo te imaginás el mar?
—Una zona gigaaante de agua. Yo he conocido nomás el de San Gregorio.
—¿Y cómo es San Gregorio?
—Muy bonito.
San Gregorio de Polanco, un balneario ubicado sobre el río Negro, a 140 kilómetros de la capital del departamento, y el balneario Iporá, un espacio de la Intendencia de Tacuarembó con lagos artificiales e infraestructura turística situado a siete kilómetros, son para estos niños y niñas la primera imagen de la playa. Thiago, compañero de asiento de Alexander, suele ir a San Gregorio “en vacaciones, unos días a alguna casa”, relató así lo que más le gusta hacer en el agua: “Yo me meto pa adentro, me hundo pa abajo”. Thiago había conocido la rambla de Montevideo cuando era chico y vio el agua de lejos. También de lejos la vio Cristian que, con su familia, alguna vez pasearon por la rambla de Pocitos. Mía comparó a San Gregorio con lo que se imaginaba que vería un rato más tarde.
—San Gregorio es una playa, pero no tan grande como una playa playa, porque creo que no serían de las mismas distancias, porque otra playa sería un poco más grande y el agua sería distinta porque hay playas de mar y océano... como que esa parece más de un arroyo o río.
Y completó la idea con una diferencia clave: “Yo pienso que cuando es el océano, se ve todo agua hasta que vos pasás y pasás y ta, después hay tierra, pero muy lejos, porque cuando vos lo ves, desde donde está la tierra, ves todo agua, y en San Gregorio se ve la tierra”.
Mía estaba con Cintia, que tampoco conocía otra playa que la de San Gregorio, a la que va “cada tanto, cada dos años”. Mateo y Brian también conocían solo Iporá y San Gregorio. Brian va a San Gregorio de vacaciones en verano, con su familia; sus acciones favoritas son bañarse y dormir. El mar se lo imaginaba “grande, con olas”. Matías suele ir con su tío a Iporá —“es lindo, medio hondo en el medio, pero lindo”—. ¿Cómo se imaginaba el mar? “Eh... lindo”. Hubo hasta quien se imaginó que podía llegar a ver tiburones y delfines.
Niños de la Escuela 129 de Tacuarembó en la playa Ramírez, Montevideo.
Había quienes habían estado en las playas de la costa sur cuando eran muy chiquitos: Ezequiel había visto el Río de la Plata cuando tenía “entre cuatro y tres años”, Julieta había ido con su madre a Montevideo cuando tenía tres años, y Emily cuando tenía seis. Entre quienes se habían bañado en el mar estaban Lautaro, que había ido el año pasado con su familia a Atlántida; Kevin había vacacionado una vez en Punta del Diablo; Ramiro, dos años atrás, en el viaje de una murga de Tacuarembó había conocido Punta del Este —el agua “estaba fresquita, bien linda, bien blanquita, bien transparente”—, y Santino, oriundo de la localidad bonaerense de Tristán Suárez que se mudó a Tacuarembó un año atrás, conocía Mar del Plata. La principal diferencia entre las aguas costeras y las tacuaremboenses es el sabor, afirmaron los experimentados: “Yo tragué un poco de agua y la sentí resalada, pero en San Gregorio y en esos lugares no he sentido”, dijo Ramiro, y Kevin aportó: “En Punta del Diablo, yo estaba en un flotador de cocodrilo y me caí del flotador y tomé un poco de agua, me secó la garganta”. “Más bien cambia por lo salado”, reafirmó, luego, Lautaro.
***
En el camino todo era novedad: los edificios, las calles, y el principal atractivo para algunos era señalar autos y motos de gran valor. Luego del Palacio Legislativo, fueron al Mausoleo y a la plaza Matriz. Mientras la directora les mostraba los símbolos de la fuente de la plaza, Laura Urrutia, la maestra, valoró el viaje como excelente: “Todo es novedad, trabajás el previo, acá y el posterior, lo que les queda de la vivencia. Hace 15 años que estoy en esa escuela, me gusta fomentar las salidas didácticas para que ellos tengan la oportunidad de conocer”. Laura es de Tambores, un pueblo de Tacuarembó. “Yo conocí el mar de grande, adolescente”: tenía una tía que vivía en Montevideo y sus primeras aguas saladas fueron las de la playa Pocitos. Después, “ya con hijos”, conoció Rocha.
