La serialidad parece estar asociada a las máscaras. Un disfraz lleva a otro. En la producción en serie de las historietas, cuando el formato comenzó a expandirse, a independizarse dentro del periodismo, en los guiones y las páginas comenzó a vivirse una fiesta de disfraces. De alguna manera, crear un personaje era sinónimo de inventar un disfraz. Las batallas entre el bien y el mal se libraban entre personas enmascaradas, gente con doble vida o simplemente con una vida disfrazada. El universo de las historietas, desde fines de la década del 30 del siglo XX, se superpobló de personajes con disfraz o uniforme (a veces las dos cosas son una sola) que podían llamarse superhéroes o villanos, dos caras de un mismo carnaval.

¿Es siempre el disfraz la revelación de una vida oculta, alternativa, secreta? ¿La máscara es otra personalidad adquirida que expresa la esquizofrenia que en parte nos define? ¿Las capuchas, las caretas y los antifaces son la verdadera cara de la persona? En la galaxia de los superhéroes no hay un solo patrón ni una sola respuesta para estas preguntas, porque junto con la expansión de sus personajes comenzó a existir un juego en el que detrás y delante de las máscaras nada es lo mismo. No hay una lógica común de ese universo (o mejor, metaverso) que sirva para pensar sus trajes especiales y lo que representan; aunque sí existen recurrencias y tendencias, la cantidad de formas distintas y las mutaciones que fueron generándose hacen imposible trazar una historia lineal de los disfraces hasta de un mismo personaje.

A la luz y en las sombras

El disfraz de los superhéroes fue transformándose: de la Edad de Oro (1938-1956) a la Edad Moderna (desde los noventa a la actualidad), pasando por la de Plata (1950-1970) y la de Bronce (décadas del 70 y el 80), existen distintos estilos, bastante diferenciables, como modas alternativas y fantásticas diseminadas a lo largo de casi un siglo. Pero en el interior de una misma época, los distintos dibujantes y guionistas fueron inscribiendo su impronta visual, generaron marcas que continuaron a lo largo de los años y otras que fueron enterradas en la historia. Cada vez más, quienes crean las historietas parecen ser modistas: cuando se encargan de un personaje, quieren imprimir su personalidad en sus trajes. Reinventan los vestuarios, a veces incluso cambian los colores y los rasgos estructurales de su apariencia. Es en los trajes donde, muchas veces, se expresan más los estilos gráficos, visuales de cada historietista, como una suerte de pasarela de la revolución indumentaria en la que cada nuevo detalle estalla estridente y, algunas veces, se impone a la historia del cómic. Eso también se potencia con las películas y las series, donde los diseños de vestuarios (físicos y digitales) también dominan la escena, la personalidad estética.

Por ejemplo, hubo una tendencia dark que apareció con el Batman de Tim Burton, a fines de los ochenta, que se extendió en la siguiente película y tiñó de oscuro casi todos los trajes de superhéroes de la década del 90, cuando empezó una producción más industrial de esta clase de cine. En sucesivas películas sobre historietas, el Cuervo, Blade, Darkman Judge Dredd y Spawn se calzaron los trajes de oscuridad, pontificaron la onda sombría para pintar la década superheroica de negro junto a Batman, que fue amo y señor de esos años góticos en la pantalla grande. Iniciando el siglo XXI, la saga de X-Men continuó la moda de los noventa con sus personajes mutantes uniformados de negro, lo que seguía imponiendo una línea visual que obturaba toda la experimentación cromática en los trajes de los personajes de muchas décadas de historietas.

El Spiderman (2002) de Sam Raimi tuvo otro vuelo: su impronta se escapó de la tendencia oscura y se convirtió en la película de superhéroes más taquillera hasta ese momento, superando a los X-Men, con diseños de vestuarios con más colores, empezando por la sensual malla azulgrana del protagonista arácnido, que se convirtió en un trapecista de calzas que surca la ciudad con un color que despejó la hegemonía dark. En el nuevo siglo aparecieron más alternativas visuales para pensar el cine y los trajes de superhéroes. En 2025 se estableció una tendencia más clara con Los 4 Fantásticos y Superman, películas que dominaron el año superheroico optando por volver a vestuarios fuera de patrones dark, incluso flirteando con los colores del Superman del cine de los setenta. Una claridad antártica, potenciada por su níveo perro Krypto, llegó a Superman, recuperando el amarillo y el azul claro en su traje, mientras que un celeste cielo arropó a Los 4 Fantásticos. Los superhéroes de Marvel y DC coincidieron en una nueva luminosidad pop, el mejor disfraz para las superestrellas.

