Libertad del arte: sólo podemos darle la libertad que toma...1 Bertolt Brecht

Las celebraciones carnavalescas, presentes en todas las sociedades, daban rienda suelta a la burla, admitían la rebelión, exaltaban la locura humana e imponían comportamientos inhabituales a sus participantes. Desde el punto de vista social, «lo que predominaba era una violencia establecida, un estallido en los hechos y el discurso que tomaba un cariz específico; así, la inversión del orden normal de las cosas desempeñaba un papel primordial».2 Divulgar hechos escandalosos que deberían haber permanecido en secreto, burlarse públicamente de la vida privada de los demás, satirizar contra las autoridades o contra determinadas personas eran, entre otras, prácticas comunes. Los trabajos del historiador José Pedro Barrán revelan que, durante las primeras décadas del siglo XIX, la sociedad uruguaya se rigió por los códigos de la cultura considerada «bárbara» y mantuvo una estrecha relación con las manifestaciones festivas.

Los aspectos más significativos de esta barbarie cultural se cristalizaban en el carnaval, dado que este no disimula a los participantes, sino que los hace sobresalir y enfatiza sus cualidades. Es preciso aclarar, sin embargo, como observa Julio Caro Baroja,3 que asociar el acto de enmascararse con la violencia, las bromas pesadas, la comicidad y la tragedia, el deseo de cambiar de personalidad y pasar de la risa al llanto y, en sentido contrario, de la noción de vida, movimiento y lubricidad a nociones de muerte y destrucción, supera todos los límites históricos y culturales y se halla en pueblos extremadamente diferentes.

El espejo de una sociedad

Lo que caracterizaba, ante todo, la época de la sensibilidad «bárbara» era la mezcla entre lo sagrado y lo profano, e incluso una cierta profanación de lo sagrado en una sociedad que, según la definición de Barrán,4 practicaba la violencia física y la justificaba como único medio de dominación posible y válido. La ciudad, por lo tanto, jugaba y reía casi a la par de lo que trabajaba; hombres y mujeres experimentaban una sexualidad rabelaisiana bajo la mirada de un catolicismo permisivo. La sensibilidad «bárbara» podría entonces asociarse a una inclinación excesiva por los juegos y la diversión, a una atracción desmedida por la sexualidad y la violencia, a una exhibición irrespetuosa de la muerte. Esta «barbarie» que caracterizó la vida cotidiana de gran parte de la clase dominante fue naturalmente rechazada por los dirigentes, la élite intelectual y el clero, que la oponían al concepto de civilización, caracterizado por un fuerte componente represivo en las áreas del afecto y lo empírico.

El gusto por el juego y la fiesta fue otra característica fundamental de esta sensibilidad que caracterizó al Uruguay hasta fines de la década de 1860. Sin embargo, no se trataba únicamente de juegos de azar o dinero, porque lo que las clases dirigentes, dueñas de los medios de producción, comenzaban a percibir como un freno a su dominación era el reino de lo lúdico, que invadía la sociedad durante los períodos festivos y particularmente durante el carnaval, manifestación contraria a la idea y el grado de civilización que deseaban imponer. Estos divertimentos pronto degeneraban y se convertían en peleas5 cuando la fiesta llegaba a su apogeo y la alegría de los participantes alcanzaba su punto álgido. El juego podía consistir en lanzarse objetos y lo que más placer procuraba era el agua. Hombres y mujeres se mojaban entre ellos. Aquellos que se encontraban en balcones o terrazas mojaban a los transeúntes, cómplices del juego o meros peatones tomados por sorpresa. Para refrescar a las damas se usaban frasquitos, bombas de agua, baldes y otros recipientes.6 Esta sociedad «bárbara» estaba como poseída por las ganas de entretenerse y esta adicción era considerada por los defensores de la disciplina moral y física un obstáculo para el trabajo y la eficacia, una falta de respeto al nuevo orden burgués, enemigo del ocio y del tiempo perdido. Pero lo que preocupaba más a los dirigentes políticos, así como a las élites económicas que aspiraban a crear una sociedad «civilizada», gobernada por el progreso, era ser invadidos ellos mismos por estos excesos festivos. La burguesía, en pleno auge, condenaba las prácticas festivas en su conjunto, a las que consideraba un espejo de la sociedad que deseaba reformar. De hecho, el carnaval uruguayo «bárbaro» era sinónimo del paraíso terrestre, del reino de las necesidades y los placeres materiales, un país de celebraciones donde se podía comer y beber hasta la saciedad, donde el juego no conocía límites y el eros se expresaba a sus anchas. Este microcosmos panegírico, libre de censura y ajeno al mundo del esfuerzo, las privaciones y el trabajo, no estaba, según Barrán,7 tan alejado de la realidad económica y social de aquella época, en la que el país ganaba y acumulaba, con muy poco esfuerzo, grandes cantidades de dinero gracias al comercio del cuero. La llamada «sociedad de derecho» se veía trastocada, «patas arriba», lo que convertía al mundo del carnaval en algo mucho menos excepcional para el pueblo, mientras que la sociedad de derecho lo consideraba el punto culminante del libertinaje.