De camino hacia el ómnibus que nos llevaría a la playa Ramírez, la directora, Leticia Mora, evaluó este tipo de salidas: “Traerlos a cualquier viaje es una experiencia de formación para la vida. Es cultura general, es trabajar en la relación con otro, en la autonomía. Es una oportunidad realmente didáctica”. En cuanto a ver el mar, reflexionó:
—Creo que en el inconsciente colectivo de todo el mundo el mar ejerce una fascinación tremenda. Y es algo que solamente en esta parte del país se ve, o sea, si querés conocer Uruguay, algún pedacito, aunque sea de agua mezclada con el mar, como dicen los Cadillacs en “Vasos vacíos”, tienen que conocer.
Antes de estar al frente de la Escuela No 129, Leticia había dirigido durante seis años la Escuela Rural No 25, de Quiebrayugos, que incluye séptimo, octavo y noveno. Con ellos participó en el proyecto Ver el mar, del Colegio Santa Elena, en el que estudiantes de noveno llegaron a Montevideo para ver el mar, entre otras atracciones capitalinas. Lo recuerda como algo “maravilloso”. Leticia conoció el mar cuando tenía diez años, porque su equipo, de la Escuela No 1 de Tacuarembó, había ganado el concurso nacional de pinturas Inca; el premio era pasar una semana en la colonia Malvín.
—Alucinada quedé, no podía creer cuánta agua había, porque estos por lo menos conocen San Gregorio, pero yo no conocía San Gregorio, conocía el lago, el balneario, era lo más grande, y la Laguna de las Lavanderas, un espejo de agua mucho más chico que hay adentro de la ciudad, y cuando vi la colonia Malvín... belleza, con una isla todavía, yo no sé, imaginaba que podía haber piratas, cualquier cosa en la isla, fue maravilloso, una experiencia que nunca más me voy a olvidar.
***
Subimos al ómnibus. A tan solo dos cuadras, tomaría la rambla.
—¡Abran las cortinas y miren a su derecha! —alentó la directora.
—¡Tremendo!
—Guaaaau.
Niños de la Escuela 129 de Tacuarembó en la playa Ramírez, Montevideo.
—¿Qué vemos? —volvió a alentar.
—¡Agua!
—¡Palomas!
—¡Agua!
—¡Un barco!
—Ta más negra esa agua que... —dijo uno de los niños.
—¡Es color café! —replicó otro.
Estaba fresco y nublado, pero las nubes dejaban colar algunos rayos de sol que se reflejaban en el agua. Hubo quien lo percibió:
—Como que allá está café y allá está un poco más claro, en algunas partes está clarito.
—¡Qué interesante! ¿Por qué será? —consultó la directora.
—¡Por la tierra! —arriesgó uno.
—Bueno, hay que plantear hipótesis e investigar —replicó Leticia.
—¿Por qué el mar es tan divino? —preguntó otro.
—¡Imaginate estar ahí y que te lleven todas las olas!
—¡Ahí se posó la Sirenita en su película!
—¡Mirá los tsunami que llegan! —dijo otro al ver las olas golpear el borde externo de la rambla.
En el Parque Rodó, formaron filas y se encaminaron al agua.
—¡Nos vamos pa la rambla! —festejó uno.
Ni bien llegaron, uno juntó arena con sus manos.
—¡Guerra de tierra, gurises! —dijo, mientras disparaba.
—¡Directora, le pegué a la tierra y estaba redura!
—Esto no es tierra —le respondieron otros.
La directora ya se había descalzado y alentaba a tener esa experiencia. Meterse al agua no había estado nunca en los planes ni sucedió. La directora les propuso que caminaran unos metros en paralelo a la costa y que volvieran; caminaron, corrieron, se mojaron los pies, se sentaron en la arena.
Guadalupe y Julieta fueron de las primeras en sentarse en la arena.
—Me pareció muy lindo el mar, solo que los humanos no es como que cuiden, porque hay mucha basura. Y entonces ta, en vez de disfrutar, digo, en un lugar lindo así, cuidar, no cuidan —planteó Guadalupe.
—¿Qué basura viste?
—De todo... botellas, de todo un poco hay allá. Tornillos, todo, todo, todo. No hay lo que no te encuentres.
Niños de la Escuela 129 de Tacuarembó en la playa Ramírez, Montevideo.
