Durante un año, después de que se murió mi madre, volvía del trabajo y me acostaba, así fueran las cinco de la tarde. No me iba a dormir. Quería estar echada, sola. Un día, en WhatsApp circuló la foto de una perrita rubia que tenía la cara más tierna que había visto. La habían encontrado en la calle, sola, y le buscaban un hogar. Yo nunca había tenido un perro. No sabía cómo eran ni qué hacían. Jamás les había prestado demasiada atención. Pero tenía claro que era un compromiso y ya tenía dos gatos; entonces, me dije que esperaría dos semanas: si en ese lapso nadie la había adoptado, se vendría conmigo. Me pareció que, siendo tan irresistible, alguien iba a quererla muy rápido. Pero no. Pasaron los 15 días y ella seguía sin hogar. En realidad, esto no me sorprendió. Nadie la había adoptado porque quien tenía que hacerlo era yo. Su hogar y el mío tenían que ser el mismo. Las dos necesitábamos un refugio. Así fue que llegó Lila. En el momento en que escribo, llevamos tres años siendo mejores amigas.
En 2023, el censo realizado por el Instituto Nacional de Estadística contabilizó un total de 2.140.066 mascotas (1.448.224 perros y 691.844 gatos) en los hogares uruguayos, lo que da un promedio de 1,2 perros, 0,6 gatos y 1,7 perros y gatos por hogar. Según encuestas de Equipos Consultores, entre 2014 y 2023 la cantidad de perros en hogares aumentó aproximadamente 57%. En otras partes del mundo se observa la misma tendencia: en Europa, entre 2014 y 2022 el número de perros en hogares se triplicó. Paralelamente, tanto en Uruguay como en Europa cae la natalidad. Acuciado por este dato, el papa Francisco declaró en 2022: «Hoy vemos una forma de egoísmo. Vemos que algunos no quieren tener hijos. A veces tienen uno y ya, pero en cambio tienen perros y gatos que ocupan ese lugar».
No me interesa discutir con el papa (entre otras cosas, porque está muerto) y mucho menos traer a colación el tema de si no tener hijos es egoísta (aunque si quieren saber, pienso exactamente lo contrario), pero me detendré en la observación papal de que perros y gatos ocupan el lugar de las crías humanas. Qué idea tan extraña. Las diferencias entre un perro y un niño son tantas que no me da la extensión de un artículo para enumerarlas, pero nombraré solo una, que para mí es la más fundamental: los perros y los gatos no hablan. Quizá ahí radique la maravilla absoluta de las mascotas. Son seres vivos que hacen de todo: comen, juegan, te miran, se comunican, te acompañan, te dan cariño, se deprimen, se ponen contentos, celosos, se enojan, tienen miedo, pero... no hablan. Mejor dicho: no tienen la facultad del lenguaje (sí de comunicarse, que son cosas diferentes), es decir, no pueden expresar proposiciones complejas. No pueden comunicar, por ejemplo: «Si ayer no hubiera llovido, me hubieras sacado a pasear» o «estoy segura de que la perra del vecino me odia porque soy más linda que ella». Y por eso los amamos tanto.
No voy a decir que no me gusta hablar con mis amigas y que estoy en contra de las proposiciones complejas. Pero convengamos que, a veces, uno solo quiere algo sencillo. En realidad, uno siempre quiere algo sencillo. Lo que uno quiere, haga lo que haga y hable de lo que hable, es una sola cosa: socializar. Sentirse parte de un grupo. Los temas que se discuten en las reuniones familiares, los encuentros con amigos y, me animaría a decir, en (algunas) reuniones de trabajo son una excusa para estar juntos, porque necesitamos estar juntos, pero no sabemos estar juntos sin decir nada. En algunas disciplinas humanísticas, como la antropología, la sociología y la filosofía del lenguaje, hay quienes sostienen que el lenguaje se desarrolló para describir el mundo y hay quienes sostienen que surgió para fortalecer los vínculos sociales. En su libro Grooming, Gossip, and the Evolution of Language (Acicalamiento, chusmerío y la evolución del lenguaje), el antropólogo británico Robin Dunbar argumenta que los humanos desarrollaron el lenguaje como una forma más eficaz de mantener la cohesión social que se daba gracias al acicalamiento, útil en pequeñas comunidades, pero impracticable en sociedades numerosas; al lenguaje, Robin Dunbar le llama «acicalamiento vocal».