Una primera reflexión sobre esta situación me permite establecer una relación entre un tipo de sociedad y la manifestación carnavalesca que surge en ella, un proceso que se repite a lo largo de la existencia del carnaval y de su constante construcción. Para el Uruguay «bárbaro», la esencia misma del carnaval se encarna en el juego agresivo, tanto en el discurso como en los hechos. El objetivo final es exacerbar los rasgos característicos no sólo de los participantes, sino también del contexto circundante. Así pues, el carnaval es creado por un tipo de sociedad de la que no es más que un reflejo o, mejor dicho, una de las facetas que dan lugar a múltiples representaciones de la realidad. Al igual que una esponja, el fenómeno del carnaval absorbería las experiencias vividas por una comunidad, experiencias que, a su vez, condicionarían la respuesta formal y sensible que el carnaval da a dicha comunidad.

Proximidad indeseable

El carnaval no era el blanco preferido de los reformistas bienpensantes únicamente porque representaba la expresión del ocio, sino también porque permitía prácticas consideradas demasiado libertinas, dado que el Uruguay «bárbaro» dormía sobre la almohada del diablo.8 Lo primero que atacaban era el hecho de que estas celebraciones proveían al cuerpo la oportunidad de realizar movimientos violentos e indecentes que iban contra el orden físico prevalente en la vida cotidiana. El carnaval era el teatro de la libertad festiva de la carne, pero de una carne alocada, que daba rienda suelta a los vicios del alma, un desenfreno caracterizado por movimientos absurdos y el desborde de todos los deseos y de personalidades oscuras. Estas celebraciones tenían, por tanto, consecuencias nefastas, como señala Barrán:9 el desorden en la apariencia y el infantilismo en la conducta; en otras palabras, una transgresión total que abarcaba desde el aspecto físico hasta el orden social y que afectaba también la sutil trama de la personalidad y la máscara que era necesario llevar para el buen desarrollo de la vida en común.

La proximidad entre los sexos, vilipendiada, invadía la ciudad, y la discreción y el pudor que, en una sociedad libre de barbarie, se habría esperado que las mujeres observaran se desvanecían. Esta libertad sexual que asustaba tanto a las altas esferas de la sociedad era, para Barrán, uno de los síntomas de una sociedad definida por «el frenesí en el uso de la Venus»,10 rasgo propio de la cultura «bárbara». Así, lo más original del carnaval, que era dar rienda suelta a las pulsiones, se convertía en el punto culminante de una tendencia de la cultura dominante a reprimirlo débilmente. Sin embargo, lo que preocupaba más a los defensores del orden no eran las irreverencias ni las faltas de respeto a las normas de convivencia entre personas de la misma comunidad, sino la proximidad que se daba entre las mujeres «de mundo» y los hombres de las clases populares. Este miedo a una promiscuidad corporal no era más que la polarización de un temor que generaba malestar entre las clases dominantes de la sociedad montevideana: la proximidad entre clases sociales. Dado que la esencia misma del carnaval11 reside en la convivencia efímera de todos los componentes de una sociedad, en la abolición de las diferencias e incluso en la inversión de las jerarquías, muchos consideraban que la mezcla de las categorías sociales era un caldo de cultivo para rebeliones, alteraciones del orden establecido y otras transgresiones peligrosas para la conservación del poder. Los dirigentes políticos de la Montevideo «bárbara», que soñaban con civilizar, temían que los sectores populares o marginales, a los que acusaban de todos los males, frecuentaran a las élites, y más aún durante los desvíos pulsionales generados por las celebraciones del carnaval, dado que, como declaraba José Ellauri en una circular de 1831, «el mal es el fruto de la plebe».12