—A mí me gustaría que estuviera un poco más prolijo, pero me gustó bastante —acotó Julieta—. Hace ya bastantes años no venía y ya casi ni recordaba, pero me gustó volver. Y para mí que si estuviera un poco más cuidado, si no hubiera tanta basura... porque encontré hasta alambres y si andás descalzo te podés pinchar. Eso me gustaría más.
—Y no es como si el mar fuera a tirar botellas, son los humanos que...
—¡Un barco! —interrumpió Julieta.
—Ahí mismo, ¡un barco! —replicó Guadalupe, que en breve continuó su razonamiento—. Pero si cuidaran más, este lugar sería hermoso. Yo diría que los de acá cuidaran. Porque no es solo acá en el mar que hay basura, sino que en las calles también hay bastante basura. No cuidan, escriben en las paredes y todo.
Mía no pudo descalzarse ni correr porque tenía un pie lastimado. Estaba en la orilla.
—Es muy lindo —dijo, mirando el horizonte.
—¿Era como te imaginabas?
—Sí, porque yo ya había visto fotos y eso. Es como lo que dije de la comparación con San Gregorio, que acá no se ve, tipo, suelo.
—Que para el otro lado no se ve tierra.
—Claro, se ve todo agua.
María, Mirtha, Fiorella y Jenny eran las mamás —de Kevin, Cintia, Lautaro y Emily— que acompañaron al grupo. Todas habían estado en alguna playa del sur, aunque fuera de pasada. Jenny había vivido hasta los nueve años en el barrio montevideano Las Torres y conocía Playa Pascual, “pero escasos recuerdos tengo, a otra no fui”, aclaró. Las diferencias de aquella playa y la Ramírez fueron la reconstrucción dunar y ver, ahora, un barco. El agua, igualita.
—La verdad es que sigue siendo fascinante... pero igual me quedo con Tacuarembó. Es mucho bullicio para mí. No puedo. Pero es hermoso, realmente. Una tarde venir acá y tomar unos mates creo que debe de ser lo máximo de lo máximo, ¿no?
La arena “suavecita” fue uno de los fuertes. Para algunos, el agua no estaba fría, para otros sí. Santino dijo que no era muy parecido a Mar del Plata porque allá “había mucha, mucha gente”. A Alexander le gustó más que San Gregorio, sobre todo por las olas, porque “allá está todo tieso”.
—Rami, Rami, Rami. Te llegás a tirar un mortal de ahí, literal, te quedás mortal —dijo Ezequiel.
—Ya lo veo, sí —afirmó Ramiro.
—Por la arena, es redura, y porque las partes de la orilla son bajas, bastante —respondió ante la pregunta que buscaba confirmar por qué el mortal era mortal.
En los escalones, mientras se aprontaban para volver al ómnibus, dieron su opinión:
—Bonito —dijo Mateo.
—Muy bonito, de verdad. Estuvo divertido —agregó Alexander.
—¿Qué les contarían a sus padres, sus madres, sus hermanas de lo que vieron, lo que hicieron?
—Nos sacamos fotos, jugamos —dijo Cristian.
—Nos tiramos tierra —dijo Thiago
—Nos tiramos arena, mejor dicho —corrigió Cristian.
—Nos mojamos los pies —agregó Thiago.
—Vimos un barco —siguió su dupla.
—No nos dejaron meternos, pero ta, estuvo lindo igual —deslizó Thiago.
—Todo bien. Nos tiramos la arena, corrimos —retomó Santino.
—¿Y en cuanto al color?
—Está marrón —respondió Santino.
—El color del agua es media negra, ¿eh? —dijo Matías.
—¿Por la tierra es? —preguntó Santino.
—Sabelo, ahí sacás, Pirakids, sacás chocolatada, ¿sabés qué? —acotó Matías.
—No termina más, ¿no? —contempló Thiago.
—Sabelo —afirmó Santino—. Si te das cuenta no termina. No termina más,
—Eso le contaría nomás —concluyó Thiago.
Niños de las escuelas 244 y 116 de la localidad 18 de Mayo, Canelones, la 117 de Minas y la Escuela Granja 34, de Paso Roldán, Lavalleja, visitan la playa Buceo durante su estadía en la Colonia de Vacaciones de Malvín de la ANEP.
