En Nochebuena, con mi familia tenemos la costumbre de mirar recitales viejos en vivo. La mayoría de las veces repetimos algunos que nos resultan históricos, como la primera despedida de Soda Stereo, en 1997. Este año decidí compartirles música «del momento». Inspirada por algunos recitales que fui a ver en el último tiempo, les mostré algunas artistas jóvenes argentinas que admiro. Les presenté a tres cantantes con videoclips que hacían especial zoom en sus rostros. Al tercer video, llegó la pregunta:

—¿No es la misma?

Notaron que los géneros musicales eran diferentes, pero creyeron que cantaba la misma persona. A mí, que conozco sus caras y su evolución desde hace años, la pregunta me sorprendió.

Hace tres años, en la presentación de las candidatas a Miss Universo 2023, se armó un debate en redes sociales en el que algunos usuarios plantearon que parecían «todas hermanas». Mujeres de diferentes países y etnias con los mismos rasgos faciales: labios gruesos, nariz recta y fina, cejas altas, ojos felinos, pómulos altos y mandíbula marcada. La cara de Instagram.

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Los filtros en tendencia de esta red social muestran distintas versiones, algunas más exageradas, otras más sutiles, de esta cara. A sus rasgos característicos se suma una piel lisa, «de bebé», sin poros ni imperfecciones. Cuando abro TikTok para hacer un videoselfie, la pantalla refleja mi rostro editado —aunque no haya elegido ningún filtro—, con una piel suave, sin ojeras, más rosada y con una sombra arriba de mi labio superior que intenta agrandarlo. Es la base, lo mínimo, para empezar a usar TikTok si quiero mostrar mi cara.

«A partir del año 2020, los mayores cambios que se han producido en el ideal de belleza han sido en los rostros, influenciados por las selfies y los filtros de redes sociales. Esto también ha favorecido el fortalecimiento de la industria cosmética como el skin care y de la industria estética y quirúrgica de mediana duración con procedimientos temporales, como la armonización, las maxibocas y la rinomodelación, que buscan emular las imágenes de las redes sociales y contribuyen a la homogeneización facial de las mujeres», comparte con Lento la doctora en Ciencias Sociales venezolana Esther Pineda G, quien en 2024 publicó la tercera edición de su libro Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer (Prometeo Libros), en el que analiza el ideal de belleza a lo largo de la historia y cómo se actualiza hoy, en un contexto de selfies y plataformas sociales.

Los cuerpos alcanzados por el ideal de belleza estuvieron durante siglos reservados para una clase social privilegiada, aquella que podía invertir tiempo y dinero. Fue recién en el siglo XX cuando salieron del ámbito familiar para masificarse a través de revistas, periódicos, radios y canales de televisión. Y con esto, la consecuente «universalización de los ideales de belleza estadounidenses y su adopción o persecución por parte de la mayor cantidad de mujeres alrededor del mundo, independientemente de su clase social», tal como relata Pineda G. en su libro. El siglo actual dio un paso más y ya no hay manera de escapar a la constante aparición de rostros estereotípicamente bellos. Los encarnan nuestras artistas favoritas, pero también abundan en nuestros feeds, donde vemos a conocidas, amigas, primas «retocadas» digital, manual y quirúrgicamente.

Dismorfia de selfie

La presión generada al ver constantemente estas caras y compararlas con la propia ha llevado a que cada vez sean más las personas —en su mayoría, mujeres— que llevan estas imágenes pasadas por filtros a las consultas con especialistas. El estudio «Influencia de los filtros de las redes sociales en la cirugía plástica» (2025), publicado en la revista médica Cureus, arrojó que 61,8% de los 68 cirujanos de distintos países del mundo encuestados reportó que «a menudo» las y los pacientes mencionan filtros de redes sociales en sus consultas, mientras que 10,3% respondió «siempre».

«Hay modas estéticas fomentadas por los filtros y las redes sociales: rasgos angulosos, labios grandes, mandíbula muy marcada. Todo esto surge a partir de los filtros. La gente lo imita con intervenciones estéticas y se reproduce. A mí en particular no me muestran filtros, pero sí fotos de otra persona o me dicen “quiero esto más marcado” o “esto más grande”», le cuenta a Lento Pamela Aliberti, médica dermatóloga especializada en medicina estética, que atiende en la ciudad y la provincia de Buenos Aires, Argentina.

