Fueron los abanderados de su generación, los generosos anfitriones cariocas de todas las bandas que iban a probar suerte desde Brasilia, los que sacaron la cara por sus contemporáneos sobre el consagratorio escenario del primer Rock in Rio. Fueron los mejores alumnos del rock internacional de comienzos de los ochenta, herederos del pospunk más cercano al reggae, sumándole color local a los ritmos de su fanatismo adolescente, pero también los primeros en abrazar la música de su herencia brasileña, revolucionando su escena y tendiendo puentes con la tradición. Fueron señalados por la misma prensa que los había encumbrado como ejemplo del final de una época, perdieron ventas, además del favor de la crítica, y salieron fronteras afuera a pelear por su destino con su rock y sus canciones, para regresar a ser reconocidos como clásicos con predicamento continental, pero al mismo tiempo con ganas de seguir desafiándose creativa y estilísticamente. Y también fueron una banda que atravesó una crisis inédita, al enfrentar un terrible accidente que los obligó a luchar literalmente con la muerte, trayendo del otro lado a su líder con la fuerza de su música y demostrando que fueron capaces de ganarse un presente constante de celebración a través de la magia de un repertorio poderoso y popular, que convoca el canto colectivo y la promesa de que la vida merece ser vivida día a día.
Todo eso fueron y son Os Paralamas do Sucesso, un grupo cuya historia está inevitablemente partida al medio por aquel siniestro que confinó a una silla de ruedas la presencia avasallante de Herbert Vianna, cantante, guitarrista y compositor de una banda cuyo núcleo musical —que completan el bajista Bi Ribeiro y el baterista João Barone— demostró no solo poder sobrellevar semejante desafío, sino ser sustancial en la reconstrucción tanto personal como colectiva hasta llegar a una actualidad plena de proyectos, discos y giras y más giras por todo el país. «Si fuese por Herbert, estaríamos tocando todas las noches», suele bromear Ribeiro, pero las risas también revelan la clave de esa reconstrucción, así como de la supervivencia de un proyecto que ha mantenido inmutable su formación hasta el día de hoy, con todos sus integrantes originales. «Nos suelen preguntar por el secreto de nuestra longevidad como grupo y no tenemos respuesta para eso. Así como Herbert sigue acumulando guitarras, a todos nos gusta tocar. Y no hace falta explicar nada cuando estamos arriba de un escenario», se encoge de hombros Barone cuando se lo consulta sobre el asunto que hace de Los Guardabarros del Éxito —tal la posible traducción de su absurdo bautismo original, que con el tiempo se ha resumido como Paralamas, aunque principalmente fuera de Brasil— una banda que efectivamente ha demostrado ser capaz de atravesar toda clase de barros en el transcurso de su larga historia. Al éxito, es bien sabido, no le importa ensuciarse: va y viene según su capricho. En el caso del grupo de Vianna, Ribeiro y Barone, supo elegir quedarse cerca desde sus mismísimos comienzos.