Así, todos los elementos característicos de la sensibilidad «bárbara» eran percibidos por los usufructuarios del orden como obstáculos al progreso. La libertad, el entretenimiento, la emancipación del alma y el cuerpo, el encuentro y la amalgama de los distintos estratos sociales se oponían al establecimiento de una ideología de la cultura civilizada indisociable de una división rígida de las clases. Para Manuel Herrera y Obes, así como para Manuel Oribe, era preciso reprimir el componente «bárbaro» de la sociedad uruguaya, dominada por pulsiones indisciplinadas, no censuradas por la imposición de obstáculos culturales y un orden social aún frágil, recurriendo, si era necesario, a la represión física y moral. El carnaval fue el primer objeto de medidas restrictivas porque, como señala Milita Alfaro, a quien debemos el análisis más completo del carnaval montevideano,13 al ser un espejo que refleja la sociedad, traduce sus cambios y su evolución. En las últimas décadas del siglo XIX, el carnaval «bárbaro», esa fiesta poco estructurada, caracterizada por una participación popular masiva, marcada por la espontaneidad y la violencia de un juego desenfrenado, fue abriéndole paso a un carnaval «civilizado». Las clases sociales delimitaron una forma y un lugar de participación en que la prédica, así como las estrategias de disciplinamiento, apartaban y alejaban progresivamente los excesos; la sociedad cesaba de ser actriz y se convertía en espectadora. El carnaval se convertía en una fiesta que se ofrecía a la población y ya no en una fiesta que la población se ofrecía a sí misma.

Cabe señalar que no todos los políticos se mostraron hostiles al carnaval y sus prácticas. Como observa José Fernández Saldaña en Historias del viejo Montevideo, Lorenzo Latorre, acompañado de algunos de sus ministros, daba el mal ejemplo tirándoles huevos a quienes pasaban frente a su casa de la calle Convención.14 Lo mismo ocurrió con el presidente Lorenzo Batlle, que disfrutaba de tirar agua a los peatones desde su balcón. No sólo políticos, sino también representantes de la Iglesia se entregaban alegremente a estos divertimentos, como revelan las actas del Tribunal Eclesiástico15 que denuncian a sacerdotes que participaban en guerras de agua en las calles durante los días de carnaval.

Hacia el carnaval «civilizado»

El Uruguay «bárbaro» (1800-1860) vivió intensamente la utopía festiva.16 El carnaval fue la expresión culminante de esta cultura, calificada de «lúdica» por Alfaro, en la que la violencia formaba parte de la vida y el juego, considerado una guerra, era la dramatización más ostentosa del carnaval heroico. El juego revestía el sentido de una lucha, de un combate a muerte.17 En este marco, es fácil imaginar la cantidad de accidentes y desgracias que cada carnaval implicaba, dado que todo el mundo participaba y hay muchos testimonios de golpes, lanzamiento de piedras, puñaladas e incluso disparos de armas de fuego que hirieron a personas.18 Las celebraciones carnavalescas propiamente dichas, de acuerdo con el calendario litúrgico católico, se desarrollaban entre la Epifanía y el Miércoles de Ceniza, con un momento culminante, de descontrol festivo, que iba desde el Domingo de Carnaval hasta el Martes de Carnaval, día en que la población llevaba a cabo el «entierro de Carnaval», una ceremonia que marcaba, al menos en teoría, el fin de los festejos. El conde de Robiano,19 testigo de las celebraciones en 1868, destaca la importancia y el despliegue del desfile. La comitiva festiva iba detrás de un cortejo fúnebre ricamente decorado, con inscripciones de lo más grotescas, en que yacía, sobre un lecho suntuoso, un maniquí enmascarado que representaba al Carnaval que llegaba a su fin. El cortejo atravesaba toda la ciudad hasta llegar a un enorme fogón, alrededor del cual comenzaba a dar vueltas y donde finalmente se depositaba el maniquí. Uno de los participantes, también enmascarado, asumía el papel de pariente cercano del difunto y pronunciaba, con voz conmovida, una oración fúnebre grandilocuente, exagerada y desbordante de imaginación. Luego, cuando las llamas terminaban de devorar los restos, el cortejo regresaba en orden al centro de la ciudad. El resto del día transcurría en un tono más alegre: las comparsas, atravesando sin reparos los umbrales de las casas, ofrecían conciertos improvisados y casi obligados a domicilio, mientras la música y el baile seguían su curso.

