A Claudia Rodríguez, in memoriam
La calle amanece sucia. No violentada: usada. Como después de una fiesta que nadie quiere recordar del todo. Hay restos blandos —papel húmedo, maquillaje corrido, una pluma pisoteada— y hay algo que no encaja en la lógica de la limpieza: brillo. Partículas mínimas, casi invisibles que se pegan al asfalto como una infección amable.
El glitter siempre aparece después.
Cuando los cantos se apagaron, cuando la policía se fue, cuando el cuerpo vuelve a ser un problema individual. El brillo queda, insiste, alguien intenta barrerlo y no puede. El glitter se escurre, se cuela en las grietas, se pega a la piel de quien limpia. Hay algo inquietante en eso: no responde a la lógica de causa y efecto, no obedece al orden de lo útil. Como ciertas ideas, ¿verdad? O como ciertos cuerpos.
Una drag queen cruza la avenida temprano con la cara todavía marcada por la noche. El maquillaje no resistió, pero el brillo sí, le quedó en el pómulo, en la clavícula, en el borde de una uña rota. No sabemos si viene de una marcha, de un carnaval improvisado, de un recital en el que alguien cantó con la voz quebrada bajo luces violetas. Esa confusión es parte del asunto, el glitter nunca fue prolijo ni pidió contexto.
Hay una historia ahí, aunque nadie la cuente en línea recta. El brillo aparece cada vez que el cuerpo se vuelve indisciplinado. En los carnavales en que el orden se suspende por unas horas y el mundo se da vuelta. En las travestis que hicieron del exceso una forma de supervivencia. En la revuelta de Stonewall de 1969 en Nueva York, cuando la protesta LGBT —iniciada por las activistas travestis Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson— no tuvo épica sino furia, noche y plumas. En el glitter rock, cuando el maquillaje y la ambigüedad sexual fueron una amenaza real para una cultura que necesitaba hombres serios y guitarras limpias. En las marchas de la marea verde, con esas chicas, esos chicos y eses chiques con la cara cruzada de brillantina verde.
El glitter siempre fue una forma de decir «acá estamos» sin traducirlo al lenguaje del poder. No grita (un poco sí), no golpea, no promete nada. Ridiculiza, desarma. Vuelve torpe la autoridad porque no la enfrenta donde se cree fuerte sino donde es frágil: en su necesidad de orden, de limpieza, de masculinidad sin fisuras.
Por eso molesta. Porque no es violento, porque no es solemne, porque no es triste ni opaco. Porque trae algo que la política suele expulsar: el goce, el artificio, la alegría sospechosa. El brillo se pega al cuerpo como una marca involuntaria. No hay manera de volver intacto. El cuerpo se convierte en archivo: piel, pelo, ropa guardan memoria de lo que pasó. Hay algo un poco inexplicable a la hora de aplicarse el maquillaje, los brillos, en la cara, en la piel: de repente se hace la luz desde una, desde uno hacia el mundo.
A la mañana siguiente, cuando todo debería haber terminado, el glitter sigue ahí. Ese brillo parece victoria pero no lo es, tampoco promesa. Es un resto. Y en la historia de las protestas, de los carnavales y de los cuerpos que nunca encajaron del todo, los restos siempre dijeron más que los monumentos.
***
En un baño público alguien se lava la cara con desesperación. El agua corre turbia, arrastra restos de maquillaje, pero el brillo no se va, queda en el pliegue del ojo, en la línea mínima entre la uña y la piel. Cuanto más se frota, más se esparce. Hay algo inquietante en eso: el glitter no obedece. No responde al esfuerzo ni al arrepentimiento.
Afuera, la ciudad intenta recomponerse. Un camión hidrante pasó hace horas. El asfalto está mojado, oscuro. Sin embargo, cuando el sol pega de costado, algo devuelve la luz. No debería estar ahí. No pertenece al día. El brillo aparece como una falla en la superficie.
Una mujer —o una travesti o alguien que no quiere definirse— camina rápido, con la cabeza baja. En el cuello le quedó una constelación mínima de glitter. No la ve, pero la lleva como una marca, una prueba. El glitter tiene algo de eso: no acusa, pero tampoco deja olvidar. No graba nombres, no levanta monumentos. Se infiltra. Vuelve cuando ya no hay relato. Cuando la protesta terminó y empieza el esfuerzo por normalizarlo todo.