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La anécdota es tan deliciosa que merece contarse: cuando, casi exactamente medio siglo atrás, el militar aeronáutico Hermano Vianna viajó a Los Ángeles en una misión oficial, llevaba una lista de pedidos de su hijo Herbert. Corría el año 1975 y el trabajo del hoy largamente retirado brigadier era pilotear de regreso el flamante Boeing 737 que acababa de ser adquirido por su fuerza. Así fue como, en el primer vuelo del que hasta fines del siglo pasado todavía era el avión presidencial de Brasil, viajó —en una bodega vacía— el encargo que encabezaba aquella lista: una Gibson negra con su correspondiente amplificador, la primera guitarra eléctrica de un adolescente en cuya cabeza seguramente ya sonaba rock mientras se dedicaba a pasear en skate por Brasilia. Al mismo tiempo y por las mismas calles pero en moto hacía lo propio su vecino Bi, cuyo padre era diplomático, un detalle —el de la vecindad en el Planalto de dos de sus futuros integrantes— que propició el primer equívoco en el relato fundacional del grupo. «Para empezar, a pesar de todo lo que leyeron o escucharon hablar al respecto, Os Paralamas do Sucesso no son ni nunca fueron una banda de Brasilia» es la frase con la que el periodista Tom Leão se sintió obligado a abrir el primer libro dedicado al grupo, un rock book editado en 1993. Esa etiqueta supo ser sinónimo de autenticidad en la poblada escena rocker brasileña de los ochenta y fue lucida orgullosamente por bandas como Capital Inicial, Plebe Rude y Legião Urbana. Los Paralamas siempre estuvieron cerca de ellos y hasta recomendaron al grupo de Renato Russo en su sello, aun cuando los ejecutivos temían ser redundantes dado que, según razonaban, ya tenían una banda de Brasilia con un cantante con anteojos. Pero pese a esa prehistoria en común, sus comienzos están en Río de Janeiro: fue donde Herbert y Bi empezaron a tocar juntos y donde el grupo tomó forma al sumarse el baterista João Barone. Comenzó entonces su meteórico ascenso, con un demo que se hizo lugar en la radio y llevó al debut discográfico, Cinema mudo (1983), y un inmediato sucesor que los convirtió en un fenómeno nacional. O passo do Lui (1984) abre con dos hits tan irresistibles —«Óculos» y «Meu erro»— que a comienzos de la década siguiente, cuando el grupo se tradujo para el mercado latinoamericano, seguían siendo parte esencial de su repertorio. Lo que confirmó que habían llegado para quedarse fue el salto creativo que dieron para su tercer disco, cuando a la impecable receta Police —una influencia ineludible en aquella época— le incorporaron ritmos locales, como el samba enredo que es la base del que tal vez sea el tema más emblemático del grupo, «Alagados», llave de ingreso a la revolución que significó Selvagem? (1986). «Dejarse influenciar ya estaba bien, porque en tierra de caníbales (como es Brasil) saber absorber algo es todo un arte. Pero ellos extrapolaron la alquimia», escribió la periodista Ana María Bahiana, una leyenda dentro del periodismo musical local. «Dieron la vuelta al mundo para regresar al corazón del Brasil, un viaje tan común y tan único, desde el explorador Pedro Álvares Cabral hasta Novos Baianos. “Alagados” fue mi simple favorito de aquel año, uno de mis simples favoritos de todos los tiempos, de todas las etnias y de todas las nacionalidades. Había tanta cosa ahí: tanta posibilidad e información, tanta reflexión y ritmo, tanta valentía».
Sesión de fotos hecha en la época del disco Selvagem?, en el desaparecido bar Memória del barrio Leblon, en Rio de Janeiro.
Foto: Mauricio Valladares
Cambio de década y de suerte
Aquella puerta entornada por el atrevimiento de Selvagem? se abrió de par en par en los siguientes discos de estudio, que terminaron de esculpir el que desde entonces es su sonido identitario: Bora bora (1988) y Big bang (1989). Agregaron primero un tecladista a la formación, João Fera, que ingresó para el contundente álbum en vivo D (1987), grabado en Montreux, suerte de vuelta olímpica por el fenomenal éxito de ventas de aquel tercer álbum, que confirmó el rumbo elegido. Después fue el turno de un trío de vientos, que multiplicó el poderío sonoro de la banda y completó una formación de septeto que se mantendría durante casi todo el resto de su carrera. Aún más importante y constitutivo fue la confirmación de Vianna, durante esa segunda mitad de los ochenta, como un formidable compositor. Aquella banda de amigos que empezó sin tomarse en serio y cuyo repertorio inicial estaba lleno de bromas privadas (como, sin ir más lejos, la que terminó bautizándolos) pasó a ser el vehículo expresivo de las introspecciones personales, las interpelaciones sociales y los entusiasmos de su cantante, capaz de convertirlos de manera admirable en canciones, dando forma a un repertorio contundente, que se permite incluso baladas con aire de clásicos, como «Quase um segundo» y «Lanterna dos afogados». Una producción que desbordó los límites del grupo: también desde entonces, Herbert pasó a confiar temas a otros intérpretes, especialmente mujeres: casi todas las cantantes más famosas de la música brasileña han hecho suyas canciones firmadas por el líder de Paralamas.