Durante las décadas de la cultura «bárbara», la sociedad montevideana prolongó la duración de estas celebraciones desenfrenadas hasta bien entrada la Cuaresma: el carnaval pasó de ser una utopía fugaz, una locura efímera y un momento extraordinario a una fantasía profana sin fin.

Los últimos estertores del carnaval «bárbaro»

Esta fiesta, exuberante e irreverente,20 en particular hacia la mujer, los militares y los clérigos, abrió paso a excesos que aceleraron el proceso de disciplinamiento21 característico de las últimas décadas del siglo XIX. Frente a la previsible indignación de la Iglesia, el gesto simbólico de tomar un poco de ceniza y colocarla en la frente para recordar a los cristianos la fragilidad de la condición humana inspiró las grotescas batallas de harina que, hacia la década de 1870, hacían las delicias de muchas personas durante el Miércoles de Ceniza.22 Las clases dirigentes conservadoras, promotoras de la nueva sensibilidad, concebían estos excesos, estas manifestaciones del no derecho, con su cuota de ocio y violencia, con sus profanaciones lúdicas, como un obstáculo, un freno para el control de los actores sociales subalternos necesarios para la modernización23 del Uruguay «bárbaro». A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX, el carnaval fue calificado por sus detractores de «tonto, grosero, inmoral, denigrante, brutal, pernicioso, intolerable, escandaloso, soez, indecente, detestable, ridículo, infernal, salvaje, perjudicial para la salud y contrario a los principios sociales»24 y fue objeto de la atención de dirigentes que promulgaron una serie de decretos para reducir la brutalidad de las festividades, atacando uno de sus principios fundamentales: la posibilidad de reír de las costumbres y de las autoridades civiles y religiosas. En esa falta de respeto a la jerarquía militar y religiosa, las élites gubernamentales percibieron una amenaza a los símbolos de su poder y un cuestionamiento del orden que intentaban instaurar. Por este motivo, decretaron prohibiciones (no todas fueron observadas) cuyo objetivo era canalizar las exuberancias carnales y espirituales. La Iglesia también presionó, a fin de prohibir ciertas manifestaciones carnavalescas que juzgaba profanadoras y promotoras de la pereza. Julio Herrera y Obes decretó, el 7 de marzo de 1892, la supresión de los juegos carnavalescos en todo el territorio, con el pretexto de que obstaculizaban el buen desarrollo de la vida laboral y las actividades profesionales. Es interesante señalar, como aclara Fernando Aínsa, que la prensa obrera de la época, en un afán de concientización, denunció al carnaval como algo inmoral y vergonzoso y aconsejó a los trabajadores que no se prestaran para esas monerías. Sugirió, además, que si un obrero obediente y sumiso quería disfrazarse, lo hiciera de oveja o, mejor aún, de asno. Los únicos desfiles válidos eran los de obreros felices y sonrientes organizados para apoyar a los compañeros en huelga.25