Aliberti hace una distinción entre las consultas que le llegan de parte de mujeres de distintas edades. «Las mujeres mayores de 50 suelen consultar más por lo que sucedió con el paso del tiempo: flacidez, manchas, pérdida de volumen en la cara. Por otra parte, en las pacientes jóvenes, adolescentes o mujeres de veintipico, las consultas más frecuentes tienen que ver con “mejorar” rasgos que de por sí ya son normales: ojeras muy leves, labios que se consideran pequeños con respecto a lo que se usa hoy según las redes sociales, una piel que ya es sana pero que perciben como insuficiente; nombran los poros o tal “irregularidad”».

«Hace unos años, las consultas eran más puntuales y espaciadas», agrega. «Hoy son más frecuentes. Hay más ansiedad y demanda de resultados rápidos, urgentes e inverosímiles, más difíciles de conseguir. A veces me cuesta que el paciente entienda que hay ciertas cosas que no vamos a lograr. Hay una diferencia muy marcada entre lo que objetivamente se ve y lo que la persona percibe frente al espejo. Ahí es donde noto la dismorfia. Esto está muy alimentado por la constante comparación».

El trastorno dismórfico corporal consiste en una preocupación obsesiva y constante por ciertas áreas del cuerpo propio consideradas «defectos» e imperceptibles para las demás personas, sumada a conductas repetitivas asociadas a esa dismorfia, como el chequeo permanente de esa zona o el intento de modificarla. Inspirado en este trastorno y en consonancia con el siglo actual surgió, en 2018, el concepto de dismorfia de Snapchat, también conocido como dismorfia de selfie. No se trata de una enfermedad formal, sino de una manera de hablar de las y los pacientes que buscan, a través de intervenciones persistentes, alcanzar su propia versión alterada por un filtro.

Los procedimientos estéticos no hacen más que aumentar en todo el mundo. Según los resultados de la última Encuesta Global Anual sobre Procedimientos Estéticos/Cosméticos de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, publicados en junio de 2025, estas intervenciones aumentaron 40% desde 2020. El informe también revela que los procedimientos más elegidos son los tratamientos no quirúrgicos (20,5 millones en 2024), con la toxina botulínica y el ácido hialurónico a la cabeza, frente a los quirúrgicos (17,4 millones).

«Llegan consultas de personas cada vez más jóvenes. No para cirugías, pero sí para procedimientos no invasivos o mínimamente invasivos, como los inyectables, la toxina botulínica. La rinomodelación y sobre todo el relleno de labios son las dos consultas más frecuentes en personas jóvenes, algo que hace diez años no se veía tanto. Tampoco había tanto acceso a productos. Cambió mucho el acceso a la medicación», le cuenta a Lento la cirujana plástica, reparadora y estética Lucía Torroba, nacida en La Pampa y residente actualmente en Montevideo, Uruguay.

La masificación de estos procedimientos estéticos se dio de la mano de un considerable abaratamiento de sus costos. Sin ir más lejos, el precio del bótox cayó 26,7% en dos décadas (entre 1998 y 2018), al tiempo que su demanda se multiplicó por diez.

Los rasgos de la cara de Instagram suelen estar acompañados de un rostro con menos expresión facial. La toxina botulínica actúa bloqueando de forma temporal y local la liberación de acetilcolina, un neurotransmisor que permite la contracción del músculo. Esto lleva a una relajación muscular que suaviza las arrugas y reduce los movimientos de los músculos afectados. Su uso es cada vez más demandado por jóvenes a modo de «prevención» del envejecimiento. El «botox preventivo» o «baby botox» lo piden generalmente personas de entre 20 y 35 años con el objetivo de que no se profundicen las marcas de expresión y se retrase, así, la formación de arrugas.

Las niñas y el skin care

La preocupación por la estética aparece cada vez a más temprana edad. Con el acceso a plataformas sociales, niñas y jóvenes ven periódicamente videos de mujeres publicitando nuevos productos para la piel o compartiendo sus rutinas de skin care, madres preparando el rostro de sus hijas para ir al colegio y, cada vez más, niñas haciendo sus propios videos. En los cumpleaños reciben de souvenir una mascarilla o un sérum y se volvieron virales los Días de Spa en preescolares.

La organización Girlguiding del Reino Unido realiza cada año la Encuesta de Actitudes de las Niñas. En 2023 observaron que 54% de las niñas encuestadas desearía verse como se ven modificadas por filtros. La presión para usarlos es aún mayor para aquellas que son neurodiversas, las que tienen alguna discapacidad, las LGBTQ+ y las que viven en zonas de alta pobreza.

