«Clara acaba de morir, de casi setenta años». Así empieza «La máscara», cuento de Carlos Martínez Moreno que en 1977 fue elegido ganador de un concurso organizado por la Universidad de Puebla, con un jurado integrado por Juan Rulfo, Juan José Arreola y Edmundo Valadés. La Clara referida —se sabe desde la dedicatoria— es Clara Silva, narradora y poeta uruguaya que comienza a ser revalorada. A ella pertenece, advierte el narrador, la historia que va a contar. De su poema «Mis dos hermanas» —dedicado a Felisa y Concepción Silva Bélinzon— son los versos que cita más adelante. Suyo también es el barrio, la Unión, en el que se desarrolla la trama.

El monumento que levanta Martínez Moreno es por eso doble: busca, a un tiempo, salvar del olvido una historia que su amiga no pudo escribir y un Montevideo que ya no existía y, por supuesto, no existe más. En acuerdo con el premio, la revista La Palabra y el Hombre, de la Universidad Veracruzana, publica el cuento a principios de 1978, poco después de que el escritor partiera al exilio, primero a Barcelona y luego a Ciudad de México, donde morirá nueve años después, también él de casi setenta años. El relato puede leerse, así, como una despedida múltiple, un homenaje que honra la memoria de la persona querida, salda una deuda y recupera algo de esa ciudad que el escritor está abandonando —todavía no lo sabe— para siempre.

Quizás por eso, en su voluntad de retomar algo de la voz de Silva, todo ese territorio recuperado es contado por el narrador con moroso placer.

La historia que Martínez Moreno recuperó de la memoria de Silva trata de un mundo desaparecido, el de una cierta aristocracia local venida a menos, de una familia tradicional confrontada por el exceso carnavalesco, que invierte todos los órdenes del mundo. Así, está en la línea de otros relatos del escritor, pero también de la homenajeada, que en libros como Aviso a la población (1964) había trazado una poética resueltamente urbana, en el camino abierto por Juan Carlos Onetti que Martínez Moreno transitó con particular talento en Tierra en la boca (1974).

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Nacido el primer día de setiembre de 1917 en Colonia del Sacramento, Martínez Moreno fue una figura central del mundo cultural uruguayo de su época. Abogado penalista de profesión, ejerció desde joven la crítica teatral y a partir de los años sesenta publicó libros propios, fundamentalmente cuentos y narraciones largas. De esa década es la aparición de La otra mitad (1966), notable novela en la que comparte un interés que marcará la vida intelectual de Silva: la figura de Delmira Agustini, sobre la que ella publica en 1968 un libro que mezcla la biografía, el testimonio (notablemente, de su esposo Alberto Zum Felde) y el análisis literario.

Como ensayista y periodista cultural, Martínez Moreno recorrió varias de las publicaciones clave de su generación: así, textos suyos se pueden encontrar en las páginas de Número, Marcha, Escritura. A partir de 1968 dirigió, además —junto con Carlos Real de Azúa y Carlos Maggi—, la colección Capítulo Oriental para el Centro Editor de América Latina, un proyecto intelectual que no ha sido igualado en ambición y alcance. Silva, por su parte, había nacido el 11 de octubre de 1905, segunda hija de un matrimonio criollo católico y de filiación militar.

Con la excepción de Aviso a la población, todas las novelas de Silva se centran en figuras femeninas —a Laura Medina se unen Elvira Olmos, protagonista de El alma y los perros (1962), y Carmen Quartara, de Habitación testigo (1967)—. La historia que elige contar Martínez Moreno se puede por eso pensar en esta misma línea: mujer es Pepita Culo, mujeres son las protagonistas, mujeres son las singulares máscaras. Como en sus mejores relatos, estamos, no obstante, frente a distintos modos de feminidad y de vivir las posibilidades que la sociedad ofrecía en la época en la que suceden los hechos narrados. De esta manera, está la loca que, desde el borde del lenguaje, ofrece una verdad incontestable hecha de piedras y produce la mórbida satisfacción de la especulación cuentera (la estrofa sensacionalista que involucra a un hijo que no se sabe si existió); están las señoras enlutadas de la casa, replegadas en una realidad doméstica; están las mujeres máscara, que se esconden para atravesar el límite de lo permitido, y está, claro, la niña. El coro tiene, notoriamente, un corifeo, que rompe la unidad de colmena y se dirige a la familia, irrumpiendo en su soledad estoica con la lengua desatada del insulto, permiso previsto por la ruptura que supone el carnaval como momento de detención del tiempo y la norma, a la vez excepción y ritual. Así, como en la síntesis del inconsciente freudiano, la máscara-lapsus, la máscara-chiste revela lo oculto, dice lo que no se puede decir.

Este personaje que llamo corifeo se vuelve por eso una suerte de obsesión: quien se despega del grupo y revela, en el seno del hogar vuelto plaza, teatro o feria, la verdad, protegida con un antifaz, no puede ser, en la lógica gregaria de esta familia, sino un monstruo, una aberración. Porque la máscara trae consigo un lenguaje que no es el de la casa, «el ceremonioso y castizo lenguaje de una antigua familia criolla», sino «algo así como un pastiche teatral y exasperado del lenguaje de la calle y sus crudezas, el lenguaje de gente más plebeya y más joven». Terminado el carnaval, pasado ese desborde permitido, las máscaras se funden en el todo social, pero no la que el narrador llama «la diva», cuya naturaleza la hace inconcebible: es, afirma, «como si la diva fuese una figura encontrada por las otras máscaras en la calle, recién cuajada en el aire de la calle».

El mal, en todo caso, ya está hecho: son las palabras «sucias» de la revelación, que una vez al año esquivan los muros, atraviesan las paredes y toman la casa.

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Lo que Martínez Moreno —de cuya muerte se cumplen cuarenta años el 21 de este mes— expone es el derrumbe de un orden. Por eso, cuando la niña señala a la prima Irene, ese lenguaje invasor pierde su poder: desenmascarado, ya no puede volver; confrontada al diálogo, la solista se queda sin palabras. La intervención, que rompe el maleficio al poner nombre a la voz, es el gesto que deshace años de repetición paralizante. Con su acusación —verdadera o falsa, no importa—, la niña libera a las cinco mujeres de su inmovilidad, pero acaso también a la máscara. El cuento termina con una serie de desapariciones: la de las máscaras, que ya no volverán, y la de la prima Irene, «tan ensimismada tan pura tan lectora tan temerosa de Dios tan beata tan casta», a quien no verán más.

«Envejeció soltera, murió hace tiempo —era doce años mayor que Clara—». El narrador clausura en un tono lacónico todo un universo: el de las familias replegadas en sus interiores oscuros, el de la Montevideo de principios de siglo, el de Clara Silva. Pero antes, deja registro.

Francisco Álvez Francese (Montevideo, 1992) es crítico literario, escritor, traductor y editor. Colaborador habitual de la diaria y Lento, reside desde 2018 en París, donde está haciendo un doctorado sobre Jules Supervielle y Felisberto Hernández. Es autor del poemario Los restos del naufragio (2019), el ensayo literario La noche americana (2020) y la novela breve Las invasiones (2023).