Lenta pero laboriosa, la reforma del carnaval se puso en marcha y todos sus aspectos se vieron afectados por la limitación de las prácticas lúdicas y el control de las fiestas y los disfraces. Todas las actividades se sometieron a una autorización que en general era de pago. Así, por ejemplo, a partir de la década de 1860, el derecho a usar un disfraz tenía que solicitarse a las autoridades, lo que, por supuesto, desfavoreció a las clases sociales más humildes. Lo mismo sucedió con los bailes que se realizaban durante el carnaval. En principio, la calle era el escenario por excelencia para estas celebraciones. Pero en la Montevideo de la segunda mitad del siglo XIX, se generalizaron las fiestas organizadas en clubes elegantes y burgueses, lo que, una vez más, dejaba por fuera a quienes no tuvieran los medios económicos. El surgimiento y luego la sistematización de las comparsas estructuradas, con un repertorio organizado y ensayado antes del carnaval, fue una marca del crecimiento constante del componente «espectáculo», en detrimento del juego y la libre participación, masiva y espontánea. Este «invento» de una nueva forma de entretenimiento controlado frenó definitivamente el encuentro de todos los miembros de la sociedad montevideana y el carnaval «vivido» le dejó su lugar a un carnaval cantado, bailado y hablado, en el que la inversión del mundo y todo el simbolismo de la celebración se transmitían cada vez menos por la acción y cada vez más por la palabra.26 Estas comparsas, que se expresaban cada vez más a través del verbo y no de la acción, salían junto con una orquesta, de configuración muy variable, que podía contar con guitarras, violines, flautas, panderetas, clarinetes y otros vientos. Aún no había ninguna regla establecida; todos los grupos, blancos o negros, elaboraban la suya en función de sus medios y del contenido del espectáculo que ofrecían.

Esta nueva forma de entretenimiento, más «civilizada», obtuvo finalmente el apoyo del gobierno cuando, en 1909,27 el intendente de Montevideo, Daniel Muñoz, estableció un sistema de premios que recompensaba los carros alegóricos más bellos, los bailes mejor interpretados y los mejores desfiles y comparsas. El carnaval participativo, popular, accesible a todos desde el punto de vista social y económico, el carnaval bárbaro y heroico, el de las guerras de agua y huevos,28 quedaría definitivamente enterrado y no volvería a renacer, dejando en el recuerdo el nostálgico leitmotiv «carnavales eran los de antes...».

Dorothée Chouitem es profesora titular de Historia y Estudios Culturales de América Latina en la Universidad de la Sorbona. Es miembro del Centre de Recherches Interdisciplinaires sur les Mondes Ibéro-américains Contemporains. Su campo de investigación se centra en la historia sociopolítica y cultural del Río de la Plata (siglos XX-XXI) y, más concretamente, en los conceptos de memoria y construcción de la identidad de una nación. Traducción: Inés Garbarino.


  1. Bertolt Brecht, Écrits sur la politique et la société, París, L’Arche, 1970, p. 48. Nota de la traductora: en francés en el original, traducción propia. 

  2. Julio Caro Baroja, Le carnaval, París, Gallimard, 1979, p. 50. 

  3. Baroja, op. cit., p. 155. 

  4. José Pedro Barrán, Historia de la sensibilidad en el Uruguay: la cultura bárbara (1800-1860), Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2004, p. 15. 

  5. «Combate», «así se le llamaba al juego en que la agresividad liberada se convertía en diversión violenta, acercamiento físico y risa estruendosa». Barrán, op. cit., p. 112. 

  6. Idem

  7. Barrán, op. cit., p. 129. 

  8. Barrán, op. cit., p. 37. 

  9. Ibid., p. 111. 

  10. A partir de los siglos XVI y XVII, en Occidente se empezó a considerar la sexualidad como el centro de la personalidad: se trataba de lo más íntimo y secreto de una persona; quizá, incluso, de la clave de su vida privada. Se convirtió entonces en un aspecto de la conducta que la moral tenía que vigilar con particular atención. El control de la sexualidad estaba sobre todo en manos de la Iglesia católica, que lo integró como aspecto fundamental de la guía espiritual de la confesión, del Estado, que lo regía a través de la legislación del matrimonio monógamo e indisoluble y perseguía los actos «contra natura», y de los consejos municipales, que se ocupaban de vigilar a las clases populares de la sociedad, siempre propicias, según estas instituciones, a los excesos. La sexualidad era un tema que también preocupaba a los individuos y las familias, porque su práctica «animal» (lo que las autoridades coloniales habían denominado «los excesos de la Venus») podía destruirlos; a los primeros, corrompiendo el alma y el cuerpo, a las segundas, destruyendo la estructura y el tejido social. José Pedro Barrán, Gerardo Caetano y Teresa Porzecnski (dirs.), Historias de la vida en el Uruguay. Entre la honra y el desorden 1780-1870, Montevideo, Santillana, 1996, p. 75. 