Hay quien dice que es infantil o decorativo y tal vez por eso funciona. Porque entra donde no se lo espera. Porque no amenaza con armas ni consignas, sino con una alegría rara, excesiva, difícil de justificar. Una alegría de la que el poder siempre sospechó.
Stonewall, 1969
No fue una imagen limpia. No hubo consignas bien pintadas ni fotos pensadas para durar. Fue de noche y el calor pegaba mal. Había alcohol barato, cuerpos cansados de esconderse, maquillaje corrido antes de empezar. El bar neoyorkino Stonewall Inn era mucho más que un santuario: era un refugio precario, un lugar donde el exceso estaba permitido porque afuera no había lugar para nada de eso. Era la madrugada del 28 de junio del 69.
La policía llegó a hacer lo de siempre: ordenar, limpiar, llevarse a quienes sobraban. Travestis, drag queens, maricas con brillo en los párpados, lesbianas masculinas, cuerpos que ya estaban fuera de la norma incluso antes de moverse. La redada era rutina. Lo extraordinario fue que esa noche no funcionó.
No hubo un gesto heroico. Hubo furia acumulada. Un taco que se rompe, una cartera que vuela, una botella que no apunta bien. Plumas en el aire, maquillaje mezclado con sudor. El brillo ahí no tenía nada de decorativo: marcaba presencia. Decía «estuvimos acá» incluso cuando el cuerpo temblaba. Era estética, sí, pero también era resistencia sin discurso.
Las crónicas dicen que alguien gritó «gay power», pero lo que se oía era otra cosa: risas nerviosas, insultos, cantos torcidos. Una escena desprolija, casi carnavalesca, en que el orden se volvió ridículo. La policía, entrenada para la obediencia, no sabía qué hacer con cuerpos que no retrocedían, que se burlaban, que bailaban en medio del caos. El brillo volvía torpe la autoridad. La noche se les escapaba de las manos.
Stonewall no fundó una identidad: dejó un resto. Durante días, semanas, algo siguió vibrando. En las veredas, en los cuerpos, en la memoria. El sistema esperaba que todo volviera a su lugar, que se limpiara el maquillaje, que el exceso regresara a la sombra. No pasó. El brillo —literal y simbólico— no se dejó borrar.
Por eso Stonewall importa todavía. No por la épica que vino después, sino por ese momento sucio, nocturno, incómodo; porque mostró que incluso un gesto menor —no moverse, no irse, no limpiarse— podía torcer la escena. El glitter ahí, más que prometer derechos o futuro, dijo algo más básico y más peligroso: «No nos vamos».
Carnaval, Entre Ríos
Durante unos días el mundo se da vuelta. No de manera abstracta, sino concreta, visible y, sobre todo, ruidosa. En la provincia argentina de Entre Ríos el carnaval atraviesa los cuerpos. Hay calor espeso, cerveza tibia, cuerpos sudados que avanzan lento, maquillados hasta perder el gesto propio. El rey es una caricatura, la reina una exageración, el cuerpo una superficie intervenida. Nada busca parecer natural (qué espanto la naturalidad). El carnaval fue siempre un tiempo acotado para que el mundo se diera vuelta sin romperse del todo. Las comparsas salen como si el orden hubiera sido suspendido por un decreto no escrito. Plumas enormes, lentejuelas que reflejan las luces blancas de la noche, maquillaje cargado que corre apenas empieza el movimiento. El brillo no decora: ocupa. Toma el cuerpo entero, lo vuelve otro. Durante esas horas nadie es del todo quien fue durante el día. El género se afloja, la jerarquía se desarma, la identidad se vuelve una pregunta (o grita nuevas verdades).
Hay hombres con caderas prestadas, mujeres con espaldas amplificadas por trajes imposibles, cuerpos que no encajan en ninguna ficha y que, sin embargo, avanzan con una seguridad feroz. El carnaval permite lo que el resto del año se castiga y no porque sea tolerante, sino porque es exceso y el exceso confunde al poder: no sabe si reprimirlo o dejarlo pasar como espectáculo.