Tener un perro y ser su amigo —es decir, tenerlo como se tienen ahora, no como cuando yo era chica, que vivían en el fondo y si llovía se mojaban (a un amigo no lo dejarías mojándose en el fondo)— es una oportunidad de establecer un vínculo despojado de la complejidad del lenguaje. Es una forma de dar y recibir cariño sin tener que meterse en los laberintos tortuosos del pensamiento, que es traicionero, cruel, mezquino. Es un comercio muy sencillo, porque las reglas son claras desde el principio y son pocas: a cambio de techo, comida y cariño, se recibe cariño, alegría y compañía. No hay nada que decir, nada más que negociar. El perro te será leal como se es leal al alfa de una manada y cuando perciba una amenaza (aunque no sea tal), se pondrá nervioso e intentará enfrentarla. En general, no para defenderse a sí mismo, sino para defender a la manada. Y no hay reflexión: el perro no va a evaluar si merece la pena defenderte, como lo haría probablemente un humano. Tampoco saldrá corriendo para salvarse solo, como lo haría un humano, porque naturalmente un perro no conoce el concepto de individuo, cuyo surgimiento, supuestamente, iba a hacernos más libres y realizados, pero acabó por esclavizarnos a las selfis, al dictamen del «yo primero» y al escroleo deprimente de las aplicaciones de citas.
Sustentado por la ciencia
En un artículo llamado «El rol de la oxitocina en la relación perro-dueño», los autores repasan la función de esta hormona, que está involucrada en el comportamiento sexual, el parto y la lactancia, pero también tiene influencia en la amígdala, que regula la cognición social y el miedo. Además, en los humanos se ha demostrado que la oxitocina regula comportamientos sociales y emocionales como el apego, el reconocimiento social y las dinámicas de grupo. Según estos autores, actualmente existe evidencia de que el vínculo entre un perro y su dueño puede ser equiparado al apego entre una madre y su bebé. Otros experimentos demuestran que al mostrarle a una persona imágenes de su perro, se activan las mismas regiones cerebrales que cuando se le presentan imágenes de su familia, y lo mismo parece ocurrir cuando una madre ve imágenes de su bebé y luego de su perro.
Un estudio publicado en 2015 sobre la interacción a corto plazo entre perros y sus dueños concluye que tres minutos luego de iniciada la interacción, se registra un aumento significativo de la oxitocina tanto en el perro como en el dueño. Luego de aproximadamente una hora de interacción, tanto el cortisol como el ritmo cardíaco bajan considerablemente en el humano y su mejor amigo. En otras palabras, el contacto no solo tiene efectos benéficos en el humano: la mascota también se tranquiliza y baja su nivel de estrés. Esto es, por donde se lo mire, lo que llamamos una win-win situation.
Pero el mejor amigo del hombre no solo ayuda a que estemos más tranquilos y contentos por experimentar un sentimiento de pertenencia, sino que además nos hace salir a caminar, o ir al parque, o dar la vuelta a la manzana y, casi indefectiblemente, socializar con los demás humanos que también sacan a sus perros. En lo que a mí respecta, diré que a veces no tengo ganas de hablar con otros humanos cuando saco a mi perra. Justamente, como mencionaba antes, lo que me gusta de ella es que no hablamos, por lo que el disfrute del paseo, si me pongo a conversar con una persona, puede verse afectado. Sin embargo, y a pesar de ser una persona más bien propensa a disfrutar del silencio, hay días en que intercambiar unas palabras con una vecina, sobre lo que sea, no viene mal. A veces, me cruzo con señoras mayores que viven solas y charlan conmigo sobre sus perros, o el barrio, o el clima, y pienso que de no tener a sus amigos de cuatro patas quizá saldrían menos, hablarían menos, estarían más aisladas.
