Después del agua los sentidos quedan mojados, el pensamiento húmedo, la punta del dedo arrugada. La vieja me limpia cada día, abre despacito los labios, besa y besa y me arranca el barro de las uñas.

Hoy hice pozos. Siete en total.

Para hacerlos ausculto el suelo con los pies. Algo late tactac. Piso blanduras, se abren. Pandora. Mi dedo gusano sabe abrirse camino, qué orgullo. Entierro el metatarso, cavo, entierro, cavo, entierro, cavo, cierro los ojos y toco el aire con la lengua, ñam. Tota me enseñó la blandura, meter la mano, revolver suave. Y cuándo parar, qué difícil parar. Yo era mala pocera. Me distraía mucho. Hacía un hueco y otro y otro, inquieta. Los abandonaba. Ahora los crío. Tota me enseñó a poner tiempo en cada pozo. Ya no me acompaña más al río, dice que puedo ir sola. Está lleno de mosquitos pero en el agua no me alcanzan, me embarro para que se me peguen y se los llevo a Tota, que me los chupa y come y agradece, qué premio. Me gusta hacerlos hasta la rodilla, pozos bien hondos. A veces me da pena porque hago el hueco y el agua lo deshace, como si el río trabajara en contra.

Conviene pegar los dedos, como si la mano fuese una pala. Cavar. Entre uña y dedo se meten granos de arena y piedritas. Rascar. La uña apenas larga es mejor para abrir el suelo, atrapa durezas, restos sólidos de mundo. Paso tanto rato con la mano metida en las blanduras del suelo que ya no se me alisan más las arrugas de los dedos. Tengo pliegues gordos igualitos a las formas del barro arrastrado por lluvia y río y baba. Cuando el suelo se abre suena rico y la oreja me queda toda húmeda. Escarbo, el barro contra la piel es un arrastre hipnótico, me pone invertebrada. Me estiro en el pozo, profundizo. Una contención vertical.

Las viejas del agua hacen los pozos con la boca. Remueven el barro con los labios, succionan. Apoyo la oreja, busco los restos de ese movimiento. Rastreo, voy reptando por el fondo viscoso. De a una, las viejas se acercan con la boca hinchada y me comen despacito la mugre, las costras. Si me muevo, cuidadito, bola flaca, dicen todas juntas y ese sonido mental me deja quieta. Antes era Tota la que me decía bola flaca, se ve que les contó. Qué vergüenza, yo creí que era secreto nuestro y ahora sé que no, fui una crédula. Cuidadito. Los mosquitos crédulos pegados en el barro de mi cuerpo.

Después de un día entero haciendo pozos me duele el cuello, se me empiezan a abrir las branquias. Cuidadito, bola flaca, espalda derecha. Tota siguiéndome de pozo en pozo corrigiendo mi postura escoliosa, culpa de papá. Allá el agua cerrando mi trabajo, lavándolo. Persigo la corriente sin que me haga caso. Devolvé el pozo, vos, corriente, digo. Una vieja del agua sale del barro. Cuidadito, dice. Me cansan con el cuidadito. Igual, cuando no me ven, meto un dedo en la branquia. Se supone que tengo que dejar que se abran por sí mismas, pero yo empujo. Al principio me entraba un pedacito de índice. Ahora meto dos dedos. Siento cómo el borde de los pulmones se arruga, no me da pena. Pronto voy a expulsarlos, chau. Dicen que se vuelven chiquitos, duros, un fruto seco, y caen.

Vuelvo a casa limpita. Mi hermano Felipe me huele maniático y papá no pregunta, ve que estoy prolija y es tarde pero ni bola. Sirve la comida, se sienta y come y en ningún momento deja de mirar el televisor. Hay un canal que muestra el fondo del océano las veinticuatro horas y papá mira sin parar y hace todo sin volcar nada, con los ojos hacia la tele cocina y sirve y come y junta y lava; enamorado del fondo estoy, dice, mientras un brazo mecánico atrapa algo entre sus pinzas, parece la Tota, me enloquezco quieta, la veo caer en una aspiradora. Entonces algún día yo que me paso en el agua también voy a salir en la tele, pienso, papá me mira. El movimiento de la máquina en la arena hace que el suelo flote como humo. Capaz me oyó el pensamiento porque se pone malo. Más respeto, grita con el ojo hundido en la pantalla. Creo que heredé algo de esa hondura.

Voy a acostarme sin hacer ruido. Me duele el ombligo, son nervios. Tengo un apretuje raro, como si el intestino hiciera presión, como si quisiera salir. Me estiro la piel de la panza y me agrando el ombligo, ta, ta, quietito, le digo. La branquia me palpita y me hace acordar a los latidos del barro. Estornudo polvo, se me atoran los pulmones en la garganta, dos piedritas, todavía no es momento, los retengo, los trago.

Creo que sueño húmedo porque me despierto con la almohada llena de baba. La baba me hiede feo, como que me pudro. Ha de ser el aire que me pone mala. Una branquia me palpita más que la otra; en una me caben dos dedos y en la otra me sigue cabiendo uno. Qué rabia esto tan despacio. ¿Y si una me queda más grande que la otra? Me desvisto rápido porque tengo que hacer los últimos pozos del cuadrado que me asignaron las viejas. Papá duerme frente a la tele que muestra el fondo. El brazo robot se roba un pedacito de coral intestino. Es bien verde, como los ojos de Tota. Cuando paso por al lado le digo papá, despertate que te va a doler el cuello eh, cuidadito. Pero no me hace caso y ronca sobre la mesa y el control de la tele, que baja y sube el volumen como loco.