A la crisis económica que llegó con el cambio de década, de la que mucho se ha hablado como responsable del final de aquella época de oro del rock local, en el caso del grupo que nos ocupa hay que sumarle las tensiones generadas, hacia afuera, por su lugar de excepción como representantes de una generación a la que algunos insistían en jubilar y por los cambios creativos que se iban decantando dentro. No hay que sorprenderse entonces de que la aparición del preciosista Os grãos (1991), su siguiente trabajo, marque el final de una época y el comienzo de su divorcio tanto en ventas como con la crítica, y sea una postal de cierta distancia entre sus integrantes. Al año siguiente, sobre su debut como solista, el artesanal Ê batumaré (1992), Vianna dijo: «Quería saber cómo sería un disco mío sin tener que negociar nada».
La salida de tanto laberinto pretendió ser por arriba, con una ambiciosa apuesta llamada Severino (1994), disputas internas ya zanjadas y la banda alineada detrás, pero no así el resto de las variables ya mencionadas, con lo que ese disco se convirtió en el gran fracaso comercial de su carrera y, por lo tanto, en un niño mimado en el recuerdo, algo confirmado con el repaso de sus ingredientes: arte de tapa de Arthur Bispo, invitados como Tom Zé, Linton Kwesi Johnson y Brian May y producción de Phil Manzanera. No corrió el mismo destino la versión para el mercado latino, eso sí, algo más explícita y obvia: el título fue el del hit «Dos margaritas» (1994), la lista de temas incluyó un par de clásicos de su repertorio y hubo foto grupal en portada. El dato igual confirma lo que siempre aseguraron desde la banda: que la travesía por el desierto a la que estuvieron condenados durante esa primera mitad de los noventa solo pudo soportarse por el apoyo recibido fronteras afuera, especialmente en Argentina, donde —a partir de la edición de Paralamas (1991), un grandes éxitos con versiones en castellano— se los llegó a considerar una banda propia, algo inédito para el rock brasileño. Ayudó, por supuesto, que Vianna siempre hizo público su fanatismo por héroes locales como Charly García y Fito Páez, reunidos (como homenajeado y coautor, respectivamente) en el tema «El vampiro bajo el sol», incluido en ambas versiones del maltratado disco.
«Es verdad que trabajamos especialmente el lado conceptual de nuestros discos anteriores, olvidando las melodías, y las canciones terminaron siendo monocordes», arriesgó poco tiempo después Herbert para el Jornal do Brasil, buscando razones para el largo desencuentro con un público al que reconquistaron con Vamo batê lata (1995), grabado en vivo. «Llegamos a vender en un solo día lo mismo que en todo un año de Severino. ¿Cómo explicar eso?». Convertidos de pronto en clásicos, los éxitos siguieron con Nove luas (1996), para el que recuperaron un sonido pop cercano a sus primeros trabajos, y Hey na na (1998), en el que intentaron una síntesis entre sus dos discos de estudio previos. «Es un Severino pero con actitud», resumió Barone. Se podía decir entonces que el cambio de siglo encontraba al grupo en su mejor forma, con la aparición de un rítmico, grupal y desafiante Acústico MTV (1999) y, además, con su cantante y líder editando el ambicioso solista O som do sim (2000) —su tercero, después del despojado y realmente acústico Santorini blues (1997)—, con un desfile de cantantes y productores invitados, casi un catálogo de posibilidades para un futuro que nunca sería.