Un artículo un tanto más arriesgado de la revista Medical Hypotheses afirma que las mascotas protegen de los riesgos y las consecuencias de las enfermedades coronarias. Dado que cada vez hay más pruebas que sugieren que tener una mascota provoca efectos psicológicos y fisiológicos positivos medibles a corto plazo en las personas, como la reducción de la presión arterial y la mitigación de los indicadores psicológicos de ansiedad, y que también hay pruebas de que tener una mascota está asociado con efectos clínicamente significativos para la salud de las personas, los autores concluyen que las mascotas influyen positivamente en los factores de riesgo psicosociales y por lo tanto disminuyen la incidencia de algunas enfermedades, como por ejemplo las coronarias.
Y hay más: los perros se pueden entrenar como perros de asistencia para varios tipos de discapacidades. El más antiguo es el perro guía, que se adiestra para ayudar a las personas no videntes. También hay perros señal, para ayudar a las personas con discapacidad auditiva. Los perros llamados «de respuesta médica» se entrenan para alertar a sus dueños sobre algún cambio inminente en su fisiología, por ejemplo, una crisis de epilepsia o una bajada repentina del azúcar en pacientes diabéticos. En Estados Unidos, la asociación Dogs4Diabetics se dedica a entrenar perros para que actúen de determinada manera cuando perciben el cambio sutil de olor que produce una persona en estado de hipoglucemia. Si nuestro mejor amigo tiene un superpoder, hay que sacarle provecho. Así es que los perros también ayudan a cazar, a encontrar personas, a detectar drogas.
En el área de la salud mental, un artículo de la American Psychiatric Association resalta la función de los perros entrenados para ayudar a personas con síndrome de estrés postraumático, muy común en los veteranos de guerra. Algunas de las acciones para las que están entrenados consisten en apoyarse en el regazo o empujar suavemente al dueño cuando perciben un aumento de la ansiedad y despertarlo cuando está teniendo una pesadilla. Además, estos perros son capaces de guiar a su amo hacia la salida de un lugar cerrado si huelen que está por tener una crisis o de posicionarse a determinada distancia para generar un espacio seguro en lugares con demasiada gente.
Lila no me despierta cuando tengo pesadillas y mis gatos me despiertan en cualquier momento, sin importar lo que esté soñando, pero hay algo que los tres hacen a la perfección, sin darse cuenta: son mi antídoto contra los ataques de pánico. Y no necesitan hacer nada. Solo estar ahí, echados, respirando su misterio, que nunca podré entender y que por eso mismo parece encerrar algo divino. ¿Qué están «pensando»?, pienso yo. Nada. Ellos no están pensando, me respondo. Solo están viviendo. Y recuerdo un poema de un santo indio, Tukaram, que se repetía mucho en los pódcast sobre meditación: «El otro día estaba meditando con mi gata y, de repente, gritó: “¿Qué ha pasado?”. Sabía exactamente a qué se refería, pero la animé a que siguiera hablando, pensando que si lo soltaba todo, dormiría mejor esa noche. Así que le respondí: “Cuéntame más, querida”, y ella maulló con sentimiento: “Bueno, estaba mezclada con el cielo. Era cometas, silbando aquí y allá. Era soles ardiendo, era galaxias. Pero ahora, mira: estoy encerrada en este pelaje”».
En vez de con el papa
Propongo que, en vez de con el papa, nos quedemos con apreciaciones de otras personalidades que opinaron o escribieron sobre mascotas. La primera que se me ocurre es una canción de la mejor banda de la historia. En 1965, Paul McCartney adoptó una pastora inglesa y unos años después le compuso una canción. Es un tema alegre: «Alegre, alegre, alegre / como los perros saben ser felices / sin nada más, con el absolutismo de la naturaleza descarada», como escribe Pablo Neruda en su poema «Un perro ha muerto». La primera vez que la escuché, como debe de haberles pasado a varios, pensé que era para una novia. Grande fue mi alegría al descubrir que Martha era su perra y que es a ella a quien le pide que por favor no lo olvide.
