Entre los escritores más importantes de la ciencia ficción del siglo XX, no cabe duda de que el estadounidense Ray Bradbury (1920-2012) es el que más cabalmente logró trascender las fronteras del género. El nombre de Isaac Asimov (1920-1992) podría darnos a pensar en una figura de alcance similar, pero es cierto que la mayor parte de su producción se encuentra en los territorios de la no ficción, en particular de la divulgación científica, mientras que Bradbury se mantuvo más firme en la escritura de ficciones. A la vez, una perspectiva amplia de su trayectoria como escritor nos lo presenta, más que como un escritor especializado en un género particular, como un narrador capaz de explorar los territorios del relato policial, de la ciencia ficción propiamente dicha, de la fantasía, del terror sobrenatural, del realismo costumbrista y más. Cuentista por sobre todas las cosas —llegó a publicar más de 600 relatos, repartidos en numerosas antologías y selecciones—, su ciencia ficción y su fantasía todavía hoy parecen más accesibles, más amables con lectores no especializados, que las de tantos de sus contemporáneos.
Aprovechando la reciente aparición de Cuentos, profusa selección de relatos publicada por la editorial Páginas de Espuma con la traducción de Ce Santiago (1977, escritor y traductor, además, de William H. Gass, Djuna Barnes y Kathy Acker, entre otros autores) y con selección, introducción y trabajo editorial de Paul Viejo (1978, poeta, narrador y ensayista que entre 2013 y 2016 editó la obra cuentística completa de Antón Chéjov en cuatro tomos publicados también por Páginas de Espuma), conversamos con este último sobre la obra de Bradbury, su presencia en castellano y su vigencia.
Una de las cosas que pensé al ver que eras el encargado de esta selección de cuentos fue que hay a lo mejor una manera de pensar a Bradbury también desde cómo accedió a sus libros nuestra generación y qué representaba Bradbury para la ciencia ficción y la fantasía ya entonces. Vos y yo tenemos la misma edad y seguramente leímos los cuentos de Crónicas marcianas o El hombre ilustrado más o menos al mismo tiempo y desde las mismas traducciones, las publicadas por la editorial Minotauro...
Yo recuerdo perfectamente el primer libro de Minotauro que tuve, pero claro, en España era otra cosa. Había muchas subvenciones para compra de libros en bibliotecas. En los noventa si no tenías recursos para buscar libros que venían de Argentina, podías encontrarlos ahí.
Acá en Uruguay también tuvo cierto impacto la serie de televisión El teatro de Ray Bradbury, que de alguna manera comportaba una antología, algo así como «lo mejor de...». Cuentos como «La pradera», pongamos.
Ah, es que en España de eso nada, apenas. Para que te hagas una idea, más allá de los circuitos de la ciencia ficción, Bradbury era conocido como el autor de Crónicas marcianas porque en España hubo un programa de televisión famosísimo que se llamaba así. No recuerdo que aclararan que el título viniera de ahí, porque no tenía nada que ver, pero la gente dijo «bueno, ¿qué libro compro? Y dame el del autor de Crónicas marcianas, que no sé cómo se llama».
Pensando ya un poco más en la idea de seleccionar cuentos de Bradbury y de pensar esta selección en relación con los libros de cuentos originales, armados por el propio autor, creo que estos tenían una personalidad bastante específica, ¿no te parece? No era lo mismo El hombre ilustrado que Remedio para melancólicos o que Las doradas manzanas del sol, y ni que hablar de Fahrenheit 451 o Crónicas marcianas... Vos ahora hiciste una selección enorme, que viene de todos estos libros de Bradbury. ¿Cómo fue eso, cómo lo pensaste con la editorial?