El brillo ahí no celebra la armonía: suspende la ley. Durante unas noches no rigen las mismas reglas. El cuerpo se vuelve máscara, la máscara se vuelve verdad momentánea. Todo es demasiado: demasiado brillo, demasiado ruido, demasiado deseo. El orden se relaja pero no desaparece. Observa. Toma nota.
Cuando termina, llega la limpieza. De día, las calles de Gualeguaychú —o de cualquier pueblo entrerriano que haya vivido el desborde— parecen las mismas, pero no lo son. Queda glitter en las canaletas, plumas aplastadas, restos de pintura en la piel que no salió del todo. El cuerpo tarda en volver a su forma habitual. Algo quedó fuera de lugar.
Ese resto es el problema. Porque el carnaval no promete cambio, pero deja memoria. Durante unos días se probó otra distribución de los cuerpos, otro modo de ocupar el espacio. El orden vuelve, sí, pero vuelve sabiendo que puede ser interrumpido. Que hay un momento del año —y una historia más larga— en el que el brillo no fue adorno ni espectáculo, sino una forma de decir: «Esto también somos, aunque después intenten limpiarlo».
El carnaval termina. Siempre termina. Hay una fecha, un último desfile, una madrugada en la que las luces se apagan y el cuerpo vuelve más o menos a su lugar asignado. La travesti no, la travesti es el resto del carnaval caminando de día.
No hay permiso ahí ni hay excepción temporal. El brillo no se apaga, aunque se desgaste. El maquillaje puede correrse, la pluma caerse, la ropa volverse más austera, pero el cuerpo ya quedó marcado por el exceso. No como disfraz, sino como forma de estar en el mundo.
En los pueblos eso se nota más, el carnaval admite el desborde porque sabe que dura poco. La travesti no dura poco. Cruza la plaza un martes a la mañana, entra a un kiosco, espera el colectivo. Lleva en el cuerpo algo que el orden sólo tolera de noche y con música. De día, sin comparsa, el brillo molesta. El travestismo hereda la lógica carnavalesca pero la vuelve peligrosa: invierte los roles sin promesa de restitución. No hay vuelta limpia. El género no vuelve a su lugar original porque nunca estuvo ahí del todo. El cuerpo se vuelve superficie política permanente. Más que performance ocasional, es un archivo vivo. Por eso el brillo en una travesti no es decoración. Es advertencia. Marca un cuerpo que no se disciplina del todo, que no entra en la narrativa productiva, que no acepta la neutralidad como destino. El exceso, acá, más que celebración, es supervivencia.
Mientras el carnaval deja restos en la calle, la travesti los lleva puestos. Glitter en la piel, gestos amplificados, voz que no encaja en el registro esperado. No hay escena, no hay público. Sólo la fricción constante con un mundo que espera limpieza, corrección, discreción.
Y sin embargo hay algo que persiste. Como en Stonewall, como en el carnaval, como en el glitter rock: el brillo vuelve torpe a la autoridad. No sabe si reprimir, mirar para otro lado o fingir tolerancia. La travesti no promete revolución, pero desarma el orden cada vez que aparece. El carnaval fue un ensayo. La travesti es la versión sin final. El exceso que no se guarda, el cuerpo que no se limpia del todo. Y en esa insistencia —agotadora, peligrosa, luminosa— el brillo vuelve a ser lo que siempre fue: una declaración política hecha piel.
Glitter rock: el exceso sube al escenario
Después del carnaval y de las travestis y las dragas, el exceso encuentra otra superficie: el escenario. No porque se vuelva dócil, sino porque se vuelve visible. A principios de los setenta, el glitter rock toma lo que hasta entonces circulaba en los márgenes —brillo, ambigüedad, artificio— y lo enchufa a una guitarra eléctrica. No es una evolución natural: es un traslado peligroso.
Bowie con el rayo en la cara, Marc Bolan cubierto de lentejuelas, los New York Dolls maquillados como si el género fuera una broma privada. El rock, territorio de virilidad ruidosa, se llena de plumas, tacones, brillos que reflejan las luces blancas del escenario. No hay intención pedagógica. Nadie explica nada. El cuerpo habla solo.