Charles Bukowski, el transgresor, afirmó sobre los gatos: «Si te sentís mal, mirás a los gatos y te sentís mejor, porque ellos saben que todo es tal como es. [...] Son salvadores. Cuantos más gatos tengas, más vivirás». En su poema «My cats», cuenta que los estudia, que son sus maestros, y en otro poema, un poco más pintoresco y menos lírico, que se llama «The History of One Tough Motherfucker», cuenta cómo rescató a un gato que llegó a su puerta deshecho y cómo, cuando le preguntan si su escritura está influenciada por Céline, alza al gato en la cara del periodista y responde: «No [...], por lo que sucede, por cosas como esta, por esto, ¡por esto!».
En su novela Flush: una biografía, Virginia Woolf escribe desde el punto de vista de un cocker spaniel que acompaña a su dueña, la poeta Elizabeth Barrett, en sus aventuras y desventuras. En una vida llena de dolor, su perrito es a veces lo único que la consuela. «Flushie», escribió la señorita Barrett, «es mi amigo —mi compañero— y me quiere más que a la luz del sol». «No podía salir. Estaba encadenada al sofá. [...] Y Flush, que tenía el mundo entero a su alcance, prefirió renunciar a todos los olores de Wimpole Street para poder echarse a su lado».
Y dejo para el final la que menos le gustaría al papa: el actor y humorista Ricky Gervais, conocido por su humor negro y su cinismo, en una entrevista, a la pregunta «¿en qué creés?», responde sin dudarlo: «Creo en los perros». Y agrega, con astucia, que en inglés dog es un palíndromo de God.
La única desventaja
Ser amiga de perros y gatos tiene una sola desventaja: viven menos que nosotros. Por esta razón, hay altas chances de que los veamos morir. El duelo que se atraviesa al morir nuestra mascota está, me parece, muy desestimado. Son «animales», por lo tanto, no tenemos derecho a quedar tan destrozados como si se hubiera muerto una persona. Qué absurdo. Cuando se muere tu amigo, tu compañero de años, ¿el duelo es menor porque no es un humano? Esto solo genera más dolor, así que lo escribiré bien claro: la muerte de las mascotas no solo provoca un profundo dolor, sino que ese dolor, para algunos, puede superar con creces el dolor de la muerte de cualquier humano, aunque sea el familiar más próximo.
Mi perra está viva, echada abajo de mi escritorio, en una de sus tres cuchas, mientras escribo esto. Mi gato, durmiendo en la cama, en su forma favorita: la de camarón. A veces me cuesta disfrutarlos porque me invade el terror del momento en que no estén. ¿Qué voy a hacer? No lo sé. No quiero saberlo. El Kuelgue tiene una canción que se llama «El paraíso de los perros». En un verso, dice: «Tú quieres que tu perro se quede contigo toda la vida / pero no lo lograrás». Tienen razón: no lo lograremos.
Ahora mi perra me mira desde ahí abajo porque la llamé con mi voz de hablarles a las mascotas. Inclina la cabeza y mueve la cola. Es feliz solo porque la llamo, solo porque digo su nombre. Es feliz cuando corre por la playa y sonríe. Es feliz cuando le digo «andá a buscar un palito» y recorre toda la arena buscando, hasta que me trae uno. Es traviesa cuando se va lejos, la llamo y me mira sin venir, porque no quiere, pero sabe que tiene que hacerlo. Y como Flushie, el perro de Elizabeth, no tengo dudas de que renunciaría a todos los olores para poder echarse a mi lado si alguna vez, como me pasó aquel año, quedara encadenada a la cama.
Algún día no estará y se me romperá el corazón, como ya les ha pasado a tantos. Como le pasó a Neruda, que en el mismo poema citado antes concluye: «Mi perro ha muerto. / Lo enterré en el jardín / junto a una vieja máquina oxidada. / Allí, no más abajo, / ni más arriba, / se juntará conmigo alguna vez. / Ahora él ya se fue con su pelaje, / su mala educación, su nariz fría. / Y yo, materialista que no cree en el celeste cielo prometido / para ningún humano, / para este perro o para todo perro / creo en el cielo, sí, creo en un cielo / donde yo no entraré, pero él me espera / ondulando su cola de abanico / para que yo al llegar tenga amistades».
Inés Garbarino (Montevideo, 1983) es magíster en Letras, traductora, docente e investigadora y escribe ficción y no ficción.