Es que, en efecto, es una selección enorme. Y además se trata de la primera vez que se hace así, incluido en inglés. Bradbury, a lo largo de las décadas, mantuvo mucha rigurosidad en cuanto a qué se publicaba. Y cuando digo Bradbury también me refiero a Don Congdon, su agente, y a sus editores, que respetaron mucho que se mantuvieran los volúmenes que Bradbury preparaba y decidía publicar. Las antologías podían llegar o no; de hecho, solo hubo dos excepciones: The Stories of Ray Bradbury, por parte de sus editores de Rosetta Books, y en otro momento dado una antología recopilada por el propio Bradbury, sus 100 más celebrados. Pero esta que publicamos en Páginas de Espuma es muy distinta. En el caso de la de Rosetta, sus editores se habrán preguntado «bueno, ¿cuáles son los mejores cuentos de Bradbury?». Ese es un criterio para seleccionar, como también el de pensar en los más populares, los más vendidos... Pero hay otro criterio, tan poco fiable como el de los editores, que es el del propio autor, Bradbury preguntándose cuáles son sus mejores cuentos, y ahí encontramos de todo. Sobre todo el desorden... Quizá el tema es la imagen que tenemos de Bradbury, la que crea cada libro. No digo que mi selección sea más fiable. Queríamos hacer un volumen grande, contundente, pero que de verdad te acercase a poder recorrer la obra de Bradbury.
En cuanto a tu selección me interesan primero dos cosas: que los cuentos estén presentados en orden cronológico, lo que siempre tiene esa cosa de pensar el proceso del autor, y también que apostás por una forma de variedad que casi se podría llamar totalizadora. Como decís en tu introducción, Bradbury no es solo un autor de ciencia ficción o de dark fantasy. Escribió en todos esos géneros y también en el policial, las memorias, la autoficción, etcétera, y está bueno que todo eso esté en un solo libro.
Claro. Y había varios motivos. Lo que tú y yo ya sabemos, pero que quería que supiera el resto del público, no solo el que ya conocía todo Bradbury; por ejemplo, que si Bradbury había llegado a ti como autor de marcianos, autor de ciencia ficción, contarte que no era solo eso. O lo contrario: si te ha llegado el de las ferias y la infancia y el misterio, pues que también tenía aspectos realistas. Esa era la condición número uno: que Bradbury, y esto no es ni positivo ni negativo, era un autor que abarcaba diferentes géneros o aspectos del género o matices. Eso por una parte. Luego está ese aspecto cronológico que decías. Es cierto que tú y yo lo pensamos así, que queremos ver la situación, la fluctuación de un autor, y pensarlo desde ese punto de vista, pero eso lo pensamos a veces porque queremos teorizar más, queremos aprender más. Pero yo también quise hacerlo desde otro lado, o sea, cómo sería sentirse como un chico de los años cuarenta que va al quiosco y compra una revista en la que aparece un relato de Bradbury, y después ese Bradbury sigue apareciendo y 40 años después está publicando en The New Yorker. ¿Cómo sería esa experiencia de alguien que entra a Bradbury de golpe y lo puede seguir e ir descubriendo con la inocencia de un lector, la misma inocencia que podía tener Bradbury también?
¿Y cómo te llevás con el Bradbury novelista, que obviamente queda por fuera de esta selección?
Fatal, fatal. Pero es que además, en el fondo, novelas de Bradbury... Una. Concebida como tal, desde el principio al fin y que funcione así, y es Fahrenheit 451. Ni Sombras verdes, ballena blanca ni El vino del estío. Todas parten de cuentos. Yo no quería establecer la batalla novela versus cuento, pero recogí algunos cuentos que quienes hayan leído El vino del estío podrán reconocer en sus versiones aisladas y diferentes. Es que Bradbury lo hacía continuamente: reciclar cuentos. Que luego tuviera esa habilidad como autor para reelaborarlos y que pudiera contar con editores y asesores para poder generar otro tipo de libro, eso seguramente ha ayudado a que trascendiera más.
¿Qué tan utópico habría sido pensar además en proponer los cuentos completos de Bradbury?
Era tan posible como estúpido. Estamos hablando de una cantidad. Seiscientos o más. Bueno, algo que cualquier editorial con determinada fuerza puede enfrentar. En lugar de un volumen, pues serían cuatro o de publicación anual... El tema es que acabaría ocurriendo, como con tantos autores, que unos tomos son más interesantes que otros, y eso sabes que editorialmente se descompensa; pero no es solo eso, sino que en el caso de Bradbury está todo ese mecanismo tan suyo de escritura, reescritura, republicación y reinvención, que hizo todo mucho más repetitivo. Si teníamos 600 cuentos de Bradbury, seguramente viéramos cuatro veces algo muy parecido, y como lector que busca el disfrute podría ser frustrante también.