El glitter rock no inventa el exceso: lo traduce. Toma la lógica del carnaval —todo exagerado, todo artificial— y la vuelve espectáculo nocturno. Toma el cuerpo travesti —intervenido, ambiguo, provocador— y lo convierte en ídolo pop. Por un momento, el centro se corre. Lo que antes era resto se vuelve imagen dominante.
Pero esa visibilidad tiene un costo. En el escenario, el brillo puede ser celebrado como estilo, como moda, como shock estético. El peligro es el mismo que acecha siempre al exceso cuando se vuelve popular: la neutralización. Lo que en la calle incomoda, arriba de una tarima puede ser leído como personaje.
Y aun así, algo se filtra y el glitter rock deja marcas, no tanto en la política institucional como en la imaginación. Hace visible una masculinidad que no se cierra, un cuerpo que no promete orden ni estabilidad. Introduce la duda en un género que se creía sólido. El brillo vuelve a operar como sabotaje blando.
Acá el glitter no nació luminoso. Brillaba, sí, pero como brillan ciertas cosas en la oscuridad: señales de advertencia, restos químicos, ojos que devuelven la luz antes del ataque. A comienzos de los setenta, en Inglaterra, el glam rock —ese nombre que después sonaría festivo— apareció como una anomalía. Plataformas demasiado altas (nunca son demasiado altas las plataformas) para huir rápido, maquillaje corrido, ropa que parecía pedir castigo. Los cuerpos en escena, más que verse en libertad, prometían exposición. Una sexualidad ambigua, teatral, puesta ahí para ser mirada, admirada, juzgada, golpeada si hacía falta.
Se habla de una noche en Camden, en el mítico Roundhouse, de The Hype (la primera banda de David Bowie) tocando y de Marc Bolan, de T. Rex, entre el público absorbiendo la escena como quien ve algo que va a sobrevivirle. Bowie no siguió ese camino de inmediato pero Bolan sí. Entendió que el brillo era una forma de peligro: llevarlo al centro, volverlo masivo, obligar a todos a mirar. Glam rock. Glitter rock. Nombrar el exceso para que no pudiera ser borrado.
Cuando termina el show, no queda la música, queda el rastro. Polvo brillante en el suelo, en la piel, en la ropa, la prueba incómoda de que algo pasó ahí. Como toda cosa que nace en la oscuridad, no sirve para iluminar: sirve para que no se pueda negar lo que estuvo ahí.
Por eso el glitter rock importa en una historia del brillo como declaración política. No porque haya sido militante, sino porque volvió deseable —y al mismo tiempo inquietante— una forma de exceso que venía cargada de conflicto. Abrió una grieta. Y las grietas, como el glitter, no se limpian fácil. El glam rock recoge esa tensión y la traslada al escenario. No la resuelve, la amplifica. El brillo sube a la tarima, se electrifica, se vuelve imagen masiva. Lo que antes incomodaba en la calle ahora aparece bajo luces profesionales, amplificado por guitarras y cámaras. Pero la operación no es neutra: el rock, territorio de masculinidad dura, se resquebraja. La ambigüedad, el maquillaje, el artificio entran por la fuerza del deseo.
Verde que te quiero verde
El glitter verde operó en las marchas feministas argentinas como una anomalía dentro del repertorio clásico de la protesta. Introdujo una estética del exceso en un campo históricamente regulado por la sobriedad, la claridad del mensaje y la economía visual. Frente al afiche, la pancarta o el pañuelo —signos legibles, reproducibles—, el brillo fragmentado escapó a toda síntesis. No podía ordenarse ni jerarquizarse: era dispersión.
Esa dispersión tensionó la idea misma de eficacia política. En la marea verde, el maquillaje y el brillo desplazaron la centralidad del rostro serio, del gesto grave, y propusieron otra escena: una política que se permite jugar con la apariencia sin perder intensidad.
El verde, llevado al terreno del brillo, dejó de funcionar sólo como color identitario y pasó a operar como materia. Una materia inestable, popular, barata, que circula fuera de los circuitos tradicionales de legitimación estética. En ese pasaje, el feminismo argentino ensayó una forma de visualidad que dialoga más con el carnaval, lo travesti y la cultura pop que con la iconografía militante clásica. No como simbología, sino como estrategia de desorden.