La máscara tras las personas

El villano de turno secuestra a Batman y quiere darle una sabia lección, ya sabe que su identidad es Bruce Wayne. «¿Sabías que la palabra persona originalmente significaba “máscara”? Según Jung, esta es la personalidad asumida por un individuo que se adapta al mundo exterior». Dopado, atado a una cama, Wayne no puede responder. El discurso del villano continúa: «Ahí está tu máscara, Bruce. Y no la creaste sólo para ocultar tu rostro. Algunas máscaras se usaban en batalla para asustar al enemigo. ¿Esa fue tu idea cuando la creaste? Algunas son símbolos de profundos sistemas de creencia religiosa o personal. Podían transformar a una persona común y corriente en un ser sobrenatural. En África, los miembros de las tribus se transformaban en espíritus, demonios, animales. Las máscaras “espirituales” de los aborígenes australianos le conferían a su usuario el poder del animal o el ave que representaban». En esa Leyenda del Caballero Oscuro, editada en 1992 y reimpresa en 2025, Bryan Talbot hace una historieta llamada «Máscaras», que contiene un ensayo sobre el sentido histórico que tenía disfrazarse, optar por ser un murciélago, el «ave del diablo» en la mitología cristiana. «Las máscaras son poderosas», sintetiza el villano, pero para Bruce Wayne, su disfraz tiene un origen distinto, anclado en la cultura pop, la más expansiva de las mitologías del siglo XX.

Narrado varias veces, el origen directo del traje de Batman es la película La marca del Zorro (1920), que el niño Bruce Wayne ve en el cine la noche que presencia el asesinato de su padre y su madre en la calle. El vengador latino enmascarado, espadachín acrobático, es la influencia explícita: el personaje pulp el Zorro surgió en 1919 como una aventura en entregas, escrita por Johnston McCulley, publicada en una revista, luego compilada en una novela, seguida de varias decenas de aventuras literarias llevadas con éxito al cine, la historieta y la televisión. El niño Bruce Wayne sale del cine motivado por su héroe y, con algunas variaciones, años después construye un disfraz a su imagen y semejanza. Una máscara que deja la boca y el mentón al descubierto, un traje oscuro con capa y nombre de animal. El niño cinéfilo imita a su ídolo: Batman es el primer cosplayer de la historia del cómic. Por supuesto, Bob Kane y Bill Finger, el dibujante y el guionista que crearon al Hombre Murciélago en 1939, terminaron eclipsando el traje del Zorro, convirtiendo el traje de Batman en un ícono de los más populares del siglo XX.

Géneros cruzados

En su ensayo Batman vs. Hamlet, el dramaturgo argentino Javier Daulte argumenta con lucidez que Batman habilita un juego que supera a los de algunos personajes célebres de la historia de la literatura y el teatro universal. Escribe Daulte: «Me inclino a pensar que Bruce Wayne es más mitológico que Dimitri Karamazov, sólo por el hecho de transportarse de una narración a otra sin que nadie se sorprenda por eso, perteneciendo alternativamente a tal o cual creador, guionista y/o director. Dimitri Karamazov “pertenece” a Dostoievsky, Batman, en cambio, no (aunque sea una marca registrada). Batman pertenece a todos y a ninguno. “Sirve” para contar infinidad de historias. Los hermanos Karamazov es una de las grandes novelas de la literatura universal, de eso no me cabe la menor duda. Pero Dimitri Karamazov no es un mito. Batman lo es. Quizá justamente porque su autor no es el elemento relevante de su constitución, hasta el punto que se podría afirmar que Batman no tiene autor. Existe independientemente de la literatura en la que aparece, y esta aun puede ser de dudosa calidad, pero eso no cuestiona el peso del personaje. Bien, esto no pasa siquiera con Hamlet. Hamlet, fuera de Hamlet (la obra) pierde identidad. Batman no. ¿Y por qué sucede esto? ¿Es mejor Batman que Hamlet? En mi opinión, no. Pero es más fácil jugar con Batman. Se presta más a eso. Hamlet está encerrado en una dramaturgia única e intraducible».

El príncipe Hamlet atrapado por Shakespeare frente a un cráneo desnudo preguntándose si ser o no ser; del otro lado del ring, un millonario que sabe que con una máscara y un disfraz puede ser muchas cosas, incluso un mito. Además, Batman es huérfano, lo que profundiza la idea de que cualquiera puede adoptar al personaje. Y su traje puede ser el disfraz de quien quiera: ese es el gran juego carnavalesco del pop. Y, justamente, en muchas historietas y películas la identidad de Batman es sustituida por gente que usa su traje o lo imita, un recurso narrativo que muchas historietas de superhéroes habilitan. Por eso, no es necesario que Bruce Wayne esté necesariamente detrás del personaje: Batman es un disfraz que se independiza incluso de su creador en la ficción.