Colonia de vacaciones
Zamira, estudiante de cuarto año de la Escuela Nº 166 de la localidad canaria de 18 de Mayo, integraba la procesión que 44 niños y niñas emprendieron, un martes soleado de principios de diciembre, desde la Colonia Escolar Nº 261, en Malvín, hacia el Museo Zoológico, ubicado en Buceo. Habían llegado la mañana anterior. Sobre la rambla, un poco antes de llegar al museo, Zamira caminaba cabizbaja, con un gorro celeste que le cubría parte de la cara y la hacía mirar hacia abajo. Nunca había visto el mar.
—¿Dormiste bien, Zamira?
—No.
—¿Estuviste despierta?
—No.
—¿Tuviste pesadillas?
—Sí.
La colonia fue construida en 1936 como Hotelito Malvín, y en 1944 pasó a ser una colonia marítima que alojaba temporalmente a niños de todo el país que tenían problemas respiratorios y se beneficiaban con el aire costero; no estaba vinculada con la escuela, pero había maestros y médicos, explicó Claudia Esteche, profesora de Educación Física y subdirectora. En 1977 se convirtió en la Colonia de Vacaciones de Educación Primaria. En 2008, el edificio fue declarado monumento histórico nacional.
Tal vez la altura y la amplia visual hacia la playa de Malvín impresionaron a Zamira, que había soñado que una compañera se caía escaleras abajo y que otra se estaba ahogando. Todos estaban sanos y salvos, pero bajo aquel gorro había cierta confusión. Dentro del museo, Zamira fue observando todo minuciosamente y, al ver el esqueleto de una jirafa, me instruyó acerca de cómo duermen esos animales y me hizo buscar en Google para corroborarlo. Zamira era una de los 12 niños del programa Maestros Comunitarios de las escuelas Nº 116 y Nº 244, que funcionan en el mismo edificio, y estaba acompañada por las maestras Verónica y Laura.
Además de las dos escuelas de Canelones, había niños y niñas de Lavalleja, de la Escuela Nº 117, de Minas, y de la Escuela Granja Nº 34, de Paso Roldán. Casi todos conocían la playa, aunque no fuera un paseo frecuente. Quien acababa de conocerlo era Solana, de seis años, una de los 11 estudiantes de la escuela de Paso Roldán; había conocido el mar hacía un mes, cuando había ido por primera vez a Piriápolis con la escuela y las familias. No se bañó, pero le pareció “muy divertido y muy lindo”; lo que más le gustó fue el agua. Génova Martínez, la maestra y directora de la escuela, también había conocido el mar en un viaje con la escuela rural a la que iba.
—Fue re emocionante, por eso darles la oportunidad a los niños también, de que vinieran, que conocieran. Estas niñas que vinieron ahora, que son cinco niñas, es la primera vez que salen a una colonia, a un campamento.
Durante el año lectivo, la colonia recibe a cerca de 4.500 estudiantes que pasan entre una y dos noches. La subdirectora hace énfasis en que la colonia es, en realidad, una escuela, con un formato diferente al de las tradicionales; además de su cargo y el del director —Daniel González—, hay una decena de maestros, profesores de educación física, de arte, hay cocineros, auxiliares de cocina, de limpieza y un chofer.
—Trabajamos competencias generales, que es ciudadanía local, global y digital, relacionamiento con los otros y comunicación. Nuestro proyecto institucional abarca conceptos como patrimonio cultural, patrimonio natural e identidad personal. Trabajamos desde lo lúdico y lo vivencial.
El cuidado y la prevención de ahogamientos es uno de los tópicos. Les informan lo que tienen que saber cuando llegan a un espacio con agua, como corroborar que haya servicio de guardavidas, los significados de las banderas, que se pueden acercar a la torre a preguntar. El día anterior había llovido, y ese era el motivo por el que estaba colocada la bandera sanitaria; para mal de todos, no se pudieron bañar.
—Lo que más les llama la atención cuando llegan es la cantidad de agua, lo inmenso que ven, todo este estuario del Río de la Plata, el mar, el océano, o como ellos quieran decirle en principio. Y no solamente en los niños o en las niñas, sino también en los docentes, porque nosotros recibimos escuelas rurales, también comunes, que nunca tuvieron todavía la posibilidad de venir a ver el Río de la Plata o el océano Atlántico.