Tota me espera afuera del agua, hedionda, y me dice bola flaca, llegás tarde. Dónde estabas, se me ocurre decirle. Cuidadito, bola flaca, no preguntes, dice, y se mete en el agua. Rabia. Bobita, Tota, bobita, pienso.

El barro arenoso me sube y me baja por las manos, ya no sé si soy yo la que escarba o es él que me va hurgando a mí a lengüetazo limpio. Después de pocear me tiro boca arriba, boca abajo, pero nada. Las viejas del agua rompen el pacto, no vienen a limpiarme. Nadie me arranca las costras, voy a tener que salir con las uñas sucias y la piel marcada, porque yo misma no alcanzo a frotar tanto como para quedar nueva. Si vuelvo sucia, Felipe se brota, llora por la nariz, le doy asco. Atrapo angustia en la garganta, porque si lloro, encima que estoy sucia de barro, papá me va a hablar: cuando yo era niño, que nadie lloraba, que yo no lloraba, que siempre limpio. Siempre hago sí, sí con la cabeza. No le creo. Entonces dejo el bulto apretado en la garganta y se me hace una pelota gigante de ruido y llanto bien taponeado. Llego a casa y me duermo rápido para no pensar. ¿Por qué las viejas poceras no me dieron besos hoy y me dejaron toda arenosa? ¿Mis pozos ya no sirven? Si ellas no me quieren yo al río no voy más, me desperté pensando muy decidida. Me dolía todavía la angustia y también la mandíbula, se ve que apreté los dientes unos contra otros. Lloro a ver si se calma y siento algo suelto, como si la nuez de Adán se hubiese desprendido. Fantaseo otra vez con tener nuez de Adán y me acuerdo de papá diciéndome que deje de tocarme ahí, que es imposible porque nací nena. Suertudo Felipe. No tendré nuez pero tengo algo en la garganta que se mueve, se frota, me imagino que está roja y lastimada por dentro, no sabía que la angustia podía raspar tanto y trancar la baba, el aire.

Llego al río, una última oportunidad, no quiero ser rencorosa, tampoco boba dos veces. Me embarro en la orilla y entro. Las viejas no aparecen, el cuello me aprieta, el nudo sube y baja, estornudo abajo del agua y saco por la boca una piedrita, la siento pasar entre los dientes, tocarme los labios. Un carozo doble, dos palabras duras, apelmazadas. Aquello cae al fondo del agua, queda entre mis pies. Abro bien grandes las branquias: ahora sí me entra la mano entera. Me da cosquillas, es como tener decenas de úvulas a los costados, trago y cuanta más agua trago, mejor respiro. Tuerzo mi cuerpo hacia el fondo y veo mis piedras mellizas, rojas entre el polvo, tranquilas en el piso del río. Dan ganas de tocarlas. Ahí quedan mis pulmones, parecen dos pasas de arándano. Chau, digo, pero en vez de una palabra escupo una burbuja. Hablar es un chiste si estás abajo del agua.

Arriba el mundo corre gaseoso y lejano y acá tibiecita el tiempo se me afloja aguachento. Lo hago burbujas y las dejo subir y su sonido redondo explotando en la superficie me parte de risa. De noche es largo y blando y con las viejas vamos pegadotas hinchando el agua con el ritmo de nuestra respiración. Las bocas rugosas abriendo el suelo en un eco acompasado.

Papá viene al río porque se sabe que al río es a donde van los padres a llorar hijos perdidos. Le veo la cara gigante y borroneada asomándose en la superficie, buscándome desde arriba, sacudiendo el barro. Pobrecito papá, el cogote raro de tanto mirar al robot de la tele robándose los corales color ojo de Tota. ¿Dónde andará Tota? Cuidadito, me digo, y voy despacio hacia mi padre encharcado, no sea cosa que me agarren las viejas paveando. Yo a papá lo reconozco no por la cara llorona ni por esa palabra rara que grita arriba del agua y forma mi nombre, sino por la uña del meñique con hongo toda encorvadita. Me encanta esa uña de papá, que se la pinta de rojo porque el rojo oculta las imperfecciones, eso dice él, y dale que se pinta su uña con joroba, que ahora es enorme, más grande que yo. Está sucia, tiene mugrecita abajo. Me da pena. Pobrecito papá, mentiroso, él dijo siempre limpio y sin llantos, y sin embargo hoy trae hipo y mugrecita bajo la uña jorobada. Escarbo en el espacio abierto entre la piel y el hongo. Es como hacer un pozo pero distinto porque oigo risa. Convivencia de cosquilla con llanto. Papá que saca el pie rapidazo, como si no supiera. Y dice ay. Qué bobo papá. Cuidadito. Cuidadito porque la próxima. Yo sé ahora hacer pozos y no me distraigo. Pobre, cuidadito.

Gabriela Escobar (Montevideo, 1990) es escritora y música. Su novela Si las cosas fuesen como son ganó el Concurso Literario Juan Carlos Onetti en 2021 y fue publicada en Chile, Argentina y España.

Manuela Sosa Methol (Montevideo, 2001) es librera, estudia Letras, ejercita la contemplación. Se considera una apasionada de los textos, del monte, de lo subterráneo, de lo monstruoso, de lo que hay entre las grietas.

Tamara Silva Bernaschina (Minas, 2000) es autora de Desastres naturales (2023), su primer libro de cuentos, galardonado en 2023 con dos premios Bartolomé Hidalgo: el de Narrativa y el Revelación. Al año siguiente recibió el Premio Nacional de Literatura en la categoría Ópera Prima. Su novela Temporada de ballenas (2024) recibió una mención de honor en el Concurso Literario Juan Carlos Onetti. Su último libro de cuentos, Larvas (2025), fue publicado por la editorial española Páginas de Espuma.