A su ayudante también le pasa lo mismo: el traje de Robin lo usaron muchas personas distintas. Por muerte o por abandono, distintos personajes dejaron de secundar a Batman en sus aventuras de acción detectivesca. En El regreso del Caballero Oscuro (1984), por ejemplo, el nuevo Robin es Carrie Kelley, una adolescente que se fabrica su propio traje, trepa por techos y deambula por callejones para ayudar a Batman a combatir a los mutantes que asolan Ciudad Gótica. Adolescente andrógina, Kelley no fue la única mujer que encarnó a Robin, pero fue la más importante, una suerte de drag king que se convirtió en una reina del disfraz. En esa historieta de Batman se disfraza de mutante para infiltrarse entre los villanos y en su historia como personaje será también Gatúbela y Batichica. En el universo Batman, pletórico de monstruos y gente con varias caras, Kelley encarnó el arte de ir de un personaje a otro de manera transformadora. Además, como varios superhéroes, ella desafía en sus trajes los mandatos del género, jugando con lo masculino y lo femenino de maneras diversas, incluso irreverentes. Muchos trajes de las historietas de superhéroes son de género fluido. Y eso no es una modernización reciente, sino que ya estaba en el origen. En la Edad de Oro ya había superhéroes que hacían crossdressing: Madam Fatal era un actor que combatía el crimen disfrazado de ancianita en 1940.

Supertecno

En 1979, en un capítulo de la serie televisiva de la Mujer Maravilla, hay una secuencia en una convención de ciencia ficción en la que hay gente disfrazada de personajes del cine y la historieta cuando la Mujer Maravilla irrumpe: en lugar de la verdadera amazona, la gente cree que es otra mujer que imita su traje, una cosplayer más. La acción es en parte una parodia, mezcla de la versión original de superhéroes y disfraces truchos, todo confundido, enmascarado. Y contiene un gran homenaje: en esa misma secuencia aparece Robby the Robot, un personaje hollywoodense que en realidad es sólo un traje creado en la década del 50, una suerte de armadura robótica para que alguien anónimo lo maneje desde dentro. Con los años, ese robot se volvió célebre y fue usado decenas de veces en muy diferentes películas y series por más de 50 años. Fue el primer disfraz que se convirtió en personaje, con autonomía de quien lo tripulara.

El disfraz a veces se transforma en una tecnología del cuerpo, en una extensión orgánica, quebrando las barreras entre lo humano y lo industrial. Un caso claro es Iron Man, el personaje de Marvel, encarnado por Tony Stark, un empresario que fabrica su propia armadura con una suerte de corazón artificial que lo mantiene con vida. El disfraz se le adosa a las entrañas, es parte del cuerpo. En la genial saga de Iron Man en el cine, la armadura bélica que fabrica Stark se convierte en una amenaza para parte de la sociedad y el personaje es llevado a juicio. Su traje es su arma: al disfraz lo carga el diablo. En Iron Man 2 (2010), un juez le pide a Tony Stark que entregue el traje, a lo que él responde: «Soy Iron Man. El traje y yo somos uno. Entregar el traje de Iron Man sería entregarme a mí mismo, lo que equivale a servidumbre por contrato o prostitución, según el estado en el que te encuentres. No puedes tenerlo». En esas palabras también hay un manifiesto ciborg, una suerte de afrenta para entender el disfraz como corporalidad, como órgano vital de la personalidad.

Rock & Roll Circus

Los trajes y los accesorios de los superhéroes, por más extraños y fantásticos que sean, siempre llevaron y trajeron cosas de la realidad. A veces un disfraz es un espejo, un reflejo de otra realidad. Por ejemplo, la capa y el típico calzoncillo fuera del pantalón, un lugar común de muchos personajes, empezando por Superman, tienen sus raíces en los trajes de artistas de circo, según el guionista y escritor Grant Morrison: «Comprendí el inconfundible estilo de Superman al descubrir unas fotografías de varios forzudos de circo de la década del 30. Allí, entre las tensas cuerdas de las carpas y las caravanas de colores de la feria del pueblo, estaba ese combo tan familiar y ligeramente inquietante: calzoncillos por fuera más cinturón. En ese caso lo vestían hombres con bigotes a lo Dalí y brazos robustos, que levantaban pesas y lanzaban una mirada desafiante a la cámara». Para Morrison, las capas, las botas, el cinturón y las mallas ajustadas de los superhéroes provenían directamente del mundo del circo, no sólo de los forzudos, sino también de otros personajes circenses como los acróbatas. El vértigo del circo les dio cátedra a las historietas: tanto los trapecistas en las alturas como los vuelos de hombres bala influyeron con sus trajes coloridos, brillantes, con los que son visibles en lo alto de la carpa, tal como los superhéroes son ráfagas de color cruzando el cielo, saltando por las terrazas y los rascacielos como bengalas.