El camino de regreso desde el museo a la colonia es por la arena. Hacemos base sobre la arena seca. Arman castillos, excavan para buscar agua o buscan tesoros, como cucharetas y piedritas. Cada pocos minutos, preguntan una y otra vez si se pueden meter al agua. Una de ellas es Zamira, que dice que no le gusta tanto el mar y que la arena está sucia.
—Sí, ahora cuando regresemos van a ir por el agua, no te preocupes —le responde la maestra Carla Castro.
Niños de las escuelas 244 y 116 de la localidad 18 de Mayo, Canelones, la 117 de Minas y la Escuela Granja 34, de Paso Roldán, Lavalleja, visitan la playa Buceo durante su estadía en la Colonia de Vacaciones de Malvín de la ANEP.
En eso viene otro niño:
—Carla, ¿ya nos podemos meter?
Carla es maestra de la colonia desde 2013, pero la conoció en 1981, cuando tenía 11 años y fue con su escuela. Era de Algorta, un pueblo de Río Negro; llegó en tren a las siete de la mañana.
—Llegar acá a la estación de AFE, bajar y ver esos enormes edificios que parecían que se nos venían arriba, nosotros acostumbrados a ver casas bajas, edificios ni ahí, fue maravilloso, maravilloso.
—¿Y hasta ahí no habías visto el mar?
—Yo había venido a Montevideo, pero lo que conocía era el [hospital] Pereira Rossell, venía con mi abuela y de ahí volvía. El mar nunca. Cuando llegamos acá a Malvín y vi esta inmensidad, fue algo muy emocionante.
Historias propias y ajenas tiene miles, pero hubo una que la marcó:
—Hace ya unos cuantos años recibimos una escuela del interior, un niño de tercer año, chiquito. Veníamos por la bajada de la colonia, que se ve toda la playa, y él decía: “No veo el agua”. Entonces se me dio por auparlo. Y cuando ve esta inmensidad, quedó como sorprendido, shockeado. Y se le empezaron a caer las lágrimas y se quedó sin palabras. Tal fue el susto que nos llevamos que tuvimos que llamar a un médico. Tuvo un bloqueo emocional al ver esta gran masa de agua.
El niño pronto se recuperó, pero Carla señala “el choque” que implica “ver las olas, los barcos en el horizonte, las islas, el faro, el paisaje en la noche”. De noche miran el mar desde la terraza o desde las habitaciones: sin tránsito, las olas se escuchan más, y “ven como una ciudad flotante en el horizonte”. También tienen binoculares, imaginan ver delfines y focas; han llegado a ver lobitos.
—A veces recorrés el comedor, cuando les damos tiempo libre, y los ves sentados, de repente dos, tres compañeros, con la mirada perdida en el río y te acercás a hablar con ellos y te dicen: “Es increíble la paz que me transmite”.
La vuelta fue por la orillita.
—¿Qué me contás, Zamira, te gustó ahora?
—Sí. ¡Pero no nos metimos del todo!
—Bueno, pero nos estamos mojando los pies.
—¡Ay, pero estoy bien entrelazada! —dice, mientras una ola la desvía levemente—. ¡Ah, qué bonito!
Caminamos un poco más.
—¿Seguís conmigo porque estuve de malhumor todo el camino?
—Ahora te veo de muy buen humor.
—Sí.
—A mí me parecía que en un momento ibas a estar de buen humor y dije: quiero llegar a ese momento.
—Sí.
—También porque vos me contaste que no conocías el mar, entonces quería saber qué te había parecido.
—¡Ay! ¡Me estoy mojando! ¡Me estoy mojando muchísimo! ¡Está calientitaaa! ¡Me mojé toda la calza!
Se remangó la calza, se acomodó el gorro. Ya sobre la rambla, hizo su balance final.
—Me pareció muy buena, porque me pude mojar los pies, pero no me pude meter por completo, porque ya es nuestro último día.
—¿Ayer estaba de otro color?
—Sí, estaba como más gris. Yo pensé que el mar solo era gris.
—¿Pensabas?
—Sí, porque así se veía cuando estaba la tormenta.
Amanda Muñoz es docente de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República y periodista. Integró el staff de la diaria entre 2010 y 2022, y el de la diaria canaria entre 2007 y 2009. Cursa la Maestría en Ciencias Humanas, opción Lenguaje, Cultura y Sociedad de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República).