  11. Recordemos, como subraya Jacques Heers, que «estas celebraciones y burlas se inspiran inevitablemente en dos corrientes de ideas, dos motivaciones centrales: por un lado, la negación o la inversión de la jerarquía y, por otro, la sátira de las costumbres, los usos o las condiciones» (Jacques Heers, Fêtes des fous et carnavals, París, Pluriel, 1983, p 164). Nota de la traductora: en francés en el original, traducción propia. 

  12. Colección legislativa de la República del Uruguay, Universidad Mayor de la República (1825-1852). Montevideo, 1876, t. I, p. 204. Citado por Antonio D. Plácido, Carnaval. Evocación de Montevideo en la historia y la tradición, Montevideo, Imprenta Letras, 1966, p. 53. 

  13. Milita Alfaro (1991), Carnaval. Una historia social de Montevideo desde la perspectiva de la fiesta: el carnaval heroico (1800-1872), Montevideo, Ediciones Trilce, 1991, p. 17. 

  14. Citado por Fernando Aínsa en «Máscaras de la fiesta: celebración patriótica y subversión carnavalesca», La fête en Amérique Latine: Rupture. Carnaval. Crise, París, Presses de la Sorbonne Nouvelle, 2002, p. 17. 

  15. Barrán, Caetano y Porzecanski (dirs.), op. cit., p. 85. 

  16. Esta sensibilidad de la década de 1900, que Barrán llama «civilizada», disciplinó a la sociedad, optó por la vergüenza, el error, la culpa y la disciplina, elevó el pudor y la honestidad al rango de norma sagrada y los impuso al alma y al cuerpo. José Pedro Barrán, Historia de la sensibilidad en el Uruguay. El disciplinamiento (1860-1920), Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1990, p. 11. 

  17. Alfaro, op. cit., pp. 22-23. 

  18. Ibid., p. 25. 

  19. Citado por Plácido, op. cit., pp. 69-70. 

  20. No desde el punto de vista de la utopía racional «civilizada» del discurso contestatario socialista, sino desde la burla irreverente y profundamente desmitificadora que subyace en todas las manifestaciones carnavalescas. Alfaro, op. cit., p. 41. 

  21. La gestación de la nueva sensibilidad se habría desarrollado entre 1860 y 1890. En cuanto al período de disciplinamiento, se extendería hasta 1920, aproximadamente. 

  22. Ibid., p. 27. 

  23. Es importante subrayar que esas tres décadas durante las que la sociedad desarrolló una nueva sensibilidad (1860-1890) son las mismas durante las cuales el Uruguay se modernizó, es decir, calcó su evolución demográfica, tecnológica, económica, política, social y cultural de la Europa capitalista y pasó a formar parte de su círculo de influencia directa. Barrán, op. cit., p. 15. 

  24. Alfaro, op. cit., p. 39. 

  25. Aínsa, op. cit., pp. 18-19. 

  26. Alfaro, op. cit., p. 63. 

  27. Aínsa, op. cit., p. 18. 

  28. El agua y los huevos se remplazaron por serpentinas y confeti, considerados más refinados, que eran una novedad de los carnavales de Niza y París. Sin embargo, para conservar la tradición de las guerras de agua pero adaptándola a las exigencias de la nueva sensibilidad, la población recurrió a pequeños frascos vendidos a estos efectos, y así pudo rociar agua y perfume sin ir contra los decretos que buscaban controlar esos desbordes. Estos últimos fueron prohibidos por un decreto del Poder Ejecutivo del 15/7/1943. Citado en Anexo al Boletín de Órdenes Diarias 23.700, Edicto de Policía, 12/2/1971.