La vida al medio
La foto muestra a João Barone apoyado en una baranda lateral de la cama de hospital en la que yace Herbert Vianna, con la mirada puesta en su amigo inconsciente. Es una imagen en la semipenumbra y sin tiempo; no hay nada en el mundo fuera de esa habitación y todo sucede por dentro. La tomó Mauricio Valladares y forma parte del espectacular volumen que recorre toda la carrera de la banda que le publicó el Senac Rio en 2006, cinco años después del accidente que partió al medio la vida de Paralamas y de su cantante. «Nos veo a todos en el rostro de João», aparece diciendo José Fortes, mánager y amigo del grupo incluso antes de que fuese un grupo, en el texto que acompaña esa postal del calvario posterior al accidente de comienzos de 2001, cuando el avión ultraliviano (suerte de planeador con motor) que el cantante piloteaba cayó en el litoral de Mangaratiba, al sur del estado de Río. Con él viajaba su pareja, Lucy, que murió inmediatamente, y Vianna sufrió traumatismos múltiples que lo terminarían condenando a una silla de ruedas. Peleó por su vida durante 16 días en terapia intensiva y luego estuvo más de un mes en el cuarto en el que se tomó esa foto, rodeado apenas por su círculo más íntimo de familia y amigos, que sufrieron esperando que despertase.
Si Fortes es considerado el cuarto paralama (nada casualmente el nombre de la productora de la banda es Os Quatro), Valladares sería el quinto: no solo los fotografió desde el minuto cero —suya fue la primera sesión oficial, en el ascensor de su edificio—, sino que como periodista radial fue quien hizo que todo sucediese al pasar aquel primer demo en su programa. Estuvo allí apenas Herbert despertó y la anécdota que recuerda el momento —que acompaña en su libro la foto de João— retrata el desahogo que significó la noticia y también el particular humor que siempre unió a los integrantes del grupo y su entorno. Un momento atesorado en la historia de aquellos viajes compartidos fue cuando, en una milonga de La Boca, en Buenos Aires, imaginaron una formación del club de fútbol que honra el barrio y encarna lo popular en Argentina. De tanto repetir aquellos nombres ridículos y estallar en carcajadas, todos los Paralamas increíblemente se los saben de corazón hasta el día de hoy. «Más que la formación del Brasil tricampeón», escribió Barone en sus memorias. Lo que Mauricio recuerda en su libro es que el día que el cantante reaccionó al recurrente pedido diario de «fala, Herbert» del baterista murmurando por primera vez un «fala, Zezinho» que los sorprendió, lo siguiente que hicieron fue comenzar con la lista de aquellos nombres estrafalarios: «Tia, Boca Chupada...». Para su sorpresa, un Herbert que apenas podía mover los labios completó el resto: «... Vermelhão, Tonto e Treme-Treme; Vinicius Pai, Peruquinha e Mister Magoo; Fantone, Bolinha e Balão». Ahí fue cuando los atravesó la emoción. «Fue cuando me di cuenta de que o cara estaba ahí», aseguró João.
Sí, Herbert estaba. No sería nunca más el mismo que antes del siniestro, pero había sobrevivido. La mitología del rock está llena de carreras truncas en accidentes fatales y hasta el brasileño tiene las suyas: el destino trágico de Mamonas Assassinas, con todos sus integrantes fallecidos en un avión estrellado en su momento de mayor popularidad; la muerte en un choque de auto del pernambucano Chico Science (recordado por Paralamas en Hey na na). Pero lo que no abundan son historias de recuperaciones. Las más conocidas están vinculadas a problemas psiquiátricos relacionados con el consumo de alucinógenos. En esos casos, el camino de regreso suele estar guiado por la música, que también fue la gran aliada para la recuperación de Vianna. Además de perder la movilidad de la cintura para abajo, el cantante de Paralamas quedó con problemas de memoria: no recordaba nada de lo sucedido en los últimos cuatro años, por ejemplo, y se desorientaba por su dificultad para conservar recuerdos recientes. Pero casi desde el primer momento estuvo claro que todo lo vinculado a la música se mantenía intacto. «Cuando desperté del coma, mi hermano me hizo escuchar “Escalera al cielo”, de Led Zeppelin, y canté la letra entera, con el solo de Jimmy Page y todo», contó quien llegó a dormir en el hospital abrazado a una guitarra, a los seis meses estaba ensayando con su banda y antes de los dos años sacaba un nuevo disco al frente de su grupo. «Vivo sin saber hasta cuándo estoy vivo», reza el primer verso del tema que abre el milagroso Longo caminho (2002), grabado después del accidente pero compuesto increíblemente antes.