—¿Por qué estás molesta?

—Porque cada vez que me maquillo creo que me veo genial, pero luego está esta arruga aquí [señala su pómulo].

—¿Cómo?

—Aquí mismo [vuelve a señalar su pómulo].

—No veo una arruga.

—Y luego intenté ponerle corrector y lo hizo parecer aún peor. Ahora tengo que soltarme el pelo.

La conversación es parte de un video viral que muestra a una niña de no más de 11 años y la voz de una mujer adulta, quien podría ser su madre. La niña está visiblemente angustiada y se coloca con sus manos y uñas largas el pelo sobre la cara.

«Antes la preocupación por el cuidado de la piel aparecía generalmente en la adolescencia, cuando empiezan a aparecer los granitos o hay alguna incomodidad con la imagen. Ahora hay una necesidad de verse “bien”, con una obsesión del cuidado de la piel desde temprana edad. Chicas de 7, 8 años quieren hacerse rutinas, usar mascarillas y sérums», le cuenta a Lento Julieta Castro, médica dermatóloga infantojuvenil formada en el Hospital Garrahan de Buenos Aires.

Las consultas que recibe suelen ser de madres y padres preocupados porque «sus hijas se están poniendo cualquier cosa y buscan en mí una aliada» y niñas que piden que las lleven a una dermatóloga porque quieren cuidar su piel y no saben cómo hacerlo.

La consecuencia del uso de productos innecesarios a determinada edad es principalmente la irritación de la piel. «Son productos que compran en el supermercado, en Todomoda. A veces no sabemos ni lo que tienen. Pueden comprar cosas buenas o no. Y estamos hablando de pieles muy sensibles y fáciles de lastimar con irritantes, lo que capaz que en pieles maduras no sucede. He visto muchos eccemas, piel seca, áspera, irritada, quemada por mascarillas y productos virales que ven en redes».

Otra preocupación que destacan profesionales de la salud es el aumento de los diagnósticos de pubertad precoz. La mayoría de las consultas que recibe la endocrinóloga pediatra Iratxe Martínez Castillo desde la pandemia de covid-19, cuando estuvimos buena parte de nuestros días aislados viendo las redes sociales, son de adelantamiento de la pubertad.

«Los disruptores endocrinos son sustancias que están en el agua, en productos para el cuidado personal y en los alimentos, que pueden generar problemas endocrinológicos por similitud con las hormonas propias, como la pubertad precoz. Los parabenos o ftalatos presentes en maquillajes, cremas y shampoos pueden adelantar la pubertad. Uno no puede estar como loco combatiendo los disruptores porque están en todos lados, pero se pueden evitar cosas innecesarias a ciertas edades, como el maquillaje o el skin care en niñas», detalla Martínez Castillo.

«Está bueno cuidarse, lavarse la cara, ponerse protector solar», agrega Julieta Castro, «pero no esta locura por la piel perfecta, de filtro. Muchas veces tuve que desaconsejar el uso de determinados productos, pero en mi caso no se los prohíbo, sino que las trato de guiar hacia un cuidado razonable de la piel. Creo que los van a usar, entonces enseñémosles qué es lo mejor para ellos».

Decir que no

Agostina Soria, conocida en redes como La Coqueta, es una influencer trans del sur del conurbano bonaerense. Este año se hizo viral luego de contar que una lashista (experta en pestañas) le practicó un relleno de labios con ácido hialurónico. En una entrevista con el youtuber Martín Cirio, también contó que le colocaron lo que sobró de la jeringa que usaron para su hermana. «Me puso la mitad de la de ella», dijo y se tapó la boca.

Los comentarios generaron una polémica en las redes sociales y salieron especialistas a hablar sobre los riesgos de una práctica de este tipo sin supervisión médica. Sin embargo, lo que narró La Coqueta es bastante más habitual de lo que parece.

«Una cosa que me llama la atención es que noto que muchas personas no se detienen a verificar si quien las atiende es médica, qué formación tiene, qué productos vamos a utilizar, si están cerrados o que no estén vencidos. Eso me lleva a pensar hasta qué punto se ha banalizado el acto médico en el campo estético», comparte Aliberti.