Leído en clave ensayística, el glitter verde no suma épica ni emoción: introduce fricción. Descoloca la mirada, dificulta la captura mediática, resiste la traducción inmediata en símbolo cerrado. En lugar de una imagen unívoca de la marea verde, produce múltiples escenas simultáneas. Y en esa proliferación, menos controlada y más indócil, se juega una de las potencias políticas más singulares del feminismo argentino reciente.
¿Por qué molesta tanto el brillo? El poder detesta lo festivo, lo «improductivo», lo exagerado, lo ambiguo. Marchas, carnavales, travestismo/drag queens, rock son amenazas históricas al orden. Hay inversión de roles, cuerpos que no obedecen, identidades que no se fijan. Y el glitter comparte esa lógica: ridiculiza, desarma, se muestra. Lo que molesta más que el brillo es la alegría popular.
Durante el carnaval aparece la suspensión momentánea del orden, del género, de la jerarquía y el cuerpo se enfrenta con máscara, como superficie exagerada.
En las travestis y la cultura drag, el cuerpo intervenido es un manifiesto viviente; hay brillo, maquillaje, artificio para exponer la norma como ficción.
Stonewall no fue sólo disturbio; fue pluma, brillo, noche, exceso. La revuelta como escena carnavalesca involuntaria.
En el glitter/glam rock la masculinidad se vio intervenida, fue ambigua, brillante, las lentejuelas fueron como un sabotaje (contra)cultural.
En la marea verde, el glitter fue corazón.
Hay una genealogía posible para ese exceso aunque no haga falta nombrarla en voz alta. El carnaval, tal como lo pensó el historiador y crítico literario ruso Mijaíl Bajtín, no tanto como fiesta sino como suspensión momentánea del orden: jerarquías en pausa, cuerpos mezclados, signos fuera de lugar. El glitter en la marea verde funcionó en esa clave: no ilustró una demanda, la volvió inestable.
También hay una intuición performativa en ese brillo. El cuerpo feminista es soporte de un mensaje previo, pero también superficie donde la política se ensaya en tiempo real. Un cuerpo que se arma, se maquilla, se exagera y se expone en la calle, en una escena que recuerda —sin repetir— las derivas de Butler y Preciado: la identidad como práctica más que como esencia; el género como algo que se hace y se desarma, incluso mientras se marcha.
Y está, claro, el camp.1 No como ironía liviana ni como gusto estético, sino como sensibilidad que abraza lo excesivo, lo artificial, lo que no pide legitimación. El glitter leyó la calle en esa clave: exagerar un color, forzarlo hasta el brillo, convertirlo en superficie y no en símbolo puro. Una política que, okey, busca profundidad, pero también intensidad. En ese cruce —carnaval, performatividad, camp— el exceso deja de ser ruido y se vuelve forma de conocimiento. El glitter verde no tradujo la marea feminista en imagen correcta; la expuso como experiencia corporal, múltiple, indisciplinada. Y en ese gesto, incómodo y luminoso, produjo una manera de pensar lo político que no pasa por la claridad, sino por el desborde.
En ese cruce entre glitter, cuerpos travestis y pulsión carnavalesca, el exceso dejó de ser adorno para volverse método. Como intuyó Susan Sontag, la superficie también produce conocimiento: exagerar, brillar, desbordar es otra forma de intervenir lo político.
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Después de que la drag cruzara apurada la avenida esa mañana, aparecen el barrendero, el agua, la escoba. La ciudad vuelve a su coreografía habitual, a la limpieza, al gesto automático de borrar. Y sin embargo siempre queda algo, una partícula mínima, casi invisible. Como el carnaval fuera de fecha. Como una travesti caminando de día. Como una canción glam sonando donde no corresponde.
El glitter no toma el poder pero lo deja incómodo, y a veces eso alcanza para que el orden no vuelva a cerrarse del todo.
Lala Toutonian (Buenos Aires, 1970) es periodista cultural, gestora, escritora, traductora y editora especializada en rock y sus subgéneros. Además milita por el reconocimiento del genocidio armenio.
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Según el diccionario Merriam-Webster, la cultura camp se trata de «un estilo o modo de expresión personal o creativo que es absurdamente exagerado y que a menudo fusiona elementos de la alta cultura y de la cultura popular». El camp es una estética, casi una filosofía, una forma de exagerar y de mostrar intensidad. ↩