Claro, a nivel de edición precisás que alguien decida y diga «esto es lo mismo que esto otro», y eso ya comporta una selección.
Precisamente. Yo me encontré con casos como esos cuando iba seleccionando en los que, de manera nada científica pero sí rigurosa, me agarré a la regla de que cuando hay repetición o variación de cuentos, pues tomar la última publicada. Salvo que en alguna ocasión Bradbury, por algún motivo, rescatara una versión o un título anterior. Entonces si tenía varias versiones, por ejemplo, la primera publicación en una revista, una publicación en libro, después una reimpresión en otra revista o en otra antología pero modificada y que Bradbury no rescataba en su selección... bueno, en primer lugar primaba la elección de Bradbury. Ahí yo naturalmente no era quién para opinar. Después el criterio cronológico por encima de las decisiones azarosas de los editores. Pero desde luego un Cuentos completos hubiese sido un flaco favor para Bradbury.
Después está el tema de la traducción. Quizá la necesidad de legitimación que tenía la ciencia ficción en los sesenta o los setenta en el campo literario en español ya no se da de la misma manera ahora que cuando Paco Porrúa en su editorial Minotauro contrataba a Aurora Bernárdez para traducir a Bradbury. Ahí ves proyectos editoriales como Minotauro, o un poco después la revista El Péndulo, que tenían en su catálogo un impulso de ofrecer una ciencia ficción más fácilmente pensable como «literaria», y otras editoriales de la misma época, como Acervo, Martínez Roca o Ultramar, que no tenían esa preocupación. Bradbury siempre fue en ese sentido un nombre clave para ese gesto literaturizador, por llamarlo de alguna manera. Pero ahora las cosas son diferentes y no hace falta ofrecer a Bradbury a los lectores como ejemplo de lo que la ciencia ficción puede hacer. De hecho, incluso una editorial generalista como Páginas de Espuma ha ofrecido recientemente libros de ciencia ficción que muestran por dónde anda el género actualmente en América Latina; estoy pensando específicamente en libros de 2025 como El comienzo del paraíso, de Edmundo Paz Soldán, y Las máquinas cansadas, de Alberto Chimal. Y todo esto, me parece, se nota también en decisiones de traducción. La de Ce Santiago para el libro que armaste se siente más fresca, más ágil, menos hipertrofiada en ese gesto de decir «¿ven?». Bradbury es un poeta, sus cuentos son literatura...
Es que si miras todos los libros de Minotauro encuentras también algunos cambios, según los traductores. A mí me gusta la idea de que si voy a recorrer la obra completa o casi completa de un autor en traducción, también sea una misma voz la del traductor. No sé si eso está bien o está mal, pero en el caso de Ce Santiago, siempre supimos que es un traductor muy valiente, que ha traducido autores norteamericanos no particularmente fáciles ¡y que de hecho no era fan de Bradbury! No lo buscamos por ser conocedor y le dimos mucho tiempo para pensar si le apetecía meterse en algo así. Evidentemente, había leído lo más conocido, pero él de alguna manera empezó a conocer a Bradbury traduciéndolo, y así empezó a detectar todas las torpezas de Bradbury, lo que no podía escamotear de Bradbury, sus repeticiones, sus frases mal dichas, sus expresiones populares ancladas en el tiempo o en un lugar concreto, y aprendió peleándose con ellas. Fue un proceso muy especial, que fue compartiendo conmigo, y de disfrutar, sobre todo, en su conjunto.
Es que eso es lo que te decía, se lee más fresca. Porque todas esas torpezas o idiosincrasias de las que hablás seguramente en algún momento uno de los traductores cuyas opciones los fans de Bradbury tenemos grabadas en la memoria —Francisco Abelenda, Marcial Souto, Matilde Horne— habrá pensado que se le imponía alterarlas, corregirlas.
¡Seguramente! Y bueno, yo había ya leído a Bradbury en el original también y sabía bien dónde pecaba. Y está bien criticar, porque aquí no hay tótems sagrados...
Claro. Y ahora que hablás del original en inglés, cuando lo empecé a leer por fuera de la traducción empecé a sentir que, con todas esas torpezas que vos decís, siempre sonaba, con aciertos o desaciertos, mucho más ágil que la traducción. Por eso una de las cosas que me gustaron fue encontrar en la traducción de Santiago una suerte de retorno a un Bradbury más vivo.