Sesión de fotos por los 40 años de la banda.
Eternamente
«Ese tonto no sabe de lo que está hablando», murmura el cantante de Paralamas en su silla de ruedas, sin poder quitar la vida de la pantalla en la que una versión más joven de sí mismo asegura mirando a cámara: «Creo que si sucediese una tragedia y tuviese que empezar desde cero, volvería a conseguir todo de nuevo». Es una de las tantas conmovedoras escenas que forman parte de Herbert de perto (2009), un documental de Roberto Berliner y Pedro Bronz que gira alrededor de cómo el metraje que Berliner registró durante toda una vida siguiendo al grupo es exhibido con la intención de estimular la memoria de Vianna, recién recuperado de su accidente.
Lo más fascinante de ese cara a cara virtual es que ambas versiones han terminado teniendo razón. Porque sí, sucedió una tragedia y hubo que empezar de cero. Y porque, también, no se tiene cabal noción de lo que se está diciendo cuando se pretende imaginar que todo puede conseguirse otra vez. A pesar de que sus capacidades musicales nunca se perdieron y que el grupo paulatinamente pudo volver a tocar y también a grabar nuevo material, Herbert nunca volvió a ser el mismo que antes y es imposible pretender que así fuera. Por ejemplo, sigue siendo tan franco y comunicativo como siempre en las entrevistas, pero sus compañeros han descubierto que sus recuerdos no siempre son confiables, así que se preocupan por acompañarlo, para estar atentos a corregir cualquier desliz. O simplemente lo reemplazan al teléfono, donde tomar esa precaución es más complicado. «Cuando estamos armando temas nuevos, a veces tenemos que recordarle que esta letra ya la usamos con otra melodía. O al revés», revela Barone con una sonrisa cariñosa, dejando entrever por un segundo el detrás de la escena de un grupo que en el último tiempo ha dado muestras de una vitalidad envidiable: rescataron una grabación radial de fines de los noventa (Ronca Ronca apresenta Os Paralamas do Sucesso ao vivo, 2023), realizaron una regrabación conmemorativa por los 40 años transcurridos desde su primer simple («Vital e sua moto», 2024) y publicaron un disco de remixes (10 remixes, 2024).
Su presente está más activo que nunca en lo que se refiere a lanzamientos y ni que hablar sobre los escenarios, donde el grupo parece no descansar jamás. Una vez adquirido el carácter de clásico jamás lo abandonaron, y haber sobrevivido a una tragedia terminó de «condenarlos» al bronce. «Si fuese por el público, podríamos estar tocando nuestro show de celebración de una historia de 30 años durante los próximos 30 años», se reía João entrevistado poco menos de una década atrás, cuando el grupo seguía de gira con aquel aniversario de tres décadas mientras estaba por sacar su último disco de estudio, Sinais do sim (2017), al que habían precedido Brasil afora (2009) y Hoje (2005). Incluyendo Longo caminho, son cuatro los trabajos con los que ampliaron su repertorio en el tiempo transcurrido desde el accidente, que hoy es mayor que el resto de su formidable carrera. Cada uno de esos discos les tomó un esfuerzo que se puede medir en los años que los separan, que se duplican disco a disco, algo característico de bandas que llevan tanto tiempo juntas, pero aún más justificable en un caso como el suyo. Una historia que es posible resumir parafraseando las inolvidables palabras que Fito Páez dijo al presentar a Herbert Vianna en su primera aparición sobre un escenario durante su recuperación: Brasil tiene el sol, el viento, las montañas y el mar, pero otra de las fuerzas de la naturaleza también es brasileña, ¿qué duda cabe?, y se llama Paralamas.
Martín Pérez (Buenos Aires, 1967) es periodista, cronista de rock y crítico cultural. Edita el suplemento Radar de Página|12. Sus últimos libros son The Calamaro Files (Gourmet Musical) y Quiero verte otra vez (Mansalva). Su indulgencia preferida es mantener activo su programa en línea Música cretina.