A la hora de decidir practicarse una intervención estética, las profesionales consultadas para esta nota enumeraron una serie de recomendaciones. Para Torroba existe un «triángulo de seguridad» para los procedimientos estéticos. «En primer lugar, concurrir a un profesional que esté debidamente formado y con registro (en Uruguay se puede corroborar en el servicio de información virtual Infotítulos). En segundo lugar, el quirófano también debe estar habilitado. Y por último, el paciente debe estar bien informado. Es importante que no tengan vergüenza de consultar por las habilitaciones y los registros. Además, se puede pedir una segunda opinión entre profesionales: es un derecho que tienen todos los pacientes».

«Es fundamental que el profesional genere un clima de seguridad y confianza», agrega Aliberti, «que no imponga tratamientos ni refuerce inseguridades. Un buen médico para mí no tendría que señalar defectos ni crear necesidades que la persona no traía. Además, así como se explican los beneficios, es muy importante que se expliquen los riesgos de cada procedimiento. Para mí muchas veces decir “no” también es parte del tratamiento».

Violencia estética

En Bellas para morir, Pineda G. considera que los cánones de belleza de estos últimos dos siglos se han caracterizado por su condición de desechables: «Son definidos, instaurados, divulgados, promovidos, adoptados, rápidamente consumidos, caducados y descartados», algo que se profundizó y aceleró en la actualidad.

«Los riesgos de subirse a las tendencias estéticas están en tomar una decisión siguiendo una moda, porque son pasajeras. Todo lo que tenga que ver con una cirugía o una modificación de nuestro cuerpo, si está bien hecho, llega para quedarse. No tiene nada de malo que los cambios sean definitivos, siempre y cuando estemos dispuestos a que sean cambios que perduren con nosotros. En segundo lugar, por el tiempo en el que llegan y la velocidad a la que se van, las modas no van acompañadas de evidencia científica acorde y hay que tener mucho cuidado con eso», advierte Torroba.

Esta mayor atención sobre la estética y el cuidado propio afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que estamos en «una sociedad que establece la belleza como elemento constitutivo de la identidad y la valoración femeninas», dice Pineda G. Para hablar sobre esto, en 2012 acuñó el concepto de violencia estética. Se trata de «un conjunto de narrativas, representaciones, prácticas e instituciones que ejercen una presión perjudicial y formas de discriminación sobre las mujeres para obligarlas a responder al canon de belleza imperante», que se sostiene sobre la base de cuatro premisas: el sexismo, el racismo, la gerontofobia y la gordofobia.

La violencia estética tiene consecuencias psicológicas, físicas y sociales. «En algunos casos, los procedimientos estéticos pueden producir inconformidad e insatisfacción, irreconocimiento y pérdida de la identidad, adicción a las cirugías, pero también disforia corporal, aislamiento o depresión. A nivel físico, según el caso, pueden producir lesiones, enfermedad o muerte», advierte Pineda G.

Pero además están las consecuencias sociales. En línea con los planteos de la escritora estadounidense Naomi Wolf, Pineda G. sostiene que la idea de la belleza es un mecanismo del patriarcado para expulsar a las mujeres del ejercicio social de los espacios de poder. «Mientras las mujeres estamos preocupadas y ocupadas modificando nuestra imagen, los hombres están tomando decisiones». A esto se suma el endeudamiento debido a los costos de los tratamientos, la valoración personal exclusivamente a partir de la imagen física y corporal o la infravaloración como resultado contrario.

En el ámbito cultural, la propagación de un tipo de cara universal puede traer «la dificultad de identificación y autorreconocimiento y la progresiva pérdida de la identidad personal, familiar, étnica y también local o regional», agrega Pineda G.

Las niñas, por su parte, pierden momentos de juego y aprendizaje con otros mientras ocupan su tiempo de ocio en compararse con otras personas y preocuparse por un cuidado innecesario para su edad. Posiblemente estarían menos pendientes de esto si se encontraran con imágenes de cuerpos y rostros reales. Así lo expresó la Encuesta de Actitudes de las Niñas de Girlguiding, en la que cerca de la mitad de las jóvenes consultadas respondió que le gustaría que hubiera más contenido sin editar en redes.

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Luego de algunas campañas con pocos resultados para abandonar los filtros (como #FilterDrop), recientemente varias modelos e influencers anunciaron que se están disolviendo el hialurónico inyectado en los labios. Los rostros maquillados que se difunden en videos de TikTok son cada vez más sutiles, aunque se utilice la misma cantidad de productos que antes. ¿Nos liberamos de presiones o vamos hacia una nueva tendencia guiada por lo «natural»?

Agustina Ramos es periodista argentina y se dedica a temas vinculados con el género y de interés general. Trabaja en la agencia Presentes y en medios públicos.