Es que se le dio permiso para que funcionase así. Yo no iba a intervenir para decidir qué Bradbury estábamos creando, lo cual era un riesgo importante, ojo. El traductor tenía que entrar en Bradbury a su manera y para una edición tan completa. Estamos hablando entonces de un traductor español, blanco, nacido en los setenta, del sur de España, y todo esto lo marco porque hay que dar cuenta del habla que usa Bradbury, por ejemplo, en sus textos de los años cuarenta. Hay que tomar decisiones, que a veces en un cuento específico a lo mejor pueden chirriar, pero que luego tienes que pensar para todo un libro, con la extensión de este.
¿Entonces se podría pensar que vos y los editores de Páginas de Espuma eligieron a Ce Santiago precisamente porque, al no ser un tipo tan metido en el mundo de Bradbury, podría tener esta relación más fresca con sus textos?
Había una especie de cosa de «no manchado», poco aficionado a Bradbury, y después por el currículum que tiene, obviamente, y ya después por el resultado. Laura Fernández, que escribe el prólogo del libro, ya conocía sus traducciones, se había enamorado de ellas, y apoyó la decisión, más allá de criterios editoriales como «¿puedes afrontar este ritmo, con estas fechas?».
¿Cuánto tiempo tomó todo?
Bueno, la traducción un año y medio. Ce Santiago lo enfrentó todo a lo bestia y terminó incluso antes de tiempo, algo que jamás ocurre. Luego se permitió mucha reflexión, mucha revisión. Añadamos medio año más por diálogos entre la editorial y yo para ver cómo lo concebíamos, y también la discusión con los herederos y los agentes. Incluyo los herederos porque hablamos con las hijas de Bradbury también. Pongamos que unos dos años en total.
Pasa con Bradbury que todos tenemos nuestros diez o 12 cuentos favoritos que sumar a una antología. Vos tuviste el desafío de multiplicar eso por diez o por más... Yo fui derecho al índice y miré si estaba «La sirena», que es mi favorito, ¡y no está!
¡Claro que no! Y eso que a mí me gusta muchísimo también. Es que no escogí solo los buenos... Pensé en cuándo se publicó cada cuento, en qué temas trata...
Bueno, ya que hablás de temas: acá tenemos un libro que ya desde su contraportada dice que Bradbury es un clásico, y si lo pensamos otra vez en relación con la editorial que lo publica podemos verlo en librerías al lado de otros libros de la misma colección, libros de Joyce, de Chéjov. Es medio inevitable pensarlo entonces desde esa vieja idea de la vigencia de los clásicos, de los clásicos como esos libros que nos siguen interpelando, y ahí nos podemos preguntar por la vigencia de Bradbury. ¿Qué representa Bradbury en términos especulativos para vos? ¿Qué nos dice de nuestro tiempo? ¿Ves a Bradbury como un autor que nos hace advertencias, que nos dice que nos cuidemos del futuro que nos espera? O de nuestro presente, mejor dicho.
Bueno, primero que nada, me gusta mucho pensar que Bradbury, estéticamente, era un autor retro...
Un poco en la línea de pensar que el Marte de Crónicas marcianas no es el que describía la ciencia en los años cuarenta del siglo XX, sino más bien el de Percival Lowell en el siglo XIX o el de HG Wells, Edgar Rice Burroughs...
Exacto. Frente a sus contemporáneos y a los autores de una década después, Bradbury está mirando el pasado, no el futuro. ¿Pero por qué no caducó entonces? ¿Por qué lo seguimos leyendo? Y creo que en el momento en que Bradbury se sale de lo prospectivo nos deja claro que para él la inventiva no es advertir, es contemplar desde donde esté, como inevitablemente tiene que hacer cualquier autor, pero en torno a cosas que no se fueran a mover. Ahí es donde aparece Bradbury, preguntándose cuáles son los tótems, los pilares que no se van a mover esté como esté el universo. Quizá cambie la mente, pero Bradbury diría que no va a cambiar la familia, la actuación social, el entretenimiento. Porque la tecnología va y viene.