Alrededor de los disfraces de superhéroes se creó toda una cultura, principalmente la de los cosplayers, ejércitos de personas que se visten como sus personajes favoritos, invadiendo convenciones o eventos especiales en los que hacen realidad vestuarios de dibujos, animaciones o imágenes digitales del cine y la televisión. Pero esos trajes pasaron la realidad en otros ámbitos, principalmente en la cultura musical. Grant Morrison sostiene que el traje de Alan Scott, cuando se convierte en el primer Linterna Verde, adelanta en 30 años los excesos del glam rock y lo describe como más extravagante que el del pianista camp Liberace, quien alguna vez fue villano de la serie de Batman de los sesenta. Aunque su nombre señala un color que será único o predominante en trajes futuros, el Linterna Verde de 1940 era multicolor, de una elegancia lisérgica. En esos mismos años surge el superhéroe Capitán Marvel Jr., que varias décadas después será homenajeado por Elvis Presley, un gran lector de historietas, a través de su vestuario, especialmente de su capa blanca con cuello alto. Para Morrison, esa mimetización de Elvis con el traje de su superhéroe favorito comienza una «continua polinización cruzada entre los cómics y la música pop, dos formas de arte igual de despreciadas y estigmatizadas a mediados del siglo pasado».

Muchas veces, el grito primario del rock es la onomatopeya de las historietas: el sonido de una descarga eléctrica. Tal vez por eso el rayo del Capitán Marvel, luego rebautizado Shazam, aterrizó en el rostro de David Bowie en la tapa de Aladdin Sane, aunque seguro que el Duque Blanco heredó el poder de mutación mágica de ese y de otros superhéroes. La relación del rock y el pop con los vestuarios y las máscaras de las historietas es una trama larga, incluso compleja, pero seguro nadie llegó tan lejos como Kiss, con sus máscaras pintadas, sus vestuarios estrambóticos y sus instrumentos como armas, con los que construyeron por más de medio siglo sus alter ego escénicos, que incluso vuelan durante los shows como superhéroes. Fueron dibujados como personajes de historieta por primera (pero no última) vez en la tapa de su disco Unmasked, en el que se cuenta la historia de que sus rostros son idénticos a sus máscaras. Como pasa con artistas del rock, el personaje se termina comiendo al músico.

Monstruos bajo la lente

El disfraz, cuanto más llamativo y excéntrico, más amplifica la presencia del superhéroe; sus colores y sus accesorios lo expanden, lo vuelven totémico, colosal. Para John Byrne, que escribió y dibujó la saga más sensacional y sofisticada del personaje She-Hulk, su superheroína no necesitaba tener traje o disfraz, por eso la gigante verde usaba ropa diferente en cada una de las historietas. She-Hulk ya era lo suficientemente inmensa y extraña para inculcar temor, incluso si andaba en remera o bikini. A su primo Hulk ningún disfraz le soportaba la dimensión física que adquiría y siempre terminaba con un pantalón roto casi como taparrabo. Ambos exhiben la mayor cantidad de su piel verdosa como documento de identidad. Los freaks, los monstruos, sean superhéroes o villanos, no pueden encorsetarse en disfraces ni máscaras, y en general ambas cosas son inútiles porque nada puede ocultar su identidad física: su poder empieza en la propia deformidad, en la presencia mutante. Hay un amor al monstruo tan enorme en las historietas de superhéroes que se prefiere exponer al monstruo desnudo, que se pueda visibilizar, apreciar, la mayor cantidad de deformidad.

Como el alien que es, Superman también es un monstruo, por eso invierte la ecuación de muchos superhéroes: su disfraz no es de superhombre, sino de periodista. Con su aspecto de ciudadano más o menos formal, generalmente de camisa, saco, corbata y sus característicos lentes, Clark Kent es un extraterrestre que se mimetiza como ordinario poblador de Metrópolis con su traje de periodista. Superman no es un humano que, por accidente o premeditadamente, adquirió características especiales: él viene del planeta Krypton, donde nació con sus poderes increíbles, y los kryptonianos visten de maneras muy distintas a las de la Tierra. Por lo tanto, su traje es su yo originario. En lugar de, como tantos superhéroes, usar un antifaz, Clark Kent se oculta tras sus anteojos, que para alguien que tiene visión de rayos X es lo más absurdo que existe, es todo un disfraz. Las historietas de Superman, entre tantas enseñanzas, nos hacen entender que el vestuario cotidiano más pedestre y convencional puede ser una forma de vivir disfrazados.

Diego Trerotola (Argentina, 1974) es crítico de cine y director de Asterisco, Festival de Cine LGBTIQ+. Escribe en el diario Página|12.