Ahí creo que hay dos cosas interesantes. Una tiene que ver con Bradbury, que en su faceta de escritor de ciencia ficción convive con autores como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Robert Heinlein, que sí parecen preocupados por hacer prospectiva: gente que hablaba de robots y de ir a la Luna antes de que pasara en la realidad. Esa es notoriamente una manera de leer la ciencia ficción de los años cuarenta, y Bradbury estaba por fuera de eso.
Es que yo creo que a Bradbury le gustaba ponerse a imaginar el futuro, pero no para cuadrarlo. No tenía que ser riguroso como los autores de ciencia ficción dura. Y que si fracasa no es por no ser capaz de predecir lo que vendrá, sino que fracasa en un sentido humano.
Ahí está el otro tema al que quería llegar. Hablás de Bradbury como un escritor que es consciente de que meterse en lo más reciente de la ciencia y la tecnología es problemático, porque todo va a cambiar; más bien prefiere hablar de lo permanente, de lo imperecedero, de lo que entendemos como lo humano. Pero al hacerlo está apelando a qué es lo que para él es permanente o imperecedero, a su concepción de lo humano. Eso que él lee en la cultura a la que pertenece y que se presenta como permanente. Y ahora estamos viendo, desde los años cincuenta, una aceleración tecnológica vertiginosa, ahora ya no año a año sino mes a mes, que nos lleva a replantearnos qué significa precisamente eso, ser humanos. ¿Será que figuras como la de Bradbury, a lo mejor pensándolas desde la idea de resistencia, de plantar algo fijo ante el cambio, se vuelven relevantes en estos tiempos en los que no sabemos dónde estamos parados porque todo cambia de un día para otro? ¿Te parece Bradbury un autor al que se puede leer como un bálsamo en ese sentido?
Para nuestra tranquilidad, sí. Pero también se puede hacer una lectura un poco diferente, por la que Bradbury era un conservador norteamericano, alguien que no quiere que cambien las cosas, en múltiples sentidos. Y se puede leer en sí en sus libros también una vindicación de la resistencia en el sentido de contrariar la autoridad, pero eso no iba con él en realidad a nivel cívico, a nivel social, ni le interesaba tanto. Y ahí es donde te puedes poner a imaginar, y lo voy a exagerar pero tú me entiendes, qué tendría Bradbury para decir en un mundo en el que nos preguntamos cómo piensan los animales, cómo piensan las máquinas, ya no solo los humanos. Bradbury es absolutamente antropocéntrico y además particularmente estancado en un tipo particular de humano.
¿Y te parece que por eso quizá Bradbury congenia con un público más amplio, por no estar metido en una cosa especulativa dura, menos humanista, menos antropocéntrica?
Sí, claro, absolutamente. Es que uno puede decir que no hay que irse a una ciencia ficción tan dura, que no hay que ponerse a estudiar para leer literatura, pero incluso una autora como Ursula K Le Guin, ahora que es mainstream total, bueno, plantear como hace ella ciertas formas específicas de divergencias de género es algo que lo lleva a uno a estudiar de algún modo. Y no se leía de la misma manera en los años setenta que ahora, 50 años después. ¡Y todavía hay problemas! Pasa también con JG Ballard o con Thomas Disch: había cosas que en un momento determinado no se podían entender. Y esa es la función del escritor: estrellarse contra la lectura de otros. En el caso de Bradbury todo parece más cómodo, más accesible, y esto, tú lo sabes, no lo estoy diciendo como algo positivo o negativo. Con este libro, entonces, puedo pensar en cómo leen a Bradbury ahora tantos grupos distintos de lectores: los de ciencia ficción, los que nunca leyeron ciencia ficción y, especialmente, como vengo mirando mucho últimamente, los de 20 años o menos, gente que lo está leyendo ahora a la misma edad que teníamos nosotros cuando lo leímos por primera vez. Y entonces me llevo sus lecturas a otros sitios: ahora hay una guerra en Palestina y hay cohetes hacia Marte, ¿vale? ¿Se estaba adelantando Bradbury? No lo creo. No estaba vaticinando nada. Estaba fijándose en qué había y dándonos su visión de una manera hermosa.
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) es escritor, ensayista y traductor. Su literatura gira en torno a su Proyecto Stahl, un universo literario con coordinadas fijas y muchas permutaciones. Es autor de más de 20 libros entre novelas, cuentos y ensayos y un representante local del género ficción extraña.